En 1996 se exhibió
en las carteleras peruanas una película del mismo nombre, dirigida
por Juan Carlos Torrico. Supongo que el título aludía a lo
lejana que era la zona de Asia en ese entonces, al menos para algunos limeños
(no para los asiáticos, claro).
Y es que no es lo mismo Asia
que Asia. Para casi todo el mundo conocido, Asia es un continente, recientemente
azotado por un tsunami de gran magnitud, que ha llegado a modificar ciertos
aspectos climáticos y a nivel planetario. En esa Asia quedan China
y Mongolia. Esa es el Asia que conocen los africanos y los islandeses, por
poner algunos ejemplos.
Pero en el Perú existe
otra Asia que no tiene nada que ver con el Asia Continental (creo que es
mejor empezar a llamarla así, para evitar confusiones). Es el Asia
que queda al sur de Lima, en el kilómetro 97 de la Panamericana Sur.
Ahí pues, donde está el boulevard, el nuevo point de los limeños de “posición acomodada”
(¿se dan cuenta cómo se trata de evitar, en todos los medios,
el utilizar la palabra “ricos”?). Un lugar donde las residencias son de veraneo,
los locales son para consumidores A-1, y los cholos moradores (algunos ya
empiezan a denominarlos nativos) son felices por que pueden conseguir trabajo
como sirvientas, guardianes o jardineros de los generosos veraneantes A-1.
La utopía de la modernidad peruana no está lejos.
Como en su tiempo lo fue el
Cono Norte – que debería denominarse Norte de Lima a secas -, ahora
el desarrollo del Sur aparece como el tema de moda para muchos medios de
comunicación. Qué bien surtido está el supermercado,
hija. Qué hermosas residencias salieron en el reportaje de la tele,
chola. No nos extrañe que el próximo programa televisivo de
moda se llame "Ricos, famosos y evasores" o algo así.
¿Y el resto del Perú?
Claro, alguien, al leer éste
artículo, comentará “este fulano es un resentido social, un
cholito amargado por que no lo dejaron entrar a “Aura” de Larcomar”… Lo
acepto, me resiente, me enerva o lo que sea ver que hay gente que puede
tener acceso a TODO y gente que no tiene acceso a NADA. Por supuesto, hay
matices, y todo es según el color del cristal con que se mira: el
hecho de ser aficionado a la ciencia ficción, a los libros en general,
ya indica, al menos en el Perú, un nivel adquisitivo digno de un asiático…
¿o me equivoco? En todo caso, no hay país o lugar en el mundo
donde no exista una zona VIP (huachafería que viene del inglés
Very Important Person = Persona Muy Importante), basada en el
alto nivel adquisitivo de quienes acudan a ella, que puede dejar además
muy buenos ingresos para países que, de otra forma, no los obtendrían.
Pienso en Cuba y su Varadero, por ejemplo. No seamos tan extremistas, tampoco,
supongo que entre una discoteca de Asia y una chingana en algún muladar
perdido de Lima, sólo un cretino acomplejado escogería la segunda
para celebrar su fiesta de promoción, por ejemplo. Esos, creo yo,
son los verdaderos resentidos. Hace años, Lima tuvo el Country Club,
Ancón, los clubes de la Costa Verde, la Herradura, Pucusana, etc.
(¿se dan cuenta que ahora llamado sector A-1 siempre se mueve hacia
el sur de Lima?).
Pero hay un detallito, y es un detallito que, para
variar, lo provee la ciencia ficción. Y es que no estamos ante una
situación nueva, sino recurrente (la creación de exclusivos
“points” o lugares de moda para la gente A-1, o como se les llame
en la época correspondiente, antes se decía “de sociedad”).
Pero, por si no lo notaron, esa situación recurrente lleva a su vez
a otra reacción recurrente, y es la insurgencia de los excluidos.
Por resentimiento, complejos o lo que sea, habrá siempre fuerzas organizadas
para las cuales estas islas de exclusividad no signifiquen otra cosa que
un enemigo al cual atacar. Pienso en Sendero Luminoso en los ochenta. Pienso
en los etnocaceristas de reciente (y alarmante) actuación. Pienso
en aquellos políticos que atacan a “los pituquitos de Miraflores”…
o simulan atacarlos, llevando agua para su molino.
¿Y la ciencia ficción?
La verdad, cada día que pasa me convenzo que las escuelas y universidades
peruanas pierden el carro de la historia al no incluir a la ciencia ficción
como asignatura obligatoria (al igual que el juego "Civilization" de Sid
Meier). Y es que situaciones como las descritas han sido tratadas en relatos
y películas, alguna más conocida que otras. Para muestra, tenemos
esos magníficos (y siniestros) ejemplos de sociedades tan polarizadas
como la peruana, como son “Metrópolis” de Thea von Harbou (llevada
al cine por su esposo, el famoso Fritz Lang), y “La pianola” de Kurt Vonnegut
Jr.
