El amante de Irene
La idea de este cuento surgió al leer una convocatoria
hecha por la fenecida revista BEM de España. Nunca envíe el
relato, y quienes lo lean tal vez piensen que hice lo correcto. Jamás
pensé que lo publicaría en esta página, pero esta es
una época de cambios. En un principio, pensé ponerlo en COLABORACIONES,
pero la idea de colaborar con mi propia página me pareció un
poco fuera de lugar. Es más lógico (creo) aparecer como autor,
aunque no se si bueno o malo... Que el lector juzgue.
Irene me engañaba con
otro hombre. No podía haber otra explicación para su reciente
cambio de actitud. Canturreaba cuando creía estar a solas, y pasaba
largos momentos contemplando el atardecer desde nuestro jardín. Con
cinco años de matrimonio a cuestas, su repentina alegría y
solicitud hacia mí eran tan ridículas como inoportunas. Además,
era notorio que Irene no se sentía feliz conmigo, sino que parecía
querer compartir su felicidad conmigo, como sintiéndose culpable por
ella.
Esta situación me ponía
en una disyuntiva. De un lado, un ridículo pero exigente sentido del
honor me hacía pensar que eso no debía quedar así, que
no podía consentir su traición. Del otro, estaba el hecho de
que yo ya no la amaba, y que realmente no me importaba lo que hiciera con
su vida. Casi deseaba decirle que siguiera con su amante si quería,
pero que me dejara en paz, que no se sintiera culpable por nada. Pero también
pensaba en el qué diran, y -lo más humillante de todo- en
que Irene tomaría mi actitud como un signo de debilidad y se burlaría
de mí...
Para crear una salida aceptable
para mi ego y librarme de Irene sin problemas, había ideado un plan.
Consistía en buscar una ocasión para sorprenderla con su amante,
para luego hacerme el ofendido y exigir el divorcio. Yo había logrado
deducir que sus encuentros tenían lugar cuando yo estaba en el bufete
o de viaje para la prosecución de un expediente judicial. A fin de
darle un toque dramático al asunto, portaba un revólver, con
el cual pensaba lanzar un tiro, bien al aire o al cuerpo del amante de Irene,
de modo que mi honor de marido engañado quedara vengado.
Un martes por la tarde, llamé
por teléfono a Irene para decirle que esa noche no dormiría
en casa, que tenía mucho trabajo. Ella aceptó mi excusa sin
cuestionarla. Tras colgar la bocina, me fui a un cine, para hacer tiempo.
Serían las ocho de la
noche cuando salí del cine. Tomé un taxi. Irene y yo vivíamos
en un chalet de dos plantas ubicado en las afueras de la ciudad, en una de
esas urbanizaciones nuevas promovidas por el gobierno. La zona era algo desolada,
con grandes extensiones de inmuebles baldíos o a medio construir.
Me bajé del taxi a unas cuadras de mi casa. Algo que en un principio
creí un relámpago iluminó la noche, lo cual me causó
no poca extrañeza, pues no era época de lluvias. Mientras caminaba,
podía ver que la luz de nuestro dormitorio estaba encendida, a diferencia
del resto de la casa. Sin hacer ruido, abrí la puerta y entré.
Subí las escaleras. Me detuve unos segundos junto a la puerta de la
habitación. Definitivamente, había alguien más con Irene.
Y sus jadeos no dejaban duda alguna respecto a la escena que me tocaría
contemplar. Era el momento preciso. Cogí el pomo de la puerta y lo
giré para abrirla.
No se me había ocurrido
pensar que tendría puesto el seguro. Forcejear era inútil,
y no tenía la llave a la mano. Pero ésta ya no era necesaria,
puesto que me habían oído. Los jadeos de Irene cesaron de inmediato.
Tenía que improvisar algo, así que la conminé a abrir
la puerta inmediatamente. Tras unos segundos, durante los cuales oí
algunos sonidos bastante extraños, la puerta se abrió.
Aparentemente, todo se encontraba
en orden, a excepción de Irene, que estaba completamente desnuda.
Tenía una expresión entre abstraída y molesta, y su
actitud denotaba cualquier cosa menos arrepentimiento o vergüenza. Su
respiración era agitada, y todo su cuerpo evidenciaba una gran excitación.
No dijo una sola palabra, y diríase que era mas bien ella quien esperaba
una explicación de mi parte.
Examiné la habitación.
No se veía a nadie más. La ventana estaba completamente cerrada,
y además contaba con una reja externa de seguridad. El armario también
estaba cerrado y seguramente vacío, como después pude comprobar.
La cama estaba en desorden. Solo me faltaba revisar el pequeño frigobar
que teníamos en la habitación, idea que me hizo sonreir por
lo absurda.
Yo me sentía muy confundido.
Sabía que había alguien más en la habitación,
pero ahora no veía a nadie. Por puro formalismo, me dirigí
hacia el armario, al tiempo que Irene se sentaba en la cama.
Sabía que estaba haciendo
el ridículo, pero no tenía otra salida. Era uno de esos momentos
en los que uno sólo tiene una interrogante: "¿y ahora que hago?"
