REALIDAD ALTERNA 5

“Mix”

QUINTA PARTE: El recuento de los daños.

Quien vive de combatir a un enemigo tiene interés en dejarle con vida.

(Nietzche, Humano, demasiado humano)

 

–¿Quieres decir que traemos cola? –preguntó Connor enderezándose en el asiento trasero y atisbando por el retrovisor.

–No, perdí a mi vigilante en los Andes –contestó Methos bostezando con tranquilidad.

–¿Entonces quiénes son esos? –preguntó Connor señalando por encima de su hombro con el pulgar– nos están siguiendo desde que llegamos a Querétaro.

–Genial –contestó Mix acelerando y saliéndose en la desviación de San Juan del Río con un brusco volantazo– Tequisquiapan es tan buen lugar como cualquier otro.

–¿El cortijo?

–No, pero tal vez si llegamos a la sierra los perderemos.

–¿Por qué no me gusta el ‘si llegamos’?

–Llegaremos –replicó Methos sacando una ametralladora debajo del asiento.

–¿Estás loco? ¡Esto no es Estados Unidos! ¡Baja esa madre! ¡Tú también escocés!

–Pero...

–¡Ya me oyeron! –tronó Mix mirándolos con ojos asesinos por el retrovisor.

Ambos bajaron sus armas escondiéndolas bajo los asientos, mirando interrogantes a su amigo. Mix aceleró lo más que pudo. El tráfico de la carretera a Tequisquiapan estaba muy cerrado, el camino de dos carriles obstaculizaba sus intentos de ir más rápido. La pequeña ciudad colonial se vislumbraba tras la presa Constitución, llena por las lluvias del verano. Mix aceleró un poco más, esquivando coches e ignorando los furiosos bocinazos de conductores acostumbrados a tomarse la vida con calma. El vehículo que los seguía maniobraba con la misma agilidad que el de ellos, manteniéndose a escasa distancia.

Pararon por gasolina mientras decidían qué hacer con sus perseguidores. Connor examinó el vehículo concienzudamente hasta asegurarse de que no traían un rastreador, y ninguno de ellos pudo percibir la signatura Inmortal cuando el vehículo los pasó de largo. Probablemente eran turistas con el mismo rumbo, muy abundantes en esa época del año. Veinte minutos más tarde, en la desviación hacia Ezequiel Montes no había señales visibles de ellos y los tres hombres comenzaron a relajarse, diciéndose que estaban paranoicos. La tarde estaba cayendo rápidamente. El ambiente aún perspiraba sus olores a tierra mojada por las lluvias recientes. Mix encendió los faros de niebla.

Alternando a cada lado de la estrecha carretera a dos carriles se extendían profundos barrancos cortados en ángulos de 45 grados, la pared rocosa estaba cubierta por arbustos y rocas salientes. Connor se había vuelto a acostar sacando los pies por la ventanilla. Methos y él habían prescindido de los cinturones de seguridad para poder echar mano de sus armas libremente dado el caso. Connor comenzó a roncar suavemente, la nuca apoyada en el cristal de la ventanilla, usando los brazos cruzados como almohadas.

Mix señaló la silueta de la prominente roca que sobresalía perfilada en el horizonte mientras tomaban una de las pronunciadas curvas de la accidentada carretera.

–¿Ahí vamos? –preguntó Methos mirando boquiabierto la extraña formación rocosa.

–Un poco más adelante –respondió Mix sonriendo.

–¿Es natural?

–Sí. Es un monolito, una sola pieza de roca de 2500 metros de altitud. Es el cuello del cráter de un volcán. El perfil de un simio mirando al cielo desde este ángulo.

–¡Qué imaginación! –repuso Methos ladeando la cabeza y aguzando la vista, un instante después la roca se perdió a su izquierda.

–Se ve mejor de día. También es un sitio de confluencia de ovnis –añadió Mix conteniendo una sonrisa.

–¿Crees en esas cosas? ¿La verdad está ahí afuera... expedientes X?

