La noche
de los tiempos
La nuit des temps
René Barjavel
Ultramar Editores
Madrid, 1976
Hace muchos años, la
fenecida revista Lo Insólito promovía la lectura de
esta novela en su sección “Miscelánea”. La nota –probablemente
redactada por María Tellería Solari- decía mas o menos
lo siguiente: “Ciencia ficción, claro, pero no dejen de leerla. Se
trata de La noche de los tiempos, de René Barjavel, un libro bellísimo,
y que hace soñar. Cómprenlo, etc.” Como en esos tiempos no
se encontraba en la ciudad donde yo residía, me quedé con la
espina por más de 20 años.
Recientemente, pude verla
en un librero de viejo, y me asaltó el deseo de adquirirla. Pero,
¿de qué iba la dichosa novela? Acudí a la internet para
informarme, y los resultados fueron algo desoladores: gran parte de lectores
coincidía en que era una narración de tipo “poético”
(falso), con poco contenido de ciencia ficción (falso) y fuera de
contexto histórico, como si esto último fuera un demérito.
Por suerte, no hice caso de
esos comentarios, y en cuanto pude, la leí. Y lo que leí no
me defraudó para nada.
El principio es impactante.
Una expedición antártica percibe señales de “algo” enterrado
en el hielo de un glaciar. Un objeto esférico compuesto por una capa
de oro, que data de 900,000 años, es decir, de la noche de los tiempos…
El mundo se inquieta, y un grupo de científicos de diversas nacionalidades
es destacado para ahondar en el descubrimiento. La esfera es la cubierta
de una estancia que contiene los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer
que portan máscaras de oro, congelados en bloques de un material más
frío que el hielo. Con la técnica de la época, reviven
primero a la mujer, Eléa, quien les revela su asombroso origen.
La bellísima mujer
–su belleza es algo que se nos recuerda en cada página- es oriunda
de Gondawa, un país o región que basa su economía en
la “ecuación de Zoran”, que permite sintetizar alimentos, ropa, en
fin, lo que sea. Eléa recuerda con mucho pesar la separación
de su amado Paikan, pues el cuerpo que ha sido hallado junto al suyo corresponde
al sabio Coban, poseedor del secreto de la ecuación de Zoran.
Eléa revela que en
su época existían también dos grandes naciones, la suya
Gondawa y Enisoraï. Si bien los gondawaneses son poderosos, lo enisorianos
lo son aún más. Y hay varias divergencias que los tienen en
constante conflicto. Desde la posesión de colonias en otros planetas
(¡según esta novela, los humanos de raza negra son descendientes
de marcianos!) hasta el descubrimiento de un arma –el Arma Solar- que pone
en juego el equilibrio entre naciones. Parece que hace 900,000 años,
hubo una guerra atómica que llevó a la humanidad al borde de
la extinción. El descubrimiento de un suero que proporciona algo parecido
a la inmortalidad permite a los gondwaneses escoger a dos representantes
de su civilización para ser preservados de la hecatombe. Eléa,
por su belleza inigualable, y Coban, por ser el científico más
inteligente de Gondawa. Ambos serán congelados y puestos en la cámara
de oro donde serán hallados luego de 900,000 años.
Mientras Eléa hace
estas sorprendentes revelaciones, los intereses en conflicto de norteamericanos
y soviéticos entran en juego. Se suceden intrigas, incluso intentos
de asesinato, por el interés que despierta tanto la famosa ecuación
de Zoran, como algunos artefactos hallados junto a Eléa y Coban –
un arma, un sintetizador de alimentos, un reproductor de pensamientos- .
Se plantea la necesidad urgente de reanimar a Coban, para lo cual necesitan
la sangre de Eléa.
Cabe destacar el tratamiento
casi caricaturesco que hace el autor de algunos de sus personajes: la científica
soviética siempre de mal humor y dispuesta a lanzar imprecaciones
contra el capitalismo. Los franceses, en franca retirada respecto al dominio
tecnológico frente a los norteamericanos. Y una situación completamente
inverosímil: ¿no reconocería el lector (o lectora) a
su pareja si estuviera desnuda, a pesar de utilizar una máscara? Y
después dudan de que Superman sea Clark Kent…
Hasta aquí lo que puedo
comentar sin destripar el argumento. Hay más de una sorpresa al final,
que por cierto es bastante triste. Eso si, en lugar de una situación
anacrónica o pasada de moda, “La noche de los tiempos” pone en evidencia
la siniestra estupidez de la llamada Guerra Fría.
Daniel Salvo