No se me ocurría la forma de iniciar una discusión con Irene,
y golpearla e insultarla no arreglaría la situación. Mientras
revisaba infructuosamente entre ropas y zapatos, oí un ligero carraspeo.
Era la forma que tenía Irene de iniciar una conversación cuando
el tema le incomodaba. Con un gesto algo teatral, cerré el armario,
al tiempo que le decía soy todo oídos, Irene, te escucho.
- Martín, no se como
empezar...
Me extrañó su
tono de voz, lleno de ternura y cariño. No parecía el de una
mujer que hubiera estado a punto de ser sorprendida en pleno adulterio por
su marido. Definitivamente no estaba molesta ni avergonzada. Confundida,
si. Y yo empezaba a sentirme más confundido aún.
- Te amo Martín, siempre
te amé... Realmente, los mejores años de mi vida los he pasado
contigo...
Ahora no tenía la menor
duda acerca de su sinceridad: así era ella, fanática de esas
frases de telenovela, cursis y ridículas, que constituían su
única manera de expresar algún tipo de emoción o sentimiento.
- Todo empezó de una
forma muy extraña, Martín, una noche que tu saliste...Sentía
mucho calor, así que abrí la ventana. Mientras lo hacía,
apareció una luz muy brillante... Me asusté, y quise cerrar
la ventana. Y de repente... Lo tenía sobre mí, por todos lados,
cubriéndome de la cabeza a los pies... Y... y... era como cuando lo
hacía contigo, Martín, pero mas fuerte, más rico...
La expresión de Irene
cambió de mujer estúpida apenada a mujer estúpida excitada.
Sus mejillas enrojecieron, se endurecieron sus pezones... ¿Qué
clase de experiencia podría haberla alterado así, de forma
que la simple evocación le causara esos efectos? Tal vez Irene no
estaba bien de la cabeza. Además, en su relato había un punto
débil: su supuesto amante había entrado aparentemente por la
ventana, y esta tenía una reja de protección desde su construcción.
Ni el más hábil contorsionista (¿y si su amante lo fuera?)
podría deslizarse entre esos barrotes.
Irene continuó hablando,
al tiempo que me sentaba a su lado. Traté de adoptar, sin conseguirlo,
una expresión de marido ofendido.
- Ay Martín, yo pensaba
decirte... Pero es que todo es tan increíble, yo... Yo debo estar
loca, si, loca y enferma, pero es que si tan solo supieras las cosas que
yo se. Y tu nunca estás disponible, siempre tan ocupado, tan ausente...
El me decía que las cosas seguirían como siempre, y yo quería
dejarlo, Martín, o por lo menos contártelo todo... Pero no
podía, Martín, no podía...
La telenovela que estaba inventando
Irene empezaba a fastidiarme. Bueno, aceptémoslo, estaba muy dejada
de su suerte, una noche un tipo entra por la ventana, le hace el amor...
Decidí dejar de indagar sobre los detalles. Existía otro hombre
en su vida. Era todo lo que necesitaba para deshacerme de ella. Lo tenía
todo a mi favor, o al menos eso creía. Con una fingida voz de enojo,
pregunté:
- Bueno Irene, supongo que
tu amiguito tiene un nombre, ¿no?
- ... Maoc.
- ¿Que?
En este punto de la conversación,
me asaltó la repentina idea de que Irene no estaba bien de la cabeza.
Ahora recordaba que los únicos jadeos que había oído
tras la puerta eran los de ella. Tal vez todo era una trampa, no, una especie
de broma de Irene para probarse -y probarme- que aún me importaba,
que podía sentir celos de ella. Con seguridad, no había nadie
más en la habitación. Y vamos, ponerle "Maoc" a un amante
imaginario... Irene no se iba a burlar de mí. Ahora podría
hablar claramente y decirle la verdad, que deseaba librarme de ella, que
ya no la soportaba. Pero antes, decidí seguirle un poco la corriente,
ver hasta que punto irían sus torpes muestras de imaginación.
- ¿Maoc? ¿Se
llama Maoc? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿Y donde está...
Maoc?
- En el frigobar. Se escondió
cuanto te oímos en la puerta.
Las palabras de Irene, dichas
en un tono neutral, sin inflexión que denotara emoción alguna,
me enfurecieron. Primero me había manipulado de forma que creyera
que tenía una relación con otro hombre. Y ahora, se burlaba
de mí, con esa estúpida afirmación de tener a su amante
escondido en un frigobar. ¿Me creía un payaso, un débil
mental? Recordé mi intención de acabar como sea nuestra relación,
teñida ahora, además de la rutina, de un componente de locura
o, peor, de burla. Las cosas no podían quedar así. Un hombre
debe comportarse como un hombre, aunque su mujer esté loca o pretenda
ser graciosa.
