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______________________________________________________________________________________________ EL ABORTO COMO MÉTODO DE EXPLOTACIÓN
IMPERIALISTA (Estos dos artículos fueron publicados por primera vez y de forma sucesiva los días 24 y 25 de mayo de 2000 en el diario ABC de Toledo. Posteriormente han sido reproducidos en Internet en más de una docena de páginas web. Ésta es la versión definitiva, corregida por el autor) Miguel
Argaya 1.-Un estudio de 1996, realizado por Ermenegildo Spaziante, miembro de la Sociedad Italiana de Bioética y publicado por la Universitá Cattolica del Sacro Cuore de Roma, fijaba en 38.896.000 el número anual de abortos en el mundo (casi 110.000 diarios). Por poco sensibilizado que esté uno hacia el tema, no puede negarse que se trata de un hecho sin igual en la historia de la especie humana y adquiere tintes de genocidio universal. Por ello, debe evitar acometerse con puntos de vista estrechos y reduccionistas que dejen el tema envuelto en brumas parciales. Y es que el problema del aborto en el mundo, por más que así se nos presente por quienes lo defienden, excede con mucho el problema de la liberación de la mujer. De hecho, los fetos desechados pertenecen a ambos sexos; más aún: suele tenderse, al menos en el Tercer Mundo, a que pertenezcan mayoritariamente al género femenino. Como tampoco cabe, en sana lógica, situar una matanza de esta magnitud en el terreno de la revolución sexual, que se nos aparecería como desproporcionadamente cara por grandes que pudieran ser sus beneficios presentes y futuros. Por eso,
consciente de la dificultad de ligar el tema a una dinámica puramente
ideológica, todo el orquestado discurso proabortista ha tendido a
presentar el tema desde una óptica individual y hasta casuística,
buscando propiciar en el ciudadano la sensación de que se trata de un
“problema de conciencia” en el que no tiene arte ni parte nadie sino
la mujer afectada. No es así, sin embargo; y no hablo aquí -habrá otras
ocasiones para ello- de entrar en polémica sobre si el feto es ya un ser
humano o no lo es; ni si el
varón tiene derecho alguno a intervenir; ni si lo tiene la Iglesia, o la
sociedad. El aborto, a nivel mundial, es, por encima de todo, un acto de
imperialismo brutal a cuenta de los países ricos sobre los pobres. Y
esto, que puede sonar a demagógico, no lo es en absoluto. Veámoslo. El
meollo de toda la política antinatalista del mundo desarrollado sobre el
subdesarrollado tiene su punto de origen en el problema de la competencia
por mano de obra barata y en el fenómeno de la migración sur-norte,
factores por cierto vitales para la industrialización y modernización
del Tercer Mundo. Vayamos al segundo: es un hecho que cada año desde hace
treinta, un millón de inmigrantes del sur se instala en el norte. Lo es
también que el norte no sabe ya cómo hacer creer al sur que la causa de
su pobreza es su sobredimensionado crecimiento demográfico. Y parece lógica
esta dificultad, pues ¿no es verdad que la densidad de población de, por
ejemplo, Japón (325 habitantes por Km2 y 23.000 dólares anuales
de renta per cápita) sobrepasa con creces la de la
mayoría de los países que se consideran “pobres” (como Tanzania, que
con 25 habitantes por Km2 sólo alcanza los
130 dólares de renta per cápita)? Cualquier persona medianamente
informada –los países del Tercer Mundo son pobres, pero no tontos- sabe
que una adecuada revolución demográfica es un factor esencial para
cualquier proceso de promoción y expansión industrial de primera fase. Más
población es también más mano de obra –lo que la hace más barata-, y
más mercado interior, elementos esenciales ambos para consolidar una mínima
infraestructura industrial capaz de abrirse posteriormente a la
competencia exterior. Europa, desde luego, tuvo su propia revolución
demográfica, desde la inglesa, inaugurada a principios del siglo XIX, a
la española, concluida en los años sesenta de nuestro siglo. Recordemos
cómo, ya en el siglo XVII y XVIII, nuestros novatores e ilustrados
supieron ver en la despoblación que entonces aquejaba a la península una
de las causas de la decadencia nacional. Pero también es fácil colegir
–y comprobar históricamente- que los beneficios de una expansión
demográfica concluyen, e incluso comienzan a revertir negativamente, en
el momento en que se alcanza un punto de saturación si ésta no viene
acompañada de un cualitativo empujón tecnológico. Europa solventó este
problema mediante la emigración: chorros de europeos invadieron durante
siglo y medio los continentes vecinos (África, América) y no tan vecinos
(Oceanía, Extremo Oriente) hasta descongestionar sus respectivas
poblaciones incluso a costa de sustituir a las poblaciones autóctonas en
sus lugares de destino. En 1895, sir Cecil Rhodes afirmaba en el
Parlamento británico que “para
salvar los 40 millones del Reino Unido de una guerra civil funesta,
nosotros, los políticos coloniales, hemos de tomar posesión de nuevos
territorios para colocar en ellos el exceso de población, para encontrar
nuevos mercados en los que vender los productos de nuestras fábricas y de
nuestras minas”. A la vista de esto, podemos decir, sin
temor a equivocarnos, que una parte del Tercer Mundo pagó con la
colonización, y hasta con la extinción, el progreso del hombre blanco.
