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______________________________________________________________________________________________ VIDA, FAMILIA, "MATRIMONIO" HOMOSEXUAL (Cuatro artículos aparecidos en "Milenio Azul")
Miguel
Argaya Roca
CONSIDERACIONES
SOBRE LA VIDA, EL ABORTO VOLUNTARIO, LA CLONACIÓN HUMANA Y LA FECUNDACIÓN
ASISTIDA Primero: reconocer que es éste un tema que, por su gravedad, requiere poca retórica. En todo caso, fijar el nivel de la argumentación, que no puede ser meramente lacrimógeno, ni puramente cientifista, sino que debe partir de una definición concreta de la existencia humana individual, eso que somos todos y cada uno de nosotros. Sin tal definición, cualquier debate acabará siempre cerrado en falso, apelando a la casuística y a la conciencia personal, como así ocurre tantas veces con harto regocijo de los enemigos de la vida. Pretender
que el embrión no es un ser humano a las doce semanas, pero que sí lo es
a las doce semanas y un día, exige dar una explicación científica
acerca de lo que haya pasado en ese tiempo de relevante, de distinto
respecto de lo que pasaba antes; algo ciertamente difícil. Decir, en
cambio, que un ser humano no lo es todavía antes de la fecundación y sí
después, habiendo pasado décimas de segundo y fenómenos químicos
constatables y descriptibles entre ambas situaciones, es una aseveración
más que lógica, por más que el cigoto recién fecundado no se parezca
todavía a un ser humano adulto. La pregunta es si seremos tan egocéntricos
como para considerar que el único modelo fisiológico de ser humano es el
ser humano adulto. Y en tal caso, ¿de qué raza, de qué sexo, de qué
estatura, con qué facciones? ¿Es un bebé recién nacido un ser humano,
siendo tan distinto fisiológicamente de un anciano de ochenta años?
Alguien que desconociese el proceso de desarrollo de la existencia
individual humana podría pensar que se trata incluso de especies
diferentes. Está
claro que es el abortista quien tiene que proporcionar una definición
coherente y concreta de lo que piensa que es un ser humano individual.
Cosa que aún no ha hecho. Y para ello no basta remitirse a lo que diga la
ley. Si toda definición de ser humano se hace depender de las puras
decisiones parlamentarias, ¿quién asegura que un día -como ya fue- la
mayoría no proclame la “no humanidad” de deficientes, judíos o
gitanos? Lo
cierto es que no hay otra forma de acertar en esto que retrotraerse al
momento de la fecundación, y definir a todo ser humano como el resultado
de la unión celular de dos gametos humanos en un único ser diferenciado,
dotado de información genética humana completa y activa, y capaz de
generar, a falta de los nutrientes y el hábitat adecuado, un individuo
humano adulto. Algo que sólo empieza a pasar en el momento de la
fecundación. Ni antes, ni después. Y si se duda, si no se tiene claro
que el embrión sea un ser humano definitivo, aplíquese esa norma jurídica
muy extendida que hace referencia a que “en la duda, la resolución ha
de ser siempre a favor del reo” (in
dubio, pro reo). ¿Cómo, cabiendo la duda, escamotearle un privilegio
-el de la absolución por duda razonable- que la sociedad concede
generosamente a asesinos, violadores y genocidas? Una
vez aquí, se comprenderá por qué cualquier persona sensata debe
situarse moralmente en oposición radical a toda liberalización del
aborto voluntario. La vida humana individual, en cualquiera de sus fases
de existencia, está dotada de una Dignidad absoluta e intrínseca. Y en
esto no cabe relativización alguna: se es un ser humano o no se es, no
caben términos medios. La conciencia, aquí, no tiene otra cosa que hacer
que asentir a la Vida. Eso, o resignarse cada uno a esperar su particular
“San Martín” según el no siempre libre designio de las masas. Es
el propio sentido común, en última instancia, el que impele a todo
hombre de buena voluntad a oponerse radicalmente a toda posibilidad de
despenalización del aborto voluntario, incluidos los supuestos previstos
en la Ley Orgánica 9/85 de 5 de julio. Cualquier jurista medianamente
informado sabe que todo conflicto traumático de intereses entre la vida
de la madre y la del nasciturus quedaba ya perfectamente recogido y
legislado en el concepto legal del “estado de necesidad”, existente ya
en el Código Penal anterior al de 1985. No hacía falta, pues, explicitar
una casuística nueva como no fuera para abrir puertas a la total
despenalización práctica, como así ha sido. Bajo los supuestos de la
Ley Orgánica de 1985, el número de abortos legales anuales no sólo se
ha multiplicado por cinco entre 1997 y 2004, sino que lo ha hecho forzando
hasta el límite la voluntad de los legisladores: casi el 97 % de los
abortos practicados bajo la L.O. 9/85 lo han sido bajo un único supuesto,
el de la “salud psíquica” de la madre, auténtica tragadera legal
