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REALIDAD ALTERNA 5“Mix”CUARTA PARTE: comenzando desde el principio.Anch’io vorrei dormir cosi Nel sonno almeno I’oblio trovar! {Si pudiera dormir así, encontrar al fin el olvido en el sueño] (Lamento di Federico, L’Arlesiana de Francesco Cilea)
Mix se dirigió a la fuente de cantera que representaba el centro geométrico del vasto patio de la casa principal. Aún sudaba por el esfuerzo de intentar bañar a un puntilloso y flaco Inmortal que se negaba a que lo atendieran y por el atosigante calor del verano. Methos había terminado echándolo a cajas destempladas y Mix había terminado empapado. Connor estaba sentado en el borde, chapoteando los dedos en la superficie del agua. –Es más fácil bañar un perro –dijo señalando sus ropas mojadas– incluso a un San Bernardo. –No le gusta que lo consientan –contestó Connor–¿Qué rayos fue eso? –preguntó sin mirarlo fijamente. –Un quickening. –Nunca vi al retador. –Podría decirse que es una manifestación empática nerviosa, ya sabes... una estigmatización, pero no sé... –¿De qué diablos estás hablando? –Alguna gente mística tiende a canalizar su psique, poder o fe personal en lesiones que simulan las heridas sufridas por Cristo. ¡No me mires así! No estoy loco, es tan sólo una explicación. Es una analogía. ¡Carajo! –¿Quieres decir que de alguna manera está ‘representando’ el quickening de otros inmortales, recreando una a una las heridas recibidas? –Algo así –comentó Mix entre apenado y confundido por su incapacidad de explicarlo de manera sensata. –Está cabrón.. –Ajá –convino Mix– Tengo que cambiarme –replicó Mix dándose la vuelta para dirigirse a las habitaciones. Connor se quedó estupefacto. Ningún Inmortal en sus cinco ‘representaría’ voluntariamente un quickening. Los efectos eran devastadores para la psique del vencedor. Dejando de lado las heridas sufridas en los desafíos, el agotamiento mental subsiguiente podía tardar días en remitir. Y si te tocaba un bicho perverso, como el Kurgan, tenías que tragarte siglos de maldad que amenazaban desvanecer tu persona en algún profundo hoyo negro. Corrías el riesgo de perder tu identidad, tu yo esencial. Connor conocía lo suficiente a Methos para saber que odiaba pelear, que evitaba con toda su alma recibir quickenings y evadía a toda costa las confrontaciones. Inclusive le había dicho que no asimilaba muy bien las energías liberadas en los desafíos «El tuyo me freiría», fue lo que le dijo hacía 12 años. Así que no podía creer que el viejo estuviera inflingiéndose ese tipo de daño, al menos no por voluntad propia. ¿Se estaría castigando aún de alguna manera inconsciente? No lo creía posible. Desde su personal punto de vista, Methos había pagado sus ‘deudas a la sociedad’ durante suficiente tiempo. Una deuda que no entendía por qué tenía que pagar, habiendo sido Methos, como cualquier otro Inmortal o arrastrado por sus circunstancias o por haber tomado decisiones equivocadas. Todos las cometían y todos las pagaban a su debido tiempo. Se encaminó a la habitación del viejo y entró sigilosamente. Methos estaba sentado sobre la cama en posición de loto, canturreando algún extraño mantra para pacificar su alterada alma. Por lo demás completamente inmóvil. Connor se preguntó por qué a él le costaba tanto trabajo conseguir esa paz, cuando él mismo le había enseñado a Duncan los rudimentos de la meditación trascendental. Por un momento se aterrorizó de la inmovilidad de su amigo, aparentemente tan frágil y vulnerable en su ejercicio espiritual. Hasta que se recordó que el viejo podía identificar las Presencias. Connor sonrió perversamente, con un irresistible y perverso deseo de darle un empujón. –Ni se te ocurra –masculló Methos sin abrir los ojos. –Arruinas la diversión –refunfuñó Connor preguntándose una vez más cómo lo hacía. –Eres muy ruidoso –Methos soltó una risita y comenzó