Pues bien: el mundo en vías de desarrollo lleva veinte años necesitando
del mismo modo, y con la misma urgencia, una descongestión demográfica
que le arranque de la miseria y le aparte del peligro –ya peligrosamente
constatable- de la guerra civil. El problema está en que, en ese camino,
no ha hecho más que tropezar con el primer mundo, que sólo le ofrece
parches, pero no soluciones efectivas. En la Conferencia de la Población de El
Cairo, de 1994, por ejemplo, los países desarrollados se negaron
repetidamente a ampliar sus cuotas de inmigración y a abrir las barreras
aduaneras a la importación de productos del sur, tal como pedían los países
pobres. En cambio, sí que supieron ofrecer notabilísimas ayudas
encaminadas a la “planificación familiar” y, muy especialmente, al
aborto. Resulta bien significativo que el presidente Billy Clinton, que no
ha tenido empacho en negar al aborto en su propio país la cualificación
de “método de planificación familiar”, impidiendo así que sea
subvencionado con fondos federales, lo proponga en cambio como tal para el
Tercer Mundo. Ya en la Conferencia de Población de Méjico (1984) el
mundo rico intentó incluir el aborto en los países en desarrollo como
“método de planificación familiar”, siendo rechazada la propuesta.
En la de El Cairo se insistiría en las mismas pretensiones, fijando
incluso un límite para la población del planeta en 7.270 millones. El
promotor de esta “luminosa” idea no es otro que el “Fondo para la
Población de la Naciones Unidas”, fundación creada a iniciativa de los
Estados Unidos para camuflar sus intereses en las campañas contra la
natalidad para el Tercer Mundo. No es, como digo, demagogia mencionar los
intereses que el gigante capitalista tiene a la hora de frenar la expansión
demográfica de los países en desarrollo: el mismo Juan Pablo II así lo
afirmó en su rotunda y reveladora encíclica Evangelium
Vitae, del año 1995, cuando decía que “estamos
en realidad ante una objetiva ‘conjura contra la vida’, que ve
implicadas incluso a instituciones internacionales”. Como muestra,
un botón: el 16 de marzo de 1994, poco antes de la Conferencia de El
Cairo, el departamento de Estado norteamericano ordenó a sus embajadas
que insistieran a sus
gobiernos anfitriones en que los Estados Unidos consideraban el acceso al
aborto voluntario un derecho fundamental de todas las mujeres, y, a
comienzos del segundo mandato de Clinton, en febrero de 1997, el Congreso
de los Estados Unidos aprobó una ley presupuestaria de 385 millones de dólares
destinados a la planificación familiar y al aborto en el Tercer Mundo.
Simultáneamente, era rechazada una moción del congresista pro-vida Chris
Smith que, aludiendo a lo que llamó “imperialismo demográfico”,
ofrecía aumentar la partida hasta 713 millones siempre que del programa
antinatalista fuera explícitamente excluido el fomento del aborto.
