Capitulo 6:      LA DISCULPA 

por Sandra Hernández Martín


          Matsuyama bajó corriendo las escaleras desde el tercer piso donde estaba la habitación que compartía con su mejor amigo. Iba vestido con el chándal oficial del equipo de fútbol del colegio, ya preparado para el entrenamiento que, como de costumbre, empezaría a las seis de la tarde. 
  - ¡Eh, tú! -le gritó el conserje desde dentro de la cabina de cristal de la recepción de la residencia-. ¿Qué mosca te ha picado? ¡No corras por los pasillos!
  - Perdón, señor -dijo Matsuyama, deteniéndose de inmediato e inclinándose en un gesto de cortesía. Sin embargo, se apresuró a alcanzar la puerta de salida del edificio, y una vez allí, echó de nuevo a correr.
          Aún faltaban veinte minutos para el comienzo del entreno, así que no era ese el motivo de las prisas de Matsuyama. La causa era la carta que llevaba en la mano, que tenía que enviar cuanto antes mejor. Y, dado que la única oficina de correos que conocía en Tokyo estaba muy cerca de la estación de tren y esta quedaba a un kilómetro del colegio o más, tenía que darse prisa para enviarla y llegar a tiempo al entrenamiento. Ya había llegado tarde al primer entrenamiento, el día anterior, y no quería volver a retrasarse en el segundo. Además, Misugi le había dicho aquella mañana que quería hablar con él después de entrenar, así que el único momento que tenía del día para enviar la carta era aquel.
          Matsuyama atravesó el jardín que rodeaba a la residencia como un rayo, o lo habría hecho de no haberse estampado contra una persona que salió de imprevisto de detrás de un árbol. Ambos chocaron y fueron a parar al suelo con estrépito. 
  - Lo siento mucho -se disculpó Matsuyama en cuanto recuperó el aliento. Se sentó en el suelo y se incorporó, frotándose una costilla que había quedado dolorida-. Llevaba prisa y no miraba por dónde iba... -continuó, acercándose a la otra persona, que estaba sentada aún en el suelo.
          Se trataba de una chica alta y delgada, cuyos grandes y brillantes ojos marrón oscuro apenas asomaban debajo de su largo flequillo. Tenía el pelo castaño, cortado a media melena. Una mata rebelde que enmarcaba un rostro muy bonito que a Matsuyama le resultó familiar, aunque estaba seguro de que realmente no conocía a aquella chica...
          De repente cayó en la cuenta.
  - ¡Eres la chica del balonazo!
  - ¿Cómo? -preguntó ella extrañada. Sin embargo, segundos después abrió los ojos como platos-. ¡No me digas que tú fuiste el que me pegó aquel golpe ayer!
  - Pues mucho me temo que si -admitió el futbolista-. Deja que te ayude, por favor -dijo después, tendiéndole una mano que ella aceptó para ponerse de pie finalmente-. ¿Estás bien? -se interesó Hikaru.
  - Si, aunque no gracias a ti. Por lo visto estás decidido a acabar conmigo, ¿verdad? -le dijo ella pero, a pesar de que las palabras podían sonar duras, el tono en que las pronunció era divertido, como si aquella extraña situación le hiciese más gracia que otra cosa-. Me preguntó qué te habré hecho para que la hayas tomado conmigo -añadió enarcando una ceja.
          Matsuyama se rascó la nuca con una mano y sonrió tímidamente.
  - Da esa impresión, ¿verdad? -dijo-. Lo siento de veras, créeme. El balonazo fue pura mala suerte. Intenté disculparme, pero tus compañeras casi me comen, y después del entrenamiento no te encontré... ¿Te hice mucho daño?
  - Te mentiría si te dijese que me hizo cosquillas -dijo ella, sonriendo a pesar de todo-. Me dejaste la cabeza hecha polvo... Tienes un tiro fuerte.
  - No tanto como yo quisiera -dijo Matsuyama.
  - Por suerte para mi.
  - Sin embargo, el encontronazo de ahora no tiene excusa. Llevaba prisa y no veía por dónde iba. Oye, de verdad que lo siento. ¿Podrás perdonarme?
  - No te preocupes tanto -le tranquilizó ella-. Ya está olvidado. -Matsuyama sonrió. Era una chica encantadora-. Me llamo Hideoki Akemi -se presentó.Hideoki Akemi, por Sandra Hernández
