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Historia de Cada Raza

Humanos: La Alianza de Lordaeron

Historia de los Humanos (Desde el fin de la Segunda Guerra)

Después de la Segunda Guerra

La devastadora Segunda Guerra combatida contra la Horda orca dejó a la Alianza de

Lordaeron en un estado de confusión y trastorno. Los orcos, sedientos de sangre y

bajo el mando del poderoso Jefe Orgrim Doomhammer, atravesaron y devastaron

las tierras de los enanos, Khaz Modan, y también arrasaron muchas de las provin-cias

centrales de Lordaeron. Los implacables orcos llegaron a saquear el lejano reino

elfo de Quel’Thalas antes de que su carrera de destrucción fuera finalmente deteni-da.

Los ejércitos de la Alianza, guiados por Sir Anduin Lothar, Uther el Portador de

la Luz y el Almirante Daelin Proudmoore, obligaron a retroceder a los orcos hacia el

sur, hacia la tierra ruinosa de Azeroth, el primer reino que cayó bajo el despiadado

ataque orco.

Las fuerzas de la Alianza, bajo el mando de Sir Lothar, lograron sacar a los clanes

de Doomhammer fuera de Lordaeron y mandarlos de vuelta a las tierras Azeroth,

dominadas por los orcos. Las fuerzas de Lothar rodearon la volcánica ciudadela

orca de Blackrock Spire y levantaron un sitio contra sus defensas. En un último

esfuerzo, Doomhammer y sus tenientes se lanzaron en una temeraria carga desde

Spire y arremetieron contra los Paladines de Lothar en el centro de las Estepas de

Fuego. Doomhammer y Lothar se enzarzaron en una titánica batalla que dejó a

ambos combatientes maltrechos y exhaustos. Aunque Doomhammer consiguió,

por poco, vencer a Lothar, la muerte del gran héroe no tuvo el efecto que el Jefe

había esperado.

Turalyon, el teniente en el que más confiaba Lothar, recogió el escudo manchado

de sangre de Lothar y reunió a sus afligidos hermanos para un salvaje contraata-que.

Bajo los andrajosos estandartes de Lordaeron y Azeroth, las tropas de

Turalyon masacraron una gran parte de las fuerzas restantes de Doomhammer en

una gloriosa y terrible avanzada. Los pocos malparados orcos que sobrevivieron no

tenían más que una salida, huir hacia el último bastión del poder orco que seguía

en pie: el Portal Oscuro.

Turalyon y sus guerreros persiguieron a los orcos restantes a través de la purulen-ta

Ciénaga de los Lamentos, hacia las corruptas Tierras Malditas en las que se eri-gía

el Portal Oscuro. Ahí, al pie del colosal Portal, la Horda, destruida, y la Alianza,

inquebrantable, se enzarzaron en la que sería la última y más sangrienta batalla de

la Segunda Guerra. Los orcos, inferiores en número y trastornados por la maldición

de su sed de sangre, cayeron inevitablemente bajo la ira de la Alianza.

Doomhammer fue hecho prisionero y escoltado hasta Lordaeron mientras sus des-hechos

clanes eran hostigados y empujados hacia el norte, de regreso a Lordaeron.

Más allá del Portal Oscuro

Sólo unos pocos meses después de la finalización de Nethergarde, las

energías del Portal Oscuro se fundieron para abrir una nueva puerta a

Draenor. Los clanes orcos que quedaban, bajo el liderazgo del Chamán

Anciano, Ner’zhul, cargaron una vez más contra Azeroth. Resueltos a robar

algunos artefactos mágicos que aumentarían el poder de Ner’zhul, los

orcos planearon abrir en Draenor nuevos Portales que les permitirían esca-par

para siempre de su mundo rojo condenado.

Convencido de que Ner’zhul planeaba una nueva ofensiva contra la Alianza,

el Rey Terenas de Lordaeron envió a sus ejércitos a Draenor para acabar con

la amenaza orca de una vez por todas. Dirigidos por Khadgar y el General

Turalyon, las fuerzas de la Alianza se enfrentaron a los orcos en el ardiente

paisaje. A pesar de la ayuda de la guardabosque elfa Alleria, el enano

Kurdran y el veterano soldado Danath, Khadgar no logró impedir que

Ner’zhul abriera sus Portales a otros mundos.

Las terribles tormentas mágicas que provocaron las energías convergen-tes

de los Portales empezaron a desgarrar ese mundo asolado. Ner’zhul,

seguido sólo por sus más fieles sirvientes, logró escapar atravesando uno

de los Portales mientras Khadgar luchaba desesperadamente por hacer

regresar a sus compañeros a Azeroth. Cuando se dieron cuenta de que

quedarían atrapados en el mundo moribundo, Khadgar y sus compañeros

decidieron destruir altruistamente el Portal Oscuro para que Azeroth no

resultara dañada por la violenta destrucción de Draenor. Por lo que se

dice, los héroes lograron destruir el Portal y salvaron Azeroth, pero toda-vía

queda por ver si lograron escapar a la agonía de Draenor.

La Batalla de Grim Batol

Después de la destrucción del segundo Portal Oscuro, la Alianza logró

reunir a la mayor parte de los clanes orcos renegados que todavía queda-ban

en Azeroth. Los campos de internamiento de orcos, que se constru-yeron

poco después de Segunda Guerra, estaban a rebosar y eran custo-diados

en todo momento. Aunque el recién llegado clan de los Warsong

había escapado hasta entonces a la ira de la Alianza, sólo había un grupo

lo suficientemente grande y fuerte para alterar la frágil paz que se había

establecido en Lordaeron: el clan Dragonmaw.

El clan Dragonmaw, liderado por el insidioso brujo Nekros, había con-quistado

y mantenido una amplia zona del Khaz Modan septentrional, uti-lizando

dragones y pequeñas unidades de soldados de a pie. Nekros man-tenía

su poder sobre la Reina de los Dragones, Alexstrasza, y su ejército

de dragones rojos voladores gracias a un potente artefacto conocido

como Alma de Demonio. Nekros estableció su base en el antiguo bastión

enano de Grim Batol, construyó un gran ejército y planeó reunir a la falli-da

Horda. Pero a pesar del poder del brujo, la intervención del temerario

mago Rhonin arruinó los planes de Nekros. Rhonin y sus compañeros,

ayudados por guerreros de la resistencia enana, lograron destruir el Alma

de Demonio y liberaron a Alexstrasza del control orco. Los vengativos

dragones rojos incineraron al clan de los Dragonmaw y acabaron definiti-vamente

con el último bastión del poder orco del mundo.

Con la muerte de Nekros, el último brujo orco, los orcos, abandonados en

los concurridos campos de internamiento, cayeron en un letargo atroz.

Despojados de su voluntad de luchar e incluso de la de morir, los orcos

perdieron toda conciencia de sí mismos como guerreros y también los

rasgos de la orgullosa cultura que les había dado vida. 2

La escisión de la Alianza

En los años que siguieron a la derrota de la Horda, los líderes de las diversas naciones

de la Alianza comenzaron a discutir y altercar sobre propiedades territoriales y la dis-minución

de su influencia política. El Rey Terenas de Lordaeron, el patrono de la

Alianza, empezó a sospechar que el frágil pacto que habían forjado en su hora más

oscura no duraría mucho tiempo. Terenas había convencido a los líderes de la Alianza

para que invirtieran dinero y trabajadores para ayudar a reconstruir la ciudad de

Stormwind, que había sido destruida durante la ocupación orca de Azeroth. Esos

impuestos, unidos al enorme gasto que suponía mantener y hacer funcionar los nume-rosos

campos de internamiento orcos, llevaron a muchos dirigentes, en concreto a

Genn Greymane de Gilneas, a creer que sus reinos estarían mejor si se separaban de la

Alianza.

Para empeorar aún más las cosas, los bruscos altos elfos de Silvermoon retiraron su

apoyo a la Alianza y declararon que el precario liderazgo humano había llevado a

la quema de sus bosques durante la Segunda Guerra. A pesar de que Terenas recor-dó

con mucho tacto a los elfos que no habría quedado nada de Quel’Thalas si no

hubiera sido por los valientes humanos que habían dado sus vidas para defender-la,

los elfos, tercamente, decidieron tomar su propio camino. Poco después de la

partida de los elfos, Gilneas y Stromgarde levantaron el campamento y se marcha-ron.

Aunque la Alianza estaba fragmentándose, el Rey Terenas todavía tenía aliados con

los que podía contar. Tanto el Almirante Proudmoore de Kul Tiras como el joven

Rey de Azeroth, Varian Wrynn, permanecieron fieles a la Alianza. Asimismo, los

magos del Kirin Tor, guiados por el Archimago Antonidas, ofrecieron el inquebran-table

apoyo de Dalaran al reinado de Terenas. Fue especialmente bienvenido el

compromiso del poderoso Rey enano, Magni Bronzebeard, que juró que los ena-nos

de Ironforge estarían eternamente en deuda de honor con la Alianza por haber

liberado a Khaz Modan del control de la Horda.

Una nueva generación

Pasaron los años y las tensiones iban disminuyendo: por fin se estableció una paz

duradera en Lordaeron. El Rey Terenas y el Arzobispo Alonsus Faol trabajaron sin

cesar para reconstruir su reino y llevar ayuda al resto de naciones de la Alianza. El

reino meridional de Azeroth prosperó y volvió a convertirse en una potencia mili-tar

bajo el visionario liderazgo del Rey Wrynn. Uther el Portador de la Luz, el

comandante supremo de la Orden de los Paladines, mantuvo la paz en Lordaeron

solventando disputas civiles y sofocando levantamientos semihumanos por todo el

reino. El Almirante Proudmoore, cuya potente flota patrullaba las líneas comercia-les

persiguiendo a piratas y maleantes, mantenía el orden en alto mar. Pero eran las

hazañas de una nueva generación de héroes las que capturaban la imaginación del

pueblo.

