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______________________________________________________________________________________________ EL COOPERATIVISMO CONTEMPORÁNEO en
la revista digital Nuevo Criterio http://usuarios.lycos.es/Nuevo_Criterio/pagina_nueva_1.htm) Miguel
Argaya
El cooperativismo contemporáneo nace como una respuesta práctica del
obrerismo cristiano a las perversiones del sistema capitalista. Quizá por
eso, los primeros ensayos cooperativos se materializan precisamente entre
oficios artesanales, los más cohesionados desde un punto de vista
religioso-profesional y también los más motivados a la rebeldía por
haber contado, hasta bien poco tiempo antes, con gremios o cofradías
medianamente activas, suprimidas de un plumazo o drásticamente limitadas
por las nuevas legislaciones liberales. El movimiento cooperativo, de
hecho, enlaza antes con el mutualismo bajomedieval que con el socialismo.
Vale la pena señalar que, en sus comienzos, el cooperativismo no pasa de
ser un movimiento confuso e impreciso en objetivos y métodos; lo que no
impide que preceda en el tiempo al socialismo y acompañe al sindicalismo
en lo que algunos han llamado la "nebulosa inicial del movimiento
obrero". Las primeras cooperativas aparecen en Escocia durante la
segunda mitad del siglo XVIII. En 1828, existen ya en Inglaterra cerca de
quinientas tiendas cooperativas y obreras. Se trata, en todo caso, de una
reacción eminentemente práctica, desprovista en principio de todo
respaldo téorico porque no busca elaborar una réplica total al Sistema
sino sólo abrirle boquetes por donde respirar. Un pragmatismo que, desde
luego, le permite resolver problemas cotidianos y cercanos para los que ni
el sindicalismo ni el socialismo ofrecen solución.
Cuando las formulaciones teóricas aparecen, lo hacen, pues, de la mano de
intelectuales pequeñoburgueses o empresarios comprometidos con el
problema social. Podemos retrotraer su origen a lo que Marx llamó
despectivamente "socialismo utópico", aunque no tanto el
saintsimonismo, puramente tecnócrata y hasta ultraliberal, como el
mutualismo de King, Owen y Fourier.
Owen, por ejemplo, parte del rechazo claro a la lucha de clases; considera
que patronos y obreros tienen un mismo fin y, en consecuencia, propone la
instalación de una red de cooperativas de consumo y producción, así
como bolsas de intercambio de trabajo (una especie de "gremio"
reconstituido por el que debía pasar el control de todas las
actividades), modelo que no duda en implantar en su propia empresa, dotada
de un sistema de asistencia al trabajador con salas de recreo, jardín de
infancia y escuelas. Incluso llega a poner en práctica en Estados Unidos
una experiencia cooperativa de nueva planta, que llama "New Harmony"
y que no tarda en fracasar.
En 1829, por su parte, publica Fourier su Nouveau
monde industriel et sociétaire, donde imagina una sociedad
cooperativa constituida por "falanges" (comunidades de cerca de
2.000 personas, reunidas en "falansterios" bajo un régimen
global de vida y de trabajo compartido) y en la que dice que el producto
del trabajo debe asegurar, en primer lugar, la existencia digna de los
miembros de la comunidad, y el beneficio restante repartirse
proporcionalmente entre tres factores: 1/3 para el trabajo, 1/3 para el
capital y 1/4 para el talento. Hay que decir que Fourier no aspira a una
sociedad igualitaria, sino a que cada cual alcance la felicidad propia según
sus dotes y sus inclinaciones, logrando atraerse en ese intento a
numerosos seguidores, incluso a muchos "saintsimonianos", y
fundar una sociedad y un periódico que llama Le Phalanstère (posteriormente Le
Phalange).
El cooperativismo teórico, como tal, no puede sin embargo darse por
nacido hasta 1831, cuando Phillipe Bouchez proclama en el Journal
des sciencies morales et politiques su modelo de trabajo cooperativo,
una base teórica sobre la que, en 1832 y 1834, el propio Bouchez promueve
y constituye sendas
cooperativas de producción, la primera de carpinteros, y la segunda de
joyeros con el nombre, muy explícito, de “Asociación Cristiana de Orífices”
y que sobrevivirá cerca de cuarenta años.
Con todo, la experiencia cooperativa más afamada es la de Rochdale (un
barrio marginal de Manchester) en 1843. La crean, bajo el nombre de
“Sociedad de Pioneros Igualitarios de Rochdale”, veintiocho obreros
tejedores en paro con un capital inicial de 28 libras anuales, una por
cada partícipe, y resulta tan eficaz que en 1851 reúne ya a más de mil
quinientos socios.