         ¿Por qué le sonaba tanto el nombre? ¿Lo había oído en alguna parte? El futbolista trató de recordar dónde. Sus compañeros no le habían dicho el nombre de la chica a la que había pegado el balonazo, porque no se habían dado cuenta de a quién había sido, así que no podían haber sido ellos. Entonces, ¿dónde?
          Meiko. 
          Su hermana Meiko había viajado a Tokyo el mes de marzo pasado para jugar las finales del Campeonato Nacional con el equipo de voleibol de la Escuela Furano. Era el primer año que se clasificaban ¡y el Musashi había sido el equipo que les había apeado del campeonato! Al volver a casa, Meiko no había dejado de hablar de la estrella del Musashi, de la mejor jugadora de voleibol que había visto nunca: ¡Hideoki Akemi! 
  - Yo soy Matsuyama Hikaru -se presentó el chico después de un rato-. Mi hermana Meiko habla constantemente de ti.
  - ¿Cómo? -preguntó Akemi sin entender-. ¿Meiko? Ah, espera -La cara se le iluminó-. ¿Matsuyama Meiko? Una jugadora del Furano, el equipo revelación de la pasada temporada, ¿no es eso? Rematadora, si no me equivoco -dijo la chica. 
          Hikaru asintió.
  - Alta, morena, con trenzas. Muy temperamental -continuó él, describiendo a su hermana en pocas palabras-. Le encanta cómo juegas.
  - ¿Si? A mí también me causó buena impresión. Recuerdo que saltaba mucho. Tuvimos muchos problemas para superar sus bloqueos -rememoró Akemi-. Era una de las jugadoras más jóvenes del campeonato, pero se comportaba cómo si hubiera jugado el Campeonato Nacional toda la vida.
  - Mi hermana no se deja impresionar fácilmente -corroboró Matsuyama-. Tienes muy buena memoria. 
  - Hay que acordarse de los rivales -dijo Akemi, una máxima que Matsuyama había pronunciado infinidad de veces-. Eso lo explica todo: el balonazo, el encontronazo... Hmm... ¿no estarás intentando favorecer a la familia? -preguntó en tono de guasa, y luego se echó a reír.
  - No sería mala idea -comentó Matsuyama, siguiendo el juego.
  - ¡Oye! -dijo Akemi, fingiendo molestarse-. Por cierto, ¿dónde diablos ibas con tanta prisa? -le preguntó.
  - A echar... -comenzó a explicar Matsuyama, pero de repente se calló y empezó a recorrer el lugar con la mirada de manera ansiosa. 
          ¡La carta de Yoshiko había desaparecido! Se le debía de haber escurrido de entre los dedos en el choque. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ese momento?
  - ¿Qué te pasa? -preguntó Akemi, intrigada por la actitud del chico.
  - ¡He perdido la carta que tenía que echar al buzón! -contestó él, mirando detrás de un árbol. 
  - ¿Has perdido una carta? -dijo la chica, que se puso a buscar de inmediato con la mirada. Precisamente, fue ella quien dio con el sobre. Estaba algo sucio, pero era perfectamente aprovechable-. ¡Caray! ¡Estados Unidos! -exclamó tras echar un vistazo a la dirección. 
          Si, era una chica encantadora, aunque también un tanto cotilla. Matsuyama alargó el brazo para agarrar la carta antes de que Akemi la abriera y la leyera. La muchacha le pasó el sobre.
  - Que nivel tienes, ¿no? Escribiendo a Estados Unidos -comentó la chica-. ¿Puedo preguntar para quién es?
  - ¿Es que no te ha dado tiempo a leerlo? -le preguntó Matsuyama, molesto.
  - Ejem... No -reconoció ella, sonrojándose por primera vez-. Ahora soy yo quien tiene que pedir disculpas. Lo siento, soy demasiado curiosa -se disculpó.
  - No importa -dijo Matsuyama, aunque su tono era algo tenso-. Bueno, tengo que irme. Tengo que llegar a la oficina de correos y volver antes de las seis...
  - ¿A qué tanta prisa? -preguntó la muchacha, mirándose el reloj-. Te quedan diez minutos.
  - Está a más de un kilómetro.
  - ¿De qué hablas? Hay un buzón muy cerca de aquí -dijo la chica. 
  - ¿Si? ¿Dónde?
  - Delante del Twenty. -Matsuyama la miró sin comprender-. Si, hombre. Un izakaya
* muy conocido, donde se reúne mucha gente del colegio a tomar algo después de las clases. ¿No lo conoces?
  - Llevo tres dias en Tokyo -le indicó él.
  - Ah, claro. Tú eres nuevo -dijo Akemi, algo azorada-. Bueno, da igual. Te acompaño.
  - Oye, no te molestes...
  - Está a dos pasos. No es molestia. Venga -dijo la chica, echando a andar.
          Un momento después, Matsuyama la siguió.