–Creo lo que dicen mis antepasados: La Peña de Bernal es un sitio de poder. Un lugar sagrado. Durante el solsticio de primavera la gente viene de todo el país a recargarse de energía, como hacían nuestros abuelos. Aunque en ese entonces era para darle las gracias al sol por haber ganado la batalla contra la oscuridad un día más –contestó Mix ligeramente, sin morder el anzuelo.

Methos se volvió de lado para observar si se estaba burlando de él. Pero la tranquila expresión de Mix le indicó que no. Estaba hablando en serio. La masa rocosa volvió a aparecer en la siguiente curva, viéndola contra el horizonte en sus tonalidades purpúreas, sí parecía un simio mirando al cielo.

–Cuando todo esto termine te compraré un sarape –dijo Mix sonriendo de oreja a oreja al ver que su amigo se arrebujaba en su abrigo– Bernal es famoso por la suavidad y pureza de su lana. Aunque tal vez te quede mejor una chipiturka.

–¿Una qué?

–Es una especie de...

El fuerte impacto que golpeó el lado izquierdo de la camioneta los sacudió. Mix volanteó, perdiendo el control del vehículo que derrapó lateralmente volcándose en la curva y el mundo comenzó a girar vertiginosamente mientras caían por la cañada, rebotando contra arbustos y rocas en una caída al parecer interminable.

Todo sucedió rápidamente. Connor fue el primero en salir disparado por la ventanilla en una de las vueltas, despertado súbitamente por un intenso dolor en el costado izquierdo. Abrió los ojos sintiendo que el dolor llenaba cada poro de su piel. Descubrió aterrorizado que no se podía mover, bajó la vista para ver sobresalir sus costillas rotas y sus piernas dobladas de manera antinatural. Maldijo entre dientes, calculando el tiempo que la reparación de su maltrecho cuerpo iba a tomar y pidiéndole al cielo que no apareciera un cazador. Giró la cabeza, pudo ver el vehículo aún cayendo un segundo antes de desvanecerse en una bienvenida muerte temporal.

–¡Ahhhh! –exclamó Connor tratando de jalar aire, volviendo a maldecir mentalmente la absurda lentitud de su recuperación.

Sintió una mano apoyada en su boca, ahogando sus ruidos. Abrió los ojos al borde de un ataque de pánico, pero descubrió la ausencia del zumbido Inmortal antes de ver un haz de luz posado en él. La memoria del accidente regresó a él y se dijo que probablemente era un samaritano que quería ayudar. El problema ahora era qué rayos le iba a decir... cómo rayos le iba a explicar...

–Shhh está bien... te vi revivir –dijo ella en inglés, con voz muy bajita, separando cuidadosamente su palma de la boca de Connor. Él pudo percibir el familiar tatuaje en su muñeca izquierda, un Vigilante– se llevaron a tu amigo.

–Hazme un... fa-vor... ende-rézame –balbuceó jadeante.

La chica lo miró aterrorizada, pero comprendió lo que se le estaba pidiendo. Sacó un pañuelito de su bolso y lo metió a la boca de Connor. Tomó una larga inhalación y cerró los ojos por un instante, comenzando su tétrico deber. Con sumo cuidado estiró las piernas de Connor emparejándolas lo mejor que pudo, tomándose un largo intervalo entre cada una, y luego los brazos. Los ahogados gritos de Connor la hicieron vacilar brevemente. No podía continuar. El escocés escupió el pañuelo.

–Mátame –le dijo con voz silbante– en mi...

Antes de que pudiera terminar su frase sintió la Presencia acercarse. Incapaz de moverse aún esperó lo inevitable. La joven miró su expresión confundiéndola con dolor y él agitó la cabeza desesperado. Un suspiro de alivio escapó de su pecho cuando vio al dueño de la signatura. Methos lo miraba moviendo la cabeza. Se arrodilló junto a él y recuperando el pañuelito del suelo lo volvió a colocar en la boca de Connor.

–Hablando de no ponerse el cinturón... Préstame tu lámpara y cierra los ojos Amy –dijo suavemente, extrayendo su daga y enterrándola rápidamente en el corazón de Connor.

La mortal no lo obedeció, mirándolo estúpidamente.

–Entonces alúmbrame –dijo Methos, Amy asintió apuntando el haz de luz hacia el caído.