El único hijo del Rey Terenas, Arthas, se había convertido en un hombre fuerte y

seguro de sí mismo. El joven Príncipe había sido educado como un guerrero por

Muradin Bronzebeard, hermano del Rey Magni de Ironforge, y, a pesar de su

juventud, era considerado uno de los mejores espadachines de Lordaeron. A la

tierna edad de diecinueve años, Arthas fue introducido en la Orden de la Mano de

Plata, que por aquel entonces estaba bajo el mando de Lord Uther. El bondadoso

Uther, que había sido como un hermano para el Rey Terenas durante años, consi-

deraba al Príncipe más como un sobrino favorito que como un alumno.

Aunque era testarudo y algo arrogante, nadie podía poner en duda el

valor y la tenacidad de Arthas. Cuando los escuadrones de trolls de

Zul’Aman empezaron sus incursiones a los asentamientos de la frontera

de Quel’Thalassian, Arthas fue raudo a perseguir a los salvajes y a poner

fin a sus saqueos.

Sin embargo, a pesar de sus actos heroicos, los ciudadanos de Lordaeron

se obsesionaron con la vida personal del joven Príncipe. En el reino empe-zaron

a correr rumores sobre un posible romance entre Arthas y Lady Jaina

Proudmoore. Jaina era la hija menor del Almirante Proudmoore y una

amiga de infancia de Arthas. Sin embargo, la hermosa pero tímida joven

era también la alumna más brillante del Kirin Tor, el Consejo de los Magos

de Dalaran. Bajo la tutela del venerado Archimago Antonidas, Jaina se

revelaba como un futuro prodigio y destacaba en el estudio y la investi-gación

de la magia. A pesar de los rigores de sus deberes, Arthas y Jaina

consiguieron mantener una estrecha relación. Dada la edad del Rey

Terenas y su declinante salud, los ciudadanos estaban satisfechos al ver

que su amado Príncipe se casaría y prolongaría la línea de sangre real.

Incómodos por la atención pública, Arthas y Jaina mantenían su relación

tan privada como les era posible. Pero Jaina, entregada a sus estudios en

Dalaran, sabía que su romance no podía durar. Había estudiado las vías de

la magia durante toda su vida y sabía que la verdadera llamada era la bús-queda

del conocimiento, no las ceremonias del trono. Ante la frustración

de los ciudadanos de Lordaeron, los dos amantes separaron reluctantes

sus caminos y se centraron de nuevo en sus deberes.

El regreso de las Sombras

Después de casi trece años de paz, empezaron a circular de nuevo rumo-res

de una guerra. Los agentes del Rey informaron de que un joven Jefe

advenedizo se había alzado y había reunido a los pocos clanes orcos que

quedaban para formar una fuerza de combate de elite. El joven Jefe tenía la

intención de arrasar los campos de internamiento y liberar a su gente de

sus cadenas. La "Nueva Horda", que así se venía a llamar, había atacado

descaradamente la ciudad septentrional de Stratholme en un intento de

rescatar a uno de sus guerreros prisioneros. La Horda había destruido

Durnholde, la fortaleza que supervisaba la seguridad en los campos de

internamiento, y había asesinado a los oficiales que la dirigían. El Rey

Terenas envió a Uther y a sus Paladines para sofocar el levantamiento del

Jefe orco, pero los astutos orcos jamás fueron hallados. El joven Jefe

demostró ser un genio táctico y eludió los mejores intentos de Uther de

rodear sus ataques relámpago.

En medio de la tensión del nuevo levantamiento orco, el Rey Terenas fue

interrumpido para recibir malas noticias de otro frente. Corría el rumor de

que en las provincias del norte se habían formado un determinado núme-ro

de supuestos "cultos de muerte". Los cultos atraían a los ciudadanos

insatisfechos de Lordaeron, a aquellos privados de sus derechos, y les

ofrecían "vida eterna" en la tierra como una alternativa a servir al Rey.

Después de muchos años de paz y tranquilidad, el Rey Terenas supo que

los problemas de su tierra habían apenas comenzado. Se consoló pensan-do

que Lordaeron había resistido a todas las pruebas que se habían cru-zado

en su camino y que sus defensores, tanto los nuevos como los vie-jos,

harían que llegara a ver un nuevo amanecer …

Orcos: La Horda

Historia de los Orcos (Desde el fin de la Segunda Guerra)

Gul’dan y la traición

En los últimos días de la Segunda Guerra, cuando la victoria de la Horda sobre la

Alianza parecía casi asegurada, estalló una terrible enemistad entre los dos orcos

más poderosos de Azeroth. El nefario brujo, Gul’dan, maestro del clandestino

Consejo de las Sombras, dirigió a algunos clanes renegados contra el poderoso

Orgrim Doomhammer, el Jefe de la Horda. Mientras Doomhammer preparaba su

ataque final contra la Capital de Lordaeron, un ataque que habría aplastado los

últimos restos de la Alianza, Gul’dan y sus clanes renegados abandonaron sus

puestos y se hicieron a la mar. Doomhammer quedó perplejo: había perdido casi

la mitad de lo que quedaba de sus fuerzas a causa de la traición de Gul’dan y se

vio forzado a retroceder y renunciar a la mejor oportunidad que se le presentaría

de lograr la victoria sobre la Alianza.

Gul’dan, hambriento de poder, se obsesionó con la idea de alcanzar la divinidad y

partió en una búsqueda desesperada de la Tumba de Sargeras, un tesoro sumergi-do

que creía que contenía los secretos del poder definitivo. Ya había condenado a

sus compañeros orcos a convertirse en esclavos de la Legión de Fuego y su supues-to

deber para con Doomhammer había perdido toda relevancia. Respaldado por los

clanes de Stormreaver y Twilight, Gul’dan logró alzar la Tumba de Sargeras del

fondo del mar. Sin embargo, cuando por fin abrió la inundada y antigua sepultura,

encontró sólo unos demenciales demonios que lo estaban esperando.

Doomhammer quería castigar a los caprichosos orcos por la traición que tan cara

había pagado: envió a sus fuerzas a asesinar a Gul’dan y a traer a los renegados de

vuelta al redil. Gul’dan había sido destrozado por los demonios enloquecidos que

él mismo, en su imprudencia, había liberado. Con su líder muerto, los clanes rene-gados

no tardaron en caer ante las enfurecidas legiones de Doomhammer. Aunque

la rebelión había sido sofocada, la Horda no era capaz de rehacerse de las terribles

pérdidas que había sufrido. La traición de Gul’dan había dado a la Alianza algo más

que esperanza... Le había dado tiempo. Tiempo para reagruparse y contraatacar.

Lord Lothar, al ver que la Horda estaba fragmentándose en su interior, reunió a sus

restantes fuerzas y empujó a la Horda hacia el sur, de regreso hacia el desolado

interior de su propia patria: Azeroth. Una vez allí, las fuerzas de la Alianza acorra-laron

a la Horda, que se batía en retirada, dentro de la fortaleza volcánica de la

Torre de Rocanegra.

Aunque Lord Lothar cayó en combate a la base de la Torre, su teniente Turalyon

reunió a las fuerzas de la Alianza en la undécima hora y empujó a la Horda hasta la

abismal Ciénaga de los Lamentos. Las fuerzas de Turalyon lograron destruir el Portal

Oscuro, la puerta mística que conectaba a los orcos al oscuro y rojo mundo del que

provenían: Draenor. Privada de sus refuerzos de Draenor y fracturada por la ince-sante

lucha, la Horda finalmente cayó de rodillas ante las potentes fuerzas de la

Alianza.

Los dispersos clanes orcos fueron rápidamente reunidos y llevados a vigi-lados

campos de internamiento. Aunque parecía que la Horda había sido

derrotada para siempre, había quien, con gran escepticismo, albergaba

serias dudas de que la paz fuera a durar. Khadgar, el anterior aprendiz de

Medivh, convenció al alto mando de la Alianza para que construyese la

fortaleza de Nethergarde, que vigilaría las ruinas del Portal Oscuro y se

aseguraría de que no llegasen más invasiones desde Draenor.

Ner’zhul y los clanes de las sombras

A medida que se extinguían los fuegos de la Segunda Guerra, la Alianza

tomó tajantes medidas para contener la amenaza orca. En el sur de

Lordaeron se construyeron unos enormes campos de internamiento pen-sados

para albergar a los orcos prisioneros. Custodiados tanto por los pala-dines

como por los soldados veteranos de la Alianza, los campos demos-traron

ser un gran éxito. Aunque los orcos prisioneros se mostraban ten-sos

y ansiosos de volver a la lucha, los guardianes de los campos, que

habían establecido su base en la antigua prisión-fortaleza de Durnholde,

mantenían la paz y una sólida apariencia de orden.

Sin embargo, en el mundo infernal de Draenor un nuevo ejército orco se

preparaba para atacar a la confiada Alianza. El Chamán Anciano Ner’zhul,

antiguo mentor de Gul’dan, había reunido bajo su oscuro estandarte al

puñado de clanes que aún quedaban en Draenor. Ner’zhul planeaba abrir

sobre Draenor varios portales que llevarían a la Horda a nuevos mundos.

