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 VIDA, FAMILIA, "MATRIMONIO" HOMOSEXUAL

(Cuatro artículos aparecidos en "Milenio Azul")

 

Miguel Argaya Roca

 

 

CONSIDERACIONES SOBRE LA VIDA, EL ABORTO VOLUNTARIO, LA CLONACIÓN HUMANA Y LA FECUNDACIÓN ASISTIDA

   

Primero: reconocer que es éste un tema que, por su gravedad, requiere poca retórica. En todo caso, fijar el nivel de la argumentación, que no puede ser meramente lacrimógeno, ni puramente cientifista, sino que debe partir  de una definición concreta de la existencia humana individual, eso que somos todos y cada uno de nosotros. Sin tal definición, cualquier debate acabará siempre cerrado en falso, apelando a la casuística y a la conciencia personal, como así ocurre tantas veces con harto regocijo de los enemigos de la vida.

Si somos capaces de reconocer nuestra existencia individual como personas, deberemos ser capaces también de reconocer que esa existencia tuvo un origen, un momento crucial en que se crea. Fijar un tiempo mínimo de desarrollo para definir tal realidad existencial -una cierta cantidad de semanas, por ejemplo, desde la fecundación- es reconocer en última instancia que el momento crucial está en esa misma fecundación, que es el hecho desde el que se cuenta por ser el único suficientemente “claro y evidente” en la vida del embrión y del feto. Y esto no lo decimos nosotros; lo dice, inequívocamente, la ciencia. La reacción química que tiene lugar en cuanto el óvulo percibe la entrada del primer espermatozoide es tan automática (décimas de segundo) y blinda de tal manera la membrana que envuelve al óvulo, que la hace inasequible a cualquier nueva invasión. Esto sí que es un hecho claro y distinto, comprobable por medios técnicos en el laboratorio. En las condiciones óptimas de alimentación y habitabilidad, y sin intervención artificial ninguna, un óvulo fecundado dará lugar a un niño, cosa que nunca hará otra célula cualquiera de nuestro cuerpo, ni siquiera un óvulo no fecundado, por más que su información genética sea también inequívocamente humana. Lo evidente -y lo que al parecer hay que señalar- es que la existencia humana individual es un proceso, y que por ese punto de la fecundación, como por el del parto, hemos tenido que pasar todos sin exclusión.

Pretender que el embrión no es un ser humano a las doce semanas, pero que sí lo es a las doce semanas y un día, exige dar una explicación científica acerca de lo que haya pasado en ese tiempo de relevante, de distinto respecto de lo que pasaba antes; algo ciertamente difícil. Decir, en cambio, que un ser humano no lo es todavía antes de la fecundación y sí después, habiendo pasado décimas de segundo y fenómenos químicos constatables y descriptibles entre ambas situaciones, es una aseveración más que lógica, por más que el cigoto recién fecundado no se parezca todavía a un ser humano adulto. La pregunta es si seremos tan egocéntricos como para considerar que el único modelo fisiológico de ser humano es el ser humano adulto. Y en tal caso, ¿de qué raza, de qué sexo, de qué estatura, con qué facciones? ¿Es un bebé recién nacido un ser humano, siendo tan distinto fisiológicamente de un anciano de ochenta años? Alguien que desconociese el proceso de desarrollo de la existencia individual humana podría pensar que se trata incluso de especies diferentes.

Está claro que es el abortista quien tiene que proporcionar una definición coherente y concreta de lo que piensa que es un ser humano individual. Cosa que aún no ha hecho. Y para ello no basta remitirse a lo que diga la ley. Si toda definición de ser humano se hace depender de las puras decisiones parlamentarias, ¿quién asegura que un día -como ya fue- la mayoría no proclame la “no humanidad” de deficientes, judíos o gitanos?