Methos sabía lo que tenía qué hacer y no era agradable. Haciendo caso omiso de la mortal, abrió la camisa del escocés y con rapidez hizo un corte a lo largo del esternón, separando ágilmente piel y músculo con la misma daga que usara para matarlo. Ante los azorados ojos de Amy, Methos metió una mano bajo las capas dérmicas, acomodando las costillas en su lugar, una súbita aunque débil convulsión sacudió el cuerpo de Connor y Methos dejó por unos instantes que la luz del quickenig cerrara, si bien penosamente, los fragmentos rotos de hueso que él sostenía entre sus dedos, sintiendo el leve cosquilleo en sus yemas.

Volvió a enterrar la daga cuando los gemidos ahogados de Connor se hicieron más fuertes. Ahora centró sus atenciones en el brazo fracturado, levantando la piel nuevamente y metiendo el hueso sobresaliente en su lugar. Connor volvió a revivir y a comenzar nuevamente el proceso de curación. Methos dio un poderoso tirón a la pierna izquierda arrancando un grito del escocés y luego revisó rápidamente el cuerpo de su amigo, decidiendo que el resto podía sanar sólo.

Entonces volvió su atención a Amy. La joven estaba conmocionada, los azules ojos miraban enloquecidamente la sangrada figura de Connor. Methos le quitó la lámpara de las manos apagándola y la sacudió gentilmente tomándola de los hombros, murmurando palabras de ánimo. Ninguna respuesta. Finalmente le dio una cachetada. La joven lo miró azorada antes de separarse bruscamente de él y doblarse sobre su estómago, vomitando. Methos esperó que el ataque histérico y las convulsiones remitieran y la ayudó a sentarse, abrazándola con fuerza, esperando devolverle un poco de sanidad con el gesto.

Connor se sentó sintiéndose profundamente débil. Tratando de imaginar de dónde conocía Methos a la mujer, el recuerdo del tatuaje le avisó: era una Vigilante. Extraño, sus vigilantes nunca antes trataron de establecer contacto con él, probablemente Duncan le había informado a Dawson y le habían asignado a esta novata. Trató de ahogar la risa que amenazaba sacudirlo, pobre chica. Methos soltó el abrazo de Amy y se arrodilló junto a su amigo, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un chocolate, lo desenvolvió y se lo tendió a Connor.

­–¿Chocolate? –lo miró con incredulidad.

–Un estimulante muy eficaz.

–Gracias.

–¿Siempre es así? –preguntó Amy más compuesta, su instinto de Vigilante tomando nuevamente las riendas.

Acababa de atestiguar una escena nunca vista por ningún Vigilante en la larga historia de la existencia de la organización. El problema es que no podía registrarlo en sus crónicas.

–Generalmente sanamos solos, claro, el mejor remedio es un quickening, acomoda todo en su lugar en cuestión de minutos –explicó Methos sacando otro chocolate para Amy. Ella lo rechazó con un gesto de asco, así que él se lo comió.

Methos no perdió tiempo, sacó su celular y comenzó a descender la cañada mientras hablaba rápidamente en la bocina, guiado por los faros de niebla que seguían encendidos. Alumbrado solamente por la luz de la luna avanzó cautelosamente hacia el vehículo accidentado, unos cien metros más abajo. Amy lo siguió con la vista.

Se volvió a mirar a Connor que estaba ocupado masticando su chocolate, estaba sentado con las rodillas al pecho, moviendo la cabeza como si quisiera deshacer un nudo de tensión en su cuello o acomodar una vértebra. Tras unos minutos el escocés pareció alterarse por la fijeza de su mirada y se volvió a mirarla fijamente.

–Gracias –musitó el escocés sonriendo de lado.

–No hay de qué –contestó ella mirándolo aprehensiva.

–Si dices algo de esto te mato –siseó mirándola amenazador.

Por supuesto que Connor no pensaba matarla, después de todo había permanecido a su lado; pero sí espantarla lo suficiente para que se olvidara de acercarse a él en lo sucesivo. Samaritana o no. Vigilante o no.

