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Existen
hoy muchos y opuestos motivos para no permanecer
en la iglesia. En nuestros días están tentados
de volver la espalda a la iglesia no sólo
aquellos a quienes se les ha hecho extraña la fe
de ésta, a quienes aparece demasiado
retrógrada, demasiado medieval, demasiado hostil
al mundo y a la vida, sino también aquellos que
amaron la imagen histórica de la iglesia, su
liturgia, su independencia de las modas
pasajeras, el reflejo de lo eterno visible en su
rostro. Estos tienen la impresión de que la
iglesia está a punto de traicionar su
especificidad, de venderse a la moda del tiempo y
de este modo perder su alma. Están
desilusionados como el amante traicionado y por
eso piensan seriamente en volverle la espalda. Por
otra parte también existen motivos
contradictorios para permanecer en la iglesia.
Permanecen en ella no sólo los que creen
firmemente en su misión o quienes no quieren
abandonar una antigua y entrañable costumbre
aunque hagan poco uso de ella, sino sobre todo y
especialmente quienes rechazan toda su realidad
histórica y combaten abiertamente el contenido
que sus ministros tratan de darle y de conservar.
A pesar de querer eliminar lo que la iglesia fue
y es, no intentan salir fuera de ella, porque
esperan trasformarla en lo que a su juicio debe
ser.
1. Reflexiones preliminares sobre la
situación de la Iglesia.
De todo esto resulta que la iglesia se
encuentra en una situación de confusionismo, en
la que los motivos a favor o en contra no sólo
se entremezclan de la manera más extraña, sino
que parece imposible llegar a un entendimiento.
Reina la desconfianza sobre todo porque el
permanecer en la Iglesia no tiene ya el carácter
claro e inequívoco de antes y nadie cree en la
sinceridad de los demás. Las palabras llenas de
esperanza de Romano Guardini en 1921 -un
acontecimiento de gran importancia ha comenzado:
la iglesia despierta en las almas-, aparecen
anacrónicas. Al contrario, hoy habría que
cambiar la frase de este modo: un acontecimiento
de gran importancia ha comenzado: la iglesia se
apaga en las almas y se disgrega en las
comunidades. En medio de un mundo que tiende a la
unidad, la iglesia se dispersa en resentimientos
nacionalistas, en la exaltación de lo propio y
en la denigración de lo ajeno. Entre los
defensores de la secularidad y la reacción de
quienes están demasiado apegados al pasado y a
lo externo, entre el desprecio de la tradición y
la fidelidad exagerada a la letra parece que no
existe ninguna posibilidad de equilibrio; la
opinión pública asigna inexorablemente a cada
uno su propio puesto; tiene necesidad de
posiciones claras y precisas y no puede
entretenerse en ninguna clase de matices: quien
no está a favor del progreso está contra él; o
se es conservador o progresista. Gracias a Dios,
la realidad es distinta: entre estos dos extremos
existen también hoy creyentes silenciosos y casi
sin voz, quienes con toda sencillez realizan la
verdadera misión de la Iglesia incluso en este
momento de fusión: la adoración y la paciencia
de la vida cotidiana la palabra de Dios. Sin
embargo, en la imagen que se tiene de la iglesia
éstos no tienen sitio; esa verdadera iglesia no
es invisible, pero está profundamente escondida
a las maniobras de los hombres.
De este modo queda esbozada una primera
indicación sobre el contexto en donde se sitúa
la pregunta: ¿ por que permanezco en la iglesia?
Para dar una respuesta adecuada debemos analizar
en primer lugar ese contexto, en el que la
palabra «hoy» entra de lleno en el tema, y
posteriormente profundizar en los motivos de la
situación actual.
¿Cómo se ha podido llegar a una tan extraña
situación de confusión en el momento en que se
esperaba un nuevo pentecostés? ¿Cómo ha sido
posible que precisamente cuando el concilio
parecía recoger los frutos maduros de los
últimos decenios, esta plenitud haya dado paso
de repente a un vacío desconcertante? ¿Qué ha
sucedido para que del gran impulso hacia la
unidad haya surgido la disgregación? Quisiera
intentar responder recurriendo en principio a una
comparación que puede hacernos descubrir cuál
es nuestra tarea y, al mismo tiempo, dejar
entrever los motivos que hacen posible un sí o
un no. Parece como si en nuestro esfuerzo por
llegar a una comprensión de la iglesia,
siguiendo las huellas del concilio que ha luchado
denodadamente por ello, nos hubiéramos acercado
tanto a la iglesia, que ya no fuéramos capaces
de verla en su conjunto; como si los primeros
edificios nos impidieran ver la ciudad y los
primeros árboles nos estorbaran para abarcar con
nuestra mirada todo el bosque. La situación a la
que nos ha llevado la ciencia a propósito de
muchos aspectos de la realidad, se repite
también ahora con la iglesia. Vemos los detalles
tan cercana y minuciosamente que no somos capaces
de contemplar el todo. Lo que hemos ganado en
precisión lo hemos perdido en verdad. Cuando
observamos al microscopio un trozo de árbol, lo
que vemos es sin duda exacto, pero podría a la
vez esconderse la verdad si se olvidase que un
detalle no es sólo un detalle, sino que existe
en un todo, que aunque no sea visible al
microscopio, es igualmente verdadero, incluso
más verdadero que el detalle tomado
aisladamente.
