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 UNA OCASIÓN HISTÓRICA

 

Miguel Argaya

 

No sé si todo el mundo tiene claro que una de las tareas principales de un Sistema es consolidar un “modo”, unas condiciones políticas, sociales y culturales que le aseguren la supervivencia. El “modo” de supervivencia que caracterizó a la latinidad, por ejemplo, fue la generosa apertura del panteón pagano, y concluyó lógicamente al introducirse el monoteísmo, aunque había entrado en crisis ya con anterioridad al quedar divinizada la titularidad imperial, único dios de entre todos los del panteón dotado de verdadera capacidad política y verdadero “dios único”, por tanto.

Para el viejo Sistema europeo de la Cristiandad, en cambio, el “modo” de supervivencia fue la “ascesis” ascensional en pos de una sola Verdad inamovible; “modo” que quedó clausurado al triunfar en su ámbito de acción los principios disolutorios de la Reforma, por más que la crisis viniera ya prefigurada desde el siglo XIV en el creciente nominalismo anglo-germánico y el galicanismo de la monarquía gala.

El Sistema vigente (la Modernidad), por su parte, sostiene su supervivencia en la “síntesis”, en el proceso dialéctico, definido por Hegel pero ensayado ya desde los comienzos del modelo, primero como una pugna entre estoicismo galicano y nominalismo anglosajón, que vino a “sintetizarse” en el liberalismo económico (Adam Smith) y en el ideal ilustrado del Progreso infinito (Kant), y luego como una segunda pugna entre capitalismo y marxismo, sintetizada finalmente en la sociedad de consumo y en la posmodernidad sesentayochista.

Lógicamente, para un Sistema como el de la Modernidad, que tiene su “razón original” en el “libre examen”, en la emancipación de la “autoridad” individual y en el subjetivismo, su “modo” de supervivencia no podía proceder sino de la puesta en juego de sus propias contradicciones, como bien supo ver Hegel al rechazar el principio escolástico de que “nada puede ser y no ser al mismo tiempo” y conferir la misma verdad a una idea y a su negación porque una idea cualquiera no es una Verdad en sí misma sino sólo en cuanto que forma parte del Todo que es la Idea Universal. Para Hegel, todo -cualquier idea, por excelsa que se quiera- es “mentira” porque no es más que una parte de la Verdad; pero también todo -cualquier idea- es de alguna manera “verdad” porque “participa” de esa misma Verdad que es el Espíritu (la Realidad) en crecimiento. Hegel, obviamente, sublima el subjetivismo, lo totalitariza.

Es precisamente el conflicto interno lo que garantiza al Sistema vigente su seguridad histórica; pero un conflicto que se desarrolla “dialécticamente”, según la fórmula hegeliana. De la pugna entre una idea (tesis) y su negación  (antítesis), procede necesariamente una consecuencia o síntesis que se materializa como nueva tesis a la espera de su negación para la continuidad del mecanismo dialéctico.

    Un mecanismo sin duda fructuoso para un Sistema que ha sobrevivido y sobrevive aún después de tres siglos y medio a fuerza de fabricar y luego absorber sintéticamente sus propias “contestaciones”, sus alternativas revolucionarias, más interesadas por cierto en incinerar los despojos morales de la Cristiandad vencida -eliminando incluso físicamente a sus cada vez más exiguos “capitanes”: sacerdotes y religiosos- que en enfrentarse realmente a los valores de la Modernidad. Liberalismo, socialismo, posmodernidad... todas las presuntas “alternativas” al Sistema han actuado y actúan aún más como vanguardia del subjetivismo moderno -como “detonadores” de cada nuevo salto dialéctico- que como verdadera propuesta sustitutoria. Consolidada una nueva “síntesis”, no ha habido más que promover y aun alentar nuevas “contestaciones”, bien que prudentemente adscritas al fundamento moral -mejor, amoral- que rige el mecanismo: el subjetivismo. Diríase, pues, que el Sistema está “blindado”.