Lo cierto es que no hay otra forma de acertar en esto que retrotraerse al momento de la fecundación, y definir a todo ser humano como el resultado de la unión celular de dos gametos humanos en un único ser diferenciado, dotado de información genética humana completa y activa, y capaz de generar, a falta de los nutrientes y el hábitat adecuado, un individuo humano adulto. Algo que sólo empieza a pasar en el momento de la fecundación. Ni antes, ni después. Y si se duda, si no se tiene claro que el embrión sea un ser humano definitivo, aplíquese esa norma jurídica muy extendida que hace referencia a que “en la duda, la resolución ha de ser siempre a favor del reo” (in dubio, pro reo). ¿Cómo, cabiendo la duda, escamotearle un privilegio -el de la absolución por duda razonable- que la sociedad concede generosamente a asesinos, violadores y genocidas?

Una vez aquí, se comprenderá por qué cualquier persona sensata debe situarse moralmente en oposición radical a toda liberalización del aborto voluntario. La vida humana individual, en cualquiera de sus fases de existencia, está dotada de una Dignidad absoluta e intrínseca. Y en esto no cabe relativización alguna: se es un ser humano o no se es, no caben términos medios. La conciencia, aquí, no tiene otra cosa que hacer que asentir a la Vida. Eso, o resignarse cada uno a esperar su particular “San Martín” según el no siempre libre designio de las masas.

Es el propio sentido común, en última instancia, el que impele a todo hombre de buena voluntad a oponerse radicalmente a toda posibilidad de despenalización del aborto voluntario, incluidos los supuestos previstos en la Ley Orgánica 9/85 de 5 de julio. Cualquier jurista medianamente informado sabe que todo conflicto traumático de intereses entre la vida de la madre y la del nasciturus quedaba ya perfectamente recogido y legislado en el concepto legal del “estado de necesidad”, existente ya en el Código Penal anterior al de 1985. No hacía falta, pues, explicitar una casuística nueva como no fuera para abrir puertas a la total despenalización práctica, como así ha sido. Bajo los supuestos de la Ley Orgánica de 1985, el número de abortos legales anuales no sólo se ha multiplicado por cinco entre 1997 y 2004, sino que lo ha hecho forzando hasta el límite la voluntad de los legisladores: casi el 97 % de los abortos practicados bajo la L.O. 9/85 lo han sido bajo un único supuesto, el de la “salud psíquica” de la madre, auténtica tragadera legal para salvar lo que podríamos llamar el “aborto vergonzante”, ése “de siempre” dirigido a que la vecina no se entere de “lo que ha hecho mi niña”. Realidad especialmente grave cuando se ha multiplicado también, en la misma etapa y en la misma medida el número de embarazos adolescentes. El aborto, obviamente, no ha servido de solución, sino más bien de levadura para un problema, el de la creciente desinhibición de nuestros jóvenes, convenientemente alentada y administrada, por cierto, por ciertas desafortunadas campañas institucionales para extender el uso del preservativo (recordemos el “póntelo, pónselo”), por los medios de comunicación de masas (que inundan las pantallas de mensajes explícitamente sexuales) y por las multinacionales del aborto, que las hay. Datos recientes cifran en 209.780 euros los beneficios netos obtenidos en el año 2002 por la clínica abortista Dator, de Madrid. Y no hará falta recordar las estrechas relaciones entre el Fondo para la Población de las Naciones Unidas, encargada de las campañas pro-abortistas en el Tercer Mundo, y la multinacional del aborto International Planet Parenthood Federation.

Respeto absoluto, por lo tanto, a la Dignidad y a la Vida humana en todas sus fases de desarrollo. Un respeto sagrado que debe llevar a todo ciudadano bien informado a rechazar también la clonación humana en laboratorio, tanto si su fin es la mera investigación científica (eso que eufemísticamente llaman “clonación terapéutica”) como si lo es facilitar la reproducción de parejas naturalmente imposibilitadas para ello. En el primer caso, por lo que tiene de utilización de la vida humana individual, y en los dos -en el primero y en el segundo- porque supone la destrucción intencionada de embriones catalogados significativamente como “sobrantes”. ¡Como si alguna vida humana pudiera “sobrar”! Recordemos que en la fecundación asistida son destruidos dos embriones por cada uno que se implanta, y que en la llamada “clonación terapéutica” se destruyen todos. En este último caso, la cosa es además dramáticamente perversa, porque se está primando por los poderes públicos esa línea de investigación, todavía muy problemática en lo que a resultados prácticos se refiere, en detrimento de la investigación con células madre adultas, que no supone demérito alguno a la Dignidad humana individual (se trabaja con células no fecundadas) y sí que está obteniendo éxitos apreciables. Claro que no son escasos los intereses económicos que están en juego: las multinacionales de la investigación genética se frotan las manos ante la posibilidad de contar con centenares de miles de embriones actualmente congelados, es decir -usando terminología progresista-, “sobrantes”.   

