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 EL COOPERATIVISMO CONTEMPORÁNEO

  (Este artículo se publicó por primera vez el 1 de junio de 2000

en la revista digital Nuevo Criterio:

http://usuarios.lycos.es/Nuevo_Criterio/pagina_nueva_1.htm)

Miguel Argaya

 

        El cooperativismo contemporáneo nace como una respuesta práctica del obrerismo cristiano a las perversiones del sistema capitalista. Quizá por eso, los primeros ensayos cooperativos se materializan precisamente entre oficios artesanales, los más cohesionados desde un punto de vista religioso-profesional y también los más motivados a la rebeldía por haber contado, hasta bien poco tiempo antes, con gremios o cofradías medianamente activas, suprimidas de un plumazo o drásticamente limitadas por las nuevas legislaciones liberales. El movimiento cooperativo, de hecho, enlaza antes con el mutualismo bajomedieval que con el socialismo.

        Vale la pena señalar que, en sus comienzos, el cooperativismo no pasa de ser un movimiento confuso e impreciso en objetivos y métodos; lo que no impide que preceda en el tiempo al socialismo y acompañe al sindicalismo en lo que algunos han llamado la "nebulosa inicial del movimiento obrero". Las primeras cooperativas aparecen en Escocia durante la segunda mitad del siglo XVIII. En 1828, existen ya en Inglaterra cerca de quinientas tiendas cooperativas y obreras. Se trata, en todo caso, de una reacción eminentemente práctica, desprovista en principio de todo respaldo téorico porque no busca elaborar una réplica total al Sistema sino sólo abrirle boquetes por donde respirar. Un pragmatismo que, desde luego, le permite resolver problemas cotidianos y cercanos para los que ni el sindicalismo ni el socialismo ofrecen solución.

        Cuando las formulaciones teóricas aparecen, lo hacen, pues, de la mano de intelectuales pequeñoburgueses o empresarios comprometidos con el problema social. Podemos retrotraer su origen a lo que Marx llamó despectivamente "socialismo utópico", aunque no tanto el saintsimonismo, puramente tecnócrata y hasta ultraliberal, como el mutualismo de King, Owen y Fourier.

        Owen, por ejemplo, parte del rechazo claro a la lucha de clases; considera que patronos y obreros tienen un mismo fin y, en consecuencia, propone la instalación de una red de cooperativas de consumo y producción, así como bolsas de intercambio de trabajo (una especie de "gremio" reconstituido por el que debía pasar el control de todas las actividades), modelo que no duda en implantar en su propia empresa, dotada de un sistema de asistencia al trabajador con salas de recreo, jardín de infancia y escuelas. Incluso llega a poner en práctica en Estados Unidos una experiencia cooperativa de nueva planta, que llama "New Harmony" y que no tarda en fracasar.

        En 1829, por su parte, publica Fourier su Nouveau monde industriel et sociétaire, donde imagina una sociedad cooperativa constituida por "falanges" (comunidades de cerca de 2.000 personas, reunidas en "falansterios" bajo un régimen global de vida y de trabajo compartido) y en la que dice que el producto del trabajo debe asegurar, en primer lugar, la existencia digna de los miembros de la comunidad, y el beneficio restante repartirse proporcionalmente entre tres factores: 1/3 para el trabajo, 1/3 para el capital y 1/4 para el talento. Hay que decir que Fourier no aspira a una sociedad igualitaria, sino a que cada cual alcance la felicidad propia según sus dotes y sus inclinaciones, logrando atraerse en ese intento a numerosos seguidores, incluso a muchos "saintsimonianos", y fundar una sociedad y un periódico que llama Le Phalanstère (posteriormente Le Phalange).

        El cooperativismo teórico, como tal, no puede sin embargo darse por nacido hasta 1831, cuando Phillipe Bouchez proclama en el Journal des sciencies morales et politiques su modelo de trabajo cooperativo, una base teórica sobre la que, en 1832 y 1834, el propio Bouchez promueve y  constituye sendas cooperativas de producción, la primera de carpinteros, y la segunda de joyeros con el nombre, muy explícito, de “Asociación Cristiana de Orífices” y que sobrevivirá cerca de cuarenta años.

        Con todo, la experiencia cooperativa más afamada es la de Rochdale (un barrio marginal de Manchester) en 1843. La crean, bajo el nombre de “Sociedad de Pioneros Igualitarios de Rochdale”, veintiocho obreros tejedores en paro con un capital inicial de 28 libras anuales, una por cada partícipe, y resulta tan eficaz que en 1851 reúne ya a más de mil quinientos socios.