a estirarse, desenmarañando sus piernas frente a sí mientras le dirigía una mirada burlona. –¿Ruidoso? –se sintió ofendido, estaba muy orgulloso de su sigilo y ligereza. –Tu aura... hace mucho ruido –explicó Methos levantando los hombros. –Mmm, ¿Estás bien? –No –bostezó Methos– esto ya ha durado demasiado tiempo. Cada vez que pasa va empeorando. Methos extendió sus brazos y alzó la manga de su camisa. Su brazo derecho mostraba una cicatriz larga desde el bíceps hasta cerca de la muñeca, los bordes purpúreos exponían una ligera fisura. Un proceso de curación incompleto, aunque, al menos ya no sangraba. Se deshizo de su camisa completamente, mostrándole el torso. El mismo tipo de quasi-cicatrices cruzaban su estómago en dos partes y su pecho en una. –Ya no duelen –aportó Methos ante el gesto de preocupación del escocés volviéndose a poner su camisa– mañana habrán desaparecido. –Mañana... –la implicación erizó su cuero cabelludo– ¿Tienes alguna idea de qué lo causa? –No. Pero sé cuándo se originó. –¿Desde Bordeaux? –interrumpió Mix deteniéndose en el umbral de la puerta. –Sí y no. Por eso necesito tu ayuda. Mix no pudo responder. Durante casi tres siglos había sido curandero de su pueblo, ayudando a sanar las almas que ocasionalmente traían uno u otro conflicto ante el viejo brujo. Pero sus conocimientos de herbolaria, la psique humana y el manejo de las auras se centraban casi exclusivamente en el trato de mortales. La inmortalidad, desde el punto de vista clínico-chamánico era terreno inexplorado. Y si bien se suponía que las almas eran eternas, no era un supuesto válido para tratar los males en razas tan diferentes. Methos era médico y le había dicho ‘estoy mezclado’. Probablemente la pista era lo suficientemente buena para intentarlo. Aunque desconocía el efecto que la curación pudiera ocasionar en un Inmortal. –Cuando digas –murmuró Mix sin levantar la vista del suelo, sintiéndose aterrorizado. –Escucha, sé que temes que algo no funcione, pero tengo que intentarlo –musitó Methos– esto me está matando. –Necesitas alimentarte y descansar y yo necesito arreglar algunos asuntos del rancho. Una semana Methos, sólo eso te pido... después partiremos... –contestó Mix pensativo– Connor... –Voy con ustedes –afirmó tajantemente el escocés. Para alguien que solía aplicar el principio del mínimo esfuerzo, Methos parecía bastante entusiasmado con la tarea de ayudar a Mix a terminar sus asuntos. La ansiedad por deshacerse de lo que fuera que lo estaba manteniendo así, era suficiente motivo para tenerlo ocupado en el rancho. A pesar de las protestas de su anfitrión, el Inmortal más viejo del planeta Tierra se levantaba casi al salir el sol y tras una media hora de meditación difícilmente lograda, tomaba uno de los caballos y lo alcanzaba para ayudarlo con el ganado o la siembra. Connor por su parte, habiendo abandonado su última pesadilla, estaba retomando la alegría que lo caracterizara. Cabalgaba libremente por los sembradíos galanteando a cuanta mujer se le atravesaba en el camino y fastidiando con sus bromas a Methos, que se lo tomaba con la filosofía suficiente como para no irritarse pues parecía saber que esa era la manera en que Connor le demostraba su afecto. El escocés demostró una aptitud innata para aprender todas y cada una de las exclamaciones non sanctas e insultos que soltaban sus peones, incluso uno que otro albur. La semana de fianza solicitada le sirvió a Mix para arreglar sus asuntos pendientes en el rancho y para que Methos ganara un par de kilos y le regresara el color al cuerpo. El clima parecía sentarle bien y el cansancio había desaparecido del todo de su porte, regresándole la prestancia que le causara tanta admiración cuando lo conoció. La paz en que generalmente se encontraba el rancho parecía haberlos ayudado bastante. Después de comer partieron en la camioneta de doble tracción de