Obviamente, las intenciones del presidente Clinton y de sus compañeros de
viaje no pasaban por esa exclusión. La razón de ello la dio explícitamente
la entonces nueva secretaria de Estado, Madeleine Albrigth, alegando que
el control de nacimientos en el Tercer Mundo es pieza fundamental de su
política de promoción de los intereses norteamericanos. Algunos otros
congresistas supieron ser algo más explícitos y aludieron a la necesidad
de reducir la competencia por mano de obra barata en el mercado
internacional (ABC, 16-2-97). Pero no se crea que este
planteamiento estratégico-defensivo proviene de estos últimos años, o
está únicamente representado por Clinton; tiene su origen, más bien, en
el famoso “Documento 2000” del Consejo de Seguridad Nacional de
Estados Unidos, aprobado el 10 de diciembre
de 1974 por el presidente Gerald Ford, documento, como es obvio a tenor de
la dureza de su contenido, originariamente secreto, y sin embargo
desvelado en 1990 gracias a las presiones de algunos historiadores que
supieron invocar con éxito las leyes de secretos oficiales. El documento,
textualmente, afirma en algunos de sus apartados: “Punto 19: Los actuales factores de
población en los países menos desarrollados
suponen un riesgo político
e incluso problemas de seguridad nacional para los Estados
Unidos”. “Punto 30: Los países con interés político
y estratégico especial para los Estados Unidos son India, Bangla Desh,
Pakistán, Nigeria, México, Indonesia, Brasil, Filipinas, Tailandia,
Egipto, Turquía, Etiopía y Colombia (...) El presidente y el secretario
de Estado deben tratar específicamente del control de la población
mundial como un asunto de la
máxima importancia en sus contactos regulares con jefes de otros
gobiernos, particularmente de países en desarrollo”. “Punto 33: Debemos tener cuidado de que
nuestras actividades no den a los países en desarrollo la apariencia de
políticas de un país industrializado contra países en desarrollo. Hay
que asegurar su apoyo en este terreno. Los líderes del Tercer Mundo deben
figurar a la cabeza y recibir el aplauso por los programas eficaces”. “Punto 34: Para tranquilizar a otros respecto de nuestras
intenciones, debemos hacer énfasis en el derecho de los individuos y las
parejas a decidir libre y responsablemente el número y el espaciamiento
de sus hijos, el derecho a recibir la información, educación y nuestro
continuo interés en mejorar el bienestar de todo el mundo. Debemos
utilizar la autoridad del Plan Mundial de Población de las Naciones
Unidas”. No sabemos si tendrá que ver con aquellas
áreas de interés estratégico el hecho de que la primera conferencia de
población se celebrase en Méjico,
y la segunda en Egipto. Pero sí podemos constatar que el Fondo para la
Población de las Naciones Unidas es una de las pocas oficinas de la O.N.U.
que ve crecer sus presupuestos cada año, financiados en un 50 % por los
Estados Unidos, y el resto por otros países del Primer Mundo. En 1994,
por ejemplo, contaba con 246 millones de dólares, más otros 1.000
millones en programas destinados expresamente a frenar la natalidad de los
países pobres. Sus actividades se centran en el fomento de la
esterilización, la anticoncepción y el aborto en el mundo en desarrollo.
Con todo, su más rutilante actuación en los últimos tiempos ha sido la
convocatoria de la polémica
Conferencia de El Cairo, encaminada en un primer momento a conseguir que
los países destinatarios de los programas antinatalistas contribuyesen
económicamente al sostenimiento de éstos. Claro, que no es el Fondo de Población la
única institución con que juegan los intereses estratégicos de los
Estados Unidos: una gran parte de los famosos 713 millones de dólares que
el Congreso norteamericano dedicó en febrero del 97 a la planificación
familiar en el Tercer Mundo, habrían de ser encauzados a través de la
International Planet Parenthood Federation (I.P.P.F.), una multinacional
del aborto fundada a principios de este siglo en Estados Unidos (Brooklin,
1916) por Margaret Sanger a partir de una clínica abortiva. La I.P.P.F.,
por otro lado, tuvo mucho que ver con la redacción del documento
propuesto –y afortunadamente rechazado- en El Cairo. El 31 de marzo de
1994, por ejemplo, I.P.P.F.
se jactaba públicamente de que su presidente, Fred Sai, lo era a su vez
de la tercera reunión preparatoria de la Conferencia, y de que la
delegada de la organización abortista para el hemisferio occidental,
Billie Miller, presidía el grupo de O.N.Gs y el comité de planificación.