    Y sin embargo, no es así. La “Alternativa” -con mayúscula- no es un imposible, y es el mecanismo dialéctico, precisamente, el que lo permite. No es difícil constatar históricamente que los momentos más endebles, los menos vigorosos del Sistema vigente, son aquellos que coinciden con la consolidación de una nueva “síntesis”. Sin duda porque en ellos ha concluido una etapa dialéctica y aún no se ha consolidado la antítesis que haga posible la nueva. Recordemos cómo la “madurez” de la Modernidad del dieciocho, personificada en Kant y Smith, conduce en breve plazo a varias décadas de revoluciones caóticas, que se prolongan en tanto no emerge un socialismo capaz de concretarse como antítesis. Una situación notablemente similar a la actual, en la que, consumada la dialéctica que enfrentaba al capitalismo y al comunismo en una nueva “síntesis” (sociedad de consumo en lo  económico y posmodernidad en lo moral y cultural), y en tanto no haga aparición una antítesis nueva, el Sistema atraviesa por momentos de más que notorio desconcierto, sabedor de su urgente necesidad de consolidar una “alternativa” oficial, pero incapaz al mismo tiempo de dar con ella. No hay más que verle aireando y sublimando conflictos menores (la disputa neoliberalismo-socialdemocracia, por ejemplo, cada vez más inútil por la cercanía de sus extremos) o improvisando adversarios: ora el narcotráfico colombiano, ora el terrorismo islámico, ora el fenómeno antiglobalización...; e incluso desvariando: proponiendo de forma suicida el “fin de la historia”, o por mejor decir, el fin del procedimiento dialéctico, clave para su supervivencia. Hasta hay quien llega a imaginar la creación, en la capital del Imperio (Nueva York), de una “nueva Roma” desde la que pontificar los dogmas de esa nueva Religión laica que quiere instituirse en torno a los Derechos Humanos y a la idea de Progreso infinito. Hace bien pocos días, Inocencio Arias, embajador de España en la ONU, definía al secretario general de esta organización, Kofi Annan, como el “Papa laico” (El Mundo, 8 de agosto de 2002; pág. 27).

       Es obvio que, hoy por hoy, el Sistema no sabe por dónde se anda. Ha perdido su contrapeso dialéctico, y no ha hallado aún el próximo. Vulnerable como nunca en los últimos ciento cincuenta años, es el momento quizá de obligarle a confrontar sus perversiones instalándole una “Alternativa”; pero una que lo sea de veras, que no se conforme con “participar” como antítesis del proceso, que no sirva meramente como “detonante” para una nueva síntesis. Una, en suma, que no parta de los mismos fundamentos que sustentan el Sistema y que no son otros que el subjetivismo, la confusión entre los principios del “ser” y el “conocer” y la secesión de los conceptos de “autoridad” y “verdad”.  Es hora de poner fin al proceso disolutorio iniciado en el siglo XVI y de devolver a la Civilización Occidental el nudo de principios permanentes que la caracterizó durante la Cristiandad.

La clave, sin duda alguna, está en la Verdad. Vale recuperar al respecto, en todo caso, unos párrafos de alguien nada sospechoso de afecciones falangistas, el orteguiano Paulino Garagorri, quien, en su ensayo Libertad y desigualdad, arguye que "la confianza en la fuerza social de la verdad  significa el último refugio colectivo, para que la gente pueda no caer en la abulia o en las vías irracionales a que inevitablemente conduce el sentimiento de absoluta impotencia".  Una Verdad que, puesta en juego político, militantemente generalizada, desarticule de una vez y para siempre el perverso mecanismo dialéctico-revolucionario, esa perversa ficción sobre la que el Sistema ha venido sustentando y sustenta todavía sus seguridades históricas. “La historia -como nos enseña Zubiri- no es dialéctica (...); es lo absoluto como posibilidad humana, es la realidad absoluta hecha posibilidad en la experiencia humana”.

 (Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006)

        

 

MIGUEL ARGAYA

 

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