Mix, equipados con bolsas de dormir y tienda de campaña, así como víveres suficientes para sobrevivir en despoblado por un par de semanas. –¿A dónde vamos? –preguntó Connor a media hora de camino por la carretera Panamericana. El escocés se había acomodado tranquilamente en el asiento trasero, apoyando los tobillos en el borde de la ventanilla, las botas de fuera. –A un lugar a unas cuantas horas de aquí, le llaman la encrucijada del diablo –contestó Mix sin separar la vista de la autopista. –¿Y a qué debe semejante honor? –interrogó nuevamente Connor con un ligero matiz burlón. –¿Methos, podríamos dejarlo en Querétaro? –preguntó Mix enarcando las cejas. –Si crees posible deshacerte de él... con confianza –contestó Methos sonriendo disimuladamente. –Hey, es sólo una pregunta –se defendió Connor, sintiéndose como equipaje. –Connor. ¿Sabes exactamente lo que vamos a intentar? –preguntó Methos. –No. Pero no te quiero perder de vista. –Ahora yo pregunto ¿A qué debo el honor? –Sencillo, si te pasa algo Duncan me mata... esta vez en serio... –Methos volvió la cabeza mirándolo sobre su hombro y alzando las cejas, a lo cual Connor añadió– muy al contrario de lo que puedas pensar, me agrada la estatura que tengo. –¡No necesito una niñera! –exclamó Methos indignado– la idea de tirarlo en Querétaro se me está haciendo cada vez más agradable –añadió sonriendo maliciosamente. –Tengo una casa en Tequisquiapan –repuso Mix siguiendo la broma– te divertirás, aguas termales de tequesquite... gente que vive más de 100 años... piscina, incluso puedes torear en el corti... –Olvídalo –contestó Connor sin inmutarse– además no me gustan los toros– añadió acomodándose mejor y cerrando los ojos. –Ya me dijiste el origen, ahora cuéntame cómo empezaron ‘los síntomas’ –dijo Mix. París, 2000Cuando Duncan MacLeod del clan MacLeod decidió agradecer la presencia de sus amigos en su vida en el otoño de 1997, fue una especie de debut y despedida. Debut porque finalmente parecía haber aceptado la parte oscura de su persona. Despedida por que evidentemente había decidido alejarse de ellos. A cierto nivel intelectual Methos comprendía la reluctancia de su amigo de seguir al lado de su círculo de amistades. Muchas veces se preguntaba si Duncan traía una diana pintada a medio pecho o una flecha de halógeno parpadeante, que al menos él no podía ver, que rezaba algo así como ‘Inmortal apetecible’ y el aspecto físico del escocés tampoco ayudaba mucho a que pasara desapercibido, tanto menos su lujoso tren de vida. Vivir cerca de quien parecía ser el anfitrión del club de la Inmortalidad había probado una y otra vez ser peligroso para la salud de Methos. Así que, muy en el fondo, se sentía aliviado de la ausencia de Duncan. Había regresado a la universidad, ahora como catedrático titular de la clase de historia asimilando fácilmente una rutina, apareciéndose en ‘Le Blues Bar’ cuando Joe cantaba y de vez en cuando asomándose para saludar a los Valicourt. Ser Adam Pierson le estaba gustando cada vez más, un par de décadas y tendría que recurrir al truco de pintarse unas canitas antes de desaparecer de la vida pública, montando un sucio y aparatoso accidente para que un lejano consanguíneo y más joven Pierson acudiera a reclamar las pocas posesiones del difunto Adam. Un par de años después del enfrentamiento con Silas había empezado a tener pesadillas. Nada del otro mundo considerando la vida que llevaban. Así que cerraba los ojitos, contaba ovejas en egipcio antiguo y se volvía a dormir, resignado a tragarse los demonios que acosaban sus sueños y despertándose al otro día sumamente cansado. Conforme las pesadillas se iban repitiendo y aumentando levemente de intensidad, descubrió que las viejas necesidades sensuales necesitaban un objetivo, o sea que Adam necesitaba compañía femenina. La alternativa era o quemar la adrenalina excedente en actividades