No decía, aunque era de dominio público, que Nafis Sadik, directora por
entonces del Fondo para la Población de las Naciones Unidas, había
trabajado con anterioridad para la I.P.P.F., lo mismo que el
secretario de Estado adjunto para Cuestiones Globales de los
Estados Unidos, antiguo director de la I.P.P.F. en Denver. Junto a esa
verdadera “multinacional de la muerte”, hay que citar también la
Fundación Ford, la Fundación Rockefeller,
el Alan Guttmacher Institute, que depende del I.P.P.F., o el
Population Council, financiado por el gobierno norteamericano. Pero quizá
el más importante instrumento de presión del “lobby” antinatalista
sea el Banco Mundial, con su política dirigida a condicionar los créditos
a los países pobres al grado de cumplimiento de las directrices marcadas
por el Fondo para la Población de las Naciones Unidas. Recordemos que la
deuda externa es uno de los más dolorosos cánceres del Tercer Mundo.
Mozambique, por ejemplo, tuvo que desembolsar en 1996, por este concepto,
el doble de lo que dedicó a educación y salud. Y no caigamos en la
trampa –claramente torticera- de culpar del desastre a una nunca
demostrada “incapacidad” de esos países para valerse por sí solos o
para escapar de la corrupción política. Tengamos en cuenta que durante
los años ochenta, según ha desvelado recientemente el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo, los tipos de interés para los países
pobres fueron en conjunto cuatro veces más elevados que para los países
ricos. Del mismo modo, conviene no olvidar que el
problema de la deuda externa tiene orígenes relativamente cercanos, pues
se remonta a la crisis del petróleo de 1973. En esas fechas, los grandes
bancos mundiales vieron crecer sus fondos por las imposiciones
provenientes de los países de la O.P.E.P., que habían acrecentado
sobremanera sus ingresos después de cuadruplicar el precio del petróleo,
y se lanzaron desaforadamente a una arriesgada política de préstamos
sobre los países en desarrollo. Como es natural, éstos recibieron ávidos
esta inopinada lluvia de millones, embarcándose en
costosos proyectos de renovación y creación de infraestructuras,
sin saber, o sin tener en cuenta que, por otra parte, y al mismo tiempo,
el aumento del precio del crudo provocaba en el mundo industrializado un
galopante proceso inflacionario de difícil solución sino con medidas
radicales. En 1979, el gigante norteamericano se veía obligado a un duro
ajuste monetario, que fue inmediatamente seguido por todos los otros países
del bloque industrializado. La consecuencia para el Tercer Mundo, que vivía
–y pagaba sus cuantiosas deudas- de sus exportaciones, no se hizo
esperar: en breve plazo, aquellos países que habían contraído débitos
a tipos de interés variable –que eran, lógicamente, casi todos- vieron
cómo los intereses de sus préstamos se multiplicaban. Las más de las
veces los pagos anuales, efectuados con notables sacrificios por los
deudores, no alcanzaban a cubrir ni siquiera el montante de los intereses.
En 1996, por ejemplo, la deuda externa acumulada por Zambia duplicaba su
P.N.B. Ese mismo año, el
mundo en desarrollo debía al primer mundo globalmente el doble que diez años
antes, y esto sólo en calidad de acumulación de intereses impagados. Así las cosas, no es posible ignorar el
funcionamiento interno por el que se rige la actividad del anteriormente
mencionado Banco Mundial. Nacido, como el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.),
en julio de 1944 en Bretton Woods (EE.UU.), representó en su momento el
deseo de diseñar las directrices económicas de un mundo que ya preveía
la victoria en la Segunda Guerra Mundial, y anhelaba extender y globalizar
su capitalismo a escala planetaria. No cabe duda de que sus objetivos están
cerca de cumplirse, si es que no lo han hecho ya. A finales de 1991 la
revista The Economist y el New York Times sacaron a la luz un memorándum interno del Banco
Mundial según el cual esta institución debía estimular la instalación
en el Tercer Mundo de las industrias más sucias, por varias razones:
1.-la misma lógica económica, que invita a alejar de la propia casa los
residuos; 2.-los bajos niveles de contaminación de esos países, a causa, precisamente, de su menor
densidad de población, y 3.-la
escasa incidencia del cáncer sobre grupos de gente cuya esperanza de
vida es de por sí pequeña. ¿Puede extrañar a alguien, pues, que
el primer mundo necesite perpetuar el déficit poblacional del mundo en
desarrollo? Es preciso señalar que, en las decisiones del F.M.I., los
Estados Unidos cuentan con un 17’80 % de los votos, y el mundo
desarrollado en conjunto (unos quince países, de un total de poco más de
ciento setenta y cinco), el 55 %. Por supuesto, el porcentaje, en un
sistema cuya base es el dinero, viene determinado por las aportaciones
económicas al Fondo, lo que deja fuera de juego a los países menos
desarrollados. Por ejemplo, el grupo formado por Argentina, Chile,
Bolivia, Paraguay, Perú y Uruguay no suma más del 2’15 % de los votos. 2.-El demógrafo Karl Zinsmeister ya
demostró en 1994, en sendos artículos publicados por las revistas
norteamericanas The National
Interest y Population Research
Institute Review, que el problema demográfico no existe en cuanto
tal, sino como consecuencia de una injusta distribución de la riqueza.
