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Capítulo 1: CARTAS DESDE TOKYO por Sandra Hernández Martín |
Oda Kazumasa irrumpió en el pequeño jardín que daba entrada a la
casa de los Matsuyama como una exhalación. Kei, el pequeño de la familia, se peleaba con un balón, intentando que el esférico no tocase el suelo.
Oda sonrió al recordar que, antes de que su hermano jugase el Mundial sub-16, Kei aseguraba que iba a ser jugador de béisbol. ¿Estaría delante
de otro Hikaru Matsuyama o se le pasaría el interés por el fútbol en el futuro? Eso sólo lo podía decir el tiempo.
- Hola, Kei-chan -saludó Oda-. ¿Está tu hermano en casa? -preguntó después.
- Claro -dijo el otro, intentando no perder el ritmo, aunque no lo consiguió. El balón tocó el suelo y botó una sola vez antes de que el niño, que
apenas tenía cinco años, lo recogiese de nuevo-. Está arriba, creo -añadió antes de continuar con su tarea.
La puerta de la casa estaba abierta.
Oda llamó con los nudillos
mientras franqueaba el umbral, para hacerse notar. La madre asomó la cabeza por la puerta que daba acceso a la cocina.
- Buenos días, Matsuyama-san -saludó Oda educadamente mientras se inclinaba ligeramente.
- ¡Ah, Kazumasa-chan! Buenos días -saludó la mujer-. Pasa, pasa -le dijo,
acompañando las palabras con un gesto. Oda se quitó las deportivas de un tirón y
las dejó bien colocadas en el recibidor, con el resto de los zapatos de la casa-. ¡Hikaru! -gritaba la madre. Giró la cabeza como si esperara una respuesta.
- ¿Qué? -Oda reconoció la voz de su amigo proveniente de su habitación.
- ¡Ha venido Kazumasa-chan!
- ¡Que suba! -gritó el otro inmediatamente.
- Ya le has oído -dijo la mujer con una sonrisa. Dio media vuelta y volvió a la cocina, de donde salía un olor
realmente exquisito, mientras Oda subía las escaleras de madera de dos en dos.
La puerta de la habitación de su amigo tenía colgada del pomo un viejo cartel
de madera que tenía dieciséis años. El nombre de Hikaru aparecía grabado en él y, más abajo, con un trazo evidentemente más reciente, estaba el nombre
de Kei. Oda no recordaba ninguna ocasión en la que aquel rótulo no
hubiera estado ahí.
La puerta estaba abierta, así que entró sin hacer demasiado ruido,
descubriendo a su amigo sentado delante de su escritorio, dándole la espalda. Como siempre, la habitación estaba ordenada -gracias a los esfuerzos de
Hikaru, ya que Kei era un desastre- y limpia. Mientras Oda tenía toda su habitación empapelada de pósters de sus jugadores y escuadras favoritos,
Hikaru sólo tenía dos camisetas colgadas de la pared, lo que no dejaba de sorprenderle. Sabía que su amigo tenía camisetas de bastantes equipos a los
que se había enfrentado, tanto en el campeonato nacional como en torneos internacionales, pero a su juicio sólo esas dos merecían estar colgadas. Una
era la número diez del Furano, el equipo del que había sido capitán toda la vida. La otra era la número doce de la selección nacional japonesa, la camiseta
con la que se había proclamado campeón del mundo sub-16 hacía menos de un mes,
en Francia. Esta última camiseta ocupaba un puesto de honor junto a la medalla de oro que le habían entregado al final del
partido.
Matsuyama tenía otro tesoro más. Encima de una estantería repleta de
álbumes de fotos y libros -muchos de ellos relacionados con el fútbol- descansaba uno de los balones que se habían empleado en la agónica final
contra Alemania. Hikaru lo había conseguido tras saltar al foso del terreno de juego y sacar el esférico del fondo, pues había quedado atrapado durante
el encuentro y los recogepelotas no se habían atrevido a bajar. Nadie había logrado sacar un solo balón del campo. Matsuyama se convirtió en la envidia
de sus compañeros cuando se las arregló para presentarse en el vestuario japonés con el esférico y,
además, hacer que lo firmara el equipo al completo.
- ¡Oda-kun! -gritó de repente Matsuyama, sin darse la vuelta-. ¿Vas a
subir o no?
Oda sonrió con expresión taimada. Su colega estaba tan enfrascado
en lo que fuera que estuviera haciendo que no le había oído llegar.
- ¡Hola! -saludó, tocándole en el hombro de repente. El otro pegó tal
respingo que a punto estuvo de caerse, con silla y todo. Oda rompió a reír.
- Pues no le veo la gracia -dijo Matsuyama, rojo hasta las orejas.