Pero dejemos a un lado las comparaciones. La
perspectiva contemporánea ha determinado nuestra
mirada sobre la iglesia, de tal modo que hoy
prácticamente sólo vemos la iglesia desde el
punto de vista de la eficacia, preocupados por
descubrir qué es lo que podemos hacer con ella.
Los prolongados esfuerzos por reformar a la
iglesia han hecho olvidar todo lo demás. Para
nosotros hoy no es nada más que una
organización que se puede trasformar y nuestro
gran problema es el de determinar cuáles son los
cambios que la hagan «más eficaz» para los
objetivos particulares que cada uno se propone.
Planteando de esta manera la cuestión, el
concepto de reforma ha sufrido en la conciencia
colectiva profundas degeneraciones, que lo han
privado de su núcleo central. Pues reforma, en
su significado original, es un proceso
espiritual, totalmente cercano al cambio de vida
y a la conversión, que entra de lleno en el
corazón del fenómeno cristiano: solamente a
través de la conversión se llega a ser
cristianos; esto vale tanto para la vida
particular de cada uno como para la historia de
toda la iglesia. Esta vive como iglesia en la
medida en que renueva sin cesar su conversión al
Señor, al evitar cerrarse en sí misma y en sus
propias costumbres más queridas, tan fácilmente
contrarias a la verdad. Cuando la reforma es
arrancada de este contexto, del esfuerzo y el
deseo de conversión, cuando se espera la
salvación solamente del cambio de los demás, de
la trasformación de las estructuras, de formas
siempre nuevas de adaptación a los tiempos,
quizá se llegue de momento a cierta utilidad
inmediata, pero en el conjunto la reforma se
convierte en una caricatura de sí misma, capaz
de cambiar únicamente las realidades secundarias
y menos importantes de la iglesia. No es de
extrañarse por tanto que la misma iglesia
aparezca en definitiva como algo secundarioo.
Todo esto nos ayuda a entender la paradoja que
surge de los intentos de renovación propios de
nuestra época: los esfuerzos para suavizar la
rígidez de las estructuras, para corregir las
formas del aparato eclesiástico provenientes de
la edad media o más aún de los tiempos del
absolutismo, para liberar a la iglesia de tales
interferencias y capacitarla para un servicio
más simple y más conforme con el espíritu del
evangelio, han conducido en realidad a una
sobrevaloración del elemento institucional de la
iglesia sin precedentes en su historia. Las
instituciones y los aparatos eclesiásticos son
sin duda objeto de una crítica radical como
jamás existió, pero también absorben la
atención con una exclusividad más acentuada que
antes, de tal manrea que para muchos la iglesia
queda reducida a esa realidad institucional. La
pregunta sobre la iglesia se plantea en términos
de organización. No se quiere que un mecanismo
tan bien montado quede infructuoso, pero se le
encuentra desde muchos puntos de vista
inadecuados para conseguir los objetivos que se
le asignan.