Para dar energía a sus nuevos portales, Ner’zhul necesitaba varios artefac-tos

encantados de Azeroth. Y para procurárselos, Ner’zhul volvió a abrir el

Portal Oscuro y envió a sus voraces clanes a través de él.

La nueva Horda, comandada por veteranos jefes como Grom Hellscream

del clan Warsong y Kilrogg Deadeye del clan Bleeding Hollow, sorprendió

a las fuerzas de defensa de la Alianza y se abrió un camino de destrucción

a través del campo. Bajo el comando de Ner’zhul, los orcos reunieron rápi-damente

los artefactos que necesitaban y volvieron a la seguridad de

Draenor.

El Rey Terenas de Lordaeron, convencido de que los orcos estaban pre-parando

una nueva invasión de Azeroth, congregó a sus tenientes más

leales. Ordenó al General Turalyon y al mago Khadgar que dirigieran una

expedición a través del Portal Oscuro y pusieran fin a la amenaza orca de

una vez para siempre. Las fuerzas de Turalyon y Khadgar marcharon hacia

Draenor y se enfrentaron repetidamente con los clanes de Ner’zhul en la

asolada Península de Fuego del Infierno. Aunque ninguna de las dos par-tes

ganaba terreno, era evidente que nada podría impedir que Ner’zhul

completara sus abominables planes.

Ner’zhul logró abrir sus portales hacia otros mundos, pero no imaginó el

terrible precio que tendría que pagar. Las tremendas energías de los por-tales

empezaron a desgarrar la misma esencia de Draenor. Mientras las

fuerzas de Turalyon luchaban desesperadamente para volver a casa en

Azeroth, el mundo de Draenor empezó a retorcerse. Grom Hellscream y

Kilrogg Deadeye, dándose cuenta de que los locos planes de Ner’zhul

condenarían a toda su raza, reunieron a los orcos restantes y escaparon de

regreso hacia la relativa seguridad de Azeroth. Cuando Hellscream y

Deadeye se abrían camino a través de las filas humanas en una desespe-rada

tentativa de alcanzar la libertad, de repente el Portal Oscuro explotó

a sus espaldas. No habría vuelta atrás para ellos y para todos los demás

orcos que quedaban en Azeroth...

Ner’zhul y su clan Shadowmoon pasaron a través de los portales recién abiertos

mientras los continentes de Draenor eran destruidos por unas ingentes erupciones

volcánicas. Los hirvientes mares se alzaron y cubrieron el desolado paisaje.

Después, el torturado mundo se consumió finalmente en una explosión apocalípti-ca.

El día del Dragón

Aunque Grom Hellscream y el clan Warsong lograron evitar ser capturados, Deadeye

y el clan Bleeding Hollow fueron hechos prisioneros y conducidos a los campos de

internamiento de Lordaeron. A pesar de los costosos levantamientos, los guardianes

de esos campos no tardaron en restablecer el control de sus brutales cargos.

Sin embargo, sin que lo supieran los agentes de la Alianza, una enorme fuerza de

orcos aún deambulaba, libre, por las inmensidades del norte de Khaz Modan. El

clan Dragonmaw, dirigido por el infame brujo Nekros, había mantenido el control

de la Reina de los Dragones, Alexstrasza, y su ejército de dragones voladores, sir-viéndose

de un antiguo artefacto conocido como Alma de Demonio. Con la Reina

de los Dragones como rehén, Nekros construyó un ejército secreto en Grim Batol,

un bastión enano abandonado. Nekros planeaba desatar a sus fuerzas y a los pode-rosos

dragones rojos sobre la Alianza y esperaba reunir a la Horda y continuar su

conquista de Azeroth. Sin embargo, un pequeño grupo de guerreros de la resis-tencia

comandados por el mago humano Rhonin logró destruir el Alma de

Demonio y liberar a la Reina de los Dragones del poder de Nekros.

En su furia, los dragones de Alexstrasza destruyeron Grim Batol e incineraron a la

mayor parte del clan Dragonmaw. Los grandes planes de reunificación de Nekros

se iban derrumbando mientras las tropas de la Alianza capturaban a los supervi-vientes

orcos y los arrojaban a los campos de internamiento que les estaban espe-rando.

La derrota del clan Dragonmaw marcó el final de la Horda y el final de la

furiosa sed de sangre de los orcos.

Letargo e internamiento

Los meses pasaban y cada vez eran más los prisioneros orcos capturados y hechos

prisioneros en los campos de internamiento. Cuando los campos empezaron a des-bordarse,

la Alianza se vio obligada a construir nuevos campos en las planicies del

sur de las Montañas Alterac. Para poder mantener adecuadamente el creciente

número de campos, el Rey Terenas estableció un nuevo impuesto a las naciones de

la Alianza. Este impuesto alimentó las disensiones entre los líderes de la Alianza,

que ya se mostraban descontentos a causa de las crecientes tensiones políticas que

derivaban de las discusiones fronterizas. Parecía que ese frágil pacto que las nacio-nes

humanas habían fraguado en su hora más oscura podía romperse en cualquier

momento.

En medio de esa confusión política, muchos de los guardianes de los campos

empezaron a notar un inquietante cambio en sus prisioneros orcos. Sus esfuerzos

por escapar de los campos habían ido disminuyendo con el tiempo. Ni siquiera

peleaban entre ellos con la misma frecuencia que antes. Los orcos estaban vol-viéndose

más letárgicos y distantes. Aunque era difícil de creer, los orcos, que una

vez habían sido la raza más agresiva que jamás se hubiera visto en Azeroth, habí-an

perdido por completo su voluntad de luchar. Ese extraño letargo confundió a los

líderes de la Alianza y fue extendiéndose entre los orcos que se iban debi-litando

rápidamente.

Había quien conjeturaba que la causa del desconcertante letargo de los

orcos podía ser alguna enfermedad extraña que sólo les afectaba a ellos.

Sin embargo, el Archimago Antonidas de Dalaran expuso una hipótesis

diferente. Investigando entre lo poco que pudo encontrar sobre la histo-ria

orca, Antonidas averiguó que durante muchas generaciones los orcos

habían estado bajo la atroz influencia de un poder demoníaco (o de

magias de brujo). Pensó que esos poderes demoníacos habían corrompi-do

a los orcos por incluso antes de su primera invasión de Azeroth. Era

evidente que los demonios habían cortado la sangre de los orcos, cosa

que aseguraba a esas bestias una fuerza, una resistencia y una agresividad

sobrenaturales.

Antonidas explicó su teoría de que el letargo comunitario de los orcos no

era una enfermedad real sino una abstinencia racial a largo plazo: la extin-ción

de las volátiles brujerías que los habían convertido en unos aterrado-res

guerreros sedientos de sangre. Aunque los síntomas estaban claros,

Antonidas no fue capaz de encontrar una cura para los orcos. Muchos de

sus compañeros magos, así como algunos notables líderes de la Alianza,

argumentaron que encontrar una cura para los orcos sería una empresa

imprudente. Antonidas, después de reflexionar sobre la misteriosa condi-ción

de los orcos, concluyó que la única cura para su mal tenía que ser una

cura espiritual…

El relato de Thrall

Durante los días oscuros de la Primera Guerra, un astuto oficial humano de

nombre Aedelas Blackmoore encontró un infante orco abandonado en los

bosques. El niño orco, a quien Blackmoore bautizó acertadamente con un

nombre de esclavo, Thrall, fue llevado a la prisión fortaleza de Durnholde.

Allí Blackmoore educó al joven orco para que fuera un esclavo y un gla-diador.

Quería hacer del joven orco no sólo un guerrero sin igual sino tam-bién

un líder culto. Blackmoore esperaba que Thrall tomara las riendas de

la Horda para poder dominar a los hombres por medio de él.

Pasaron diecinueve años y Thrall se convirtió en un orco fuerte e ingenio-so.

Pero su joven corazón sabía que la vida de esclavo no era para él.

Mientras crecía, habían ocurrido muchas cosas en el mundo que se encon-traba

fuera de la fortaleza. Aprendió que su pueblo, los orcos (a quienes

jamás había encontrado) habían sido derrotados y encerrados en campos

de internamiento en las tierras humanas, y que Doomhammer, el líder de

su gente, había escapado de Lordaeron y se había escondido. Sabía que

sólo quedaba un clan solitario que aún operaba en secreto, intentando no

atraer la mirada vigilante de la Alianza.

Thrall, un joven lleno de recursos aunque con poca experiencia, decidió

escapar de la fortaleza de Blackmoore e ir en busca de sus semejantes. Así

lo hizo. En sus viajes, Thrall visitó los campos de internamiento y encon-tró

a su raza, antaño poderosa, tímida y aletargada. No habiendo encon-trado

a los orgullosos guerreros que esperaba conocer, Thrall partió en

busca del último jefe orco, el invencible Grom Hellscream.

A pesar de que era perseguido constantemente por los humanos,

Hellscream aún se aferraba a la insaciable voluntad guerrera de la Horda.

Ayudado sólo por los devotos miembros del clan Warsong, Hellscream

seguía librando una guerra clandestina para liberar de la opresión a su

pueblo prisionero. Por desgracia, Hellscream no logró jamás encontrar una

forma de despertar de su aletargamiento a los orcos cautivos. El impresionable

Thrall, inspirado por el idealismo de Hellscream, desarrolló una fuerte simpatía por

la Horda y sus tradiciones guerreras.