Amy se quedó paralizada por la impresión. Sabía que el hombre era Inmortal, lo había visto revivir, pero no lo conocía, no recordaba haber visto su rostro antes. Se parecía mucho a la fotografía de Connor MacLeod que viera hacía muchos años, cuando estaba estudiando ‘la población inmortal’ en la sección europea de los Vigilantes. Pero el otro MacLeod había cortado su cabeza hacía ya casi dos años y su crónica estaba cerrada. Connor la miraba con curiosidad, pero ella lo seguía sintiendo amenazador.

El ruido de los pasos de Methos la sacó de su espanto. El viejo cargaba las tres pesadas mochilas que constituían su equipaje en un hombro, ¡Gracias a Dios que volvía!, aunque aún traía el teléfono pegado a la oreja. Este hombre ceñudo era demasiado para ella. Con él cerca se sentía segura. Connor la miraba desconfiado. Methos cortó la comunicación y arrojó una de las mochilas hacia Connor, que comenzó a deshacerse rápidamente de sus ajadas ropas sin empacho alguno. Amy se sonrojó volviéndole la espalda. Methos avanzó hasta colocarse a su lado tomándola ligeramente del brazo.

–Ahora... ¿Qué haces aquí? –preguntó Methos cerrando los ojos para tranquilizarse mientras se acercaba a ella.

–Perdiste tu vigilante de turno en los Andes, Adam, pero pude localizarte, eres muy evidente en Latinoamérica, mucha gente te recuerda –contestó ella con cierta picardía– demasiado blanco, alto y delgado.

–Regresa a casa Amy –dijo Methos.

–Ah no, no te voy a perder.

–¿Les importaría? –preguntó Connor ya vestido con ropas limpias, acercándose a ambos y mirándolos alternadamente.

–Connor-Amy-Amy-Connor –contestó Methos presentándolos mutuamente. Ella abrió mucho los ojos, mirando incrédula al ceñudo hombre que le tendía la mano. ¡Ese hombre la había amenazado de muerte! Y definitivamente era ESE Connor MacLeod.

–Y Amy es... –interrogó Connor alzando las cejas interrogante.

–Mi vigilante oficial.

Connor dejó caer la mandíbula al piso. De todas las acciones inimaginables de Methos, ésta era inconcebible. Cerró la boca mientras extendía la mano.

Amy le estrechó la mano tímidamente, apabullada por la emoción que representaba conocer al legendario escocés, muchos vigilantes se sentirían envidiosos de saber que mantenía una relación estrecha con dos leyendas vivientes. Solo que Connor MacLeod estaba muerto para los registros internos y para el mundo y Methos era un mito.

–¿Pudiste ver las placas? –preguntó Connor.

–Sí, le hablé a Lulú –respondió Methos.

–¿A dónde lo llevaron?–preguntó Connor, aún mirado de reojo a la chica.

–Lulú investigó el número de placas, pero... Connor...

–Yo me ocupo –repuso el escocés sin dejarlo terminar, extendiendo su mano para agarrar los datos garabateados a toda prisa en la envoltura de la barra de chocolate.

–Amy ¿Puedes dejarme en el pueblo?, tengo que esperar por Lulú.

Amy asintió en silencio. Comenzaron a subir la pendiente hasta la carretera y su pequeño auto rentado. Amy abrió la cajuela y Methos arrojó las mochilas en el portaequipaje.

Dejaron al viejo en el pueblo, Amy quería quedarse con él, pero tenía que llevar a Connor al lugar que les indicara Methos. Connor se apeó de su auto y pidió señas para llegar al sitio indicado. Amy nunca dejaba de maravillarse de la fluidez que tenían los inmortales con cualquier idioma. Connor y Adam solían cambiar de lenguaje con el mínimo esfuerzo. Sí, para ella Methos siempre sería Adam.

Aún sentía temor del escocés. A pesar de ser un hombre atractivo, emanaba peligro por cada poro de su piel. Miró de reojo el recto perfil y los finos labios, la mirada casi velada por unas preciosas cejas increíblemente bien delineadas. Se sonrojó involuntariamente pensando que se estaba comportando como una colegiala, peor aún, el hombre parecía darse cuenta del hecho y sonreía de lado, mientras fingía explorar los alrededores.

