| Podemos pensar en la iglesia
católica comparándola con la luna: por la
relación luna-mujer (madre) y por el hecho de
que la luna no tiene luz propia, sino que la
recibe del sol sin el cual sería obscuridad
completa. La luna resplandece, pero su luz no es
suya sino de otro. La
sonda lunar y los astronautas descubrieron que la
luna es solo una estepa rocosa y desértica, como
montañas y arena, vieron una realidad distinta a
la de la antigüedad: no como luz. Y
efectivamente la luna es en sí y por sí misma
sólo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es
también luz y como tal permanece incluso en la
época de los vuelos espaciales.
¿No es ésta una imagen
exacta de la iglesia? Quien la explora y la
excava con la sonda, como la luna, descubrirá
solamente desierto, arena y piedras, las
debilidades del hombre y su historia a través
del polvo, los desiertos y las montañas. El
hecho decisivo es que ella, aunque es solamente
arena y rocas, es también luz en virtud de otro,
del Señor.
Yo estoy en la iglesia
porque creo que hoy como ayer e
independientemente de nosotros, detrás de
«nuestra iglesia» vive «su iglesia» y no
puedo estar cerca de él si no es permaneciendo
en su iglesia. Yo estoy en la iglesia porque a
pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra
sino «suya».
La iglesia es la que, no
obstante todas las debilidades humanas existentes
en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio
de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva
y poderosa, aquí y ahora.
Sin la iglesia, Cristo se
evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería
la humanidad privada de Cristo?
Si yo estoy en la iglesia
es por las mismas razones porque soy cristiano.
No se puede creer en solitario. La fe sólo es
posible en comunión con otros creyentes. La fe
por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta
fe o es eclesial o no es tal fe. Además así
como no se puede creer en solitario, sino sólo
en comunión con otros, tampoco se puede tener fe
por iniciativa propia o invención.
Yo permanezco en la iglesia
porque creo que la fe, realizable solamente en
ella y nunca contra ella, es una verdadera
necesidad para el hombre y para el mundo.
Yo permanezco en la iglesia
porque solamente la fe de la iglesia salva al
hombre. El gran ideal de nuestra generación es
uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y
de la injusticia. En este mundo el dolor no se
deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y
en el poder. Se nos quiere hacer creer que se
puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí,
sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la
superación, que no es necesario el sacrificio de
mantener los compromisos aceptados, ni el
esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de
lo que se debería ser y lo que efectivamente se
es.
En realidad el hombre no es
salvado sino a través de la cruz y la
aceptación de los propios sufrimientos y de los
sufrimientos mundo, que encuentran su sentido
liberador en la pasión de Dios. Solamente así
el hombre llegará a ser libre. Todas las demás
ofertas a mejor precio están destinadas al
fracaso.
El amor no es estático ni
carente de crítica. La única posibilidad que
tenemos de cambiar en sentido positivo a un
hombre es la de amarlo, trasformándolo
lentamente de lo que es en lo que puede ser.
¿Sucederá de distinto modo en la iglesia?
(Resumido y
extractado de la Conferencia-testimonio dictada
en Alemania en 1971 por el Cardenl Joseph
Ratzinger. Si desea leer la versión completa
haga click aquí.
|