placenteras, o pasarse el tiempo bajo duchas de agua fría, y ni pensar en hacer ejercicio, bastante tenía con sus entrenamientos con la pesada Ivanhoe. Pasó medio año más rumiando el asunto, en parte por pereza y en parte por que el tiempo parecía escapársele de las manos. Cuando comienzas a hablarte y peor aún, a responderte a ti mismo, es tiempo de saltar fuera de tu piel y encargarte de asuntos más terrenales. Eso le hizo pensar que definitivamente el amable y sociable Adam Pierson necesitaba ventilarse más. Comenzó a salir con una colega de la universidad. Primero a desayunar, largos paseos por el parque, jornadas de cine, atardeceres. Methos sabía esperar por sus recompensas. Cierto día fijó una cita para un agradable sábado en ‘Le Blues Bar’. Joe lo había invitado a una sesión exclusiva de blues, alternando él y su banda con los mejores grupos parisinos y londinenses. Methos se sintió feliz, sabía que Louise amaba al blues, era una fiel admiradora de Joe y se sentiría contenta de asistir a un evento de ese tipo. Así que tomó los pases que le enviara el vigilante a su oficina de la universidad, se vistió con ropa de su talla, luchó media hora para aplacar su cabello, lavó su vieja camioneta y condujo hacia su cita silbando en el camino, de pura anticipación de la velada que le esperaba. Entonces sucedió. Sin aviso previo su cuerpo se contrajo espasmódicamente y por eternos segundos miró horrorizado cómo sus pulcros pantalones de casimir se oscurecían manchados por sangre, su camisa y su saco sufriendo la misma suerte mientras invisibles navajas marcaban su cuerpo a intervalos. El dolor que sentía era demasiado real para atribuirlo a una imaginación demasiado vívida. Lo próximo que supo fue que estaba tendido en un ataúd, lindamente vestido de negro, corbata y todo... y Joe reclinado sobre él haciéndole señas con su expresivo rostro de que volviera a cerrar los ojos y se hiciera el muerto. Methos sintió que estaba protagonizando un episodio de la ‘Dimensión desconocida’ y suprimió los deseos de gritar a todo pulmón, en parte del susto y en parte por el tremendo frío que sentía en el cuerpo. Rechazó el impulso de moverse, si lo habían puesto en un ataúd es porque se había muerto. Soltó una palabrota mentalmente. No había planeado morirse tan pronto. Estar en ese ataúd le ocasionaba escalofríos y se le enchinaban los vellitos. Dos veces estuvo a punto de un ataque de risa histérica mientras escuchaba las palabras de Joe ante la poco concurrida ceremonia, expresando las virtudes del buen Adam. Y una vez a punto de soltar el llanto cuando percibió el perfume de Louise, sintió sus labios posarse en los suyos y sus lágrimas mojar su rostro. Afortunadamente Joe lo recuperó en cuanto se retiraron los asistentes al entierro. La oscuridad y falta de aire, el tremendo frío glacial que sentía en el cuerpo, aunados al par de zumbidos de Presencia entremezclados casi le causan un ataque cardiaco, (asunto zanjado conscientemente cuando recordó que por fortuna los entierros se realizaban en terreno sagrado) Finalmente la tapa del ataúd se levantó. Una mano masculina lo jaló con fuerza y cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra del cementerio se encontró con la sonriente cara de Nick Wolfe. –Adam él es Nick, Nick él es Adam –exclamó Amanda alegremente con su voz cantarina, mientras le daba un beso en la mejilla a la vez que le sacudía la tierra de encima con palmaditas y frunciendo la nariz. –Mucho gusto –dijo el aludido sonriendo, Methos estrechó la mano tendida y asintió con la cabeza. –Gracias –repuso Methos aún desorientado, sabía de la existencia de Nick, pero nunca creyó conocerlo en persona, aparentemente era de ‘los buenos’, un inmortal recién nacido, amigo de Amanda y ex policía. –Tú y yo tenemos que hablar –Methos se volvió al reconocer la voz del vigilante. El rostro de Joe era la máscara