 

 

A TERRY LA MATARON MIENTRAS DORMÍA

 

    Terry Schiavo ha muerto, y no precisamente de muerte natural. Catorce largos días de sed y hambre han sido necesarios para doblegar el tenaz impulso de supervivencia de su organismo, lo que no ha impedido a algunos insistir en que Terry Schiavo quería morir. Claro, que el criminal siempre encuentra razón justificada para sus actos. En este caso, el criminal es un Sistema que devalúa la vida humana hasta dejarla en el hueso, en su pura realidad racional, que es -desde Descartes- la única verdad reconocible “por sí misma”, y -desde Kant- el único baremo de la Dignidad individual. Lo hemos visto también en esa especie de casa de los horrores que ha sido durante meses la sala de urgencias de un conocido Hospital de Madrid: “éste paciente, que viva; éste no, que su vida no lo vale, que no lo merece”.

    Véase, pues, el peso que se ha hecho caer sobre Terry Schiavo; el peso de un modelo de pensamiento que se ha llenado la boca de igualdad para luego distinguir calidades de existencia humana en función de la capacidad o no de raciocinio. Claro que, con tales premisas, el silogismo es nítido: como la capacidad racional no es la misma en todos, tampoco ha de serlo su Dignidad individual. Así, hemos podido oír estos días que la vida humana vegetativa “no merece ser vivida”. Algo que, al parecer, ignoraba el organismo inconsciente pero vivo -¡y de qué manera: catorce días resistiendo!-de Terry Schiavo.

    Desde luego, habrá que pensar en poner las barbas a remojo. Da hasta miedo pensar qué Dignidad humana concede el Sistema todos aquellos que cada noche, arrumbada la consciencia, duermen plácidamente en espera de la mañana. Porque, nos lo parezca o no, Terry Schiavo dormía. No hacía otra cosa que dormir -tal vez soñar- plácidamente su inconsciencia. De hecho, a Terry Schiavo la mataron mientras dormía, aprovechando su noche de muchas noches; esa noche que es también la nuestra... o que podría serlo. ¿O no es verdad que un tercio de nuestra vida la pasamos durmiendo? ¿A partir de qué noche comenzaremos a no ser ya rentables para el Sistema? ¿Hay ya quien lleve la cuenta de nuestros momentos de inconsciencia?

    Lo que se ha hecho con Terry Schiavo ha sido, sin duda, un verdadero asesinato, con premeditación, nocturnidad y ensañamiento. Ahora tan sólo falta conocer el motivo; me refiero al motivo del marido para desear la muerte de su esposa. Porque la cantilena de la compasión, aquí, no me resulta creíble: si Terry no sentía ya nada, como dicen, ¿qué problema había en mantenerla con vida, que es lo que su organismo reclamaba? Máxime cuando sus propios padres abogaban por ello. Y si todavía sentía algo, ¿con qué cuajo retirarle la asistencia?

    Quizá es que era hora ya de mover el papeleo: notarios, herencias, tal vez un nuevo matrimonio más satisfactorio... Y tutti contenti. Menos Terry, claro, que vino a dormirse un día ignorando que para muchos su sueño no era vida. Una víctima más de aquellos que obviamente no saben de sueños... ni tampoco de esperanza. Otra muesca en la culata del doctor Mengele.