Buscando sus verdaderos orígenes, Thrall viajó hacia el norte para encontrar al

legendario clan Frostwolf. Thrall averiguó que Gul’dan había exiliado a los

Frostwolves durante los lejanos días de la Primera Guerra. También descubrió que

era el hijo y heredero del héroe orco Durotan, el legítimo jefe de los Frostwolves,

que había sido asesinado en los bosques veinte años antes…

Bajo la tutela del venerable chamán Drek’Thar, Thrall estudió la antigua cultura cha-mánica

de su pueblo que había sido olvidada bajo el malvado mandato de Gul’dan.

Con el tiempo, Thrall se convirtió en un poderoso chamán y ocupó su legítimo

puesto como jefe de los exiliados Frostwolves. Habilitado con la energía de los mis-mísimos

elementos y decidido a encontrar su destino, Thrall partió para liberar a los

clanes cautivos y curar a su raza de la corrupción demoníaca.

En sus viajes, Thrall encontró al anciano Jefe Orgrim Doomhammer, que había vivi-do

como un ermitaño durante años. Doomhammer, que había sido un buen amigo

del padre de Thrall, decidió seguir al joven orco visionario y ayudarle a liberar a los

clanes prisioneros. Apoyado por muchos de los jefes veteranos, Thrall logró por fin

revitalizar la Horda y dar a su gente una nueva identidad espiritual.

Para simbolizar el renacimiento de su gente, Thrall regresó a la fortaleza de

Blackmoore de Durnholde y puso fin a los planes de su antiguo señor asediando

los campos de internamiento. Pero Doomhammer cayó en combate durante la libe-ración

de uno de los campos. Thrall recogió el legendario martillo de guerra de

Doomhammer y se puso su armadura negra y plata para convertirse en el nuevo

Jefe de la Horda. En los meses que siguieron, la pequeña pero incendiaria Horda

de Thrall arrasó los campos de internamiento y frustró los mejores intentos de la

Alianza para contrarrestar sus inteligentes estrategias. Alentado por su mejor

amigo y mentor, Grom Hellscream, Thrall trabajó para asegurarse de que ningún

orco volviera a ser hecho esclavo jamás. Ni por humanos ni por demonios.

Muertos vivientes: El Azote

Historia de los Muertos vivientes

El chamán Ner’zhul: los orígenes del Rey Lich

Los clanes orcos, unidos al mundo de Draenor por una noble cultura chamánica

durante miles de años, no sabían nada sobre corrupción o decadencia espiritual. Sin

embargo, los siniestros agentes de la Legión de Fuego quisieron utilizarlos para for-jar

un ejército voraz e imparable. El astuto demonio Kil’jaeden, el número dos de

la Legión, vio en los salvajes guerreros un gran potencial para el asesinato y el

derramamiento de sangre y decidió corromper su tranquila sociedad desde dentro.

Kil’jaeden se presentó al líder más respetado de los orcos, el chamán anciano

Ner’zhul, y le prometió que otorgaría a los orcos un gran poder y los convertiría en

los indiscutibles dueños del mundo. Incluso ofreció al viejo chamán un conoci-miento

místico ilimitado si aceptaba vincular su persona y su gente a la voluntad

de la Legión. Ner’zhul era calculador y ambicioso por naturaleza y aceptó la oferta

de Kil’jaeden: hizo un Pacto de Sangre con el demonio. Con ese pacto Ner’zhul

había sellado el destino de los orcos y los había condenado a convertirse, sin que-rerlo,

en esclavos de la Legión de Fuego.

Pasado un tiempo, Kil’jaeden vio que Ner’zhul no tenía la voluntad o la audacia

necesarias para llevar hasta el final su plan de convertir a los orcos en la Horda

sedienta de sangre. Ner’zhul, que se había dado cuenta de que su pacto con

Kil’jaeden significaría la aniquilación de su raza, se negó a seguir ayudando al

demonio. Enfurecido por la rebeldía del chamán, Kil’jaeden juró vengarse de

Ner’zhul y aseguró que corrompería a los orcos incluso contra su voluntad.

Kil’jaeden encontró un nuevo aprendiz deseoso de llevar a los orcos hacia el cami-no

de la alineación: ese aprendiz era Gul’dan, el perverso protegido de Ner’zhul.

Con la ayuda de Kil’jaeden, Gul’dan completó con éxito aquello en lo que su maes-tro

había flaqueado. El malvado y ambicioso orco abolió la antigua práctica del cha-manismo

(que sustituyó con el estudio de las demoníacas magias de brujo) y unió

los clanes orcos en la voluble Horda que Kil’jaeden había imaginado. Ner’zhul,

impotente e incapaz de detener al que había sido su aprendiz, sólo podía mirar el

dominio con que Gul’dan transformaba a los orcos en agentes de destrucción des-pojados

de toda voluntad propia.

Pasaron los años mientras Ner’zhul reflexionaba en silencio en el rojo mundo de

Draenor: observó a su gente perpetrar la primera invasión de Azeroth, oyó los rela-tos

de la Segunda Guerra de los orcos contra la Alianza de Lordaeron y fue testigo

de la traición y corrupción que parecía estar destruyendo a su pueblo desde den-tro.

A pesar de que Gul’dan era quien dominaba el oscuro destino de la Horda,

Ner’zhul sabía que era él el único responsable puesto que había puesto todo el

mecanismo en marcha.

Poco después del final de la Segunda Guerra, la noticia de la derrota de la

Horda llegó hasta los orcos que habían permanecido en Draenor. Cuando

supo que la Horda había fracasado en el cumplimiento de la misión de

conquistar Azeroth, Ner’zhul temió que Kil’jaeden y la Legión tomaran

represalias contra los orcos que quedaban. Para escapar de la inminente

cólera de Kil’jaeden, Ner’zhul abrió varios portales místicos que llevaban a

mundos nuevos e incontaminados. El viejo chamán reunió a los clanes

orcos que quedaban y planeó dirigirlos a través de uno de los portales

hacia un nuevo destino.

Antes de que pudiera poner su plan en práctica, Ner’zhul se vio obligado

a vérselas con una expedición que la Alianza había enviado a Draenor para

destruir a los orcos para siempre. Los leales clanes de Ner’zhul lograron

mantener a raya a las fuerzas de la Alianza mientras el viejo chamán abría

los terribles portales mágicos. Horrorizado, Ner’zhul se dio cuenta de que

las tremendas energías de los portales desgarraban el mismísimo centro

de Draenor. Mientras las fuerzas de la Alianza empujaban a los orcos a las

profundidades de ese mundo infernal, Draenor empezó a plegarse sobre

sí mismo. Viendo que los clanes combatientes no llegarían jamás a tiem-po

a los portales, Ner’zhul los abandonó egoístamente a su suerte y esca-pó

con sus más fervientes seguidores a la zaga. El malvado grupo de orcos

atravesó el portal que habían elegido justo en el momento en el que

Draenor saltaba en pedazos en una explosión apocalíptica. El viejo chamán

se creyó afortunado por haber escapado a la muerte …

Irónicamente, viviría lo suficiente para arrepentirse de su ingenuidad.

Kil’Jaeden y el Nuevo Pacto

Justo cuando Ner’zhul y sus seguidores entraban en el Averno Astral, el

plano etéreo que conecta todos los mundos dispersos en la Gran

Oscuridad del Mas Allá, cayeron en una emboscada de Kil’jaeden y sus

demoníacos secuaces. Kil’jaeden, que había jurado vengarse del orgullo-so

desafío de Ner’zhul, torturó sin piedad al viejo chamán descuartizando

lentamente su cuerpo. Kil’jaeden mantuvo el espíritu del chamán vivo e

intacto para que Ner’zhul fuera dolorosamente consciente del desmem-bramiento

de su cuerpo. Aunque Ner’zhul rogó al demonio que liberara su

espíritu y le concediera la muerte, el demonio replicó en tono oscuro que

el Pacto de Sangre que habían sellado tiempo atrás aún era vinculante y

que volvería a servirse de su caprichoso títere una vez más.

El fracaso de los orcos en la conquista de Azeroth, tal y como esperaba la

Legión, forzó a Kil’jaeden a crear un nuevo ejército para sembrar el caos

en todos los reinos de la Alianza. No se permitiría a este nuevo ejército

ser presa de las mismas luchas internas y rivalidades insignificantes que

habían envenenado a la Horda. Tendría que ser obstinado, despiadado e

inquebrantable en su misión. Esta vez Kil’jaeden no podía fallar.

Mientras mantenía el torturado e indefenso espíritu de Ner’zhul en éxta-sis,

Kil’jaeden le dio una última oportunidad: servir a la Legión o sufrir un

tormento eterno. Una vez más, Ner’zhul pactó temerariamente con el

demonio.

Es espíritu de Ner’zhul fue colocado en un bloque especial de hielo duro

como el diamante recogido en los confines del Averno Astral. Encerrado

en el casco helado, Ner’zhul notó que su conciencia se centuplicaba.

Envuelto por los caóticos poderes del demonio, Ner’zhul se convirtió en

un ser espectral de inconmensurable poder. En ese momento, el orco

conocido como Ner’zhul desapareció para siempre... y nació el Rey Lich.

También los leales caballeros de la muerte de Ner’zhul y sus seguidores brujos fue-ron

transformados por las caóticas energías del demonio. Los malvados lanzadores

de conjuros fueron despedazados y reconstruidos como liches esqueléticos. Los

demonios se habían asegurado de que los seguidores de Ner’zhul lo sirvieran

incondicionalmente incluso en la muerte.