perfecta del enfado, las pobladas cejas casi juntas en un ceño fruncido y la sonrisa torcida. Por experiencia personal sabía que cuando Joe se rascaba la barba se le avecinaba una zarandeada. La única señal de peligro que faltaba era el alzamiento de la ceja derecha para saber que estaba perdido. Amablemente Amanda les dio la llave de su departamento de París y regresó a Toronto con su nuevo amor. Joe sirvió dos vasos de whiskey y le tendió uno mientras acomodaba su osamenta en el sofá de Amanda. “A.a, la ceja” pensó Methos mirándolo de reojo y sintiéndose irracionalmente culpable. –¡Qué demonios estabas pensando! –espetó el vigilante mirándolo con severidad. –Joe yo... –Lo que hiciste no tiene nombre. De todas las jugarretas sucias, esta es la peor. Louise estaba inconsolable, esa pobre mujer va a cargar con la culpa el resto de su vida. Tú mejor que nadie deberías saber lo que eso significa. –¡No lo planeé! –respondió Methos en un vano intento de defensa, Joe sólo le llamaba ‘Methos’ cuando estaba enojado con él. –ESO es evidente. Si planeabas desaparecer al menos pudiste advertírmelo. No tienes vergüenza. Jamás... ¿escuchas? Jamás creí que me utilizarías para una treta tan baja. ¿Y ése sucio truco de permanecer muerto tanto tiempo? ¡Casi me matas del susto! Methos abrió la boca y la cerró de golpe, haciendo un curioso sonido con la lengua. ¿De qué estaba hablando Joe? ¿Muerto tanto tiempo? No recordaba haberse muerto, hasta que se encontró en el ataúd y en plena ceremonia. Por primera vez se tocó el rostro, la cremosa sensación de sus dedos y sus incrédulos ojos revisando la evidencia en sus yema confirmaron la sospecha ¡Maquillaje, gruesas capas de maquillaje! ¡Maquillaje de muerto! –¿Y bien? –la profunda voz de Joe lo sacó de sus cavilaciones. –¿De quién fue la idea del hielo? –preguntó Methos riéndose hasta que le salieron las lágrimas. –¿Es lo que se te ocurre preguntar? ¡Dios santo, Methos! y ¿cuál es la maldita gracia de todo este asunto? –ahora fue el turno de Joe de dejar caer la quijada. –Hagamos un trato, escucho tu versión y tú la mía –contestó Methos un poco más calmado. Joe soltó un gruñido y movió la cabeza. «Iba terminando la primer ronda de la noche cuando sonó mi celular. Era un detective, preguntándome si conocía al Dr. Adam Pierson, le contesté que sí, pensé que te habían arrestado hombre –intercaló Joe– me informó que habías sufrido un terrible accidente, aparentemente habías perdido el control de tu vehículo y te habías estrellado contra un árbol, no se podían explicar el motivo de que unos cien metros atrás aceleraras súbitamente, ni por qué la bolsa de aire no mitigó el impacto. Desafortunadamente, me informó, habías muerto. Fracturas múltiples, cortaduras e inexplicables quemaduras de segundo grado aparentemente eléctricas, como si te hubiera caído un rayo encima. Tampoco se explicaban qué hacías con una espada carísima de más de 700 años encima. Me localizaron por el número del celular que anoté atrás de los pases». Joe continuó su relato explicándole con su precisión de vigilante los hechos. Methos había permanecido un día entero en la morgue sin revivir ni sanar. Joe movió sus influencias lo más rápido posible y pudo recuperar el cuerpo para enterrarlo, profundamente asustado de que el viejo conservara la cabeza sobre los hombros y estuviera más frío que nada. Con Duncan desaparecido, localizar a Amanda fue la única opción y no le tomó mucho tiempo hallarla. La Inmortal le había tomado cariño a su último vigilante y por una vez no se había desecho de él. La bella mujer se encargó de falsificar unos documentos de propiedad para la espada que pudieran justificar su presencia. Y Joe explicó al suspicaz detective que la espada era una herencia familiar que al buen doctor Pierson le gustaba llevar encima, mostrándole los documentos y permisos necesarios, todos falsos por