          Al final, le sobraron cinco minutos para las seis, con lo que llegó de los primeros al campo de entrenamiento. También fue hasta allí con Akemi, puesto que ella comenzaba a entrenar también a la misma hora y la cancha de voleibol estaba al lado de la de fútbol. 
          Matsuyama se enteró por la chica que los nuevos fichajes del equipo de fútbol del colegio habían levantado gran expectación entre el alumnado, que tenía muchas esperanzas de que su equipo se llevara algún torneo de una vez por todas. 
          Aunque no todo eran alegrías. Akemi le contó que en el club de fans de Misugi Jun (un club muy numeroso, por cierto), las chicas se habían asustado mucho cuando se enteraron de que su ídolo había sufrido una grave operación aquel verano y, aunque se alegraron al saber que todo había salido bien,  volvieron a entristecerse cuando averiguaron que no verían jugar a su príncipe en todo el año. Para ellas que Misugi estuviera de entrenador no era suficiente, porque metido en el banquillo no podrían verle. Ellas querían verle jugar, sobre todo por que entonces iba en pantalones cortos... 
         Aunque tendrían que conformarse. Precisamente aquella tarde, un nutrido grupo de jovencitas se había colocado en una de las bandas del campo de fútbol, dispuestas a ver a su ídolo ejerciendo su nuevo cargo. Cada vez que Misugi se ponía serio e imponía su autoridad, su club de fans le vitoreaba y le pedía que saludase. Una vez se le ocurrió agitar la mano en su dirección y por poco se desmayan la mitad de las allí reunidas. 
  - Había oído que Misugi-kun tenía muchas admiradoras, pero jamás pensé que fuera así... -comentó Matsuyama a sus compañeros durante el entrenamiento.
  - Pues sí, y cada año hay más -le informó Honma, que volvía a ser su pareja en otra nueva tanda de ejercicios-. Al principio resultaba divertido, pero ahora ya cansa.
  - Pues le damos un balón a Matsuyama-kun y que haga tiro al blanco -propuso Soda, con su radical sentido del humor-. Ayer dio resultado con las chicas de voleibol, aunque alegraban la vista con esos pantaloncitos cortos... -añadió guiñando un ojo con gesto pícaro.
  - Que gracioso, Soda -replicó Matsuyama, sin una pizca de humor en su tono.
  - Por cierto, ¿sabes ya a quién le pegaste el golpe? -le preguntó Honma.
  - Si. 
  - ¿Quién era?
  - Hideoki Akemi, y ya me he disculpado. Me la encontré antes de venir a entrenar de forma... fortuita... -No se le ocurrió otra forma de expresarlo sin dar más detalles que no interesaban a nadie-. Vinimos juntos al entrenamiento. Es una chica encantadora.
  - ¿Viniste con Hideoki Akemi? -preguntó Honma-. Vaaaaya...
  - ¿Qué pasa con ella? -preguntó Soda, intrigado por el tono de Honma.
  - Es una de las chicas más guapas del colegio. 
  - No pierdes el tiempo, ¿eh, Matsuyama-kun? -dijo Soda, que por poco le pega un codazo en la costilla que le había quedado dolorida tras en encontronazo con Akemi. Por suerte se apartó a tiempo.
  - Matsuyama-kun ya está comprometido -intervino Oda, que no se había perdido una palabra, a pesar de que no había abierto la boca hasta ese momento-. No penséis mal, muchachos.
  - Mejor. Así podrá presentármela -dijo Soda-. Uno menos con el que competir...
  - Tu sueñas. En todo caso me la presentará a mí, que le conozco desde que teníamos tres años... -dijo Oda.