Cuando llegó el momento adecuado, Kil’jaeden explicó pacientemente la misión

para la que había creado al Rey Lich: Ner’zhul tenía que extender una plaga de

muerte y terror por todo Azeroth, una plaga que acabaría con la civilización huma-na

para siempre. Todos aquellos que murieran a causa de la temida plaga se alza-rían

como muertos vivientes y sus espíritus estarían ligados a la férrea voluntad de

Ner’zhul para siempre. Kil’jaeden prometió que si Ner’zhul cumplía su oscura

misión y eliminaba a la humanidad del mundo, lo liberaría de su maldición y le pro-curaría

un nuevo cuerpo sano en el que vivir.

Aunque Ner’zhul parecía dispuesto e incluso ansioso por interpretar su papel,

Kil’jaeden dudaba de la lealtad de su títere. Al mantener al Rey Lich sin cuerpo y

atrapado en el arca de cristal, se aseguraba su buena conducta a corto plazo, pero

el demonio sabía que tendría que vigilarlo constantemente. Con este fin, Kil’jaeden

convocó a su elite de guardias demoníacos, los vampíricos Señores del terror y les

ordenó que vigilaran a Ner’zhul y se aseguraran de que cumplía su terrible tarea.

Tichondrius, el más poderoso y astuto de los Señores del terror, aceptó el reto fas-cinado

por el rigor de la plaga y por el desenfrenado potencial para el genocidio

del Rey Lich.

La Corona de Hielo y el Trono de Hielo

Kil’jaeden lanzó el arca de hielo de Ner’zhul al mundo de Azeroth. El cristal endu-recido

atravesó como un rayo el cielo de la noche y se estrelló en el desolado con-tinente

ártico de Northrend. Quedó enterrado en las profundas y sombrías galerías

del glaciar Corona de Hielo. El cristal congelado, deformado y marcado por su vio-lento

descenso, parecía ahora un trono... y el espíritu vengativo de Ner’zhul se agi-taba

en su interior.

Desde los confines del Trono de Hielo, Ner’zhul empezó a expandir su vasta con-ciencia

y a tocar las mentes de los habitantes de Northrend. Esclavizó con sor-prendente

facilidad las mentes de muchas criaturas indígenas, como trolls de hielo

y fieros wendigos, y arrastró a sus malvados hermanos hasta su creciente sombra.

Descubrió que sus poderes psíquicos eran casi ilimitados y los utilizó para crear un

pequeño ejército al que albergó en los retorcidos laberintos de la Corona de Hielo.

Mientras el Rey Lich dominaba sus crecientes poderes bajo la persistente vigilancia

de los Señores del terror, descubrió un remoto asentamiento humano en la perife-ria

de la Tierra de los Dragones. Ner’zhul decidió poner a prueba sus poderes y

también a la terrible plaga utilizando a los desprevenidos humanos como objetivo.

Ner’zhul envió la plaga de los muertos vivientes que había tenido origen en la pro-fundidad

del Trono de Hielo hacia los páramos árticos. Controlando la plaga tan

solo con su voluntad, la condujo directamente hacia la aldea humana: en tres días

todas las almas humanas del lugar estaban muertas, y en un periodo de tiempo sor-prendentemente

breve los aldeanos muertos empezaron a alzarse como cuerpos

zombificados. Ner’zhul podía sentir cada uno de sus espíritus y pensamientos como

si fueran los suyos propios. La agitación cacofónica de su mente hizo a Ner’zhul

todavía más poderoso, como si los espíritus le proporcionaran un alimento larga-

mente ansiado. Se dio cuenta de que controlar las acciones de los zombis

y dirigirlos hacia donde él quisiera era un juego de niños.

En los meses siguientes, Ner’zhul continuó experimentando con su plaga

de muertos vivientes al subyugar a todos los habitantes humanos de

Northrend. Con un ejército de muertos vivientes que crecía cada día, sabía

que el momento de su prueba definitiva estaba cerca.

La guerra de las arañas

Durante diez largos años, Ner’zhul construyó su base de poder en

Northrend. Se erigió una gran ciudadela sobre la Corona de Hielo atendi-da

por legiones de muertos vivientes cada vez más numerosas. Sin

embargo, mientras el Rey Lich extendía su influencia por la tierra, un soli-tario

y sombrío imperio se oponía a su poder. El antiguo y subterráneo

reino de Azjol-Nerub, que había sido fundado por una raza de siniestras

arañas humanoides, envió a su elite guerrera a atacar la Corona de Hielo y

acabar con el loco intento de dominio del Rey Lich. Ante su frustración,

Ner’zhul se dio cuenta de que los malvados Nerubians eran inmunes tanto

a la plaga como a su dominación telepática.

Los señores-araña Nerubian contaban con enormes fuerzas y con una red

subterránea que se extendía hasta casi la mitad de la amplitud de

Northrend. Sus ataques relámpago sobre las fortalezas del Rey Lich frus-traban

uno tras otro todos sus intentos de acabar con ellas. Al final,

Ner’zhul ganó su guerra contra los Nerubians por desgaste. Con la ayuda

de los furiosos Señores del terror y sus innumerables guerreros muertos

vivientes, el Rey Lich invadió Azjol-Nerub e hizo caer sus templos subte-rráneos

sobre las cabezas de los señores-araña.

Aunque los Nerubians eran inmunes a su plaga, los crecientes poderes

nigrománticos de Ner’zhul le permitieron animar los cadáveres de los

guerreros araña y doblegarlos a su voluntad. Como homenaje a su tenaci-dad

y audacia, Ner’zhul adoptó el distintivo estilo arquitectónico de los

Nerubians para sus propias fortalezas y estructuras. Había llegado el

momento de gobernar su reino sin oposiciones: el Rey Lich empezó a pre-pararse

para su verdadera misión en el mundo. Extendiendo su vasta con-ciencia

hasta las tierras humanas, el Rey Lich llamaba a todas las almas

oscuras que quisieran escucharle...

Kel’Thuzad y el Culto de los Malditos

Un puñado de poderosas personas, diseminadas a lo largo y ancho del

mundo, oyó las invocaciones mentales del Rey Lich. La más notable de

todas ellas fue el Archimago Kel’Thuzad de la mágica nación de Dalaran.

Kel’Thuzad, uno de los miembros ancianos del Kirin Tor, el concilio diri-gente

de Dalaran, había sido considerado un inconformista durante años,

porque insistía en estudiar las artes prohibidas de la nigromancia. Tuvo de

aprender solo todo lo que pudo sobre el mundo mágico y sus maravillas

oscuras y se sentía frustrado por lo que él veía como los preceptos obso-letos

y faltos de imaginación de sus semejantes. Cuando oyó la poderosa

llamada de Northrend, el Archimago concentró toda su considerable

voluntad en la comunión con la misteriosa voz. Convencido de que el Kirin

Tor era demasiado remilgado para comprender el poder y el conocimien-to

propios de las artes oscuras, prometió aprender lo que pudiera del

inmensamente poderoso Rey Lich.

Renunciando a su fortuna y a su prestigiosa posición política, Kel’Thuzad

abandonó las directrices del Kirin Tor y dejó Dalaran para siempre.

Empujado por la persistente voz del Rey Lich en su mente, vendió sus amplias pro-piedades

y guardó su fortuna. Viajó solo y atravesó muchas leguas de tierra y mar

hasta que finalmente llegó a las costas heladas de Northrend. Con la determinación

de llegar a la Corona de Hielo y ofrecer sus servicios al Rey Lich, el Archimago atra-vesó

las ruinas devastadas de Azjol-Nerub. Kel’Thuzad vio el alcance y ferocidad

del poder de Ner’zhulr con sus propios ojos y empezó a pensar que aliarse con el

misterioso Rey Lich no sólo sería inteligente, sino que además podía resultar muy

provechoso.

Al cabo de largos meses caminando por las inhóspitas llanuras árticas, Kel’Thuzad

llegó por fin al oscuro glaciar de la Corona de Hielo. Entró con audacia en la oscu-ra

ciudadela de Ner’zhul y se sorprendió mucho de que los silenciosos guardias le

permitieran pasar como si se le esperara. Kel’Thuzad descendió a las profundida-des

de la fría tierra y encontró el camino que llevaba al fondo del glaciar. Allí, en la

interminable caverna de hielo y sombras, se postró ante el Trono de Hielo y ofre-ció

su alma al oscuro señor de los muertos.

El Rey Lich estaba satisfecho con su último conscripto. Prometió a Kel’Thuzad

inmortalidad y enorme poder a cambio de su lealtad y obediencia. Kel’Thuzad,

ansioso por recibir oscuros conocimientos y poder, aceptó su primera gran misión:

ir al mundo de los hombres y fundar una nueva religión que adoraría al Rey Lich

como a un dios.

Para ayudar al Archimago en el cumplimiento de su misión, Ner’zhul dejó la huma-nidad

de Kel’Thuzad intacta. El anciano pero carismático mago tendría que utilizar

sus poderes de ilusión y persuasión para atraer la confianza de las masas privadas

de derechos y desencantadas de Lordaeron. Y una vez tuviera su atención, les ofre-cería

una nueva visión de sociedad... y otra figura a la que llamar rey...