supuesto. Amanda era de la opinión de que Methos despertaría, que probablemente había tomado una cabeza y el quickening no se le había asentado bien. Fiel a la teoría de Amanda y sin tiempo para investigar, procedieron a cubrir las huellas de Adam Pierson ante el resto del mundo. Informaron a la universidad y a una molesta Louise que creía que la habían dejado plantada, que el buen doctor había pasado a mejor vida. Los vigilantes lamentaron la pérdida de Adam pero a la vez se sintieron aliviados, Pierson nunca les había ocasionado problemas, pero siempre se les hizo muy sospechosa su relación con Dunca MacLeod. Enviaron sus condolencias a Joe y al misterioso ‘gemelo’ de Adam, llamado Benjamín, que cuando Adam todavía era vigilante, les había comentado en alguna ocasión que vivía en una mansión de las afueras de Londres. El ‘hermano fantasma’, era una mentirilla que había inventado para justificar ante sus colegas la existencia de su casa de Londres en una ocasión que apareció una factura entre sus papeles a nombre de Benjamín Pierson. Joe les informó que lamentablemente el otro doctor Pierson, el médico, no podía asistir al funeral de su hermano pues estaba fuera del país y no había conseguido localizarlo. –El resto de la investigación la hizo Amanda, entró a tu departamento y sacó los datos de tus cuentas bancarias de tu laptop –Joe señaló con la cabeza la computadora portátil que reposaba sobre un coqueto neceser. –¿Amanda tiene mis números de cuenta? –preguntó alarmado Methos, iniciando un rápido recuento mental de los valores que NO tenía en su laptop. –Nick la tiene controlada –contestó Joe sonriendo torcidamente. –Es un alivio –Methos suspiró largamente. –Amanda te maquilló. Estabas hecho una mierda –rió Joe entre dientes– y Nick sugirió que te pusiéramos sobre una cama de hielo, por si acaso revivías en pleno funeral. –Me congelaron el trasero. Genial –admitió Methos sonriendo. –Imagina que Louis se acercara, como lo hizo y descubriera súbitamente que aparte de respirar estabas calientito –rió Joe nuevamente. –Hubiera sido embarazoso –afirmó Methos. –Ahora ¿me quieres explicar? –preguntó Joe más suavemente. El hecho de haber puesto en palabras el largo y angustioso proceso parecía haber drenado la ira del vigilante. Aunado al profundo alivio que sentía de ver vivito y coleando al viejo. Joe le tenía aprecio, eso era evidente. La engañosa apariencia juvenil de Adam Pierson era irreconciliable con los milenios de vida que cargaba encima. Y Joe era sobre-protector con él. Como buen barman Joe rellenó los vasos de whiskey y se dispuso a escuchar a Methos. Methos le contó que lo único que sabía era que él se dirigía a su cita con Louise cuando sucedió el accidente, pero jamás se le ocurrió relacionar las pesadillas con lo último. Quizá por que no tenía sentido. –¿Fue un quickening? –preguntó Joe a quemarropa. –Por lo que dijiste de las quemaduras... y el resto de las señas aparentemente sí, pero entiende Joe, YO no estaba peleando con nadie, iba conduciendo. –¿Desde cuándo te sucede esto? –Esta es la primera vez. –¿Estás seguro? Un quickening seco... vaya –Interesante manera de expresar las cosas... –¿Tienes alguna idea de lo que puede estar pasando? –Ni la más mínima. Ahora si me permites, tomaré un baño... huelo a funeraria. Joe lo observó entrar al cuarto de baño y lo escuchó abrir la ducha, sin dejar de peguntarse cuánto de lo que le había contado era cierto. Su instinto de vigilante le decía que había algo más, sólo que no acertaba a descubrir qué. La carencia absoluta de parámetros de referencia en lo que acaecía a Methos, la mayor parte de las veces era abrumadora. Encendió la laptop de Methos y accesó la base de datos de los vigilantes. La pregunta era ¿Quién había tomado una cabeza en París hacía tres días?, porque si había habido un quickenig alguien tenía que haber cortado una cabeza. La