Alcanzaron el punto indicado por el campesino y se apearon. Connor decidió dejarla en el auto en lo que investigaba el terreno. Amy protestó brevemente, pero se sentó a esperar, rogándole a todos los cielos poder salir bien librada de esta insólita aventura.

Un par de horas después Connor regresó, había reunido la información necesaria. El siguiente paso era esperar a Methos. Así que decidió regresar por la chica y mantenerla junto a él. La siguiente etapa iba a ser más peligrosa y quería tener todas las incógnitas a mano. Amy se vio arrastrada hacia la pálida penumbra del cerro, obedeció en silencio las indicaciones del escocés y se agazapó tras un árbol.

Deshacerse del primer vigía fue lento. Una mano en la boca mientras bloqueaba la circulación de sangre al cerebro, el hombre cayó desmayado casi sin forcejear, Connor lo sostuvo de las axilas arrodillándolo, luego le colocó una rodilla en su pecho y lo desnucó, apartándolo del camino, lo único que podía hacer con tan solo sus manos y la necesidad de evitar el ruido. Examinó el rifle de largo alcance con mira nocturna, el problema es que no tenía silenciador, no podría disparar. Era a la vez una ventaja y una desventaja un terreno tan amplio a cubrir, tremendo error táctico del enemigo, se dijo. Regresó hasta Amy y la condujo por el camino que había limpiado de defensas.

Connor se deslizó velozmente tras uno de los árboles, seguido por Amy que apenas podía mantener el ritmo del Inmortal. Unos metros más allá alcanzó a ver la silueta del vigilante, pálidas volutas de niebla se elevaban del suelo, iluminadas a medias por la luz de la luna llena que se filtraba por el follaje. El guardián metió su rifle de largo alcance bajo su axila derecha mientras encendía un cigarrillo, protegiendo con su mano la vacilante llama del encendedor. Connor avanzó sigilosamente hasta colocarse detrás de él, jaló la culata del rifle de la axila que lo aprisionaba y asestó un fuerte golpe en la cabeza del hombre, que cayó pesadamente hacia delante. Se inclinó y tocó su cuello, aún vivía, sin pensarlo dos veces tomó la cabeza del hombre con ambas manos y la giró bruscamente. Escuchó el crujido de las vértebras. Tomó el rifle y se lo tendió a la mujer.

Amy se tapó la boca con una mano ahogando el grito que amenazaba salir de su garganta. Su estómago se contrajo convulsivamente y sintió el suelo oscilar bajo sus pies. Connor dejó caer el rifle y colocó una mano suavemente en sus hombros jalándola hasta el tronco del árbol, presionándola con su cuerpo hacia las sombras.

–¿Estás bien?

Amy sacudió la cabeza negando fervientemente, tratando de ahogar la sensación de náusea y recriminándose su falta de estómago para estos menesteres. Consideró seriamente solicitar su remoción del equipo de campo. Aunque no negaba que en este caso, tenía su recompensa, el cálido y suavemente musculoso cuerpo de Connor MacLeod era premio suficiente.

–Respira... sólo respira –dijo Connor.

–En cuanto recuerde como hacerlo –fue la réplica que escapó involuntariamente de sus labios, «Y no solamente por el susto» pensó para sí sonrojándose levemente.

Connor rió suavemente, aún presionando su cuerpo reafirmantemente sobre la trémula mortal.

–Retira tus patas de ella –siseó la voz.

La voz lo sobresaltó y giró elevando inconscientemente el arma, pero ya Methos estaba a su lado, tratando de esconderse también en el tronco del árbol. Amy se rió nerviosamente, ahogando el sonido con sus manos.

–Un día de estos Adam... –amenazó Connor.

–¿Cuántos?

–Cinco mortales más, uno a treinta y cinco metros a la derecha, otro a unos cien metros a la izquierda de la cabaña, uno en la puerta delantera y dos adentro de la cabaña, uno junto a la puerta uno junto a la chimenea en el lado izquierdo–resumió Connor rápidamente– un Inmortal adentro. Visto todo desde la ventana del lado oeste.

