Había
una vez un Reino exótico y oriental llamado Serendip cuya memoria
se confunde con la imaginación. Los más viejos nos cuentan
que existió; que estaba en una isla que muchos, muchos años
después se llamó Ceilán y que hoy se conoce como Sri
Lanka. A juzgar por la sonoridad de los nombres de algunas ciudades de
esa isla, como Trincomalee o Jaffna, bien pudo ser así. O quizá
siempre estuvo en Persia, el reino de los cuentos.
En el Reino
de Serendip se contaban muchas y maravillosas historias pero el azar quiso
que sólo llegáramos a conocer una. Se trata de la historia
de los tres príncipes de Serendip, individuos privilegiados no sólo
por su noble ascendencia sino además por el don del descubrimiento
fortuito. Cuenta la historia que estos tres personajes encontraban, sin
buscarla, la respuesta a problemas que no se habían planteado; que,
gracias a su capacidad de observación y a su sagacidad, descubrían
incidentalmente la solución a dilemas impensados.
Tan peculiar
debió parecerle este don a un anónimo testigo que decidió
inmortalizarlo escribiendo el anónimo relato que llevó por
título, en inglés, “The Three Princes of Serendip”.
Mucha, mucha
gente leyó ese libro a lo largo de los años. Pero cuando
lo leyó el señor Horace Walpole en el siglo XVIII algo cambió.
A Walpole el don de los tres príncipes también debió
de parecerle sublime, si bien difícil de explicar, y se inventó
al efecto una expresiva palabreja: “serendipity”,
una palabra que, dado que el señor Walpole era inglés, tuvo
su primera oportunidad de repetirse y crecer en el mundo anglosajón.
El género
epistolar es bien conocido como instrumento de declaraciones amorosas;
pero, si no acaban en la hoguera y superan el paso de las décadas,
las cartas son también una fuente valiosísima de información
histórica. Y la carta que el señor Walpole escribió
a su tocayo sir Horace Mann el 28 de enero de 1754 es una de esas que hacen
historia. No Historia de la guerra ni de los imperios, no historia de espías
o conspiraciones, sino historia de la palabra. En esa carta Horace Walpole
hablaba de su reciente creación, de la palabra serendipity y de
su riqueza expresiva. Leamos...
“.
. . this discovery indeed is almost of that kind which I call serendipity,
a very expressive word, which as I have nothing better to tell you, I shall
endeavor to explain to you: you will understand it better by the derivation
than by the definition. I once read a silly fairy tale, called The Three
Princes of Serendip: as their highnesses travelled, they were always making
discoveries, by accidents and sagacity, of things which they were not in
quest of: for instance, one of them discovered that a mule blind of the
right eye had travelled the same road lately, because the grass was eaten
only on the left side, where it was worse than on the right--now do you
understand serendipity?”
“...
este descubrimiento es del tipo que yo llamo serendipia, una palabra muy
expresiva que voy a intentar explicarle, ya que no tengo nada mejor que
hacer: la comprenderá mejor con su origen que con definiciones.
Leí en una ocasión un cuentecillo titulado “Los tres príncipes
de Seréndip”: en él sus altezas realizaban continuos descubrimientos
en sus viajes, descubrimientos por accidente y sagacidad de cosas que en
principio no buscaban: por ejemplo, uno de ellos descubría que una
mula ciega del ojo derecho recorría últimamente el mismo
camino porque la hierba estaba más raída por el lado izquierdo—¿comprende
ahora la serendipia? “
La palabra
“serendipity” se encuentra hoy en los diccionarios de inglés
y su noción se ajusta muy bien a numerosos casos de descubrimientos
científicos, que se producen “por casualidad”, que se encuentran
sin buscarlos, pero que no se habrían llegado a realizar de no ser
por una visión sagaz, atenta a lo inesperado y nada indulgente con
lo aparentemente inexplicable.
No existe
traducción al español de esta peculiar palabra. El traductor
del libro “Serendipity. Accidental Discoveries in Science” de Royston M.
Roberts (John Wiley & Sons, 1989) se vio en un verdadero aprieto ante
la perspectiva de traducir serendipity como “condición del descubrimiento
que se realiza gracias a una combinación de accidente y sagacidad”.
Su propuesta de introducir la palabra “serendipia” como un neologismo parece
absolutamente razonable pero tendrá que superar las pruebas de los
doctores de la lengua antes de encontrar su bendición institucional.
Mientras
esto ocurre podría aprovechar para enumerar algunos casos de descubrimientos
serendípicos, que resultan verdaderamente ilustrativos de la forma
en que avanza nuestro conocimiento y evoluciona nuestra civilización.
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Principio de Arquímedes
Cuenta la leyenda que lo concibió mientras se bañaba,
al apreciar que su cuerpo iba pesando menos a medida que se sumergía
y hacía rebosar el agua del baño. Tan grande fue su entusiasmo
al darse cuenta de que el volumen de agua desplazado era el mismo que el
de su cuerpo sumergido que salió corriendo desnudo de los baños
gritando "Eureka" (Lo encontré).
El salto de la pata de rana
“Había diseccionado y preparado una rana del modo habitual
y mientras atendía otro asunto la dejé extendida en una mesa
sobre la que había una máquina eléctrica pero a una
considerable distancia de la misma. Cuando una de las personas presentes
tocó ligeramente por accidente los nervios de la rana con la punta
de un escalpelo, todos los músculos de sus patas se contrajeron
una y otra vez, como afectados por intensos calambres”
Así describía Galvani su primera observación absolutamente
accidental de lo que el llamaba "electricidad animal". En lugar de olvidar
el incidente no paró hasta reproducirlo. Los experimentos de Galvani
ayudaron a establecer las bases del estudio biológico de la neurofisiología
y la neurología. El cambio de paradigma en este campo fue radical:
los nervios no eran canales con fluidos como la mente de Descartes había
concebido tiempo atrás, sino conductores eléctricos. La información
dentro del sistema nervioso se transportaba mediante la electricidad generada
directamente por el tejido orgánico.
La primera pila eléctrica
La diseñó Alessandro Volta en 1800 a raíz de las
observaciones serendípicas de Galvani, demostrando que la génesis
de la electricidad se debía a la conexión de dos metales
dispares a través de una disolución electrolítica.
Pegajoso ma "non tropo"
No sólo grandes descubrimientos científicos, sino también
pequeñas (aunque muy rentables) contribuciones tecnológicas
tienen raíces serendípicas. Por ejemplo, el adhesivo empleado
en las notas autoadhesivas de tipo "Post-It" no era lo que sus descubridores
estaban buscando. Les salió mal y como pegamento era un desastre.
Sin embargo una sagaz reevaluación posterior lo sacó del
cajón de los fracasos inconfesables para (después de un cierto
proceso de optimización) encumbrarlo en los altares de las más
rentables innovaciones.
Conoces más ejemplos de descubrimientos serendípicos?
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