La promesa del Espíritu Santo
1
1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las
cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,
2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber
dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que
había escogido;
3 a quienes también, después de haber padecido, se presentó
vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante
cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.
4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén,
sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo,
oísteis de mí.
5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros
seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos
días.
La ascensión
6 Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo:
Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?
7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las
sazones, que el Padre puso en su sola potestad;
8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el
Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda
Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
9 Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y
le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.
10 Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre
tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos
varones con vestiduras blancas,
11 los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué
estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado
de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al
cielo.
Elección del sucesor de Judas
12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama
del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, camino de un día
de reposo.
13 Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y
Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo
hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo.
14 Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con
las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.
15 En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos
(y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo:
16 Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la
Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de
David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a
Jesús,
17 y era contado con nosotros, y tenía parte en este
ministerio.
18 Este, pues, con el salario de su iniquidad adquirió un
campo, y cayendo de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus
entrañas se derramaron.
19 Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal
manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama,
que quiere decir, Campo de sangre.
20 Porque está escrito en el libro de los Salmos:
- Sea hecha desierta su habitación,
- Y no haya quien more en ella;
y:
- Tome otro su oficio.
21 Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado
juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y
salía entre nosotros,
22 comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de
entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con
nosotros, de su resurrección.
23 Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía
por sobrenombre Justo, y a Matías.
24 Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de
todos, muestra cuál de estos dos has escogido,
25 para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de
que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar.
26 Y les echaron suertes, y la suerte cayó sobre Matías; y
fue contado con los once apóstoles.
La venida del Espíritu Santo
2
1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos
unánimes juntos.
2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento
recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban
sentados;
3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego,
asentándose sobre cada uno de ellos.
4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a
hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que
hablasen.
5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de
todas las naciones bajo el cielo.
6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban
confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.
7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son
galileos todos estos que hablan?
8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra
lengua en la que hemos nacido?
9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia,
en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia,
10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa
más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos
como prosélitos,
11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas
las maravillas de Dios.
12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a
otros: ¿Qué quiere decir esto?
13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.
Primer discurso de Pedro
14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la
voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que
habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis
palabras.
15 Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis,
puesto que es la hora tercera del día.
16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:
-
17 Y en los postreros días, dice Dios,
- Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,
- Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;
- Vuestros jóvenes verán visiones,
- Y vuestros ancianos soñarán sueños;
-
18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en
aquellos días
- Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.
-
19 Y daré prodigios arriba en el cielo,
- Y señales abajo en la tierra,
- Sangre y fuego y vapor de humo;
-
20 El sol se convertirá en tinieblas,
- Y la luna en sangre,
- Antes que venga el día del Señor,
- Grande y manifiesto;
-
21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
22 Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno,
varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas,
prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de
él, como vosotros mismos sabéis;
23 a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado
conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de
inicuos, crucificándole;
24 al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por
cuanto era imposible que fuese retenido por ella.
25 Porque David dice de él:
- Veía al Señor siempre delante de mí;
- Porque está a mi diestra, no seré conmovido.
-
26 Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua,
- Y aun mi carne descansará en esperanza;
-
27 Porque no dejarás mi alma en el Hades,
- Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.
-
28 Me hiciste conocer los caminos de la vida;
- Me llenarás de gozo con tu presencia.
29 Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca
David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con
nosotros hasta el día de hoy.
30 Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le
había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne,
levantaría al Cristo para que se sentase en su trono,
31 viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que
su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción.
32 A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros
somos testigos.
33 Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido
del Padre la promesa del Espíritu
Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
34 Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice:
- Dijo el Señor a mi Señor:
- Siéntate a mi diestra,
-
35 Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
36 Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a
este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho
Señor y Cristo.
37 Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro
y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?
38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de
vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;
y recibiréis el don del Espíritu Santo.
39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y
para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro
Dios llamare.
40 Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba,
diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.
41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y
se añadieron aquel día como tres mil personas.
42 Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la
comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las
oraciones.
La vida de los primeros cristianos
43 Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y
señales eran hechas por los apóstoles.