Me disponía a abofetearla,
cuando sucedió algo que apenas puedo expresar con claridad. Algo que
cambió mi vida para siempre, que aún ahora me hace dudar si
estoy cuerdo o estoy loco, si acaso existe en el universo alguna cordura,
alguna benevolencia, algo que pudiera definirse como un orden, una justicia,
una verdad. He intentado recuperar lo que fuera mi vida hasta antes de aquella
noche, pero nada borra de mi mente lo que ocurrió. Por que, tras las
palabras de Irene, la pequeña puerta del frigobar efectivamente se
abrió. Por que lo que vi salir, reptando sinuosamente por la rendija
de la pequeña puerta del aparato, fue un delgado tentáculo
de color gris sucio...
No recuerdo cuanto tiempo pasó
mientras aquel horror se mostraba por completo, ni si me desmayé y
desperté luego, o simplemente permanecí estático. Solo
recuerdo que me puse a temblar y a sudar, y a experimentar un sentimiento
atroz de total indefensión, unos deseos intensos de pedir ayuda a
quien pudiera decirme que el mundo aún estaba funcionando correctamente,
que el universo que conocíamos seguía siendo el mismo, con
sus empleados, políticos y amas de casa... alguien que me dijera que
ese ser era de este mundo, que ocupaba un lugar en la zoología conocida,
que su destino final sería un acuario, un plato de comida o el cubo
de la basura... pero nada de eso ocurrió. En esa habitación,
en mi habitación, estabamos mi esposa, yo y algo que no era de nuestro
mundo.
El ser que emergió del
frigobar no difería de un pulpo normal casi en nada. Tenía
ocho tentáculos, era de color gris sucio y su piel parecía
como de caucho pulido. Difería, sí, en la forma de las ventosas
de sus tentáculos: estas eran de un color sonrosado y muy similares
a labios humanos, y se abrían y cerraban con cierta regularidad. Estas
ventosas no eran redondas, sino ligeramente oblicuas, lo que las hacía
más repulsivas aún, puesto que sugerían tanto bocas
como órganos sexuales. Pero nada de esto se comparaba con los ojos.
Eran idénticos a los ojos humanos, de un color verde intenso. Unos
cilios translúcidos hacían el papel de pestañas. La
ausencia de boca y de otros apéndices convertían su cabeza
en la horrenda caricatura de un rostro humano.
Petrificado por el horror, no
supe que decir o hacer. Irene tomó entonces la iniciativa. Con voz
pausada, y sollozando a ratos, me contó acerca de su soledad, de su
falta de perspectivas en la vida, de mi falta de amor hacia ella. De la
noche cuando Maoc llegó. De cómo siguió los consejos
que había leído en una revista del "New Age" sobre como
comportarse ante un encuentro cercano del tercer tipo. (En medio de todo
lo que ocurría, no podía dejar de asombrarme al enterarme
de la clase de cosas que leía Irene).
Me contó cómo
fue su primera comunicación con Maoc, y ya empezaba a darme detalles
de su primer encuentro, cuando aquel ser - me resistía aún
a llamarlo por su "nombre"- saltó sobre mí. De nada sirvieron
mis forcejeos: la parte central de aquel cuerpo, gelatinoso y rígido
al mismo tiempo, cubría mi rostro por completo, y sus tentáculos
se extendían a lo largo de mis extremidades. De alguna manera, aquellos
tentáculos lograron introducirse entre mis ropas, de modo que podía
sentir el contacto de sus húmedas ventosas contra mi piel. Sentí
nauseas cuando los tentáculos alcanzaron mis partes íntimas.
Y luego, vino el éxtasis.
Nada, realmente nada en el
mundo se podía comparar con esa sensación tan pura e intensa
de placer que experimenté durante ese contacto con Maoc. Era como
ir a alta velocidad por un túnel de luz, fuego, sangre, oscuridad...
y en medio de ese placer enloquecedor, el conocimiento, el compartir total
con aquella entidad que no era de nuestro mundo. Supe quien era Maoc, y supe
acerca de su hambre de placer, de su largo vagar por el universo buscando
siempre nuevas sensaciones. También tuve la noción de que,
si bien esa criatura era el vestigio de una raza que poseía una tecnología
mas allá de todo lo que el hombre conocía, era un vestigio
decadente, egoísta, carente de finalidad. Pero su contacto era adictivo,
peligrosamente adictivo...
Cuando Maoc me soltó,
yo ya sabía lo que tenía que hacer.
Me incorporé, adoptando
una expresión de perplejidad. Sentada sobre la cama, Irene me miraba,
sabiéndome partícipe de aquello que también a ella la
había alterado por completo. Las cosas no podían continuar
como antes. Y sobre todo, nadie debía saber de nuestro contacto con
Maoc.
Recordé el revólver
que llevaba conmigo. Un tiro bastaría para solucionar las cosas. Tras
acomodar mis ropas, extraje el arma. Sin mirar el rostro de Irene, le disparé
a quemarropa. Su cuerpo se desplomó sobre la cama, con un agujero
en la frente. Estoy seguro de que no sufrió. Como dije, las cosas
no podían continuar como antes, sobre todo después de saber
algo que Irene nunca supo.
Maoc era la hembra de su especie.
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