En España, por su parte, el cooperativismo es relativamente temprano: el
primer ensayo apreciable lo protagoniza, ya en 1840, una barcelonesa
cooperativa de consumo formada por un centenar de familias. Son también
significativas en este sentido la primera cooperativa española de trabajo
asociado, instalada en Valencia en 1856 con el nombre de “La
Proletaria”; o la primera cooperativa de crédito española, fundada por
la sociedad “Los Papeleros” de Buñol en 1858, sólo una década más
tarde que la conocida y emblemática del burgomaestre Raiffeisen en
Heddendorf (Prusia renana), fechada en 1849.
Es digno de destacar, por otro lado, que el movimiento cooperativo, desde
su nacimiento, camina en paralelo el socialismo sin llegar nunca a
integrarse en él, por una repugnancia mutua que seguramente tiene su
origen en el muy diferente sustrato espiritual que alimenta a uno y otro.
El punto de ruptura, en todo caso, se ubica a la altura de 1864, año en
que se abre el primer almacén cooperativo al por mayor, la "Cooperative
Wholesale Society", y cuando la Primera Internacional, tras reconocer
al movimiento cooperativista el mérito de mostrar en la práctica la
posibilidad de suplantar con éxito el mecanismo de subordinación del
trabajo al capital, le niega sin embargo capacidad para imponerse al
sistema liberal por sí mismo, sin someterse a la disciplina de la
revolución socialista. Bajo estos presupuestos, en 1869 se celebra en
Londres, ya por separado, el Primer Congreso de la Cooperación Inglesa, y
en 1875 el Primer Congreso Cooperativo Internacional.
Socialismo y Cooperativismo seguirán desde ese momento caminos
divergentes, ya no sólo en sus fundamentos, sino incluso en su
estrategia: frente al socialismo marxista, que presenta una profecía (el
"paraíso" comunista) y trata de ahormar con ella el mundo, el
cooperativismo prefiere la extensión y la consolidación práctica del
movimiento, antes de ponerse a fijar bases teóricas. Bases que, por
cierto, tardan en llegar, lo que, sin duda, diluye la capacidad
revolucionaria del cooperativismo. Hasta 1886, por ejemplo, no se funda en
Plymouth la "Alianza Cooperativa Internacional", que celebra su
primer congreso en Londres nueve años después, en 1895.
Hay que decir que, al menos durante el siglo XIX, y ofreciendo mejores
precios y altas calidades, además de importantes mejoras sociales y
laborales (la primera empresa que introduce jornada de 8 horas y
vacaciones pagadas es una cooperativa impresora en 1905), las cooperativas
compiten ventajosamente con las pequeñas y medianas empresas
particulares, no siempre, evidentemente, con el beneplácito de éstas.
Podemos recordar al respecto el famoso boicot de los carniceros de
Glasgow, en 1897, contra el almacén cooperativo de la ciudad, llegando
incluso a amenazar a sus proveedores; o la fuerte polémica que enfrenta
entre 1895 y 1911 a los fabricantes suizos de calzado contra las
cooperativas del ramo.
Desde 1910, en cambio, el empresario convencional contraataca en el ámbito
del mercado, generalizando las sociedades por sucursales, lo que le
permite concentrar sus compras, aligerar el capítulo de gastos generales
y amplíar sus posibilidades de distribución. Duro golpe en principio,
pero también un acicate para el movimiento cooperativo, que no tarda en
idear fórmulas de concentración mediante la federación en cooperativas
de segundo grado, evitando así su más que previsible desaparición a
manos de la nueva competencia.
Los ataques, en todo caso, continúan, ahora de la mano de los nuevos
trust y cárteles, muy generalizados ya en los años veinte y a cuyos
intereses oligopolísticos han acabado las federaciones cooperativas por
amenazar. Es significativo el caso del trust sueco Kreuger que, en 1921,
trata de arruinar la cooperativa cerillera finlandesa utilizando
maliciosamente mecanismos de dumping.
La crisis de 1929, sin embargo, ofrece al movimiento posibilidades de
expansión, pues sólo las cooperativas, por sus características
organizativas, pueden permitirse mantener, e incluso bajar en algunos
casos, los precios al por menor; una competencia que ni el pequeño
comercio ni la pequeña y mediana industria están dispuestos a dejar
pasar. Se desencadena así una agresiva campaña que llega a presentar
episodios violentos (quema de establecimientos cooperativos) y fuerza a
las autoridades de numerosos países a la imposición de una legislación
anticooperativa: prohibición de apertura de nuevos establecimientos
cooperativos (Luxemburgo), o de hacerlo sin una autorización previa de
las Cámaras de Comercio (Austria), sobretasas fiscales (Francia),
limitación de las bonificaciones (Alemania), prohibición de comerciar al
por mayor (Japón). El triunfo de los totalitarismos fascistas agrava aún
en mayor medida la situación: prohibición total en Alemania e Italia,
graves amenazas a su subsistencia en la Francia de Vichy, encarcelamiento
de los jefes de cooperativas en Japón...