        En España, por su parte, el cooperativismo es relativamente temprano: el primer ensayo apreciable lo protagoniza, ya en 1840, una barcelonesa cooperativa de consumo formada por un centenar de familias. Son también significativas en este sentido la primera cooperativa española de trabajo asociado, instalada en Valencia en 1856 con el nombre de “La Proletaria”; o la primera cooperativa de crédito española, fundada por la sociedad “Los Papeleros” de Buñol en 1858, sólo una década más tarde que la conocida y emblemática del burgomaestre Raiffeisen en Heddendorf (Prusia renana), fechada en 1849.

        Es digno de destacar, por otro lado, que el movimiento cooperativo, desde su nacimiento, camina en paralelo el socialismo sin llegar nunca a integrarse en él, por una repugnancia mutua que seguramente tiene su origen en el muy diferente sustrato espiritual que alimenta a uno y otro. El punto de ruptura, en todo caso, se ubica a la altura de 1864, año en que se abre el primer almacén cooperativo al por mayor, la "Cooperative Wholesale Society", y cuando la Primera Internacional, tras reconocer al movimiento cooperativista el mérito de mostrar en la práctica la posibilidad de suplantar con éxito el mecanismo de subordinación del trabajo al capital, le niega sin embargo capacidad para imponerse al sistema liberal por sí mismo, sin someterse a la disciplina de la revolución socialista. Bajo estos presupuestos, en 1869 se celebra en Londres, ya por separado, el Primer Congreso de la Cooperación Inglesa, y en 1875 el Primer Congreso Cooperativo Internacional.

        Socialismo y Cooperativismo seguirán desde ese momento caminos divergentes, ya no sólo en sus fundamentos, sino incluso en su estrategia: frente al socialismo marxista, que presenta una profecía (el "paraíso" comunista) y trata de ahormar con ella el mundo, el cooperativismo prefiere la extensión y la consolidación práctica del movimiento, antes de ponerse a fijar bases teóricas. Bases que, por cierto, tardan en llegar, lo que, sin duda, diluye la capacidad revolucionaria del cooperativismo. Hasta 1886, por ejemplo, no se funda en Plymouth la "Alianza Cooperativa Internacional", que celebra su primer congreso en Londres nueve años después, en 1895.

        Hay que decir que, al menos durante el siglo XIX, y ofreciendo mejores precios y altas calidades, además de importantes mejoras sociales y laborales (la primera empresa que introduce jornada de 8 horas y vacaciones pagadas es una cooperativa impresora en 1905), las cooperativas compiten ventajosamente con las pequeñas y medianas empresas particulares, no siempre, evidentemente, con el beneplácito de éstas. Podemos recordar al respecto el famoso boicot de los carniceros de Glasgow, en 1897, contra el almacén cooperativo de la ciudad, llegando incluso a amenazar a sus proveedores; o la fuerte polémica que enfrenta entre 1895 y 1911 a los fabricantes suizos de calzado contra las cooperativas del ramo.

        Desde 1910, en cambio, el empresario convencional contraataca en el ámbito del mercado, generalizando las sociedades por sucursales, lo que le permite concentrar sus compras, aligerar el capítulo de gastos generales y amplíar sus posibilidades de distribución. Duro golpe en principio, pero también un acicate para el movimiento cooperativo, que no tarda en idear fórmulas de concentración mediante la federación en cooperativas de segundo grado, evitando así su más que previsible desaparición a manos de la nueva competencia.

        Los ataques, en todo caso, continúan, ahora de la mano de los nuevos trust y cárteles, muy generalizados ya en los años veinte y a cuyos intereses oligopolísticos han acabado las federaciones cooperativas por amenazar. Es significativo el caso del trust sueco Kreuger que, en 1921, trata de arruinar la cooperativa cerillera finlandesa utilizando maliciosamente mecanismos de dumping.

        La crisis de 1929, sin embargo, ofrece al movimiento posibilidades de expansión, pues sólo las cooperativas, por sus características organizativas, pueden permitirse mantener, e incluso bajar en algunos casos, los precios al por menor; una competencia que ni el pequeño comercio ni la pequeña y mediana industria están dispuestos a dejar pasar. Se desencadena así una agresiva campaña que llega a presentar episodios violentos (quema de establecimientos cooperativos) y fuerza a las autoridades de numerosos países a la imposición de una legislación anticooperativa: prohibición de apertura de nuevos establecimientos cooperativos (Luxemburgo), o de hacerlo sin una autorización previa de las Cámaras de Comercio (Austria), sobretasas fiscales (Francia), limitación de las bonificaciones (Alemania), prohibición de comerciar al por mayor (Japón). El triunfo de los totalitarismos fascistas agrava aún en mayor medida la situación: prohibición total en Alemania e Italia, graves amenazas a su subsistencia en la Francia de Vichy, encarcelamiento de los jefes de cooperativas en Japón...