Kel’Thuzad volvió a Lordaeron disfrazado y por espacio de tres años utilizó su for-tuna

e intelecto para crear una hermandad clandestina de hombres y mujeres de

ideas afines. La hermandad, que bautizó con el nombre de Culto de los Malditos,

prometió a sus acólitos igualdad social y vida eterna en Azeroth a cambio de su

servicio y obediencia a Ner’zhul. Los meses pasaban y Kel’Thuzad encontraba

muchos voluntarios convencidos entre los cansados y explotados trabajadores de

Lordaeron. Sorprendentemente, el objetivo de Kel’Thuzad de distorsionar la fe de

los ciudadanos en la Luz Sagrada y dirigirla hacia la oscura sombra de Ner’zhul fue

fácil de alcanzar. Mientras el Culto de los Malditos crecía en número e influencia,

Kel’Thuzad se aseguraba de mantener sus maquinaciones ocultas en todo momen-to

a los ojos de las autoridades de Lordaeron.

La formación del Azote

Después del éxito de Kel’Thuzad en Lordaeron, el Rey Lich empezó los preparati-vos

finales para su ataque a la civilización humana. Colocó sus energías de plaga

en unos artefactos portátiles llamados calderos de la plaga y ordenó a Kel’Thuzad

que transportara los calderos hasta Lordaeron, donde deberían esconderse entre

las diferentes aldeas controladas por el culto. Los calderos, protegidos por los lea-les

seguidores del culto, actuarían como generadores de plaga y la filtrarían a tra-vés

de las confiadas tierras de labranza y ciudades del norte de Lordaeron.

El plan del Rey Lich funcionó a la perfección: muchas de las aldeas del norte de

Lordaeron se contaminaron de manera casi inmediata. Como había ocurrido en

Northrend, los ciudadanos que contrajeron la plaga murieron y se alzaron como

esclavos serviciales del Rey Lich. Los seguidores del culto que dominaba

Kel’Thuzad estaban deseosos de morir y ser alzados de nuevo al servicio

de su señor oscuro: estaban exultantes ante la perspectiva de la inmorta-lidad.

A medida que la plaga se extendía, los zombis que se alzaban en

las tierras del norte eran cada vez más numerosos. Kel’Thuzad admiró ese

ejército del Rey Lich mientras crecía y lo bautizó con el nombre de Azote,

porque pronto marcharía sobre las verjas de Lordaeron y asolaría la huma-nidad

borrándola de la faz del mundo...

Un heredero forzoso…

Aunque los Señores del terror estaban satisfechos de que por fin hubiera

comenzado la verdadera misión de Ner’zhul, el Rey Lich se agitaba en los

estrechos y sombríos límites del Trono de Hielo. A pesar de sus vastos

poderes psíquicos y de su total dominio sobre los muertos vivientes,

deseaba ser liberado de su prisión de hielo. Sabía que Kil’jaeden nunca le

liberaría de su maldición y, gracias a su enorme poder, sabía que los

demonios le destruirían en cuanto hubiera completado su misión.

Pero tenía una posibilidad de alcanzar la libertad, una posibilidad de esca-par

a su terrible destino. Si lograba encontrar un anfitrión adecuado, algún

desventurado inocentón que estuviera dividido entre la oscuridad y la luz,

podría poseer su cuerpo y escapar para siempre de los confines del Trono

de Hielo.

Así, el Rey Lich extendió una vez más su vasta conciencia y encontró al

perfecto anfitrión …

Elfos nocturnos: Centinelas

Historia de los Elfos nocturnos

Los Kaldorei y el Pozo de la Eternidad

Cien años antes de que los orcos y los humanos se enzarzasen en su Primera

Guerra, el mundo de Azeroth estaba formado sólo por un continente... rodeado

por los infinitos mares embravecidos. Esa masa de tierra, conocida con el nombre

de Kalimdor, era el hogar de muchas razas y criaturas dispares y en ella todos lucha-ban

por sobrevivir entre los elementos salvajes del nuevo mundo. En el oscuro cen-tro

del continente se hallaba un lago misterioso de energía incandescente. El lago,

al que más tarde se llamaría Pozo de la Eternidad, era el verdadero corazón de la

magia y del poder de la naturaleza del mundo. El pozo extraía su energía de la infi-nita

Gran Oscuridad del Más Allá y actuaba como una fuente mística: enviaba su

potente energía alrededor del mundo para alimentar la vida en todas sus formas

maravillosas.

Al poco tiempo, una raza primitiva de humanoides consiguió llegar hasta las orillas

del fascinante lago encantado. Los salvajes humanoides nómadas, llevados por la

extraña energía del pozo, construyeron sus rudimentarias casas en las tranquilas

orillas. Con el paso del tiempo, los poderes cósmicos del pozo afectaron a la tribu

e hicieron a sus integrantes fuertes, sabios y virtualmente inmortales. La tribu adop-tó

el nombre de Kaldorei, que en su lengua nativa significa ‘hijos de las estrellas’.

Para celebrar su sociedad recién nacida construyeron grandes estructuras y templos

alrededor de la periferia del lago.

Los Kaldorei o elfos nocturnos, como más tarde se llamarían, adoraban a la Diosa

de la Luna, Elune, y creían que durante el día dormía en las relucientes profundi-dades

del pozo. Los primeros sacerdotes y profetas élficos estudiaban el pozo con

una curiosidad insaciable en un intento de dilucidar sus secretos ancestrales y su

poder. Mientras la sociedad crecía, los elfos nocturnos exploraban todo el territo-rio

de Kalimdor y descubrían a sus millares de moradores. Las únicas criaturas que

les dieron descanso fueron los ancianos y poderosos dragones. Aunque las gran-diosas

bestias serpenteantes generalmente estaban recluidas, se esforzaban mucho

por salvaguardar las tierras de potenciales amenazas. Los elfos nocturnos creían

que los dragones se habían erigido a sí mismos como protectores del mundo y

estaban de acuerdo en que debían dejarlos tranquilos junto con sus secretos.

Con el tiempo, la curiosidad de los elfos nocturnos les llevó a conocer y entablar

amistad con varias entidades poderosas. Una de ellas fue Cenarius, un poderoso

semidiós de los primigenios bosques. El bondadoso Cenarius se encariñó mucho

con los elfos nocturnos y pasó mucho tiempo con ellos enseñándoles los misterios

del mundo natural. Los tranquilos Kaldorei desarrollaron una gran empatía con los

bosques vivientes de Kalimdor y se deleitaron con el armonioso equilibrio de la

naturaleza.

Mientras los años transcurrían lentamente, la civilización de los elfos nocturnos se

expandió tanto territorial como culturalmente. Sus templos, carreteras y moradas

se extendieron por el oscuro continente. Azshara, la hermosa y talentosa

reina de los elfos nocturnos, construyó un increíble e inmenso palacio a la

orilla del pozo en cuyas enjoyadas salas vivían sus siervos favoritos. Sus

siervos, a quien ella llamaba los Quel’dorei o nobles, cumplían sus más

mínimos deseos y creían que eran mejores que el resto de sus hermanos

de casta más baja. Si bien la reina era amada del mismo modo por el resto

de su pueblo, los nobles eran odiados en secreto por las celosas masas.

Azshara, que compartía la curiosidad de los sacerdotes por el Pozo de la

Eternidad, ordenó a los sabios nobles que intentasen dilucidar sus secre-tos

y revelar el por qué de su existencia. Los nobles se enfrascaron en su

trabajo y estudiaron el pozo incesantemente. Con el tiempo, desarrollaron

la actividad de manipular y controlar la energía cósmica del pozo.

Mientras sus insensatos experimentos progresaban, los nobles descubrie-ron

que podían utilizar sus recién adquiridos poderes para crear o para

destruir a su antojo. Los desafortunados nobles habían tropezado con la

magia primitiva y estaban resueltos a dedicarse en cuerpo y alma a su

dominio. Aunque estaban de acuerdo en que la magia era intrínsecamen-te

peligrosa si se manejaba irresponsablemente, Azshara y sus nobles

empezaron a practicar sus conjuros con imprudente abandono. Cenarius y

muchos de los elfos nocturnos ancianos y eruditos sabían que jugar con las

volátiles artes mágicas sólo podía acarrear calamidades. Sin embargo,

Azshara y sus seguidores se obstinaron en aumentar sus crecientes pode-res.

Mientras sus poderes crecían, un nítido cambio se cernió sobre Azshara y

los nobles. La altiva y distante clase alta se volvió cada vez más insensible

y cruel hacia sus compañeros los elfos nocturnos. Un paño mortuorio

cubrió la antaño fascinante hermosura de Azshara. Empezó a apartarse de

sus bondadosos súbditos y rehusaba relacionarse con nadie que no fueran

sus leales sacerdotes nobles.

Un joven sabio erudito llamado Furion Stormrage, que había estado estu-diando

los efectos del pozo durante mucho tiempo, empezó a sospechar

que un terrible poder estaba corrompiendo a los nobles y a su amada

reina. Aunque no podía comprender el alcance del mal que se acercaba,

sabía que la vida de los elfos nocturnos pronto cambiaría para siempre …

La Guerra de los Ancestros

El uso imprudente de la magia por parte de los nobles provocó ondas de

energía que surgían en espiral del Pozo de la Eternidad y de la infinita

Oscuridad del Más Allá. Las ondas de energía salían del Averno Astral y

las terribles mentes alienígenas, las sintieron. Sargeras, el Gran Enemigo

de toda la vida, el Saqueador de los Mundos, sintió las potentes ondas y

fue llevado al distante punto de origen. Un hambre insaciable consumía a

Sargeras mientras espiaba el mundo primigenio de Azeroth y sentía las

energías sin límite del Pozo de la Eternidad. El gran dios oscuro del Vacío

innombrable decidió destruir el recién nacido mundo y reclamó las ener-gías

como suyas.