–¿Pudiste verlo?

–Sí pero no lo reconocí.

–Es Ignacio Riveiro –afirmó Amy tímidamente– es el único que anda por esta zona aparte de ustedes –añadió viendo la duda en sus rostros.

–¡Maldición! Mix debe estarla pasando realmente mal.

Connor los miró a ambos alternativamente esperando una explicación. El nombre no le era familiar.

–Un portugués, alumno de Juan Albarrán. Era el dueño de Mix –proveyó Methos moviendo la cabeza.

–¿Dueño? ¿Era su esclavo? –preguntó Connor.

–Sí. Mix escapó matando a Albarrán.

Una alarma sonó en el cerebro de Amy, el hombre el que llamaban Mix ERA un inmortal. En sus años de entrenamiento nunca había tropezado con una crónica que se refiriera a él. Que interesante.

–Venganza entonces. ¿Encontraste a Lulú?

Methos lo miró interrogante. Después rió amistosamente y asintió dejando caer en el suelo la pesada bolsa de lona.

–Amy... será mejor que te vayas, Joe me mataría si supiera que te puse en peligro.

–Joe me mataría si supiera que conozco tu paradero... y MacLeod también, el otro MacLeod –corrigió Amy rápidamente, mirando el piso súbitamente interesada y sonrojándose levemente– pero no me voy.

Methos consideró seriamente la posibilidad de ponerla fuera de combate en lo que ellos terminaban su misión, después de todo la joven mujer no tenía por qué contemplar tan enojoso asunto. Finalmente asintió, sacó una pistola de la bolsa y armó el silenciador en el cañón, se la colocó en sus manos, luego se arrodilló en el piso hurgando a ciegas en la bolsa de lona y extrajo un chaleco antibalas. Se lo tendió en silencio, Amy se lo puso y él la ayudó a sujetar las correas firmemente mientras Connor se armaba con dagas, pistolas y demás.

–Tenemos que hablar de tu gusto por los colores claros Connor –gruñó Methos, armándose él también, Amy rió suavemente.

–Jamás en tu vida. Me gusta el gris –exclamó Connor mirando su gabardina, un poco maltrecha, pero bastante llamativa en medio de la oscuridad.

–Hay de grises a grises.

–Tomas el de la izquierda, yo el de la derecha. Amy, espera aquí –indicó Connor– si uno de los malos se acerca disparas.

Amy asintió «mientras no sea el Inmortal», pensó tocando levemente el fino estoque sin guarnición que traía en la pernera de sus holgados pantalones. No sabía si tenía la fuerza suficiente para separarle la cabeza del cuerpo. ¡Vaya!, ni siquiera se creía capaz de elevar la espada de Adam, dada la necesidad. Se pegó lo más que pudo al tronco del árbol.

Methos se agazapó ocultándose en la maleza y se acercó sigilosamente a su blanco, apuntando cuidadosamente la mirilla de su pistola, elevó el arma y disparó, un suave zumbido cortó el silencio y el proyectil se alojó en la nuca del vigía que cayó como muñeco de trapo hacia delante. «Sí» exclamó Methos ahogadamente mientras avanzaba de árbol en árbol hasta la cabaña, concentrándose en silenciar su quickening.

Connor se deshizo de la misma manera del suyo y regresó por Amy. Un par de minutos después estaban junto a Methos. Connor se acercó a una de las ventanas de la cabaña, ojeando rápidamente el interior. Una de las hojas estaba abierta, pero no podía escuchar lo que decían.

–¡Maldición! –siseó Connor deslizándose al piso junto a sus compañeros– falta uno de los mortales.

–¿Mix?

–Atado a una silla, de pies y manos. Está... reviviendo en estos instantes –informó Connor.

–Dime algo que no sea obvio –protestó Methos poniendo los ojos en blanco  y dirigiéndose a la ventana.

–Sabelotodo –gruñó Connor moviendo la cabeza– ¿Y bien?

–¿Cómo anda tu puntería? –preguntó Methos señalando las dagas que Connor había ocultado en sus botas. Connor asintió en silencio– Amy, a 5 metros de la ventana hay uno, junto a la puerta... Escucha... le apuntas a la cabeza, disparas y te tiras al suelo. Voy por el de enfrente.