        Es evidente que el cooperativismo aparece, cada vez más, como un enemigo declarado de los abusos del capitalismo, y muro de contención de la oligocracia. Por eso, para coordinar posturas, se convoca y celebra en 1937 un nuevo Congreso Cooperativo Internacional. Pero el zarpazo ha dejado herido al movimiento.

        Para colmo de males, durante la Guerra Mundial se multiplican en las zonas en que aún se permite el cooperativismo los ensayos espurios, como los economatos de empresa (tiendas para los empleados, creadas por un patrón y administradas por un empleado pagado por ese mismo patrón), que acaban por dar lugar a abusos notables y obligan a la A.C.I. a fijar los principios morales de la cooperación, cosa que hace en el Congreso Cooperativo Internacional de 1943:

        *introducir en la economía y el comercio la armonía de la colaboración, en lugar de la lucha económica, la envidia, la rivalidad y la competencia viciosa.

        *hacer del bienestar de cada hombre la responsabilidad de todos; y del bienestar de todos el objetivo de cada uno.

        *poner como fin de la organización económica, no el beneficio sino el servicio.

        En España, el movimiento cooperativo adquiere tintes de seriedad alternativa sobre todo a partir de la Ley de Sindicatos Agrícolas de 1906, y empieza a ser regulado en la Ley de Sociedades Cooperativas de 31 de junio de 1931. Pero es en el régimen franquista donde cobra todo su auge gracias, primero, a la Ley de 27 de octubre de 1938, y luego a la Ley de Cooperación del 2 de enero de 1942, planteada bajo los auspicios del ministro falangista Arrese, que es además el principal impulsor de los principios de la cooperación en el nacionalsindicalismo: si en 1936 hay en España, en activo, dos mil cooperativas, en 1961 suman casi diez mil y, en 1972, cerca de doce mil. Hay que destacar entre todas ellas la de Mondragón, fundada en 1956 sobre la base de un pequeño taller de estufas y cocinas (ULGOR; luego FAGOR) con cinco operarios, que en 1959 crea ya su propia cooperativa de crédito (Caja Laboral Popular) y que hoy engloba noventa y cuatro cooperativas industriales, veintiséis agrícolas, cuarenta y cuatro de enseñanza, diecisiete de vivienda, siete de servicios y una de consumo.

        Se trata, en todo caso, de una explosión que sigue en paralelo a la que se produce en otras partes. En 1949, por ejemplo, hay ya cerca de 70.000 cooperativas de consumo en todo el mundo, que engloban a casi 30.000.000 de socios.

        Con ese respaldo, el movimiento cooperativista alcanza su madurez teórica en el Congreso de Viena de 1966, donde se aprueba una nueva declaración de principios cooperativos con los siguientes puntos:

        *adhesión libre y voluntaria (quedan excluidas las cooperativas de afiliación obligatoria, como las de los países comunistas).

        *control democrático de sus órganos gestores: las cooperativas se rigen por órganos elegidos democráticamente según el principio de “un hombre, un voto”. No obstante, cuando se trata de cooperativas complejas, compuestas por varias cooperativas de menor tamaño, en los niveles superiores de decisión se adecúa el valor de cada voto al tamaño de la cooperativa.

        *interés limitado al capital: la retribución al capital no puede estar ligada a los beneficios obtenidos, sino a un interés prefijado en el momento de suscribirlo.

        *distribución equitativa de las plusvalías, proporcionalmente al trabajo efectuado si se trata de una cooperativa de producción, o al gasto efectuado si lo es de consumo.

        *colaboración entre las cooperativas asociadas, mediante la adquisición mutua de productos.

        Son años de gran esplendor del movimiento, que en 1972 agrupa ya a cerca de 550.000 empresas y a más de 250 millones de cooperativistas. Hay que señalar, no obstante, que el proceso creciente de implantación del cooperativismo en el mundo choca dramáticamente contra la crisis de 1973, duro golpe sin duda para un proyecto cuya principal opción competitiva no es precisamente la reducción de salario o de plantilla, como ocurre a la empresa de modelo capitalista. Significativa es, al respecto, la crisis de los Kibutz hebreos: si a la altura de 1969, en progresión creciente, agrupaban a cerca de 93.000 cooperativistas, en 1988 se ha reducido la cifra a sólo 80.000. El estancamiento, como se ve, es un hecho, por más que esté sobradamente probado que la empresa cooperativa ofrece espontáneamente una calidad superior de producto y de servicio, mayor seguridad en el empleo y mejores condiciones de trabajo, y haya demostrado que el trabajador puede organizarse por sí mismo con eficacia, que el patrono como mero aportador de capital no es indispensable y que la abolición del salario no es una utopía. Motivos todos ellos más que suficientes para que se le tome nuevamente en serio, por encima de esa gran mentira que es, en estos tiempos negros que vivimos, la globalización.

  (Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006)

         

 

MIGUEL ARGAYA

 

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