Detrás de todo eso se perfila el problema
central de la crisis de la fe. Por su radio de
acción la iglesia ejerce sociológicamente su
influencia más allá del círculo de sus fieles,
y la institucionalización de esta situación
falsa la aliena profundamente en su verdadera
naturaleza. La publicidad derivada del concilio y
la perspectiva de un posible acercamiento entre
creyentes y no creyentes, que ha dado fatalmente
la impresión de realidad, ha radicalizado al
máximo esta alienación. Muchas veces el
concilio fue aplaudido también por aquellos que
no tenían intención de llegar a ser creyentes
en el sentido de la tradición cristiana, pero
que saludaron este «progreso» de la iglesia
como una confirmación de sus propias opciones y
de los caminos recorridos por ellos. Al mismo
tiempo hay que reconocer que dentro de la iglesia
la fe ha entrado en una agitada fase de
efervescencia. El problema de la mediación
histórica sitúa el antiguo credo en una luz
incierta y ambigua, con la que las verdades
pierden sus propios contornos; por otra parte las
objeciones de las ciencias naturales y más aún
de la concepción moderna del mundo avivan este
proceso. Los límites entre la interpretación y
la negación de las verdades principales se hacen
cada vez más difíciles de reconocer. Por
ejemplo ¿qué es lo que significa realmente
«resucitado de entre los muertos»? ¿Quiénes
son los que creen, interpretan o niegan? Y
mientras se discute hasta dónde pueden llegar
los límites de la interpretación, se hace cada
vez más borroso el rostro de Dios. La «muerte
de Dios» es un proceso totalmente real, que se
instala hoy en el mismo corazón de la iglesia.
Dios muere en la cristiandad, así al menos
parece. De hecho allí donde la resurrección se
convierte en un acontecimiento de una misión
vívida en una imagen superada, Dios no actúa
ya. ¿Pero Dios actúa verdaderamente? Esta es la
pregunta que surge de inmediato. Mas ¿puede
haber alguien tan reaccionario que acepte
literalmente la afirmación «él ha
resucitado»? De este modo lo que para uno sólo
es progreso, es para otro increencia y lo que
antes era inconcebible, es hoy algo normal;
personas que desde hace tiempo habían abandonado
el credo de la iglesia, se consideran de buena fe
como auténticos cristianos progresistas. Según
éstos el único criterio para juzgar a la
iglesia es su eficiencia. Queda, sin embargo, por
establecer cuál sea la verdadera eficiencia y
para qué objetivos se deba usar. ¿Para criticar
la sociedad, para ayudar al desarrollo, para
fomentar la revolución? ¿O quizá para
celebraciones comunitarias? De cualquier forma
hay que comenzar desde los cimientos, porque
inicialmente la iglesia no había sido concebida
para esto y efectivamente en su forma actual no
está preparada para esos objetivos. Y de este
modo aumenta el malestar tanto en los creyentes
como en los no creyentes. El derecho de
ciudadanía que la incredulidad ha adquirido en
la iglesia hace la situación cada vez más
insoportable tanto para unos como para otros.
Especialmente trágico es el hecho de que todo
esto haya situado el programa de reforma en una
ambigüedad extraordinariamente equívoca y para
muchos insoluble.
Naturalmente se puede objetar que no todo el
panorama se presenta con nubarrones tan negros.
En los últimos años han nacido y madurado
muchas realidades positivas que no es justo
silenciar: la nueva liturgia más accesible al
pueblo, la sensibilidad para los problemas
sociales, el mejor entendimiento entre los
cristianos separados, la disminución del miedo
debido a una falsa concepción literal de la fe y
muchas otras cosas más. Esto sin duda es
verdadero y no se puede minimizar; pero no
refleja exactamente la atmósfera general de la
iglesia. Al contrario, también todo esto ha sido
inficcionado por la ambigüedad debida a la
desaparición de los límites precisos entre fe e
incredulidad. Solamente al principio pareció que
la consecuencia de esta desaparición pudiera ser
considerada como algo liberador. Hoy es claro que
de semejante proceso, a pesar de todos los signos
de esperanza, en vez de una iglesia moderna ha
surgido una profundamente desgarrada y
problematizada. Hemos de admitirlo sin
restricciones: el Vaticano I había descrito la
iglesia como el signum levatum in nationes, como
el estandarte escatológico visible desde lejos
que convocaba y reunía a los hombres. Según el
concilio de 1870 ella era el signo esperado por
Isaías (11, 12), la señal que incluso desde
lejos todos podían reconocer y que a todos
indicaba claramente el camino a recorrer. Con su
maravillosa porpagación, su eminente santidad,
su fecundidad para todo lo bueno y su profunda
estabilidad, ella representaba el verdadero
milagro del cristianismo, la mejor prueba de su
credibilidad ante la historia(1). Hoy
parece verdadero todo lo contrario: no una
comunidad maravillosamente difundida, sino una
asociación estancada, que no ha sido capaz de
superar realmente los confines del espíritu
europeo y medieval; no ya una profunda santidad,