respuesta tardó unos minutos en llegar: Duncan MacLeod. Joe casi se cae de la silla. Después de Kell, Duncan había vuelto a desaparecer, se habían reportado avistamientos esporádicos del escocés en los sitios que frecuentara Connor, uno en Glenfinnan, otro en Nueva York, cero retos... Duncan MacLeod en París, eso sí era novedad. No pudo evitar sentir resentimiento de que no se hubiera puesto en contacto con él, vaya ni siquiera con Methos, después del enojoso asunto de Connor... ¿Cuántas veces le había salvado la vida Methos? Ahora su ira se canalizó en indignación por la poca gratitud que Duncan mostraba hacia su amigo mutuo. Soltó un sapo y varias culebras. Escuchó la puerta del baño abrirse y vio asomarse la sonriente cara de Methos. –¿Qué sucede Joe, viste un fantasma?... ¿Qué pasa? –Duncan está en París. –Lo sé. –¿Cómo? Resulta que el cuartel general de los vigilantes y medio París sabían el paradero de MacLeod y yo no? –Calma niño, calma... hablé con él –contestó Methos. –Me estoy haciendo viejo. –Joe Joe, no es para tanto, después de tanto tiempo debes saber que si no deseamos ser encontrados... Lo que quiero decir es que tenía un asunto pendiente con él, explicarle lo de Connor... –¿Qué con Connor? –Decirle que está vivo. –¿Estás loco? –Tal vez sí... en fin... en cuanto llegó a París lo ubiqué, lo fui a visitar y hablamos. Eso fue todo. –¿Qué con Connor? –insistió Joe. –Está vivo –afirmó secamente. –¡Maldita sea, eso ya lo dijiste! –No te lo puedo explicar Joe, créeme Connor está vivo y Mac tenía qué saberlo, también tenía qué saber dónde encontrarlo... tampoco me creía –afirmó Methos mirado la incierta cara de Joe– déjalo Joe, tampoco Connor quiere ser encontrado. Joe supo que no iba a poder sacarle más del asunto. Todo era un lío, pero si Methos creía que se iba a librar tan fácilmente, estaba muy equivocado. –Duncan tomó una cabeza el mismo día de tu accidente y a la misma hora –afirmó Joe sin aviso previo. Methos palideció, por un tiempo había sospechado que los efectos del doble quickening de Bordeaux tenían que ver con sus vívidas pesadillas, pero nada más, unidos al efecto adicional de que ahora sabía con exactitud cómo localizar a Duncan en caso necesario. Ocho mil años y fracción de fuerza vital divididas entre ambos le habían dado esa capacidad, la de identificar y aislar la fuerza vital del escocés aún a miles de kilómetros de distancia. –¿Qué tanto no me estás diciendo? –Quisiera saberlo Joe... quisiera saberlo. Joe lo dejó en el departamento de Amanda, regresando a su hotel. El ajetreo de los pasados tres días había sido demasiado para su osamenta. Apenas abandonó Joe el departamento cuando Methos ya había ideado un plan. Y contaba con MacLeod para llevarlo a cabo. Se cambió de ropa, afortunadamente Amanda había traído algo de la vestimenta de Adam Pierson. Se recordó agradecérselo en un futuro próximo. Se dirigió a cementerio y se dispuso a hacer guardia, escondiendo cuidadosamente su presencia del radar Inmortal. Duncan MacLeod llevaba quince minutos excavando la tumba de Adam Pierson cuando el zumbido lo alertó. Y Methos decidió que ya había sudado suficiente. –Agradezco el esfuerzo, pero ya estoy afuera. –¡Maldición Methos!, casi me matas del susto. Maurice me informó hace unos minutos que te habían enterrado y vine a... ¡Olvídalo! –se interrumpió Duncan molesto. –¿Sabes Mac? Tengo una curiosa teoría... pero primero dejemos descansar a Adam en paz –añadió quitándole la pala y comenzando a tapar el hoyo que había hecho el escocés. –¿Cuánto tiempo tenías vigilándome? –preguntó Duncan mirándolo con suspicacia. –Unos 15 minutos. –¿No me podías avisar antes? –Quería ver tus intenciones. –Intenciones... ¿De qué se trata todo esto Methos? –Adam Pierson a tu servicio. Aparentemente todo mundo piensa que yo orquesté esto... –repuso Methos aplanando finalmente la tierra removida y mirando