 

 

CONSIDERACIONES SOBRE EL LLAMADO “MATRIMONIO HOMOSEXUAL”

 

De entre los dos modelos de sociedad que la filosofía política presenta -el que la ve como un hecho natural en la vida humana y el que la ve como una convención artificial necesaria para impedir la lucha despiadada de hombres que son “lobos para los otros hombres”-, yo me quedo con la primera, la más optimista: la que entronca con la tesis de que el hombre es un ser social por naturaleza. Una realidad que tiene a la familia como núcleo básico e inevitable, y al matrimonio como su razón fundacional.

Máxima consideración, por tanto, debe la sociedad al matrimonio. Una consideración que debe empezar por respetar lo que cada cosa es. Y el matrimonio, que existe fundamentalmente como cauce natural para la procreación y la crianza de los hijos, es una institución necesariamente heterosexual. Así lo ha querido al menos la naturaleza, que es la que en última instancia define el modo de reproducción de las especies. Algo que podrá gustar o no, pero que no admite réplica. Como no la admite que el más adecuado desarrollo psicológico de los hijos precisa, además, que las figuras paterna y materna se correspondan con aquello que la naturaleza ha decidido. Nacemos con la necesidad de tener como padre un referente masculino, y como madre uno femenino, dos modelos de vida evidentemente complementarios. El que muchos, por avatares de la vida, hayan crecido o estén creciendo sin alguna de esas figuras no devalúa su necesidad, sino que, en todo caso, la pone de manifiesto, como bien sabe aquél que carece de una de ellas; y como saben todos los que dejan actuar en su vida al sentido común: hace bien poco, podíamos leer en una revista de tonos progresistas ciertos “consejos” sobre la crianza de los hijos adoptados por parejas homosexuales, y se hacía especial hincapié en la necesidad de que un miembro de la pareja asumiese permanentemente el rol masculino, y el otro el femenino. Por algo sería.

Lo que está claro es que el matrimonio, como estatus jurídico, ha privilegiado siempre determinada forma de convivencia (la pareja heterosexual) sobre otras. Y ello a causa de su evidente utilidad social, que no es otra que la crianza y la educación de la prole. Por eso se ha dado y aun se da por no válido cuando se constata que hubo en origen, por parte de alguno de los contrayentes, una clara voluntad contraria a la procreación. Cuánto más si es la propia razón reproductiva de la especie la que veta toda posibilidad, como ocurre inevitablemente a las parejas homosexuales. Otra cosa son los matrimonios sin hijos por estériles o por mayores, porque la ley es siempre inevitablemente genérica y ha de dar por sentada en toda pareja heterosexual la posibilidad de procreación y una plenitud psicológica natural para la educación del hijo. Como el valor en el soldado, a la pareja heterosexual la capacidad natural de procreación “se le supone”. A la homosexual, obviamente, no.

El hecho es que, desconectado de la procreación y crianza -o al menos de su anhelo-, el matrimonio no pasa de ser un exceso jurídico innecesario. Personas adultas que se quieren y viven juntas (hermanos, por ejemplo, o amigos, o colegas) ha habido en todas las épocas, sin que las sociedades hayan sentido nunca la necesidad de establecer mecanismos jurídicos para legalizarlas. ¿Por qué hacerlo ahora con las parejas homosexuales, como no sea para desvirtuar y pervertir lo que la naturaleza ha querido de determinado modo, y no de otro?  

 

 

MÁS SOBRE EL “MATRIMONIO” HOMOSEXUAL

 

    Algunas cosas ocurridas últimamente en nuestra maltratada patria me fuerzan a entrar de nuevo en un tema que ya había tocado en estas páginas. Parece que, tras años de presión un tanto histérica, los colectivos de “gays” y lesbianas españoles han conseguido del gobierno un proyecto de ley para la legalización de los matrimonios homosexuales. Y parece también que una parte no pequeña de la sociedad se ha expresado recientemente en contrario por las calles de Madrid. Me refiero a la gran manifestación por la familia del día 18 de junio pasado (2005). He de decir, a fuer de sincero, que yo estuve allí. Y que me alegró hacerlo, pues vi vibrar a la gente y unirse en un solo clamor al margen de toda pasión partidista.