sino un conjunto de debilidades humanas, una
historia vergonzosa y humillante, en la que no ha
faltado ningún escándalo, desde la persecución
de herejes y procesos contra las brujas, desde la
persecución de los judíos y el servilismo de
las conciencias hasta el autodogmatismo y la
resistencia contra la evidencia científica, de
tal modo que quien pertenece a esa historia no
puede hacer otra cosa que cubrirse
vergonzosamente la cara; finalmente no ya una
estabilidad indestructible, sino condescendencia
con todas las corrientes de la historia, con el
colonialismo, el nacionalismo y recientemente los
intentos de hacer las paces con el marxismo y
hasta de identificarse con él... De este modo la
iglesia no aparece ya como el signo que invita a
la fe, sino precisamente como el obstáculo
principal para su aceptación. Da la impresión
de que la verdadera teología consiste sólo en
quitarle a la iglesia sus predicados teológicos,
para considerarla y tratarla bajo un aspecto
puramente político. No se la mira ya como una
realidad de fe, sino como una organización de
creyentes, puramente casual y poco accesible, que
hay que remodelar lo antes posible según los
más modernos criterios de la sociología. «La
confianza es buena, el control mejor», tal es el
eslogan que después de tantas desilusiones se
prefiere adoptar en relación con la estructura
eclesiástica. El principio sacramental no es ya
suficientemente claro, solamente el control
democrático aparece digno de fe(2): en
definitiva el Espíritu santo es totalmente
inaferrable. Quien no tiene miedo de mirar al
pasado sabe muy bien que las humillaciones de la
historia se derivan precisamente de que en un
momento determinado el hombre creyó deber asumir
los plenos poderes y considerar como única y
verdadera realidad solamente sus propias
empresas.
(1) Denzinger-Schonmetzer,
Enchiridion symbolorum, Freiburg 1963, n.
3013 s.
(2) En esta exigencia se esconden
ciertamente elementos justificables y en muchos
aspectos conciliables con el carácter
sacramental de la jerarquía eclesiástica. Todo
esto es expuesto con las debidas distinciones y
clarificaciones en J. Ratzinger-H. Maier, Democracia
en la iglesia, Madrid 1972.
2. La naturaleza de la Iglesia simbolizada en
una imagen
Una iglesia que contra toda su historia y su
naturaleza sea considerada únicamente desde un
punto de vista político, no tiene ningún
sentido y la decisión de permanecer en ella, si
es puramente política, no es leal, aunque se
presente como tal. Ante la situación presente
¿cómo se puede justificar la permanencia en la
iglesia? En otros términos: la opción por la
iglesia para que tenga sentido tiene que ser
espiritual. ¿Pero en qué puede apoyarse una
opción espiritual? Quisiera dar una primera
respuesta utilizando una imagen y volviendo a los
términos que usamos al principio para describir
la situación. Hemos dicho que en nuestros
estudios nos hemos acercado tanto a la iglesia
que no somos capaces de verla en su conjunto.
Vamos a profundizar este pensamiento tomando una
imagen con la que los padres nutrieron su
meditación simbólica sobre el mundo y sobre la
iglesia. Los padres decían que en el mundo
cósmico la luna era la imagen de lo que la
iglesia representaba para la salvación del mundo
espiritual. Tomaban así un antiguo simbolismo
constantemente presente en la historia de las
religiones -los padres no hablaron nunca de
«teología de las religiones», pero la han
actuado concretamente- en el que la luna era el
símbolo de la fecundidad y de la fragilidad, de
la muerte y de la caducídad de las cosas, pero
también de la esperanza en el renacimiento y en
la resurrección, era la imagen «patética y al
mismo tiempo consoladora» (3) de la
existencia humana. El simbolismo lunar y el
telúrico se mezclan frecuentemente. Por su
fugacidad y por su reaparición la luna
representa el mundo de los hombres, el mundo
terreno caracterizado por la necesidad de recibir
y por su indigencia, y que obtiene su propia
fecundidad de otro, es decir, del sol. De este
modo el simbolismo se convierte en símbolo del
hombre y de la naturaleza humana, como se
manifiesta en la mujer que concibe y es fecunda
en virtud del semen que recibe.
Los padres han aplicado el simbolismo de la
luna a la iglesia sobre todo por dos razones: por
la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de
que la luna no tiene luz propia, sino que la
recibe del sol sin el cual sería obscuridad
completa. La luna resplandece, pero su luz no es
suya sino de otro (4). Es obscuridad y luz
al mismo tiempo. Aunque por sí misma es
obscuridad, da luz en virtud de otro de quien
refleja la luz. Precisamente por esto simboliza
la iglesia, que resplandece aunque de por sí sea
obscura; no es luminosa en virtud de la propia
luz, sino del verdadero sol, Jesu cristo, de tal
modo que siendo solamente tierra -también la
luna solamente es otra tierra- está en grado de
iluminar la noche de nuestra lejanía de Dios:
«la luna narra el misterio de Cristo»(5).