En “Metrópolis”, asistimos
a la "toma de conciencia" del joven Freder, heredero del Amo de Metrópolis
y asiduo concurrente a los Jardines del Placer, suerte de lugar de veraneo
permanente para los felices hijos de la elite de Metrópolis. Un buen
día, unos niños famélicos serán llevados a dichos
jardines por María, la joven coprotagonista, para mostrarles
la otra cara de la vida a los hijos de la elite. El amor por María
hará que Freder deje esa vida de holganza y placer (qué idiota,
¿no?) para ir en busca de su amada... Y como no la encuentra, se abandona
a la vagancia (extraño héroe, en verdad), siendo objeto de
las manipulaciones de su padre Jon Fredersen y de Rotwang, excéntrico
inventor que crea una robot encargada de conducir a Metrópolis al
caos, exacerbando las inocultables diferencias sociales. Freder no puede
creer que su María se haya convertido en una revolucionaria... hasta
que descubre que ha sido suplantada por la robot creada por Rotwang (por
cierto, una de las robots más famosas de la historia del cine). Claro,
la solución final (y es raro que Fritz Lang no se haya dado cuenta)
es que Freder, convertido ahora en la encarnación del superhombre
nazi, logre una alianza armónica entre las clases dirigentes y los
obreros que hacen funcionar a Metrópolis (“entre el cerebro y el músculo
debe mediar el corazón”). Final felíz.
En cambio, “La pianola” de Kurt
Vonnegut Jr., escrita en 1972, es una novela más ácida y pesimista
respecto a una sociedad que cada vez más se parece a la nuestra...
y acaso a todas las sociedades a nivel mundial. Describe una Nueva York que
se ha convertido en una suerte de fortaleza donde moran las élites
económicas y sociales de los EE.UU. (esta novela anticipa nuestra
Lima actual con sus barrios enrejados), con una población mayoritaria
que no está sometida a la pobreza, pero que vive una existencia mediocre,
minimalista y alienada. Esto último se nos revela a través
del punto de vista de un curioso personaje, un noble oriental (volvemos a
Asia, ¿eh?) que está de visita en los EE.UU. Al preguntar a
sus anfitriones acerca de cómo es la vida de un ciudadano común
y corriente en el país del norte, éstos le comentan acerca
de los fastuosos lujos
de la elite. Sin haber
satisfecho su curiosidad, el oriental pide que le describan el modo de vida
del americano promedio, es decir, el modo de vida de los obreros, empleados
y ciudadanos de a pie. Los guías americanos les hablan de las jornadas
de trabajo sin horario de salida, de los departamentos minimalistas que se
pagan mediante hipotecas interminables, de la educación básica que reciben
sus hijos. Todo esto es explicado pacientemente al visitante por sus traductores.
Por fin, la luz de la comprensión se hace en su rostro. “¡Takkaru!”,
exclama en su lengua. Los guía americanos sonríen con alivio,
para luego ensombrecer sus rostros: “takkaru” significa “esclavo”
en la lengua del asiático…
A diferencia de "Metrópolis"
, no hay final feliz, pues el protagonista se une a las bandas de desocupados
y no asimilados al sistema que viven fuera de los protectores muros que resguardan
a la elite. Si bien parece encontrar auténticos amigos y una forma
de vivir más digna, nada indica que el estado de cosas vaya a cambiar
en ese continuum. En todo caso, puedo asegurar que la pesadilla de nuestro
siglo XXI peruano apareció primero en “La pianola”.
¿Cuál sería
la moraleja? A grosso modo, se podría decir que existen sociedades
que se organizan en base a la “exclusividad” (barrios exclusivos, playas
exclusivas, discotecas exclusivas, universidades exclusivas), o mejor dicho,
en base a la “exclusión” (no vamos a dejar que estés con nosotros);
o bien se organizan en base a la “inclusividad” o “inclusión” (¿estaré
inventando nueva jerga para sociólogos desocupados?). Pues bien, o
tratamos de que todos los ciudadanos seamos actores sociales, económicos,
culturales, o construimos pequeñas islas donde pocos son los llamados
y menos los escogidos. O incluimos, o excluimos. Y creo que no es difícil
prever a dónde nos llevará la exclusión...
Basándonos en las obras
de ciencia ficción utilizadas como ejemplo, tenemos un atisbo terrible
de lo que puede pasar en las sociedades basadas en la exclusión. El
gran reto del Perú para el siglo XXI es crear una sociedad de tipo
inclusivo, aunque parezca difícil.
No quiero ser un takkaru.
Tampoco quiero vivir en una isla de comodidad a espaldas de los demás.
Y por supuesto, tampoco deseo un estado tipo nazi, posibilidad que cada día
parece contar con más simpatizantes. La incultura y la ignorancia
han atacado por igual a ricos y pobres. En eso, si son iguales.
¿Habrá otra alternativa?
Daniel Salvo
Feberero de 2004.