44 Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en
común todas las cosas;
45 y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a
todos según la necesidad de cada uno.
46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo
el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de
corazón,
47 alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el
Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser
salvos.
Curación de un cojo
3
1 Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de
la oración.
2 Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían
cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para
que pidiese limosna de los que entraban en el templo.
3 Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el
templo, les rogaba que le diesen limosna.
4 Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos.
5 Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos
algo.
6 Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te
doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.
7 Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se
le afirmaron los pies y tobillos;
8 y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el
templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.
9 Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios.
10 Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a
la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y
espanto por lo que le había sucedido.
Discurso de Pedro en el pórtico de Salomón
11 Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido
sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico
que se llama de Salomón.
12 Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas,
¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos
en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho
andar a éste?
13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros
padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros
entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había
resuelto ponerle en libertad.
14 Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que
se os diese un homicida,
15 y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado
de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
16 Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y
conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha
dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos
vosotros.
17 Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis
hecho, como también vuestros gobernantes.
18 Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por
boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer.
19 Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados
vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor
tiempos de refrigerio,
20 y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;
21 a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los
tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios
por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo
antiguo.
22 Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os
levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él
oiréis en todas las cosas que os hable;
23 y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada
del pueblo.
24 Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han
hablado, también han anunciado estos días.
25 Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que
Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente
serán benditas todas las familias de la tierra.
26 A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo,
lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se
convierta de su maldad.
Pedro y Juan ante el concilio
4
1 Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes
con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos,
2 resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en
Jesús la resurrección de entre los muertos.
3 Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el
día siguiente, porque era ya tarde.
4 Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y
el número de los varones era como cinco mil.
5 Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén
los gobernantes, los ancianos y los escribas,
6 y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y
todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes;
7 y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué
potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?
8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo:
Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:
9 Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a
un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado,
10 sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel,
que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros
crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él
este hombre está en vuestra presencia sano.
11 Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los
edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre
bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
13 Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que
eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les
reconocían que habían estado con Jesús.
14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie
con ellos, no podían decir nada en contra.
15 Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y
conferenciaban entre sí,
16 diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de
cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a
todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.
17 Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo,
amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre
alguno en este nombre.
18 Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen
ni enseñasen en el nombre de Jesús.
19 Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es
justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios;
20 porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
21 Ellos entonces les amenazaron y les soltaron, no hallando
ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos
glorificaban a Dios por lo que se había hecho,
22 ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de
sanidad, tenía más de cuarenta años.
Los creyentes piden confianza y valor
23 Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo
lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían
dicho.
24 Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios,
y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo
y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay;
25 que por boca de David tu siervo dijiste:
- ¿Por qué se amotinan las gentes,
- Y los pueblos piensan cosas vanas?
-
26 Se reunieron los reyes de la tierra,
- Y los príncipes se juntaron en uno
- Contra el Señor, y contra su Cristo.
27 Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu
santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con
los gentiles y el pueblo de Israel,
28 para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes
determinado que sucediera.
29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos
que con todo denuedo hablen tu palabra,
30 mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y
señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús.
31 Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados
tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban
con denuedo la palabra de Dios.
Todas las cosas en común
32 Y la multitud de los que habían creído era de un corazón
y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que
poseía, sino que tenían todas las cosas en común.
33 Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la
resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre
todos ellos.
34 Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque
todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían
el precio de lo vendido,
35 y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a
cada uno según su necesidad.
36 Entonces José, a quien los apóstoles pusieron por
sobrenombre Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación),
levita, natural de Chipre,
37 como tenía una heredad, la vendió y trajo el precio y lo
puso a los pies de los apóstoles.
Ananías y Safira
5
1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer,
vendió una heredad,
2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y
trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles.
3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu
corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del
precio de la heredad?
4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no
estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No
has mentido a los hombres, sino a Dios.
5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un
gran temor sobre todos los que lo oyeron.
6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo,
lo sepultaron.
7 Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su
mujer, no sabiendo lo que había acontecido.
8 Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la
heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto.
9 Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al
Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que
han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti.
10 Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y
cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y
la sepultaron junto a su marido.