(3) M. Eliade, Die
Religionen und das Heilige, Salzburg 1954,
215; cf. también el capítulo «Mond und
Mondmystik», 180-216.
(4) Cf. H. Rahner, Griechische Mythen
in christlicher Deutung, Darmstadt 1957,
200-224; Id., Symbole der Kirche, Salzburg 1964,
89-173. Es interesante la observación según la
cual la ciencia antigua discutió ampliamente si
la luna tenía o no luz propia. Los padres
sostuvieron la tesis negativa, más tarde común,
y la interpretaban en un sentido
teológico-simbólico (cf. especialmente la
página 100).
(5) Ambrosio, Exameron IV 8, 23:
CSEL 32, 1, página 137, Z 27 s.; H. Rahner, Griechische
Mythen, 201.
Mas no hemos de forzar los símbolos; su
eficacia está en la inmediatez plástica que no
se puede encuadrar en esquemas lógicos. Sin
embargo en esta época nuestra de viajes lunares
surge espontáneamente profundizar esta
comparación, que confrontando el pensamiento
físíco con el simbólico evidencia mejor
nuestra situación específica respecto a la
realidad de la iglesia. La sonda lunar y los
astronautas descubren la luna únicamente como
una estepa rocosa y desértica, como montañas y
arena, no como luz. Y efectivamente la luna es en
sí y por sí misma sólo desierto, arena y
rocas. Sin embargo, aunque no por ella, por otro
y en función de otro, es también luz y como tal
permanece incluso en la época de los vuelos
espaciales. Es lo que no es en sí misma. Pero
esto otro, que no es suyo, también es realidad
suya. Existe la verdad física y la
simbólico-poética que no se excluyen
mutuamente. Este es el momento de plantearnos la
pregunta: ¿no es ésta una imagen exacta de la
iglesia? Quien la explora y la excava con la
sonda, como la luna, descubrirá solamente
desierto, arena y piedras, las debilidades del
hombre y su historia a través del polvo, los
desiertos y las montañas. Todo esto es suyo,
pero no se representa aún su realidad
específica. El hecho decisivo es que ella,
aunque es solamente arena y rocas, es también
luz en virtud de otro, del Señor: lo que no es
suyo es verdaderamente suyo, su realidad más
profunda, más aún su naturaleza es precisamente
la de no valer por sí misma sino sólo por lo
que en ella no es suyo; existe en una
expropiación continua; tiene una luz que no es
suya y sin embargo constituye toda su esencia.
Ella es luna -mysterium lunae- y como tal
interesa a los creyentes porque precisamente así
exige una constante opción espiritual.
Como el significado contenido en esta imagen
me parece de una importancia decisiva, antes de
traducirlo en afirmaciones de principio, prefiero
clarificarlo mejor con otra observación.
Después de la utilización de la lengua propia
en la liturgia de la misa, antes de la última
reforma, encontraba siempre una dificultad ante
un texto que me parece esclarecedor para lo que
estamos tratando. En la traducción del suscipiat
se dice: «El Señor reciba de tus manos este
sacrificio... para nuestro bien y el de toda su
santa iglesia». Siempre estuve tentado de decir
«y el de toda nuestra santa iglesia». Reaparece
aquí todo el problema y el cambio obrado en este
último período. En lugar de su iglesia hemos
colocado la nuestra, y con ella miles de
iglesias; cada uno la suya. Las iglesias se han
convertido en empresas nuestras, de las que nos
enorgullecemos o nos avergonzamos, pequeñas e
innumerables propiedades privadas, puestas una
junto a otra, iglesias solamente nuestras, obra y
propiedad nuestra, que nosotros conservamos o
trasformamos a placer. Detrás de «nuestra
iglesia» o también de «vuestra iglesia» ha
desaparecido «su iglesia». Pero ésta es la
única que realmente interesa; si ésta no existe
ya, también la «nuestra» debe desaparecer. Si
fuese solamente nuestra, la iglesia sería un
castillo en la arena.
3. ¿Por qué permanezco en la iglesia?
En lo ya expuesto está implícita la
respuesta al interrogante que nos hemos planteado
al principio: yo estoy en la iglesia porque creo
que hoy como ayer e independientemente de
nosotros, detrás de «nuestra iglesia» vive
«su iglesia» y no puedo estar cerca de él si
no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la
iglesia porque a pesar de todo creo que no es en
el fondo nuestra sino «suya».