para salvar lo que podríamos llamar el “aborto vergonzante”, ése
“de siempre” dirigido a que la vecina no se entere de “lo que ha
hecho mi niña”. Realidad especialmente grave cuando se ha multiplicado
también, en la misma etapa y en la misma medida el número de embarazos
adolescentes. El aborto, obviamente, no ha servido de solución, sino más
bien de levadura para un problema, el de la creciente desinhibición de
nuestros jóvenes, convenientemente alentada y administrada, por cierto,
por ciertas desafortunadas campañas institucionales para extender el uso
del preservativo (recordemos el “póntelo, pónselo”), por los medios
de comunicación de masas (que inundan las pantallas de mensajes explícitamente
sexuales) y por las multinacionales del aborto, que las hay. Datos
recientes cifran en 209.780 euros los beneficios netos obtenidos en el año
2002 por la clínica abortista Dator, de Madrid. Y no hará falta recordar
las estrechas relaciones entre el Fondo para la Población de las Naciones
Unidas, encargada de las campañas pro-abortistas en el Tercer Mundo, y la
multinacional del aborto International Planet Parenthood Federation. Respeto
absoluto, por lo tanto, a la Dignidad y a la Vida humana en todas sus
fases de desarrollo. Un respeto sagrado que debe llevar a todo ciudadano
bien informado a rechazar también la clonación humana en laboratorio,
tanto si su fin es la mera investigación científica (eso que eufemísticamente
llaman “clonación terapéutica”) como si lo es facilitar la
reproducción de parejas naturalmente imposibilitadas para ello. En el
primer caso, por lo que tiene de utilización de la vida humana
individual, y en los dos -en el primero y en el segundo- porque supone la
destrucción intencionada de embriones catalogados significativamente como
“sobrantes”. ¡Como si alguna vida humana pudiera “sobrar”!
Recordemos que en la fecundación asistida son destruidos dos embriones
por cada uno que se implanta, y que en la llamada “clonación terapéutica”
se destruyen todos. En este último caso, la cosa es además dramáticamente
perversa, porque se está primando por los poderes públicos esa línea de
investigación, todavía muy problemática en lo que a resultados prácticos
se refiere, en detrimento de la investigación con células madre adultas,
que no supone demérito alguno a la Dignidad humana individual (se trabaja
con células no fecundadas) y sí que está obteniendo éxitos
apreciables. Claro que no son escasos los intereses económicos que están
en juego: las multinacionales de la investigación genética se frotan las
manos ante la posibilidad de contar con centenares de miles de embriones
actualmente congelados, es decir -usando terminología progresista-,
“sobrantes”.
A
TERRY LA MATARON MIENTRAS DORMÍA
Terry Schiavo ha muerto, y no precisamente de muerte natural. Catorce
largos días de sed y hambre han sido necesarios para doblegar el tenaz
impulso de supervivencia de su organismo, lo que no ha impedido a algunos
insistir en que Terry Schiavo quería morir. Claro, que el criminal
siempre encuentra razón justificada para sus actos. En este caso, el
criminal es un Sistema que devalúa la vida humana hasta dejarla en el
hueso, en su pura realidad racional, que es -desde Descartes- la única
verdad reconocible “por sí misma”, y -desde Kant- el único baremo de
la Dignidad individual. Lo hemos visto también en esa especie de casa de
los horrores que ha sido durante meses la sala de urgencias de un conocido
Hospital de Madrid: “éste paciente, que viva; éste no, que su vida no
lo vale, que no lo merece”.
Véase, pues, el peso que se ha hecho caer sobre Terry Schiavo; el peso de
un modelo de pensamiento que se ha llenado la boca de igualdad para luego
distinguir calidades de existencia humana en función de la capacidad o no
de raciocinio. Claro que, con tales premisas, el silogismo es nítido:
como la capacidad racional no es la misma en todos, tampoco ha de serlo su
Dignidad individual. Así, hemos podido oír estos días que la vida
humana vegetativa “no merece ser vivida”. Algo que, al parecer,
ignoraba el organismo inconsciente pero vivo -¡y de qué manera: catorce
días resistiendo!-de Terry Schiavo.
Desde luego, habrá que pensar en poner las barbas a remojo. Da hasta
miedo pensar qué Dignidad humana concede el Sistema todos aquellos que
cada noche, arrumbada la consciencia, duermen plácidamente en espera de
la mañana. Porque, nos lo parezca o no, Terry Schiavo dormía. No hacía
otra cosa que dormir -tal vez soñar- plácidamente su inconsciencia. De
hecho, a Terry Schiavo la mataron mientras dormía, aprovechando su noche
de muchas noches; esa noche que es también la nuestra... o que podría
serlo. ¿O no es verdad que un tercio de nuestra vida la pasamos
durmiendo? ¿A partir de qué noche comenzaremos a no ser ya rentables
para el Sistema? ¿Hay ya quien lleve la cuenta de nuestros momentos de
inconsciencia?