con cariño su tumba, sí era bonita, aunque todavía no tenía una lápida. –¿Y bien? –Pregunta equivocada, respuesta equivocada. Fue un accidente. Simplemente me morí. Una de mis muertes más prolongadas por cierto –explicó echando a pala al hombro y comenzando a caminar hacia la salida del cementerio. –Nadie se muere simplemente *Adam*, ni siquiera nosotros –dijo Duncan mirándolo de reojo. –Yo sí... tengo una hipótesis. Necesito comprobarla. ¿Ves? Allá viene la comprobación... –señaló con la cabeza una figura que se acercaba a ellos, Duncan percibió al Inmortal y preparó su katana, Methos lo tomó del antebrazo y movió la cabeza tendiéndole la pala– es mío –dijo dirigiéndose con paso firme a la figura, la pesada Ivanhoe asomando en su mano. La pelea terminó sin más ni más, Duncan observó la rapidez de los movimientos de su amigo y el tajo que cortó limpiamente la cabeza del enemigo. El quickening azotando inmisericorde a su compañero y la ya familiar sensación de su cabello erizándose en su nuca a pesar de la distancia. Se acercó a Methos y le tendió la mano, sabía que los quickening no se le daban muy bien. –¿Y bien? –No resultó. Tiene que haber otra explicación –contestó Methos jadeando, aún adolorido por las descargas recibidas. –¿Te has vuelto loco, o qué? ¿De qué rayos estás hablando? –Ahí viene el otro –señaló sin separar la vista de Duncan– tu turno. –¿Los convocaste? ¡No puedo creerlo! ¡Estás completamente loco! –Observación, experimentación... –¡Ya cállate! –gruñó MacLeod encaminándose hacia el otro. Esta vez el resultado fue completamente diferente. Methos observó desmayadamente como todas y cada una de las heridas recibidas por Duncan en el transcurso de la afortunadamente corta pelea, encontraban su representación en su propio cuerpo, pudo sentir el dolor y el cansancio reflejados en sus huesos, hasta que perdió la conciencia. Volvió en si para encontrar un aterrorizado y culposo escocés que lo observaba con las cejas entretejidas y mirada de cocker spaniel. El mundo se movía bajo ellos y él se sentía incapaz de detenerlo. Methos se incorporó tratando de hacer tierra, hasta que descubrió que estaban en la barcaza. –¿Cuánto tiempo? –12 horas –contestó Duncan, súbitamente interesado en el piso. –Se está acortando... interesante. –¿Me quieres decir qué carajos está pasando? –Mi hipótesis más cercana es que estamos unidos. Estoy unido a ti, te cortan... me cortan, siento tus quickening, sin el beneficio adicional de la resurrección por supuesto, ni la curación por lo que veo –señaló sus heridas enfurruñado. –Methos... lo lamento... –Olvídalo... otra cosa además de arruinar mi vida sexual no tiene importancia. Bien Highlander, me voy. –¿A dónde vas? –Lo más lejos de ti espero. Poner distancia de por medio fue la única solución viable que se le ocurrió de momento, estaba navegando por instinto. Habló con Joe y le explicó que iba a ausentarse un tiempo. Habiendo volado en pedacitos su fachada, Adam Pierson pasó a ser un nuevo Inmortal, con vigilante asignado oficialmente. La explicación aceptada fue que Duncan MacLeod lo había sacado del cementerio pues tiempo atrás había percibido que era un pre-inmortal y que lo había mandado muy lejos para buscar un tutor. Al ser nuevo en el juego, era muy peligroso para Adam Pierson ser estudiante de un Inmortal de la ‘liga’ del escocés. Así que Adam se dedicó a recorrer mundo, iniciando con unos meses en el Tíbet, por cortesía de Duncan, que se sentía tan culpable de la situación que se empeñó en cubrir los gastos depositando puntualmente en la flamante cuenta nueva de Adam Pierson. Pero esa solución espacio-temporal no solucionó nada. Tras el cuarto quickening, acompañado de ‘pérdidas de conciencia’ (Methos se negaba a llamarles muertes temporales) ahora en la Patagonia, Methos decidió buscar la ayuda de Mix.
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