Erasmus
Darwin, Magister
(Título original:
Erasmus Darwin)
Colección Última
Thule
Grupo Anaya S.A.
Madrid, 1995.
Los primeros relatos y novelas
de ciencia ficción que leí en mi vida estaban ambientados en
el futuro, un futuro que podía ser lejano o cercano, pero futuro al
fin y al cabo. La ciencia ficción, sobre todo la pulp, trataban sobre
viajes espaciales, conflictos interestalares y otras aventuras para las cuales
se requería una tecnología que tendría que desarrollarse
“después”. Aunque los protagonistas se comportaran como la gente de
“ahora”.
Sin embargo, el paso del tiempo
nos permite tener acceso a otras formas de hacer ciencia ficción,
que no necesariamente implican la anticipación. ¿Puede entonces
una novela o relato de ciencia ficción ambientarse “en el pasado”?
No un viaje al pasado, sino una historia protagonizada por personajes y enmarcada
en la tecnología de un pasado conocido (y por tanto inalterable, a
menos que estemos hablando de ucronías). Una historia de ciencia ficción
que no altere el “continuum” del mundo que conocemos.
Parece una tarea imposible,
pero Charles Sheffield logra ejecutarla. Y además, utilizando
a un personaje histórico real –Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin
– como protagonista, lo cual obliga a la doble tarea de respetar los datos
biográficos conocidos de dicho personaje. Tras leer estos relatos,
uno puede pensar que efectivamente los acontecimientos narrados en los mismos
pudieron ocurrirle al señor Erasmus Darwin.
Tres son las historias que
relatan las posibles aventuras del doctor Erasmus Darwin en la Inglaterra
de fines del siglo XVII. Historias en las cuales hay un trasfondo de leyenda
que pasa a convertirse en realidad, realidad que cuenta con una explicación
racional, proporcionada por el observador magíster, pese a las iniciales
dudas de su ocasional compañero Jacob Pole, infatigable buscador de
tesoros.
El doctor Erasmus Darwin,
pese a su fama y talento, es retratado – según en autor, según
la descripción hecha por sus contemporáneos- como un hombre
entrado en la cuarentena, de vientre voluminoso, cicatrices de viruela y
carente de dientes delanteros. Imposible no simpatizar con un protagonista
así, sobre todo en estas épocas en las cuales ciertas películas
han lavado las mentes del público para hacerles creer que, en cualquier
época, los prototipos de belleza femenina o masculina eran idénticos
a los de ahora. Anacronismo que le dicen, en el cual Sheffield no cae.
El libro está compuesto
por tres aventuras en las que el doctor Erasmus Darwin desplegará
todo su ingenio para resolver algún misterio, topándose con
respuesta tanto o más insólitas que el presunto origen sobrenatural
de dichos misterios. Así, en El diablo de Malkirk, nuestros
protagonistas se ocupan tanto de la exploración en busca de los posibles
tesoros de un galeón hundido como de la curación de una importante
figura histórica, vinculada a una de las tantas rebeliones de los
escoceses contra los ingleses. Todo ello sazonado con la presencia de alguien
que afirma ser el famoso ocultista Paracelso, “reaparecido” unos trescientos
años después de su muerte. Todo hay que decirlo, esta primera
historia es acaso un poco más lenta y floja que las siguientes, pero
permite conocer el carácter del doctor Darwin y la manera en que se
conoció con Jacob Pole, inveterado narrador de anécdotas ocurridas
en los cinco continentes. No hay galeón español hundido, aunque
si se da fin a una intriga política y se resuelve el misterio del reaparecido Paracelso. Queda
como incógnita el avistamiento del diablo de Malkirk, una bestia marina
que podría tener alguna relación con el monstruo del Lago Ness…
La segunda historia, El
tesoro de Odirex, es más ágil y, a mi juicio, la mejor
del libro. En otro paraje inglés, el dueño de una hospedería
convoca los servicios del doctor Darwin para que examine a su esposa, Anna.
Y es que Anna ve, durante ciertas noches, unas extrañas luces en un
monte cercano. Ya que nadie más puede ver esas luces, asociadas a
la presencia de una extraña formación nubosa llamada El Yelmo
por los lugareños. El monte es llamado Monte de la Cruz, pues según
la leyenda popular, originalmente estuvo habitado por demonios expulsados
por San Agustín al blandir una cruz. Al examinar a Anna, el doctor
Darwin descubrirá que está en sus cabales, y además,
tiene mejor vista que su marido y los demás lugareños. Son
ciertas las apariciones de las luces, entonces. ¿Vuelven los demonios?
Tras apertrecharse con provisiones, nuestros héroes suben al monte,
que a unas cuevas, supuesto deposito del tesoro de Odirex. Odirex es el nombre
de un rey legendario que, según ciertos escritos, expulsó a
los romanos de sus tierras
utilizando dicho tesoro, proviniendo su nombre de Odiis Rex, Rey del
Odio. Tras algunos percances, Erasmus Darwin y Jacob Pole ingresaran al interior
de la cueva, donde hallarán algo tan increíble que asombrará
al lector más curtido (a menos que cometa el error de leer la contratapa
del libro, que sólo consigue arruinar la sorpresa). Dicho descubrimiento
permitirá también al magíster esbozar una serie de ideas
que posteriormente serán desarrolladas por su no menos famoso nieto.
Finalmente, en El inmortal
de Lambeth, una bestia legendaria asola los alrededores de un molino
cercano a Norfolk. Erasmus Darwin es llamado para examinar las heridas del
único sobreviviente a una masacre, posiblemente efectuada por el monstruo
local, una bestia de la cual nadie tiene idea de su aspecto, pero que suele
atacar durante las noches de luna a quienes se acercan al inmenso molino
de los Alderton, familia de terratenientes que cuenta con un último
descendiente, provisto de un manuscrito con misteriosas anotaciones realizadas
por su abuelo, relativas al molino y la luna llena… Si hay un monstruo en
esta ocasión, aunque su origen no sea sobrenatural, y volveremos a
ver a Erasmus Darwin utilizando tanto su intuición como un curioso
artefacto fabricado por relojeros. La escena en la cual se descubre la identidad
del monstruo, que magistralmente se nos ha ocultado hasta ese momento, es
simplemente una joya de antología, que nos demuestra que una buena
historia de ciencia ficción puede construirse con los elementos más simples y prosaicos.
Eso si, una advertencia: no
lean la contratapa. No dejen que les arruinen la sorpresa.
Daniel Salvo © febrero de 2005