Lo que se ha hecho con Terry Schiavo ha sido, sin duda, un verdadero
asesinato, con premeditación, nocturnidad y ensañamiento. Ahora tan sólo
falta conocer el motivo; me refiero al motivo del marido para desear la
muerte de su esposa. Porque la cantilena de la compasión, aquí, no me
resulta creíble: si Terry no sentía ya nada, como dicen, ¿qué problema
había en mantenerla con vida, que es lo que su organismo reclamaba? Máxime
cuando sus propios padres abogaban por ello. Y si todavía sentía algo,
¿con qué cuajo retirarle la asistencia?
Quizá es que era hora ya de mover el papeleo: notarios, herencias, tal
vez un nuevo matrimonio más satisfactorio... Y tutti contenti.
Menos Terry, claro, que vino a dormirse un día ignorando que para muchos
su sueño no era vida. Una víctima más de aquellos que obviamente no
saben de sueños... ni tampoco de esperanza. Otra muesca en la culata del
doctor Mengele.
CONSIDERACIONES
SOBRE EL LLAMADO “MATRIMONIO HOMOSEXUAL”
De
entre los dos modelos de sociedad que la filosofía política presenta -el
que la ve como un hecho natural en la vida humana y el que la ve como una
convención artificial necesaria para impedir la lucha despiadada de
hombres que son “lobos para los otros hombres”-, yo me quedo con la
primera, la más optimista: la que entronca con la tesis de que el hombre
es un ser social por naturaleza. Una realidad que tiene a la familia como
núcleo básico e inevitable, y al matrimonio como su razón fundacional. Máxima
consideración, por tanto, debe la sociedad al matrimonio. Una consideración
que debe empezar por respetar lo que cada cosa es. Y el matrimonio, que
existe fundamentalmente como cauce natural para la procreación y la
crianza de los hijos, es una institución necesariamente heterosexual. Así
lo ha querido al menos la naturaleza, que es la que en última instancia
define el modo de reproducción de las especies. Algo que podrá gustar o
no, pero que no admite réplica. Como no la admite que el más adecuado
desarrollo psicológico de los hijos precisa, además, que las figuras
paterna y materna se correspondan con aquello que la naturaleza ha
decidido. Nacemos con la necesidad de tener como padre un referente
masculino, y como madre uno femenino, dos modelos de vida evidentemente
complementarios. El que muchos, por avatares de la vida, hayan crecido o
estén creciendo sin alguna de esas figuras no devalúa su necesidad, sino
que, en todo caso, la pone de manifiesto, como bien sabe aquél que carece
de una de ellas; y como saben todos los que dejan actuar en su vida al
sentido común: hace bien poco, podíamos leer en una revista de tonos
progresistas ciertos “consejos” sobre la crianza de los hijos
adoptados por parejas homosexuales, y se hacía especial hincapié en la
necesidad de que un miembro de la pareja asumiese permanentemente el rol
masculino, y el otro el femenino. Por algo sería. Lo
que está claro es que el matrimonio, como estatus jurídico, ha
privilegiado siempre determinada forma de convivencia (la pareja
heterosexual) sobre otras. Y ello a causa de su evidente utilidad social,
que no es otra que la crianza y la educación de la prole. Por eso se ha
dado y aun se da por no válido cuando se constata que hubo en origen, por
parte de alguno de los contrayentes, una clara voluntad contraria a la
procreación. Cuánto más si es la propia razón reproductiva de la
especie la que veta toda posibilidad, como ocurre inevitablemente a las
parejas homosexuales. Otra cosa son los matrimonios sin hijos por estériles
o por mayores, porque la ley es siempre inevitablemente genérica y ha de
dar por sentada en toda pareja heterosexual la posibilidad de procreación
y una plenitud psicológica natural para la educación del hijo. Como el
valor en el soldado, a la pareja heterosexual la capacidad natural de
procreación “se le supone”. A la homosexual, obviamente, no. El
hecho es que, desconectado de la procreación y crianza -o al menos de su
anhelo-, el matrimonio no pasa de ser un exceso jurídico innecesario.
Personas adultas que se quieren y viven juntas (hermanos, por ejemplo, o
amigos, o colegas) ha habido en todas las épocas, sin que las sociedades
hayan sentido nunca la necesidad de establecer mecanismos jurídicos para
legalizarlas. ¿Por qué hacerlo ahora con las parejas homosexuales, como
no sea para desvirtuar y pervertir lo que la naturaleza ha querido de
determinado modo, y no de otro?