Una tesis parecida sostuvo el 18 de abril de 1994, en un discurso
pronunciado en la sede de la O.N.U. en Nueva York, el Nobel Amartya Sen.
Contra la muy pesimista predicción de Malthus, que veía imposible que el
mundo alimentase a mucho más de los mil millones de habitantes de su
tiempo, la realidad –afirma el profesor Sen- ha demostrado ser mucho más
benigna: el contingente humano, en estos dos siglos, se ha multiplicado
por seis, sin demérito de las expectativas y la calidad de vida. La misma
División de la Población de la Naciones Unidas, organismo estadístico
sin capacidad ejecutiva y por ello, hasta la fecha, libre de la infiltración
estratégica de los países ricos, aseguró en 1994, en su documento anual
“Perspectivas de la población mundial”, que el famoso “peligro
demográfico” es cada vez menor, y que, por encima de pesimismos más o
menos interesados, el crecimiento demográfico del planeta se está
estabilizando. En 1960, la previsión mundial de población para el año
2000, era de casi 10.000 millones. A
dos años del nuevo milenio, hay que revisar esa cifra notablemente
a la baja. Y la razón, desde luego, no es la actividad antinatalista del
F.P.N.U., sino la misma lógica demográfica, que determina que, a mayor
nivel de vida, se corresponde
un descenso en la cantidad del número de hijos por pareja. Por otro lado, no conviene magnificar
desmesuradamente la triste situación económica del mundo. Hace sólo
treinta años, el 80 % de la población de los países en vías de
desarrollo vivían bajo el triste umbral de las 2.000 calorías per cápita,
y en esos mismos países sólo un 2 % superaba las 2.700. Hoy no llega al
8’5 % la cantidad de población en vías de desarrollo que no alcanza el
umbral mínimo, y supera el 15 % la que
sobrepasa el de las 2.700 calorías. En este tiempo, y mientras la
población mundial se duplicaba, el suministro medio de calorías per cápita
del planeta pasaba de 1.950 a 2.475. En la actualidad existe, por ejemplo,
un 60 % más de cereales disponibles por persona que en 1960. La F.A.O.,
en 1994, determinó que, de 1950 hasta ese año, la producción mundial de
cereales se había multiplicado por tres, mientras la población sólo se
había duplicado. Y, en 1996, durante la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación, este organismo internacional reveló que desde 1970 en los
55 países más pobres de la tierra la esperanza de vida se había
disparado. En Tanzania, por ejemplo, ha pasado de los 41 a los 52 años;
en Etiopía, de los 37 a los 47, y en Sudán, de los 40 a los 53. El
catastrofismo, en todo caso, no es de hoy: ya en el siglo II después de
Cristo, Tertuliano se quejaba de que el mundo no podía soportar más
carga demográfica. De entonces ahora, algo ha llovido, y algo hemos
avanzado. La realidad histórica demuestra que la capacidad de la técnica
humana permite ampliar el ecúmene hasta límites insospechados. Roger
Revelle, que fue director del Harvard Center for Population
Studies, ha llegado a afirmar
que las capacidades tecnológicas actuales, bien aplicadas,
permitirían alimentar a 40.000 millones de personas en el mundo. Un buen