          Después del entrenamiento, que fue igual de duro que el anterior, Matsuyama se reunió con Misugi, que aún continuaba algo molesto por el espectáculo que había montado su "club de fans". Ambos chicos esperaron a que el resto del equipo se marchase, hasta que sólo quedaron ellos dos. 
  - ¿De qué querías hablarme? -quiso saber Matsuyama. 
  - Me ha llamado el seleccionador nacional, Mikami-san, para decirme que el viernes por la tarde se va a celebrar el sorteo de la ronda clasificatoria para la Copa de Asia del año que viene. Va a ser aquí en Tokyo, y quiere que vayamos.
  - ¿Vayamos?
  - Si, tú y yo. Iba a llamarte a tu casa, pero le dije que ahora estabas aquí y que yo me encargaría de darte el recado. Mikami-san quiere que vayas como capitán de la selección, y yo como ayudante técnico.
  - Pero el capitán es Tsubasa...
  - El Sao Paulo no le deja venir para esto -le explicó Misugi-. Tú eres el segundo al mando, Matsuyama, tendrás que actuar como representante de los jugadores. De todas formas, creo que también estará Hyuga Kojiro, como goleador. Mikami-san me dijo que quería impresionar a nuestros futuros rivales presumiendo 
de campeones del mundo... -dijo Misugi sonriendo ante la ocurrencia del seleccionador nacional-. ¿Qué dices? 
  - Que iré, claro -dijo Matsuyama sin dudarlo-. ¿Y qué hay que hacer?
  - Pues en realidad no lo se. Supongo que estar allí y ver qué equipos nos tocan -dijo Misugi encogiéndose de hombros-. Eso si, Mikami-san me ha dicho que tenemos que ir bien vestidos, con traje de sastre. Mandará un par de trajes con el escudo de la federación japonesa a mi casa. Dice un equipo trajeado causa impresión de seriedad y competencia, que es algo que utilizan los equipos europeos. Va a hacer que cuando vayamos de viaje llevemos todos el mismo uniforme, como si fuésemos al colegio. Hyuga-kun, tú y yo seremos los primeros en llevarlos.
  - Este hombre tiene cada idea...
  - Pues si, la verdad -asintió Misugi-. Por cierto, nuestros trajes los he pedido iguales. Creo que tú y yo debemos usar la misma talla...
  - Si, más o menos -coincidió Matsuyama.
  - Entonces tema arreglado. Eso era todo -zanjó Misugi. 
          Los chicos salieron del vestuario y se dirigieron andando tranquilamente fuera del colegio.
  - ¿Sabes a quién me he encontrado hoy por los pasillos del colegio? -preguntó Misugi de repente. Matsuyama se encogió de hombros y negó con la cabeza-. Nada más y nada menos que a Nitta Shun.
  - ¿A Nitta-kun? -preguntó Matsuyama, deteniéndose-. ¿Y qué hacía Nitta-kun en Tokyo? 
  - Pues lo mismo que tú y que yo: estudiar.
  - ¿Nitta-kun está en el Musashino? -inquirió Hikaru sorprendido. Misugi asintió lentamente-. ¿Pero no vivía en Shizuoka?
  - Tú lo has dicho: vivía. Su padre es profesor de matemáticas y le ha contratado el colegio. De hecho es el profesor de matemánticas de mi clase, lo que pasa es que no me había dado cuenta hasta ahora... -dijo Misugi, rascándose la barbilla con aire ausente-. Bueno, el caso es que al trasladarse el padre, se ha trasladado toda la familia, y ahora están viviendo en Tokyo. Y, como todos los hijos de profesores, Nitta estudia en el colegio.
  - No tenía ni idea -admitió Matsuyama.
  - Pues ya ves -dijo Misugi-. Es una lástima que no tenga un par de años más y pueda jugar como preuniversitario, con nosotros... Sería una gran baza.
  - Si -coincidió Hikaru.

 

NOTAS:
* "izakaya" es la palabra con que los japoneses se refieren a todos los bares donde se reúnen los jóvenes y universitarios a tomar algo.
Si tienes algún comentario, pregunta o crítica escríbeme a [email protected]  . Gracias.

1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14

Hosted by www.Geocities.ws

1