MÁS
SOBRE EL “MATRIMONIO” HOMOSEXUAL
Algunas cosas ocurridas últimamente en nuestra maltratada patria me
fuerzan a entrar de nuevo en un tema que ya había tocado en estas páginas.
Parece que, tras años de presión un tanto histérica, los colectivos de
“gays” y lesbianas españoles han conseguido del gobierno un proyecto
de ley para la legalización de los matrimonios homosexuales. Y parece
también que una parte no pequeña de la sociedad se ha expresado
recientemente en contrario por las calles de Madrid. Me refiero a la gran
manifestación por la familia del día 18 de junio pasado (2005). He de
decir, a fuer de sincero, que yo estuve allí. Y que me alegró hacerlo,
pues vi vibrar a la gente y unirse en un solo clamor al margen de toda
pasión partidista. Señalan
los grupos homosexuales y sus defensores que la legislación actual los
discrimina al no permitirles el matrimonio. Creo que es una exageración.
Más allá de desahogos lacrimógenos, lo cierto es que en España un
hombre -o mujer- homosexual tiene tanto derecho a casarse, y de hecho
puede hacerlo, como lo tiene un hombre -o mujer- heterosexual. No hay,
pues, discriminación alguna. Las únicas condiciones que el Código Civil
español impone a quien quiere contraer matrimonio son que éste se
realice entre dos seres humanos capaces y de distinto sexo, y que ninguno
de los contrayentes esté sujeto a un matrimonio anterior. La legislación,
como vemos, no entra en las preferencias sexuales del contrayente, como
tampoco en si a éste le gustaría más ser bígamo (la creciente
inmigración islámica está aumentando esa posibilidad), ni en si,
marcado por instintos pederastas, le habría apetecido más casarse con
una menor de edad. Sólo le exige que acepte como punto de partida los
presupuestos del estado civil al que pretende adscribirse. Estos
presupuestos, obviamente, no son arbitrarios. La ley los establece para
velar por la seguridad de una institución que la sociedad considera
esencial para su supervivencia en el tiempo. De ahí la incidencia en lo
reproductivo. El que la sociedad no haya creído necesario hacer lo mismo
con otras instituciones sociales también hermosas, y sin duda útiles,
como la amistad, debería hacernos pensar en la importancia que el ser
humano de todas las épocas ha otorgado a la función reproductiva del
matrimonio, basada en la heterosexualidad y en la dualidad hombre-mujer.
Negar esto es negar la mayor del matrimonio. Porque, una vez abierta la
institución a la homosexualidad, ¿cómo negársela, por ejemplo, a un
individuo que viva solo y quiera seguir haciéndolo? ¿Podría éste
reclamar que la ley le permita ser considerado como “matrimonio” y
disfrutar así de los beneficios con que las sociedades protegen y amparan
ese estado civil? Desde luego, podría alegar que se ama, y para toda la
vida; podría incluso justificar que tiene vida sexual con su pareja, que
en este caso sería él mismo. Hago notar que con lo anterior quedan
puestas las bases para la legalización de un futuro “matrimonio
unisexual”. Se
me dirá que llevo el argumento al absurdo. Pero es que al absurdo ha sido
llevado ya por los mismos que defienden lo indefendible. Porque, en última
instancia, las cosas son como son, al margen de cómo nos gustaría que
fuesen. Límites, todos tenemos. Algunos nos incapacitan, incluso, para la
consecución de algunas de nuestras más entrañables ambiciones
personales. Mi padre, hace muchos años, quiso sacarse el título de patrón
de embarcaciones deportivas; su daltonismo se lo impidió. Sin embargo, no
se le ocurrió pedir la modificación de las condiciones -por otra parte lógicas-
que la ley establece para un título de esa naturaleza, y mucho menos
exigir que su modesto carnet de conducir automóviles le habilitase para
marear. Se tragó sus ilusiones de muchos años y dio por supuesta su
limitación, que no afecta por cierto a una mayoría de homosexuales. El
que algunos de ellos disfruten de lo que él no pudo no le hizo en cambio
considerarse nunca discriminado por ello. Lo
que a mí me gustaría ver en el colectivo homosexual es un poco de
humildad. Tanta, al menos, como la mostrada por mi padre. Da la impresión
de que, animados por no se qué poderes y no se qué medios, cegados por
las luminarias de su “día del orgullo gay” y por el miedo de todos
los demás a parecer intolerantes, los homosexuales han llegado a olvidar
lo que verdaderamente les hace humanos: el reconocimiento de que, como el
resto de los mortales, son seres limitados; que no son dioses; que no lo
pueden todo. Un error, en todo caso, que la naturaleza tardará poco en
hacerles comprender. Al tiempo. |
MIGUEL ARGAYA
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