11 Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los
que oyeron estas cosas.
Muchas señales y maravillas
12 Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y
prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico
de Salomón.
13 De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos;
mas el pueblo los alababa grandemente.
14 Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número
así de hombres como de mujeres;
15 tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían
en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra
cayese sobre alguno de ellos.
16 Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén,
trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos
eran sanados.
Pedro y Juan son perseguidos
17 Entonces levantándose el sumo sacerdote y todos los que
estaban con él, esto es, la secta de los saduceos, se llenaron
de celos;
18 y echaron mano a los apóstoles y los pusieron en la cárcel
pública.
19 Mas un ángel del Señor, abriendo de noche las puertas de
la cárcel y sacándolos, dijo:
20 Id, y puestos en pie en el templo, anunciad al pueblo todas
las palabras de esta vida.
21 Habiendo oído esto, entraron de mañana en el templo, y
enseñaban. Entre tanto, vinieron el sumo sacerdote y los que
estaban con él, y convocaron al concilio y a todos los ancianos
de los hijos de Israel, y enviaron a la cárcel para que fuesen
traídos.
22 Pero cuando llegaron los alguaciles, no los hallaron en la
cárcel; entonces volvieron y dieron aviso,
23 diciendo: Por cierto, la cárcel hemos hallado cerrada con
toda seguridad, y los guardas afuera de pie ante las puertas; mas
cuando abrimos, a nadie hallamos dentro.
24 Cuando oyeron estas palabras el sumo sacerdote y el jefe de
la guardia del templo y los principales sacerdotes, dudaban en
qué vendría a parar aquello.
25 Pero viniendo uno, les dio esta noticia: He aquí, los
varones que pusisteis en la cárcel están en el templo, y
enseñan al pueblo.
26 Entonces fue el jefe de la guardia con los alguaciles, y los
trajo sin violencia, porque temían ser apedreados por el pueblo.
27 Cuando los trajeron, los presentaron en el concilio, y el
sumo sacerdote les preguntó,
28 diciendo: ¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis
en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra
doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de ese
hombre.
29 Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario
obedecer a Dios antes que a los hombres.
30 El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien
vosotros matasteis colgándole en un madero.
31 A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y
Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.
32 Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también
el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.
33 Ellos, oyendo esto, se enfurecían y querían matarlos.
34 Entonces levantándose en el concilio un fariseo llamado
Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo, mandó que
sacasen fuera por un momento a los apóstoles,
35 y luego dijo: Varones israelitas, mirad por vosotros lo que
vais a hacer respecto a estos hombres.
36 Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que
era alguien. A éste se unió un número como de cuatrocientos
hombres; pero él fue muerto, y todos los que le obedecían
fueron dispersados y reducidos a nada.
37 Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días
del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció
también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados.
38 Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos;
porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se
desvanecerá;
39 mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal
vez hallados luchando contra Dios.
40 Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles,
después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre
de Jesús, y los pusieron en libertad.
41 Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de
haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del
Nombre.
42 Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban
de enseñar y predicar a Jesucristo.
Elección de siete diáconos
6
1 En aquellos días, como creciera el número de los
discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos,
de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la
distribución diaria.
2 Entonces los doce convocaron a la multitud de los
discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la
palabra de Dios, para servir a las mesas.
3 Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de
buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a
quienes encarguemos de este trabajo.
4 Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de
la palabra.
5 Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a
Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a
Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás
prosélito de Antioquía;
6 a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes,
orando, les impusieron las manos.
7 Y crecía la palabra del Señor, y el número de los
discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también
muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.
Arresto de Esteban
8 Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes
prodigios y señales entre el pueblo.
9 Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los
libertos, y de los de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de
Asia, disputando con Esteban.
10 Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con
que hablaba.
11 Entonces sobornaron a unos para que dijesen que le habían
oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios.
12 Y soliviantaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas;
y arremetiendo, le arrebataron, y le trajeron al concilio.
13 Y pusieron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa
de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y contra la
ley;
14 pues le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret
destruirá este lugar, y cambiará las costumbres que nos dio
Moisés.
15 Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al
fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un
ángel.
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