Amy asintió sin saber por qué. Ambos se colocaron bajo la ventana observando la disposición de sus blancos y memorizándola por turnos. Amy centró su atención en el hombre de la puerta, sin permitirse mirar el resto de la escena.

Mix estaba de espaldas a la ventana, atado firmemente a la silla, el inmortal a su derecha inclinado diciéndole algo al oído mientras Mix se esforzaba en volver la cabeza, como si le molestara el aliento de Riveiro, los ojos cerrados. El hombre junto a la puerta usaba el rifle como bastón, apoyado en la culata, sonreía despectivo. Connor evaluó sus posibilidades, el inmortal sería un blanco móvil.

–¡Ahora! –dijo Connor parándose frente a la ventana y soltando las dos dagas al mismo tiempo mientras Amy disparó desde una posición incómoda, el mortal cayó sobre su arma y ella se tiró sobre su estómago siguiendo las indicaciones de Methos.

La soga que ataba las manos de su amigo atrás de la silla se partió con el impacto de la punta de la daga, Mix rodó instintivamente aún atado a su silla, al sentir el filo cortando profundamente el canto de su palma. La otra se alojó en la garganta del inmortal, que cayó llevándose las manos al cuello en un vano intento de jalar aire a través de vértebras hechas añicos. Connor sonrió, arrancando a correr hacia el frente de la cabaña. El vigía yacía muerto, un puñal enterrado en su pecho y Methos no se veía por ningún lado, Connor arremetió cargando furiosamente su peso contra la puerta, zafándola de sus goznes.

Amy se incorporó asomando la cabeza por la ventana y vio salir de una habitación a un hombre, el arma apuntando a Connor que acababa de irrumpir en la habitación. Elevó su pistola pero lo vio caer, girando casi sobre su eje. Methos había disparado desde la otra ventana. Connor se apresuró a cortar las ataduras de Mix, mientras Methos sacaba la daga de la garganta de Riveiro y la clavaba en su corazón, dejándola ahí.

–¿Quieres su cabeza? –preguntó Methos arrodillándose junto al abatido cuerpo de su amigo. Connor lo sostenía en sus brazos. Mix no contestó.

No se tenía que ser un genio para adivinar lo que había pasado. La ropa de Mix estaba hecha jirones y había sangre, vómito y otras cosas en el piso y encima de ambos inmortales. Habían pasado tan sólo unas cuantas horas, pero bastante difíciles.

–Está demasiado debilitado –contestó Connor, mirando el odio que centelleaba en los ojos de Methos– puedo cortar la cabeza de ese maldito bastardo y salir corriendo... su quickening...

–Es mío –siseó Methos– sácalos de aquí Connor.

–No creo que sea buena idea Adam –dijo Amy entrando temblorosa a la sangrienta escena. Su hermoso rostro alarmado y profundamente preocupado.

–¡Amy, Sal de aquí!

–Pe... pero...

–Sé lo que me tengo que tragar. ¡Fuera de aquí, los dos! –gritó Methos.

–¡No! –protestó débilmente Mix.

–¡Fuera de aquí! –volvió a tronar Methos.

Ambos lo obedecieron, pasándole un brazo bajo las axilas por cada lado a Mix e ignorando sus protestas, prácticamente lo arrastraron fuera de la cabaña. Se alejaron en dirección del auto, un par de kilómetros al sur.

Mix se recuperaba lentamente, la pérdida de sangre demasiado abusiva como para compensarla en tan poco tiempo. Casi a medio camino intentó regresar a la cabaña, Connor lo puso fuera de combate con un izquierdazo y lo cargó hasta el automóvil, lo metió en la parte trasera y después de sacar ropas limpias de la mochila y ponerlas en el asiento, se sentó a su lado.

–¿Por qué? ¿Por qué? –exclamó Amy golpeando con ambos puños el volante, rompiendo a llorar desconsoladamente.

–Es sólo otro inmortal, ¿Le tienes aprecio? –preguntó Connor desconcertado, malinterpretando el desconsuelo de la mujer.