ejemplo de esto es lo que se llamó la “revolución verde”, llevada a
cabo por el doctor M.S. Swaminathan en la India a partir de un arroz de
laboratorio, el I.R. 36, capaz de un rápido crecimiento y de una fuerte
resistencia a las plagas y enfermedades, que permitió al país asiático,
entre 1967 y 1987, multiplicar su producción de cereal por habitante en
un período en que su población había crecido en
100 millones, e incluso acumular un stock de 50 millones de
toneladas y convertirse, desde 1980, en país exportador. Por otra parte,
la superficie cultivada es susceptible de aumentar: en China, por ejemplo,
donde la política antinatalista se ha ejercido de la forma más brutal y
donde su fracaso ha sido más evidente, la superficie apta para el cultivo
de secano y no utilizada es
de 2.500 millones de hectáreas, tres veces más que la que se dedica a la
explotación. Lo mismo ocurre con el problema de la desertización. La
F.A.O. ha prevenido frecuentemente contra la poca credibilidad de los
mecanismos que se utilizan para evaluar la irrecuperabilidad de las
tierras, y hay casos que desmienten muchas de estas clasificaciones, como
el programa agrícola que devolvió la fertilidad a algunas zonas de
Kenia, y que logró demostrar que
una tierra clasificada como no restaurable puede dejar de serlo con sólo
aplicar en ella la tecnología y los incentivos adecuados. Para qué
hablar de las experiencias israelíes. El problema, en cualquier caso, no es
demográfico, sino de reparto. Aunque los países pobres son cada día, en
efecto, menos pobres, los ricos son más ricos, de modo que las
diferencias se acrecientan. En el año 1800, el P.N.B. por habitante era
de 200 dólares entre los países del norte y de 206 en los del sur. En
1900, ya el norte dispone de 528 dólares de P.N.B. por habitante, y el
sur sólo de 179. A la altura de 1987, la diferencia es escandalosa: el
norte disfruta de un P.N.B. medio por habitante de 14.430 dólares, y el
sur sólo de 700. No cabe la menor duda de que, objetivamente, el sur ha
mejorado en este tiempo; pero la pobreza es tanto más evidente, y se hace
más injusta, cuando se la coteja con el lujo. Baste señalar que los
Estados Unidos, por sí solos, podrían alimentar adecuadamente a los casi
6.000 millones de habitantes que viven hoy sobre la Tierra (un solo niño
norteamericano consume anualmente lo que 422 etíopes), y que sólo
poniendo en juego un 10 % de los stocks
del mundo desarrollado, podría acabarse con los problemas de malnutrición
del Tercer Mundo. Cada occidental consume y, en consecuencia, ensucia
cuatro veces más que cada habitante del Tercer Mundo. Es significativo
que la riqueza de 225 personas en el mundo equivalga a la de la mitad de
la Humanidad, y que las tres personas más ricas del mundo (entre ellas
Bill Gates) superen en conjunto el presupuesto de los 48 países más
pobres, según denunció en septiembre de 1998 el director regional del
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de América Latina y el
Caribe, Alfonso Zumbado, en su Informe Anual de Desarrollo Humano.