Señalan los grupos homosexuales y sus defensores que la legislación actual los discrimina al no permitirles el matrimonio. Creo que es una exageración. Más allá de desahogos lacrimógenos, lo cierto es que en España un hombre -o mujer- homosexual tiene tanto derecho a casarse, y de hecho puede hacerlo, como lo tiene un hombre -o mujer- heterosexual. No hay, pues, discriminación alguna. Las únicas condiciones que el Código Civil español impone a quien quiere contraer matrimonio son que éste se realice entre dos seres humanos capaces y de distinto sexo, y que ninguno de los contrayentes esté sujeto a un matrimonio anterior. La legislación, como vemos, no entra en las preferencias sexuales del contrayente, como tampoco en si a éste le gustaría más ser bígamo (la creciente inmigración islámica está aumentando esa posibilidad), ni en si, marcado por instintos pederastas, le habría apetecido más casarse con una menor de edad. Sólo le exige que acepte como punto de partida los presupuestos del estado civil al que pretende adscribirse.

Estos presupuestos, obviamente, no son arbitrarios. La ley los establece para velar por la seguridad de una institución que la sociedad considera esencial para su supervivencia en el tiempo. De ahí la incidencia en lo reproductivo. El que la sociedad no haya creído necesario hacer lo mismo con otras instituciones sociales también hermosas, y sin duda útiles, como la amistad, debería hacernos pensar en la importancia que el ser humano de todas las épocas ha otorgado a la función reproductiva del matrimonio, basada en la heterosexualidad y en la dualidad hombre-mujer. Negar esto es negar la mayor del matrimonio. Porque, una vez abierta la institución a la homosexualidad, ¿cómo negársela, por ejemplo, a un individuo que viva solo y quiera seguir haciéndolo? ¿Podría éste reclamar que la ley le permita ser considerado como “matrimonio” y disfrutar así de los beneficios con que las sociedades protegen y amparan ese estado civil? Desde luego, podría alegar que se ama, y para toda la vida; podría incluso justificar que tiene vida sexual con su pareja, que en este caso sería él mismo. Hago notar que con lo anterior quedan puestas las bases para la legalización de un futuro “matrimonio unisexual”.

Se me dirá que llevo el argumento al absurdo. Pero es que al absurdo ha sido llevado ya por los mismos que defienden lo indefendible. Porque, en última instancia, las cosas son como son, al margen de cómo nos gustaría que fuesen. Límites, todos tenemos. Algunos nos incapacitan, incluso, para la consecución de algunas de nuestras más entrañables ambiciones personales. Mi padre, hace muchos años, quiso sacarse el título de patrón de embarcaciones deportivas; su daltonismo se lo impidió. Sin embargo, no se le ocurrió pedir la modificación de las condiciones -por otra parte lógicas- que la ley establece para un título de esa naturaleza, y mucho menos exigir que su modesto carnet de conducir automóviles le habilitase para marear. Se tragó sus ilusiones de muchos años y dio por supuesta su limitación, que no afecta por cierto a una mayoría de homosexuales. El que algunos de ellos disfruten de lo que él no pudo no le hizo en cambio considerarse nunca discriminado por ello.

Lo que a mí me gustaría ver en el colectivo homosexual es un poco de humildad. Tanta, al menos, como la mostrada por mi padre. Da la impresión de que, animados por no se qué poderes y no se qué medios, cegados por las luminarias de su “día del orgullo gay” y por el miedo de todos los demás a parecer intolerantes, los homosexuales han llegado a olvidar lo que verdaderamente les hace humanos: el reconocimiento de que, como el resto de los mortales, son seres limitados; que no son dioses; que no lo pueden todo. Un error, en todo caso, que la naturaleza tardará poco en hacerles comprender. Al tiempo.

  (Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006)

         

 

MIGUEL ARGAYA

 

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