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29 de febrero de 2000

 

Hace mucho tiempo que estoy buscando a Mayra I. Demasiado tiempo. Es muy difícil encontrar a alguien del cual uno sólo tiene el nombre, una inicial y... nada más que eso. Es muy poco. Pero además, no puedo ni siquiera buscarla en la guía, aunque la recorra toda, con toda la paciencia posible; no puedo ir a un programa de búsqueda de personas, no puedo intentar probar con un correo electrónico, ni siquiera puedo ponerme a gritar en el medio de la calle, porque a Mayra I no se la encuentra de esa manera...

 Es muy difícil encontrar a un personaje, dar por fin con su historia, cuando uno sólo tiene el nombre. Y no es porque los personajes no sean consistentes, al contrario, lo son y yo lo sé... los he padecido. Deciden, se enojan, se contradicen, se imponen, se sienten condicionados, reclaman por su libertad, no quieren morirse, quieren estar vivos para siempre; como las personas, claro. Pero hay algo que tienen de diferente: las personas están en una lista, siempre son parte de algo (de un club, de un  padrón, de una nómina de egresados, de una lista de pasajeros...); los personajes, si no son los famosos, los que todos conocen, no... No están disponibles en ningún lugar, y vagan por allí, como los famosos seis, hasta que alguien se decide a contar su historia. A pesar de que estamos en el mundo más informado y más conectado de todos los mundos posibles (creo), los personajes se siguen escurriendo con la misma facilidad de siempre; como se le escurrieron a Shakespeare en el XVI o a Borges en el XX (porque ellos quisieron, porque no sabían lo que se perdían o porque lo sabían: hay personajes a los que no les gusta morir balbuceando versos, o empuñando cuchillos en la soledad de la llanura, o descubriendo que sólo son un sueño, un personaje).

Casi siempre los escritores conocemos antes lo que les pasa (o lo intuimos) y después les damos un nombre, o por lo menos descubrimos la historia y el nombre al mismo tiempo. Casi nunca nunca aparece el nombre primero, ¡nadie es sólo un nombre!

Pero eso es lo que me pasa con ella, y me desespera. Yo sé que es la protagonista de esta novela, pero sólo sé eso... Para poder seguir escribiendo, tengo que encontrar la historia de este nombre, la historia de Mayra I...

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No podía creerlo; miraba alucinada la pantalla envuelta en la magia del e-mail, maravilloso invento para los amantes de la espontaneidad, para los que creemos con ingenuidad que realmente hemos superado el espacio y hemos convertido en instantáneo el tiempo, a través de las máscaras imperturbables de la tecnología. No podía creerlo... Allí estaba, impalpable pero casi corpórea en la líquida luz virtual, lo que había buscado durante tanto tiempo, lo que había detenido el inicio de una nueva historia: Mayra I.... ¿Sería una broma? ¿Una equivocación? ¿Cómo podía saber Mayra I. que la estaba buscando? ¿Y mi e-mail? ¿De dónde sacó mi e-mail? Era como si un fantasma, de pronto, un fantasma que presentimos muy cerca, pero que sabemos que nunca vamos a ver, que siempre va a ser parte de un sueño, se presenta absolutamente consistente en nuestro mundo posible. Y nos da un poco de miedo.

Yo la esperaba, es verdad, la buscaba... Pensaba encontrarla en los ojos de alguien, en alguna palabra dicha al pasar, en el rostro de una mujer que cruzaría veloz la calle a mi lado, en la sonrisa de una pintura, en alguna historia a medias que alguien me contara, en un aeropuerto, en un bar, en la oficina. Necesitaba quizás un pequeño inicio, una partecita, para después armarla de a poco, hasta tener su historia toda entera... Ahí está la gracia... Las partes de un rompecabezas y un nombre pueden hacer una historia. La que yo quiera.

Pero esto no lo había previsto... Ahora parece que Mayra I. me ha encontrado a mí; que ella tiene una historia para mí...

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   (2)

Los días subsiguientes al envío del e-mail, no tuve ninguna noticia de Mayra I. Noche tras noche, escribía el password, cliqueaba el OK, y leía mensajes de todo tipo: los de siempre, los de los amigos, los que te quieren vender algo, los de las listas de interés... los que te piden disculpas porque no hay un nuevo e-mail; pero nada, nada de Mayra I. Hasta llegué a pensar que todo había sido una ilusión de la pantalla, que la informática me había vuelto loca, que ni siquiera en una novela un escritor puede recibir un mensaje de su personaje a través de una computadora y por INTERNET.

Me dije a mí misma que tenía que desistir de esta idea, que el narrador tenía razón y que debía dedicarme a investigar algún personaje histórico, más tranquilizador, más asible, con una vida hecha lista para que alguien la cuente, disponible allí, en las páginas (de papel, no de luz) de los documentos (tan seguros e imperturbables, eternos si se quiere); me dije que debía sucumbir a la moda de la novela histórica y comprendí por qué muchos la habían elegido para superar los avatares del fin del milenio. 

Y me propuse olvidar definitivamente a Mayra I...

Por eso, solo por eso, las manos me temblaron cinco días después cuando vi su nombre en la lista de e-mail. Hasta sentí miedo. ¿Qué iba a saber de ella? ¿Y si no me daba los indicios que necesitaba? ¿Y si yo no podía, finalmente, escribir su historia, porque no tenía la creatividad suficiente para escribirla? ¿Y si me fallaba la intuición?

De todas manera, cliquée dos veces y allí estaba, con toda su magia, con toda su carga de espontaneidad, el bendito mensaje...

  (3)

   Y eso era todo. Supuse que había cliqueado el “send·”, y que había apagado la computadora porque sintió que alguien se acercaba. Era sólo una suposición, pero me parecía (después de lo que me había contado) bastante posible.

El 8 de marzo recibí una encomienda de Correo Argentino. El remitente sólo decía Mayra I; ninguna dirección, nada más.

Adentro, un mamotreto de tapas de cuero, que me hizo recordar al típico regalo que le hacían a las chicas de quince, cuando las chicas de quince escribían diarios personales. La primera página estaba fechada el 14 de noviembre de 1979…

 

PRIMERA PARTE 

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