–¡Es diabólico! Adam... Adam va a

–Probablemente va a jugar un ratito con él antes de matarlo. Yo lo haría... después de lo que le hizo a Mix –Connor encogió los hombros.

Amy lo miró incrédula, las implicaciones de sus palabras cayeron como plomo fundido en su estómago y se bajó del auto, seguida por Connor que la miraba con preocupación. Nuevamente se dobló y vomitó.

–¡Por Dios mujer! ¡Creí que eras un vigilante! –exclamó Connor abrazándola desconcertado.

–¡Y por qué es tan importante ése... ése Mix! –contestó ella deshaciéndose de su abrazo y mirándolo furiosa. Profundamente indignada con sus traidoras tripas, mientras se limpiaba la saliva con el faldellín de su suéter– para que Adam tenga que... tenga que aceptar esa transferencia...

–Es un chamán –aportó Connor mirando de reojo hacia el asiento trasero del auto de Amy.

–¿Y?

–Espérame, está despertando, préstame tus llaves.

Amy le tendió el llavero sin preguntar y Connor se apresuró a cerrar las portezuelas del vehículo con el remoto. Mix vociferaba presionando los botones y golpeando las ventanillas. Inútil, el cristal era blindado. Una de las ventajas de los vehículos de los Vigilantes.

–Es un sanador. Canaliza su quickening para curar. Adam no quiso que tomara esa fuerza vital por ese motivo. Aunque tenía que preguntar. Una transferencia maligna le haría mucho daño en el estado actual en el que está –razonó Connor con voz tranquila, ignorando soberanamente el escándalo que estaba haciendo el Inmortal encerrado en el auto.

Amy se mordió los labios para no decir nada más. A ella no le importaba Mix, ¿Y qué nombre era ése? A ella no le importaba si era un chamán o el Santo Padre, Joe le había explicado los efectos de los quickening en Adam y ella estaba funcionando en modo protector desde que lo había localizado en ése rancho de la Sierra Madre Queretana. Miró con odio al joven que seguía haciendo su pataleta en el coche. Sus miradas se cruzaron y él pareció avergonzarse con el fuego que sintió en su mirada, porque se quedó sentado muy tranquilo, mirándose las manos fijamente.

Connor soltó su famosa risita erizándole los vellos de la espalda.

–¿Qué? –tronó ella aún de mal humor.

–De saber que eso era lo que se necesitaba para aplacarlo...

Entre los árboles del bosque se percibió una tormenta eléctrica, iluminando la oscuridad con destellos. Escucharon explosiones ahogadas en la distancia y una llamarada se elevó hacia el cielo por unos segundos antes de extinguirse tan rápidamente como surgió.

–Ha terminado –dijo Connor liberando los seguros de las puertas.

Mix salió al instante y le dio un puñetazo en la mandíbula antes de echar a correr hacia la cabaña. Amy lo miró interrogante mientras Connor se limpiaba la sangre de los labios y encogía los hombros.

–Prefiero enfrentarlo a él que a un Methos encabronado... Adam quiero decir –corrigió él.

–Sé quien es, Connor MacLeod –dijo ella secamente alzando una iracunda ceja.

Nuevamente la mandíbula del MacLeod grande se deslizó hasta al piso. Pero sólo por si acaso...

–Si dices algo de él o sobre Mix... te mueres.

Esta vez la mortal no se acobardó, probablemente porque el escocés  no puso mucho énfasis en su frase.

Connor la observó divertido mientras se metía al vehículo, cerraba de un portazo y posaba la cabeza en el volante, respirando agitadamente.

Encontrar algo que te sorprenda después de casi medio milenio de vida es difícil. Pero se daba perfecta cuenta de que esa mortal no dejaba de sorprenderlo. Había matado a un hombre a sangre fría, pero esa misma persona casi se vuelve del revés vomitando al imaginar a Methos torturando a otro inmortal. ¡Y ese instinto protector! por un instante temió tener que desmayarla también en lo que regresaba el viejo. Decidió que algún día le sacaría a Methos su historia con esa mujer.

A la sexta y última parte

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