- Eso es porque no puedes verte la cara -replicó Oda entre carcajadas.
Hikaru se puso aún más colorado y
Oda volvió a reírse. Procuró
recobrar la serenidad pronto, recordando el asunto que le había llevado allí.
- Oye, ahora en serio. Tengo algo muy importante que enseñarte -dijo Oda.
La cara de Matsuyama pasó del enfado a la expectación cuando Oda se
metió una mano en un bolsillo y sacó un sobre blanco doblado, que acabó tendiéndole para que lo cogiera.
- Lo he recibido esta mañana y aún no se lo he enseñado a nadie. Léelo y
dime que te parece -le pidió.
Matsuyama cogió el sobre y lo observó. Tenía un escudo en la parte
delantera, y el muchacho abrió los ojos desmesuradamente cuando pareció reconocerlo.
- ¿Que qué me parece? -preguntó Hikaru, entusiasmado de repente-. ¡Pues
me parece increíble! -exclamó de repente, volviéndose hacia el escritorio. Tomó un papel de encima y se lo tendió a su amigo.
Oda no sabía qué pensar. Cogió el papel que le daba su compañero
despacio pero, cuando vio el membrete de la carta casi se cayó al suelo por la sorpresa: ¡el anagrama del Colegio Superior Musashino de Tokyo! ¡Era el
mismo escudo que adornaba su sobre!
- ¡No puede ser! -exclamó incrédulo, sentándose en la cama de Kei.
Matsuyama estaba leyendo la carta de Oda, y este estaba haciendo lo
propio con la carta de Hikaru. Ambos querían asegurarse de que todo aquello era cierto.
Y lo era.
Los dos jóvenes tenían claro que querían seguir estudiando después
de los años de Chuugaku, que habían acabado ese año. Como la escuela de Furano sólo ofrecía la enseñanza obligatoria, es decir, hasta los dieciséis
años, los dos habían solicitado una plaza en el Colegio Oshiemasu, el instituto
del distrito este de Furano, con la esperanza de que les admitieran a ambos para
poder seguir estudiando juntos, como habían hecho desde que se conocieran en el
jardín de infancia (si es que se podía llamar estudiar a hacer monigotes de plastelina y pintar con los dedos).
Pensaron que su día de suerte había llegado cuando aquel instituto les
admitió, pero ahora llegaba la oferta del Musashino. Porque en aquellas cartas les ofrecían una beca de estudios y residencia en Tokyo durante los dos años que
duraría el Kookoo, la preparación preuniversitaria. Claro que tenía dos condiciones. Una era que pasaran el examen de acceso, y la otra que, una vez admitidos,
jugaran en el equipo de fútbol del Colegio, el Musashi S.C.
- La mejor escuela del país y estudiaríamos becados -continuó Matsuyama-.
¡Becados! Nuestros padres no se gastarían ni un solo yen.
Por raro que pudiera parecer, por una vez el fútbol no era prioritario
en el pensamiento del hasta ahora capitán del Furano. El tema del dinero era algo que últimamente obsesionaba a Hikaru, y es que los Matsuyama no eran,
ni por asomo, la familia más rica de Furano, una población eminentemente agrícola y ganadera al pie del monte Asashi de la isla de Hokkaido.
Por el momento, Hikaru no había tenido la necesidad de ponerse a trabajar, como había ocurrido con otros de sus compañeros de equipo, pero le
había dicho a Oda en más de una ocasión que tendría que hacerlo si quería acceder a la universidad, cosa que, por otro lado, estaba decidido a hacer.
Decía que la vida de un futbolista, si bien era productiva en dinero, también era corta en comparación con la de un informático, un economista o un médico.
El fútbol era su gran pasión y alcanzar la profesionalidad su gran sueño, pero
era consciente de que necesitaba algo más para cuando eso se acabase. Y ese algo era una carrera que le asegurase una futura profesión.
- Y además podríamos jugar en el Musashi -añadió después. Ahora comenzaba a
parecerse al Matsuyama de siempre.
- El equipo de Misugi-kun -dijo Oda-. Siempre me gustó, aunque no será
como jugar en el Furano.
- Ningún equipo será como el Furano -le corrigió Matsuyama.
Cierto que no habían ganado ningún título, pero no había escuadra que
jugase tan conjuntada como el Furano, donde se viviese tanto lo que era el espíritu de equipo como en el Furano. Matsuyama había estado en la selección
recientemente y, aunque se logró un buen ambiente, jamás sería comparable a la
unión entre los jugadores de su equipo de toda la vida.
- Además, no se si Misugi jugará este año en el Musashi -añadió Hikaru. Oda
le miró sin comprender-. Le operaron a corazón abierto hace dos semanas y pico -dijo a modo de explicación.