En términos muy concretos: es la iglesia la
que no obstante todas las debilidades humanas
existentes en ella nos da a Jesucristo; solamente
por medio de ella puedo yo recibirlo como una
realidad viva y poderosa, que me interpela aquí
y ahora. Henri de Lubac ha expresado de este modo
esta verdad: «Incluso los que la (iglesia)
desprecian, si todavía admiten a Jesús, ¿saben
de quién lo reciben? ... Jesús está vivo para
nosotros. Pero ¿en medio de qué arenas
movedizas se habría perdido, no ya su memoria y
su nombre, sino su influencia viva, la acción de
su evangelio y la fe en su persona divina, sin la
continuidad visible de su iglesia?... Sin
la iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se
anula. ¿Y qué sería la humanidad privada
de Cristo?»(6). El primer y más
elemental principio que hemos de establecer es
que cualquiera que sea o haya sido el grado de
infidelidad de la iglesia, así como es verdad
que ésta tiene continuadamente necesidad de
confrontarse con Cristo, también es cierto que
entre Cristo y la iglesia no hay ningún
contraste decisivo. Por medio de la iglesia él,
superando las distancias de la historia, se hace
vivo, nos habla y permanece e medio de nosotros
como maestro y Señor, como hermano que nos
reúne en fraternidad. Dándonos a Jesucristo,
haciéndolo vivo y presente en medio de nosotros,
regenerándolo continuamente en la fe y en la
oración de los hombres, la iglesia da a la
humanidad una luz, un apoyo y una norma sin los
que no podríamos entender el mundo. Quien desea
la presencia de Crísto en la humanidad, no la
puede encontrar contra la iglesia, sino solamente
en ella.
(6) H. de Lubac, Paradoja
y misterio de la iglesia, Salamanca 1967, 20
s.; cf. 16 s.
Todo lo dicho nos lleva a la conclusión de
que si yo estoy en la iglesia es por las mismas
razones porque soy cristiano. No se puede creer
en solitario. La fe sólo es posible en comunión
con otros creyentes. La fe por su misma
naturaleza es fuerza que une. Su verdadero modelo
es la realidad de pentecostés, el milagro de
compresión que se establece entre los hombres de
procedencia y de historia diversas. Esta fe o es
eclesial o no es tal fe. Además así como no se
puede creer en solitario, sino sólo en comunión
con otros, tampoco se puede tener fe por
iniciativa propia o invención, sino sólo si
existe alguien que me comunica esta capacidad,
que no está en mi poder sino que me precede y me
trasciende. Una fe que fuese fruto de mi
invención sería un contrasentido, porque me
podría decir y garantizar solamente lo que yo ya
soy y sé, pero no podría nunca superar los
límites de mi yo. Por eso una iglesia, una
comunidad que se hiciese a si misma, que
estuviese fundada sólo sobre la propia gracia,
sería una contrasentido. La fe exige una
comunidad que tenga poder y sea superior a mí y
no una creación mía ni el instrumento de mis
propios deseos.
Todo esto se puede formular también desde un
punto de vista más histórico: o Jesús fue un
ser superior al hombre, dotado de un poder que no
era fruto del propio arbitrio, sino capaz de
extenderse a todos los siglos, o no tuvo tal
poder ni pudo por tanto dejarlo en herencia a los
demás. En tal caso yo estaría al arbitrio de
mis reconstrucciones mentales y él no sería
nada más que un gran fundador, que se hace
presente a través de un pensamiento renovado. Si
en cambio Jesús es algo más, él no depende de
mis reconstrucciones mentales sino que su poder
es válido todavía hoy.
Pero volvamos al pensamiento anterior según
el cual solamente se puede ser cristiano dentro
de la iglesia, no fuera ni junto a ella. No
tengamos miedo de plantearnos con toda
objetividad esta pregunta patética: ¿qué
sería el mundo sin Cristo? ¿Sin un Dios que
habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a
quien el hombre puede conocer? La respuesta nos
la dan clara y nítida quienes con tenacidad
enconada tratan de construir efectivamente un
mundo sin Dios. Sus esfuerzos se reducen a un
experimento absurdo, sin perspectivas ni
criterios de acción. Aunque en su larga historia
el cristianismo haya concretamente faltado -y
siempre lo ha hecho de modo desconcertante- al
mensaje contenido en él, no ha dejado jamás de
proclamar los criterios de justicia y de amor,
frecuentemente contra la misma iglesia y no
obstante jamás sin el secreto poder que hay
depositado en ella.