Mientras un 20 % de la población del Planeta vive aún por debajo de lo
que se considera el umbral de la pobreza, el mundo rico se gasta
anualmente en el cuidado y manutención de sus animales domésticos un
montante de 17.000 millones de dólares, más otros
12.000 en perfumes y cosméticos. Claro que estas
cifras cobran su verdadera dimensión cuando se sabe que serían
suficientes 13.000 millones de dólares para lograr que todos los seres
humanos tuvieran acceso a unos mínimos servicios de salud. Baste conocer,
en suma, que el 40 % de la
humanidad ha de valerse con tan sólo el 3’3 % de los recursos, mientras
el 20 % del planeta consume el 82’7 % y, lo que es más escandaloso,
produce simultáneamente el 80 % de la contaminación. A este respecto, no deja de resultar
curioso que sean precisamente los países industrializados –es decir:
aquellos que contaminan en mayor medida- quienes abanderen el movimiento
de la ecología como el nuevo dogma ético de la globalidad mundialista,
conminando a los países del Tercer Mundo a conservar vírgenes sus
bosques y selvas (los “pulmones del planeta”, les dicen) aunque ello
les suponga a medio plazo el estancamiento económico. Curioso -y hasta cínico-,
cuando comprobamos, como ha sucedido hace poco en la cumbre de Kioto, que
el llamado “primer mundo” no está dispuesto a reducir su carrera
hacia la opulencia ni siquiera ante la posibilidad más que probable de
dejar la biosfera hecha unos zorros. Sin duda, es más fácil pedir al
mendigo que limpie el basurero global mientras nosotros lo llenamos; en
suma: que siga siendo pobre, para que podamos nosotros seguir siendo
ricos. No podemos evadirnos de nuestra responsabilidad; y nótese que al
utilizar la primera persona del plural incluyo en ese capítulo también a
España, como parte del mundo rico. Debemos ser conscientes de que una
parte –no me atrevo a asegurar que pequeña- de nuestra riqueza es
espuria, sustraída al esfuerzo universal de la Humanidad gracias a una
privilegiada –y no siempre honestamente conquistada- posición en la
parrilla de salida. Está claro que la solución no puede
pasar por pedir a los países pobres que lo sigan siendo y abandonen sus
expectativas de industrializarse, mientras el mundo “rico” continúa
contaminando y disfrutando de los mismos niveles de producción y consumo
que hasta ahora. La única solución ha
de ser, fundamentalmente, asumir la interdependencia como un reto
de futuro y como un
compromiso moral, y no sólo como paisaje-escenario para el
enriquecimiento rápido y para la explotación. El mundialismo económico,
si es realmente inevitable, tendrá que reportar a sus promotores no sólo
beneficios, sino también responsabilidades. Para ello, se haría preciso,
como primera medida, que los países ricos asumieran
su parte alícuota de sacrificio sin reservas, y cumplieran con las
mismas normas de liberalización del mercado que han impuesto
unilateralmente y que exigen a los pobres, en lugar de jugar al gato y al
ratón con leyes vergonzantemente proteccionistas contra la competencia
salarial del mundo en desarrollo. Y ello, no sólo por un elemental deber
de justicia (se calcula que por cada dólar que el mundo desarrollado
invierte en el Tercer Mundo, recupera cuatro), sino también –para el
caso en que lo anterior no fuera suficiente, que tendría que serlo- como
único modo verdaderamente eficaz de evitar el previsible big
bang migratorio que se avecina y ya se apunta. El camino para ello,
aunque suene a paradójico, pasa por la eliminación, o en su defecto por
la ampliación, de las cuotas de inmigración en los países ricos y la
desaparición de sus barreras aduaneras proteccionistas a las
importaciones provenientes del mundo en vías de desarrollo. Sin olvidar
la urgente condonación de al menos una parte de su deuda externa. Con
ello, sin duda, se conseguiría a medio plazo una mínima descongestión
demográfica y económica en esos lugares, permitiendo un correcto
crecimiento económico como el
que protagonizó Europa en su momento y, en un periodo más largo,
seguramente una tendencia a un cierto grado de igualación en el nivel de
vida de todos los habitantes del Planeta. A cambio, el primer mundo ganaría
algunos siglos de paz. Claro, que tales medidas supondrían algunos
notables sacrificios, tales como la inmediata caída de los salarios y la
reducción en gran medida del bienestar individual y social, con la
consiguiente pérdida de votos y de influencia de partidos políticos y
sindicatos, cosa que, por otra parte, se me aparece precisamente como una
de las causas de que sea hoy por hoy tan difícil poner en marcha un
verdadero programa de estabilización económica mundial. Aunque hay
otras, mucho más importantes y decisivas, y menos explicitables: el
primer mundo, convencido en gran medida de su superioridad biológica como
WASP (White, anglo-saxon and
protestant), ha ido viendo cómo, en las últimas décadas, perdía
puntos porcentuales en los patrones demográficos (mientras el total de
los países “ricos” crecía, entre 1950 y 1990, de 832 millones a
1.207, los países “pobres” lo hacían de 1.684 a 4.086), lo que
ofrece al Tercer Mundo unas posibilidades de futuro hasta ahora difícilmente
alcanzables en el marco geopolítico y hace que el siglo XXI no sea, sin
duda, el de la raza blanca: si en la O.N.U. los distintos países
estuvieran representados democráticamente en función de su número de
habitantes, los Estados Unidos contarían con cinco veces menos votos que
la India, y con seis veces menos que China. Un hipotético –pero no
imposible- cambio de reglas del juego político internacional supondría,
pues, una verdadera revolución copernicana en el escenario geo-estratégico.