Es evidente que el cooperativismo aparece, cada vez más, como un enemigo
declarado de los abusos del capitalismo, y muro de contención de la
oligocracia. Por eso, para coordinar posturas, se convoca y celebra en
1937 un nuevo Congreso Cooperativo Internacional. Pero el zarpazo ha
dejado herido al movimiento.
Para colmo de males, durante la Guerra Mundial se multiplican en las zonas
en que aún se permite el cooperativismo los ensayos espurios, como los
economatos de empresa (tiendas para los empleados, creadas por un patrón
y administradas por un empleado pagado por ese mismo patrón), que acaban
por dar lugar a abusos notables y obligan a la A.C.I. a fijar los
principios morales de la cooperación, cosa que hace en el Congreso
Cooperativo Internacional de 1943:
*introducir en la economía y el comercio la armonía de la colaboración,
en lugar de la lucha económica, la envidia, la rivalidad y la competencia
viciosa.
*hacer del bienestar de cada hombre la responsabilidad de todos; y del
bienestar de todos el objetivo de cada uno.
*poner como fin de la organización económica, no el beneficio sino el
servicio.
En España, el movimiento cooperativo adquiere tintes de seriedad
alternativa sobre todo a partir de la Ley de Sindicatos Agrícolas de
1906, y empieza a ser regulado en la Ley de Sociedades Cooperativas de 31
de junio de 1931. Pero es en el régimen franquista donde cobra todo su
auge gracias, primero, a la Ley de 27 de octubre de 1938, y luego a la Ley
de Cooperación del 2 de enero de 1942, planteada bajo los auspicios del
ministro falangista Arrese, que es además el principal impulsor de los
principios de la cooperación en el nacionalsindicalismo: si en 1936 hay
en España, en activo, dos mil cooperativas, en 1961 suman casi diez mil
y, en 1972, cerca de doce mil. Hay que destacar entre todas ellas la de
Mondragón, fundada en 1956 sobre la base de un pequeño taller de estufas
y cocinas (ULGOR; luego FAGOR) con cinco operarios, que en 1959 crea ya su
propia cooperativa de crédito (Caja Laboral Popular) y que hoy engloba
noventa y cuatro cooperativas industriales, veintiséis agrícolas,
cuarenta y cuatro de enseñanza, diecisiete de vivienda, siete de
servicios y una de consumo.
Se trata, en todo caso, de una explosión que sigue en paralelo a la que
se produce en otras partes. En 1949, por ejemplo, hay ya cerca de 70.000
cooperativas de consumo en todo el mundo, que engloban a casi 30.000.000
de socios.
Con ese respaldo, el movimiento cooperativista alcanza su madurez teórica
en el Congreso de Viena de 1966, donde se aprueba una nueva declaración
de principios cooperativos con los siguientes puntos:
*adhesión libre y voluntaria (quedan excluidas las cooperativas de
afiliación obligatoria, como las de los países comunistas).
*control democrático de sus órganos gestores: las cooperativas se rigen
por órganos elegidos democráticamente según el principio de “un
hombre, un voto”. No obstante, cuando se trata de cooperativas
complejas, compuestas por varias cooperativas de menor tamaño, en los
niveles superiores de decisión se adecúa el valor de cada voto al tamaño
de la cooperativa.
*interés limitado al capital: la retribución al capital no puede estar
ligada a los beneficios obtenidos, sino a un interés prefijado en el
momento de suscribirlo.
*distribución equitativa de las plusvalías, proporcionalmente al trabajo
efectuado si se trata de una cooperativa de producción, o al gasto
efectuado si lo es de consumo.
*colaboración entre las cooperativas asociadas, mediante la adquisición
mutua de productos.
Son años de gran esplendor del movimiento, que en 1972 agrupa ya a cerca
de 550.000 empresas y a más de 250 millones de cooperativistas. Hay que
señalar, no obstante, que el proceso creciente de implantación del
cooperativismo en el mundo choca dramáticamente contra la crisis de 1973,
duro golpe sin duda para un proyecto cuya principal opción competitiva no
es precisamente la reducción de salario o de plantilla, como ocurre a la
empresa de modelo capitalista. Significativa es, al respecto, la crisis de
los Kibutz hebreos: si a la altura de 1969, en progresión creciente,
agrupaban a cerca de 93.000 cooperativistas, en 1988 se ha reducido la
cifra a sólo 80.000. El estancamiento, como se ve, es un hecho, por más
que esté sobradamente probado que la empresa cooperativa ofrece espontáneamente
una calidad superior de producto y de servicio, mayor seguridad en el
empleo y mejores condiciones de trabajo, y haya demostrado que el
trabajador puede organizarse por sí mismo con eficacia, que el patrono
como mero aportador de capital no es indispensable y que la abolición del
salario no es una utopía. Motivos todos ellos más que suficientes para
que se le tome nuevamente en serio, por encima de esa gran mentira que es,
en estos tiempos negros que vivimos, la globalización. |
MIGUEL ARGAYA
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