En otros términos: yo permanezco en la
iglesia porque creo que la fe, realizable
solamente en ella y nunca contra ella, es una
verdadera necesidad para el hombre y para el
mundo. Este vive de la fe aun allí donde no la
comparte. De hecho donde ya no hay Dios -y un
Dios que calla no es Dios- no existe tampoco la
verdad que es anterior al mundo y al hombre. Pero
en un mundo sin verdad no se puede vivir por
mucho tiempo. Donde se renuncia a la verdad, se
continúa viviendo porque ésta aún no se ha
apagado totalmente, como la luz del sol continúa
aún brillando por algún tiempo, antes de que la
noche cerrada cubra el mundo.
El mismo pensamiento puede ser expresado de
otro modo: yo permanezco en la iglesia porque
solamente la fe de la iglesia salva al hombre.
Puede parecer una frase muy tradicional,
dogmática e irreal, pero en cambio es totalmente
objetiva y realista. En nuestro mundo lleno de
inhibiciones y de frustraciones el deseo de
salvación ha reaparecido en toda su primordial
vehemencia. Los esfuerzos de Freud y de C. G.
Jung no son otra cosa que intentos de salvar a
quienes se sienten irredentos. Partiendo de otras
premisas, Marcuse, Adorno, Habermas, continúan a
su modo buscando y anunciando la salvación.
También el problema de Marx es en el fondo un
problema de salvación. Cuanto más libre,
clarificado y poderoso se convierta el hombre,
tanto más le atormentará el deseo de salvación
y tanto más esclavizado se encontrará. Marx,
Freud, Marcuse, tienen todos en común la
búsqueda de la salvación, la aspiración hacia
un mundo sin dolor, enfermedad y miseria. El gran
ideal de nuestra generación es uno, sociedad
libre de la tiranía, del dolor y de la
injusticia; a esto apuntan las turbulentas
explosiones de los jóvenes y el resentimiento de
los viejos al ver que la tiranía, la injusticia
y el dolor continúan como siempre. La lucha
contra el dolor y la injusticia brota de un
impulso fundamentalmente cristiano, pero el
pensar que a través de las reformas sociales y
la eliminación del dominio y del ordenamiento
jurídico se puede conseguir aquí y ahora un
mundo libre de dolor, es una doctrina errónea,
profundamente desconocedora de la naturaleza
humana. En este mundo el dolor no se deriva sólo
de la desigualdad en las riquezas y en el poder.
El sufrimiento no es el único peso que el hombre
ha de descargarse de las espaldas. Quien piensa
así, tiene que refugiarse en el mundo ilusorio
de los estupefacientes, para encontrarse después
más abatido y en contraste con la realidad.
Sólo soportándose a sí mismo y liberándose de
la tiranía del propio egoísmo, el hombre se
encuentra a sí mismo, su propia verdad, su
propia alegría y su propia felicidad. La crisis
de nuestro tiempo depende principalmente del
hecho de que se nos quiere hacer creer que se
puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí,
sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la
superación, que no es necesario el sacrificio de
mantener los compromisos aceptados, ni el
esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de
lo que se debería ser y lo que efectivamente se
es. Un hombre que sea privado de toda fatiga y
trasportado a la tierra prometida de sus sueños,
pierde su autenticidad y su mismídad. En
realidad el hombre no es salvado sino a través
de la cruz y la aceptación de los propios
sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que
encuentran su sentido liberador en la pasión de
Dios. Solamente así el hombre llegará a ser
libre. Todas las demás ofertas a mejor precio
están destinadas al fracaso. La esperanza del
cristianismo y la suerte de la fe dependen de
algo muy simple, de su capacidad de decir la
verdad. La suerte de la fe es la suerte de la
verdad; ésta puede ser oscurecida y pisoteada,
pero jamás destruida.
Llegamos al último punto. Un hombre ve
únicamente en la medida en que ama. Ciertamente
existe también la clarividencia de la negación
y del odio. Sin embargo éstos solamente pueden
ver lo que entra dentro de sus perspectivas: lo
negativo. Sin duda pueden perseverar al amor de
una ceguera que les haca olvidar sus límites y
los peligros que corre, pero no son capaces de
construir algo posito. Sin una cierta cantidad de
amor no se encuentra nada. Quien no se compromete
un poco para vivir la experiencia de la fe y la
experiencia de la iglesia y no afronta el riesgo
de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra
cosa que decepciones. El riesgo del amor es
condición preliminar para llegar a la fe. Quien
osa arriesgarse no tiene necesidad de esconder
ninguna de las debilidades de la iglesia, porque
descubre que ésta no se reduce solamente a
ellas; descubre que junto a la historia de los
escándalos existe también la de la fe fuerte e
intrépida, que ha dado sus frutos a través de
todos los siglos en grandes figuras como
Agustín, Francisco de Asís, el dominico
Bartolomé de las Casas con su apasionada lucha
por los indios, Vicente de Paúl, Juan XXIII.