Sargeras reunió a su inmenso ejército demoníaco, conocido como la

Legión de Fuego, y comenzó su camino hacia el desprevenido mundo de

Azeroth. La Legión, compuesta por un millón de demonios vociferantes

procedentes de los distantes confines del universo, luchaba y quemaba en

el nombre de la conquista. Los tenientes de Sargeras, Archimonde el

Corruptor y Mannoroth el Destructor, prepararon a sus infernales subalter-nos

para el ataque.

La reina Azshara, abrumada por el terrible éxtasis de su magia, fue víctima del inne-gable

poder de Sargeras y accedió a concederle la entrada a su mundo. Incluso sus

nobles se dejaron llevar por la inevitable corrupción de la magia y empezaron a

adorar a Sargeras como a su dios. Para demostrar su lealtad a la Legión, los nobles

ayudaron a su reina a abrir un gran portal en espiral en las profundidades del Pozo

de la Eternidad.

Cuando todos los preliminares se hubieron terminado, Sargeras comenzó su catas-trófica

invasión de Azeroth. Los guerreros-demonios de la Legión de Fuego irrum-pieron

en el mundo a través del Pozo de la Eternidad y sitiaron las ciudades dor-midas

de los elfos nocturnos. Liderada por Archimonde y Mannoroth, la Legión

cayó sobre las tierras de Kalimdor y dejó a su paso cenizas y desolación. Los bru-jos

demoníacos llamaron a los virulentos infernales que se precipitaron, como

meteoritos del infierno, contra las gráciles torres de los templos de Kalimdor. Los

guardias del Apocalipsis, una banda de asesinos ávidos de sangre, marcharon

sobre los campos de Kalimdor masacrando a todo aquel que se interponía en su

camino. Incluso las manadas de salvajes y demoníacos felhounds saquearon la

campiña sin encontrar resistencia. Aunque los valientes guerreros Kaldorei se apre-suraron

a defender su tierra, se vieron forzados a retroceder paso a paso ante la

furia del ataque de la Legión.

La Caída del Mundo

El joven erudito Furion Stormrage se dispuso a encontrar ayuda para su gente.

Stormrage, cuyo propio hermano, Illidan, practicaba la magia de los nobles, esta-ba

indignado por la creciente corrupción entre la clase alta. Convenció a Illidan para

que renunciase a su peligrosa obsesión y partió para encontrar a Cenarius y lograr

formar una fuerza de resistencia. La joven y hermosa sacerdotisa, Tyrande, accedió

a acompañar a los hermanos en el nombre de Elune. Aunque ambos hermanos

compartían su amor secreto por la idealista sacerdotisa, el corazón de Tyrande per-tenecía

a Furion. Illidan estaba dolido por el creciente romance de su hermano con

Tyrande, pero sabía que el dolor de su corazón no era nada comparado con el dolor

de su mágica adición…

Illidan, que dependía de las energías otorgadas por la magia, luchó para controlar-se

a sí mismo y para controlar su incontenible necesidad de utilizar las energías del

pozo una vez más. Sin embargo, gracias al apoyo de Tyrande fue capaz de conte-nerse

y ayudar a su hermano a encontrar al esquivo semidiós Cenarius. Cenarius,

que moraba en los sagrados Claros de luna del lejano Monte Hyjal, accedió a pres-tar

su ayuda a los elfos nocturnos e intentó encontrar a los dragones ancestrales

para que les ayudaran. Los dragones, liderados por la imponente Alexstrasza, acce-dieron

a mandar a sus poderosas unidades voladoras para enfrentarse a los demo-nios

y a sus infernales líderes.

Cenarius, convocando a los espíritus de los bosques encantados, formó un

ejército de ancianos hombres-árbol y los lideró contra la Legión en un

temerario asalto. Mientras los aliados de los elfos se reunían en el templo

de Azshara y en el Pozo de la Eternidad, la gran guerra estalló. A pesar de

la fuerza de sus nuevos aliados, Furion y sus compañeros se dieron cuen-ta

de que la Legión no podría ser vencida simplemente con la fuerza mar-cial.

Mientras la titánica batalla rugía sobre la capital de Azshara, la delirante

reina esperaba con expectación la llegada de Sargeras. El señor de la

Legión se estaba preparando para pasar a través del Pozo de la Eternidad

y entrar en el mundo que estaba siendo saqueado. Mientras su sombra

increíblemente enorme se cernía cada vez más sobre la oscura superficie

del pozo, Azshara reunió a sus seguidores nobles más poderosos. Sólo

uniendo todas sus fuerzas en un único conjuro serían capaces de crear una

puerta lo suficientemente grande como para que Sargeras entrase.

Furion, convencido de que el Pozo de la Eternidad era el cordón umbilical

que unía al demonio con el mundo físico, insistió en que debían destruir-lo.

Sus compañeros, sabedores de que el pozo era la fuente de su inmor-talidad

y de sus poderes, se asombraron al escuchar su plan. Tyrande, al

comprender la lógica de la teoría de Furion, convenció a Cenarius y a sus

camaradas los dragones, para marchar sobre el templo de Azshara y

encontrar el modo de cerrar el pozo para siempre.

Illidan, sabiendo que la destrucción del pozo le impediría volver a ejercer

la magia, abandonó mezquinamente el grupo y partió para avisar a los

nobles del plan de Furion. Debido a la locura que le provocó su adición y

a su resentimiento hacia su hermano por el romance que mantenía con

Tyrande, Illidan no sintió remordimientos por traicionar a Furion y poner-se

de parte de Azshara y su corte. Illidan juró proteger el poder del pozo

por encima de todas las cosas.

Con el corazón roto por la partida de su hermano, Furion llevó a sus com-pañeros

hasta el corazón del templo de Azshara. Sin embargo, al irrumpir

en la sala de la audiencia principal encontraron a los nobles en mitad del

supremo encantamiento oscuro. El descomunal conjuro creó un vórtice

inestable de poder dentro de las profundidades coléricas del pozo.

Mientras la sombra demoníaca de Sargeras se acercaba cada vez más a la

superficie, Furion y sus aliados se preparaban para atacar.

Azshara, que había recibido la advertencia de Illidan, estaba más que pre-parada

para hacerles frente. La mayoría de los seguidores de Furion cayó

ante los inmensos poderes de la reina. Tyrande, que intentaba atacar a

Azshara desde la retaguardia, fue sorprendida por los guardias de la reina.

Aunque logró vencer a los guardias, las heridas que le causaron fueron

terribles. Al ver caer a su amor, Furion enloqueció y decidió terminar con

la vida de Azshara.

Mientras la batalla se libraba dentro y fuera del templo, Illidan apareció

entre las sombras cerca de las orillas del gran pozo. Creó unos frascos

especiales y los llenó con las aguas resplandecientes del pozo.

Convencido de que los demonios terminarían con la civilización de los

elfos nocturnos, planeó robar las aguas sagradas y quedarse con sus ener-gías.

La batalla que tuvo lugar entre Furion y Azshara llevó el poderoso conju-ro

de los nobles al caos. El inestable vórtice de las profundidades del pozo

explotó e inició una catastrófica cadena de eventos que acabaría con el

mundo para siempre. La masiva explosión sacudió los cimientos del templo y

envió temblores por toda la torturada tierra. Mientras la horrible batalla entre la

Legión y los elfos nocturnos se libraba en la capital en ruinas, el embravecido Pozo

de la Eternidad se cerró sobre sí mismo y desapareció para siempre.

La catastrófica explosión resultante hizo añicos la tierra y ocultó los cielos...

El monte Hyjal y el regalo de Illidan

Mientras los temblores de la implosión del pozo hacían vibrar los pilares del

mundo, los mares se apresuraron a llenar el vacío que había quedado en la tierra.

Casi un ochenta por ciento de la tierra de Kalimdor había sido desintegrado: lo

único que quedó fue un puñado de continentes dispersos que rodeaban el nuevo

mar rugiente. En el centro del nuevo mar, donde antiguamente se encontraba el

Pozo de la Eternidad, se erigía una tumultuosa tempestad de caótica energía mare-omotriz.

La gran cicatriz conocida como Maelstrom nunca estaría en calma. Se con-virtió

en el recordatorio constante de la terrible catástrofe y de la era utópica que

se había perdido para siempre…

Los pocos elfos nocturnos que sobrevivieron a la horrible explosión, se agruparon

de forma rudimentaria y consiguieron llegar a la única masa de tierra a la vista. De

alguna manera, por la gracia de Elune, Furion, Tyrande y Cenarius habían sobrevi-vido

a la Gran Caída. Los cansados héroes accedieron a liderar a los pocos sobre-vivientes

que habían quedado y establecieron un nuevo hogar para su gente.

Mientras viajaban en silencio, observaron las ruinas de su mundo y pensaron que

sus pasiones habían sido la causa de su destrucción. Aunque Sargeras y su Legión

habían desaparecido del mundo con la destrucción del pozo, Furion y sus compa-ñeros

se dieron cuenta del elevado coste de la victoria.

Azshara y sus nobles seguidores estaban muertos en el fondo del colérico mar. Sin

embargo, entre los supervivientes había muchos nobles que consiguieron llegar a

la nueva tierra. Si bien Furion no confiaba en el motivo de los nobles, estaba con-vencido

de estos que no podrían causar daño alguno sin las energías del pozo.