Lo cierto es que el mundo “rico”
anhela mantener su status y su
ritmo de vida sin perder, además, la hegemonía política. Por eso
necesita detener con urgencia el crecimiento demográfico de los países
en vías de desarrollo, y para ello trata de convencer a éstos de que su
pobreza se debe a su exceso de población, mientras restringe las cuotas
de inmigración y fortifica su proteccionismo. Es significativo, en este
sentido, el formidable atasco en que los intereses egoístas de las
superpotencias económicas tuvieron sumida a la llamada “Ronda de
Uruguay”, desde 1986 y durante casi diez años, hasta la firma del
G.A.T.T. Los países en desarrollo, por el contrario, alegan que su
pobreza se debe a la carencia de medios para mejorar su productividad, y
que tal carencia se hace insalvable ante su continua discriminación en
los intercambios internacionales y las barreras aduaneras a sus productos
en los países ricos. Señalemos al respecto que el precio de las materias
primas –principal fuente de ingresos del Tercer Mundo- sigue una carrera
“convenientemente” descendente en el mercado mundial, lo que resta a
los países en vías de desarrollo la capacidad efectiva de acumular
divisas. Crece así el déficit de su balanza de pagos corriente, que en
1991 era de 100.000 millones de dólares, y, con él, su deuda externa,
arma fundamental que el mundo “rico” utiliza para su política
antinatalista. Lo que los países “pobres” piden
no es otra cosa que juego limpio en las relaciones económicas
internacionales. Y también que el Banco Mundial y el FMI dejen de
condicionar sus créditos al cumplimiento de los programas demográficos
del F.P.N.U. En lugar de eso, se les fuerza a un durísimo –yo diría
que inhumano- corsé demográfico, mientras se palían sus hambrunas y sus
crisis con bondadosos envíos de ayuda humanitaria, ciertamente útiles en
primera instancia frente a la urgencia de la muerte, pero que, al final, sólo
sirven para que los beneficiarios se acostumbren a depender del exterior y
pierdan el interés por su propia producción, sometida a una
competencia desleal desde el punto y hora en que el suministro humanitario
es de carácter gratuito.
Lo que los países en desarrollo necesitan no es tanto una ayuda permanente, y menos aún una grosera e interesada presión sobre sus hábitos demográficos, sino tecnología y comercio, y sobre todo una válvula de escape para sus excedentes de población. Con razón, los países suramericanos supieron responder en El Cairo a las pretensiones de Estados Unidos, el Banco Mundial y el F.P.N.U., afirmando que el alarmismo apocalíptico de los países ricos sólo responde a una concepción pesimista de la existencia, que no acaba de comprender que el ser humano no sólo dispone de una boca para comer, sino de una mente para pensar y de unos brazos para trabajar. Yo añadiría que responde también a una inconfesada falta de fe en la capacidad de la civilización occidental para absorber, y occidentalizar también, los aportes culturales que recibe y que espera recibir. Claro que una sociedad que no confía en la capacidad de su propio bagaje espiritual para atraer y convencer al recién llegado, no merece sino desaparecer. Los españoles, y los mediterráneos en general, que sabemos algo de mestizaje biológico y cultural porque hemos sabido enriquecernos con él y también exportarlo a lo largo de la Historia, deberíamos ser un buen referente para atender a las nuevas necesidades a que obliga el fenómeno de la inmigración. Más aún: tendremos que serlo, de grado o por fuerza, pues nadie puede poner vallas al campo, y seguramente sea imposible frenar el curso natural de las pateras. Aprendamos, pues, a manifestar sobre
el recién llegado aquel proverbial sentido hispánico de la hospitalidad,
y reforcemos, a la vez, los pilares sobre los que se asienta nuestra
civilización, no sólo para no perderla en el marasmo étnico que se nos
viene encima, sino porque seguramente descansen precisamente ahí los
mecanismos del más hondo, eficaz e indoloro mestizaje. Por más que el
ario se empeñe en ignorarlo. |
MIGUEL ARGAYA
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