Hasta hace unos años pertenecí a un
grupo de operófilos llamado el Club Verdiano dei 27, en honor a
Giuseppe Verdi y sus 27 óperas, particular selección que se hacía al
descontar a 2 de ellas por ser versiones corregidas de 2 ya
existentes y al agregar al Réquiem como uno más de sus dramas
musicales.
Así despachan los appassio- nati verdianos el supuesto
problema de si esta misa de difuntos es o no una ópera en latín y
con estructura litúrgica.
Sin tomar partido por lo que me parece una discusión
bizantina, como estudioso de la obra verdiana encuentro particular
placer en las sintonías musicales existentes entre el Réquiem y sus
óperas: comparte el sonido de su etapa de madurez y anuncia el de
sus 2 últimas obras maestras, compuestas casi 25 años después. En
sus melodías e instrumentación, se puede evocar a la inmediata Aida,
Don Carlos, La for- za del destino y las escenas tenebrosas de Un ballo in maschera. Incluso el plantel vocal remite a ellas: el bajo
es el mismo perfil de sus reyes, monjes o sacerdotes; el tenor tiene
el mismo color de los héroes de estas óperas; la mezzosoprano tiene
exactamente la misma vocalidad (e incluso frases similares) de su
Amneris (Aida) y el hecho de que la soprano que estrenara la obra
fuese la misma creadora de su princesa etíope y de su For- za del
destino en Milán confirman esta identidad.
En todo esto me entretuve pensando mientras escuchaba la
mediocre versión del Réquiem verdiano que nos deparara la Orquesta
Sinfónica de Venezuela, bajo la vulgar, zafia y excesivamente
terrena dirección de Irwin Hoffman (con concepciones metronómicas
invertidas: lento y marcial el apocalíptico "Dies Irae", mientras se
apuraba en pasajes patéticos como el "Lacrimosa" y el crucial
"Libera me") y un apocado cuarteto vocal formado por los venezolanos
Eleonora Troncone, soprano; la mezzo Katiuska Rodríguez;
el barítono Juan Tomás
Martínez; y el tenor invitado de México Dante Alcalá.
Comencemos por el foráneo, quien cantó con timbre
cubierto ya no por un velo sino por una cortina, tal era su opacidad
y forzamiento. Salvó misteriosamente el aria "Ingemisco", pero
arruinó el angélico "Hostias", mientras era absolutamente sordo en
los conjuntos.
Del patio sólo salvaremos a la mezzo Rodríguez, en una
de sus mejores y más redondas interpretaciones, a despecho de cierta
inexpresividad (el latín no es excusa para descuidar fraseos e
intenciones) y de la lisura de ciertos pianissimi. Martínez, fuera
de cuerda (como se dijo, la parte es de bajo, en la infalible
psicología del papel y el color vocal verdianos), nasalizó sus
líneas en extremo, y la Troncone convirtió su parte en la más
incomprensible: esperar llegar al final para su apoteósico solo con
el coro, en el desesperado y lacerante "Libera me"...
y ¡no oírse!, pues con su timbre ligero todas las líneas
centrales, las mismas de las dramáticas Leonora, Elisabetta y Aida,
fueron exiguas y arropadas por la sección de cuerdas que las dobla.
Muy bellos sus pianissimi, pero cantar bien los agudos no lo es todo
en la lírica.
El Coro del Teatro Teresa Carreño comenzó muy bien en el
"Introito", pero los desbalances orquestales de Hoffman y su pasión
por la marca militar los desdibujó desde el mismo "Dies Irae", para
no resucitar ya más de entre los muertos