Los cansados elfos nocturnos llegaron a la nueva tierra y descubrieron que el monte

sagrado, Hyjal, había sobrevivido a la catástrofe. Buscando un lugar para estable-cer

su hogar, Furion y los elfos nocturnos escalaron las paredes del Hyjal y llegaron

hasta su cumbre azotada por el viento. Mientras descendían hacia la boscosa hon-donada,

enclavada entre los enormes picos de la montaña, descubrieron un peque-ño

y tranquilo lago. Para su consternación, descubrieron que las aguas del lago

habían sido contaminadas... por la magia.

Illidan, que también había sobrevivido a la Caída, había llegado a la cumbre del

Hyjal mucho antes que Furion y los elfos nocturnos. En su loco intento por mante-ner

las corrientes de la magia en el mundo, Illidan había vertido los frascos que con-tenían

las aguas del pozo de la Eternidad en el lago del monte. Rápidamente las

potentes energías del pozo se inflamaron y se fusionaron en un nuevo Pozo de la

Eternidad. Illidan, exultante, creía que el nuevo pozo era un regalo para las futuras

generaciones y se asombró cuando Furion fue a por él. Furion le explicó a su her-mano

que la naturaleza de la magia era caótica y que su uso traería inevitablemente

corrupción y conflictos. Sin embargo, Illidan no quería renunciar a sus poderes

mágicos.

Como sabía perfectamente qué traerían los traicioneros poderes de Illidan,

Furion decidió enfrentarse a su enloquecido hermano de una vez por

todas. Con la ayuda de Cenarius, Furion encerró a Illidan en una gran sala

bajo la tierra, para dejarle encadenado y sin poderes durante toda la eter-nidad.

Temiendo que la destrucción del nuevo pozo trajese consigo una

catástrofe mayor aún, los elfos nocturnos decidieron dejarlo como estaba.

Sin embargo, Furion declaró la orden de que nunca se volvería a practicar

magia. Bajo la vigilancia de Cenarius, comenzaron a estudiar las antiguas

artes druídicas que les permitirían curar a la torturada tierra y hacer rena-cer

sus amados bosques en la base del monte Hyjal.

El Árbol del Mundo y el Sueño

Esmeralda

Durante muchos años, los elfos nocturnos trabajaron con ahínco para

reconstruir su antiguo hogar en la medida de lo posible. Dejando sus tem-plos

en ruinas y sus carreteras abandonadas, construyeron sus nuevas

casas en medio de los frondosos árboles y las umbrías colinas en la base

del Hyjal. Al poco tiempo, los dragones que sobrevivieron a la gran Caída

acudieron desde sus secretas moradas.

Alexstrasza la roja, Ysera la verde y Nozdormu el broncíneo descendieron

sobre los claros tranquilos de los druidas y vigilaron el fruto de la labor de

los elfos nocturnos. Furion, que se había convertido en un archidruida de

inmenso poder, dio la bienvenida a los poderosos dragones y les contó lo

que había pasado con el nuevo Pozo de la Eternidad. Los grandes drago-nes

se alarmaron al escuchar las temibles noticias y especularon sobre la

posibilidad de que mientras el pozo existiese, la Legión podría volver

cualquier día y asaltar el mundo de nuevo.

Furion y los tres dragones hicieron un pacto para mantener seguro el pozo

y asegurarse de que los agentes de la Legión de Fuego nunca volviesen a

encontrar el modo de entrar en el mundo.

Alexstrasza, la Unidora de Vida, colocó una bellota encantada en el cora-zón

del Pozo de la Eternidad. La bellota, activada por las potentes aguas

mágicas, brotó como un colosal árbol. Las potentes raíces del árbol cre-cieron

en las aguas del pozo y su verde copa parecía rozar el techo del

cielo. El inmenso árbol se convertiría en un símbolo eterno del vínculo de

los elfos nocturnos con la naturaleza y sus revitalizadoras energías se

extenderían con el tiempo para curar los restos del mundo. Los elfos noc-turnos

llamaron a su Árbol del Mundo Nordrassil, que en su lengua nati-va

significaba ‘corona de los cielos’.

Nozdormu, el Eterno, lanzó un conjuro al Árbol del Mundo para asegu-rarse

de que mientras el colosal árbol se mantuviese en pie, los elfos noc-turnos

nunca envejecerían y estarían a salvo de enfermedades.

Ysera, la Soñadora, también lanzó un conjuro al Mundo Árbol y de esta

forma le unió para siempre a su propio reino: la etérea dimensión conoci-da

como el Sueño Esmeralda. El Sueño Esmeralda, un vasto mundo espi-ritual

en constante cambio, existía fuera de las fronteras del mundo físico.

Desde el Sueño, Ysera controlaba el flujo y reflujo de la naturaleza y la evo-lución

del mismo mundo. Los elfos nocturnos druidas, Furion incluido,

estaban unidos al Sueño a través del Árbol del Mundo.

Como parte del pacto místico, los druidas accedieron a entrar en un sueño eterno

durante siglos para que sus espíritus pudiesen deambular por los caminos infinitos

de los pasajes del Sueño de Ysera. Aunque los druidas no estaban muy convenci-dos

de perder tantos años hibernando, accedieron desinteresadamente a mantener

su trato con Ysera.

El exilio de los Altos Elfos

Los siglos pasaron y la nueva sociedad de los elfos nocturnos se hizo más fuerte y

se expandió por el bosque en ciernes que con el tiempo se llamaría Ashenvale.

Muchas de las criaturas y especies que abundaban antes de la Gran Caída, como

los furbolgs o los jabalís espinados, reaparecieron y se desarrollaron en la tierra.

Bajo el benevolente liderazgo de los druidas, los elfos nocturnos disfrutaron de una

paz y una tranquilidad sin precedentes bajo las estrellas.

Sin embargo, muchos de los originarios nobles que habían sobrevivido a la Caída

empezaron a impacientarse. Al igual que Illidan antes que ellos, fueron víctimas de

la abstinencia por la pérdida de su codiciada magia. Una vez más, fueron tentados

a reabrir las energías del Pozo de la Eternidad y regocijarse con sus prácticas mági-cas.

Dath’Remar, el desenvuelto y directo líder de los nobles, empezó a burlarse de

los druidas en público, tachándoles de cobardes por negarse a utilizar la magia que

les pertenecía por derecho. Furion y los druidas se irritaron ante los comentarios de

Dath’Remar y advirtieron a los nobles que cualquier intento de uso de la magia

sería castigado con la muerte. En su insolencia, Dath’Remar y sus seguidores desa-taron

una terrible tempestad sobre Ashenvale en un desventurado intento de con-vencer

a los druidas de revocar su ley.

Los druidas, incapaces de asesinar a tantos de los suyos, decidieron exiliar a los

insensatos nobles de sus tierras. Dath’Remar y sus seguidores, satisfechos de librar-se

por fin de sus conservadores primos, prepararon unos barcos construidos espe-cialmente

para la ocasión y se hicieron a la mar. Aunque ninguno de ellos sabía lo

que les esperaba más allá de las aguas de la furiosa Maelstrom, ansiaban estable-cer

su propio hogar donde poder practicar su codiciada magia impunemente. Los

nobles o ‘Quel’dorei’, como Azshara les había llamado en el pasado, consiguieron

llegar por fin a las tierras del este que posteriormente los hombres llamarían

Lordaeron. Planearon construir su propio reino mágico, Quel’Thalas, y rechazaron

los preceptos de los elfos nocturnos de adorar a la luna y la actividad nocturna.

Desde ese momento y para siempre, se llamarían los Altos elfos.

Las Centinelas y la larga vigilia

Con la partida de sus caprichosos primos, los elfos nocturnos volvieron a prestar

atención a la protección de su patria encantada. Los druidas, presintiendo que se

acercaba la hora de la hibernación de nuevo, se prepararon para dormir y dejar a

sus seres queridos y familiares. Tyrande, que se había convertido en la primera

sacerdotisa de Elune, pidió a su amado Furion que no la abandonara por el Sueño

Esmeralda de Ysera, pero Furion estaba obligado a entrar en los pasadizos del

sueño: se despidió de la sacerdotisa y le juró que nunca estarían separados si se

mantenían leales a su amor.

Tyrande, dedicado a proteger Kalimdor de los peligros del nuevo mundo,

reunió una poderosa fuerza de combate de entre sus hermanas elfas noc-turnas.

Estas intrépidas guerreras estaban muy entrenadas y se compro-metieron

a defender Kalimdor, por lo que fueron conocidas como las

Centinelas. Aunque preferían inspeccionar los sombríos bosques de

Ashenvale solas, tenían muchos aliados a los que recurrir en caso de pro-blemas.

El semidiós Cenarius permaneció cerca, en los Claros de Luna del Monte

Hyjal. Sus hijos, conocidos como los Guardianes del Bosque, vigilaban de

cerca la tierra de los elfos nocturnos y solían ayudar a las Centinelas a pre-servar

la paz en su tierra. Incluso las tímidas hijas de Cenarius, las dríades,

acostumbraban a dejarse ver cada vez más.

A pesar de que el trabajo de vigilar Ashenvale la mantenía ocupada,

Tyrande se sentía sola y perdida sin Furion a su lado. A medida que pasa-ban

los largos siglos mientras los druidas dormían, sus miedos de una

segunda invasión demoníaca se hacían más reales. No podía olvidarse de

la incómoda sensación de que quizás la Legión de Fuego seguía allí, más

allá de la Gran Oscuridad del cielo, planeando su venganza sobre los elfos

nocturnos y el mundo de Azeroth.

 

 

 

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