- ¿Si? -preguntó Oda, que no sabía nada-. Creía que ya estaba bien.
¿Le ocurrió algo para que le operaran? -inquirió algo preocupado.
- No, no le pasó nada, se operó por decisión propia. Llevaba mucho tiempo
dándole vueltas y decidió operarse después del mundial. Eso es todo.
Todo había sido a raíz del encuentro contra Francia en semifinales,
un partido en el que Misugi lo había pasado realmente mal, tanto que por momentos notó que le faltaba la respiración. Por suerte el árbitro pitó el
final y pudo recuperarse para lanzar en la tanda de penaltis. Este hecho no se lo contó a nadie salvo a Matsuyama, que era su compañero de cuarto y con
el que había cogido bastante confianza.
Eso fue dos noches después, cuando los dos chicos luchaban por
conciliar el sueño, pendientes más de la final que de otra cosa. Misugi confesó que
llevaba bastante tiempo dándole vueltas a la posibilidad de someterse a una operación donde le tendrían que reemplazar la válvula del corazón que tenía
dañada por otra nueva. Era una intervención delicada, porque, además de ser a
corazón abierto, implicaba la posibilidad de un rechazo de la nueva válvula y todo lo demás, con lo que podía ser que al final no sirviese para nada. Y,
además, Misugi estaba harto de los hospitales. Tenía la impresión de que toda
su vida había transcurrido en la habitación de un hospital. Pero el partido contra Francia le obligó a tomar una decisión drástica.
Pasase lo que pasase, se operaría al regresar a Japón. Había llamado a sus padres y estaba convencido de que ya estaban preparándolo todo.
Después del Mundial, Matsuyama había llamado varias veces a Misugi
para preguntarle como estaba y darle ánimos. No sin preocupación descubrió que su compañero de cuarto estaba verdaderamente asustado. Era un tipo valiente,
pero la tensión, la incertidumbre de una operación de aquellas características
podría con cualquiera, y Jun era muy joven. Pero Matsuyama le había recordado el caso de Kanu, el jugador nigeriano al que habían descubierto una grave
afección cardíaca. El equipo donde jugaba, en Italia, lo dio por acabado, pero el no se rindió. Se operó, hizo su rehabilitación y en seis meses estaba
de nuevo jugando, triunfando en la Premiere League inglesa. Lo cierto era que
Hikaru se había esforzado al máximo para levantar la moral y el ánimo de Misugi.
- Me he mantenido enterado más o menos de cómo le va, y por el momento parece
que todo marcha bien -le informó-. No he podido hablar con Misugi desde la operación, puesto que está en el hospital, pero Aoba-san me va contando cómo anda.
- ¿Y que tal le va?
- Está muy animado, pero le espera una convalecencia larga. Por eso digo
que es difícil que juegue este año en el Musashi -retomó el tema Matsuyama.
- Es un tipo fuerte, seguro que nos sorprende -opinó Oda. No le conocía tan
bien como Hikaru, pero había coincidido con él en un par de concentraciones con
la selección japonesa donde había estado convocado y se había hecho una idea
bastante aproximada-. Además, si entramos en el colegio...
- ¿Cómo que "si entramos"? ¿Estás pensando en la posibilidad de rechazar la
oferta o qué? -inquirió Matsuyama, alarmado-. ¡Es una oportunidad única! ¡No
podemos rechazarla!
- ¿Me tomas por tonto o qué? -dijo Oda, ofendido-. ¡Yo no he dicho nada de
rechazar la oferta!
- ¿Y entonces a cuento de qué venía eso de "si entramos"?
- Pues viene a cuento de que antes hay que pasar un examen de ingreso.
- Ah, eso -dijo Matsuyama, visiblemente aliviado.
- ¿Y te quedas tan tranquilo? -le increpó Oda-. ¡Por si no lo sabes, te diré
que el Colegio Superior Musashino tiene uno de los niveles académicos más altos
del país! Pasar esa prueba no va a ser fácil, y la beca depende de eso. En otras
palabras: si no apruebas, no hay beca, Matsuyama-kun.
- Aprobaremos, Kazumasa -aseguró Hikaru-, porque, amigo mío, tu y yo nos vamos
a poner a estudiar... ¡desde este mismo instante!
Apenas había acabado de hablar cuando ya le había lanzado un libro a
Oda. Este lo recogió y leyó en la tapa que se trataba de un tomo de Matemáticas.
Lo sujetó con ambas manos y suspiró profundamente mientras miraba a su amigo con
expresión afligida.
- Al menos me dejarás ir a decírselo a mis padres antes, ¿no? -le preguntó,
resignado ya a pasarse el resto del verano entre libros, números y letras.
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