Quien afronta este riesgo del amor descubre que
la iglesia ha proyectado en la historia un haz de
luz tal que no puede ser apagado. También la
belleza surgida bajo el impulso de su mensaje, y
que vemos plasmada aún hoy en incomparables
obras de arte, se convierte para él en un
testimonio de verdad: lo que se traduce en
expresiones tan nobles no puede ser solamente
tinieblas. La belleza de las grandes catedrales,
la belleza de la música nacida al calor de la
fe, la magnificencia de la liturgia
eclesiástica, principalmente la realidad de la
fiesta que no la puede hacer uno mismo sino sólo
acoger(7), la organización del año
litúrgico, en el que se funden en un conjunto el
ayer y el hoy, el tiempo y la eternidad, todas
estas cosas no son, a mi juicio, algo casual. La
belleza es el resplandor de la verdad, ha dicho
Tomás de Aquino, y podríamos añadir que la
ofensa a la belleza es la autoironía de la
verdad perdida. Las expresiones en que la fe ha
sabido darse a lo largo de la historia, son
testimonio y confirmación de su verdad.
(7) Cf. sobre este
tema especialmente J. Pieper, Musse und Kult,
München 1948.
Me permito aún añadir una observación,
aunque pueda parecer muy subjetiva. Si se tienen
los ojos abiertos, también hoy se pueden
encontrar personas que son un testimonio viviente
de la fuerza liberadora de la fe cristiana. Y no
es una vergüenza ser y permanecer cristianos en
virtud de estos hombres, que viviendo un
cristianismo auténtico, nos lo hacen digno de fe
y de amor. A fin de cuentas el hombre es víctima
de una ilusión cuando pretende hacer de sí una
especie de sujeto trascendental que considera
válido únicamente lo que no es fortuito.
Ciertamente es un deber reflexionar sobre
semejantes experiencias, examinar su grado de
responsabilidad, purificarlo y darle una nueva
plenitud. Pero en el curso de este proceso
necesario de objetivación ¿no figura acaso como
una prueba relevante en favor del cristianismo el
hecho de que haga más humanos a los hombres en
el mismo momento en que los une a Dios? ¿Este
elemento subjetivo no es también al mismo tiempo
un dato objetivo del cual no hemos de
avergonzarnos ante nadie?
Concluyamos con una última observación.
Cuando, como aquí, se afirma que sin el amor no
se puede ver y por tanto para conocer la iglesia
es también necesario amarla, muchos se
inquietan. ¿El amor no es acaso lo contrario de
la crítica? ¿No es quizá ésta la excusa a la
que cuantos tienen el poder en la mano recurren
gustosamente para eliminar la crítica y mantener
a su favor la situación de hecho? ¿Se ayuda
más a los hombres tratando de tranquilizarles y
de paliar la realidad, o quizás interviniendo a
su favor contra las injusticias habituales o
contra el predominio las estructuras? Se trata
ciertamente de cuestiones muy importantes, pero
no podemos ahora tratarlas. Una cosa es sin
embargo cierta, que el amor no es estático ni
acrítico. La única posibilidad que tenemos de
cambiar en sentido positivo a un hombre es la de
amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es
en lo que puede ser. ¿Sucederá de distinto modo
en la iglesia? Basta con mirar la historia
reciente: durante la renovación litúrgica y
teológica de la primera mitad de este siglo ha
madurado un verdadero movimiento de reforma que
ha llevado a trasformaciones positivas. Esto
solamente fue posible porque surgieron hombres
con el don del discernimiento, que amaron la
iglesia con corazón atento y vigilante, con
espíritu crítico, y dispuestos a sufrir por
ella. Si hoy no somos capaces de realizar algo es
porque estamos demasiado ocupados en afirmarnos
sólo a nosotros mismos. No valdría la pena
permanecer en una iglesia que, para ser acogedora
y digna de ser habitada, tuviera necesidad de ser
hecha por nosotros; sería un contrasentido.
Permanecer en la iglesia porque ella es en sí
misma digna de permanecer en el mundo, digna de
ser amada y trasformada por el amor en lo que
debe ser, es el camino que también hoy nos
enseña la responsabilidad de la fe.
Conferencia-testimonio
dictada en Alemania en 1971 por el teólogo Joseph
Ratzinger...
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