CAPÍTULO SEPTIMO

La revolución

En el verano de 1915 cayeron sobre nuestras líneas los primeros manifiestos lanzados por aviadores enemigos.

A parte de algunas variaciones en la forma de su redacción, el contenido era siempre el mismo: que la miseria en Alemania aumentaba a diario; que la guerra duraría indefinidamente y que las posibilidades del triunfo para Alemania eran cada vez menores; que el pueblo alemán anhelaba por eso la paz, siendo sólo el "militarismo" y el "Kaiser" los que se oponían a ello; que el mundo entero, bien informado de estos antecedentes, no hacía la guerra propiamente contra el pueblo alemán, sino exclusivamente contra el único culpable: el Emperador Guillermo II; que la lucha no terminaría hasta que este enemigo de la humanidad pacífica hubiera sido eliminado, pero que las naciones libres y democráticas acogerían, después de la guerra, al pueblo alemán en el seno de la Liga de la paz mundial, al cual quedaría asegurada en el momento en que el "militarismo" prusiano fuera destruido, etc, etc.

En general tales experimentos provocaban por entonces sólo hilaridad entre nosotros.

Pronto debió llamarnos especialmente la atención uno de los aspectos de esa propaganda. Era el hecho de que en cada sector del frente donde actuaban bávaros, los volantes enemigos instigaban sistemáticamente contra Prusia, afirmando, por una parte, que Prusia era la única culpable y responsable de la guerra, y por otra, que contra Baviera precisamente no existía la más mínima animadversión; pero que, claro, era imposible prestarle ayuda, mientras estuviese al servicio del militarismo prusiano, sacando para este las castañas del fuego.

Ya en 1915 comenzó a producir ciertos resultados esa forma de influenciación. La excitación contra Prusia se hizo visible entre la tropa, sin que desde las esferas comandantes se dejase sentir una contracción eficaz.

A partir de 1916 la propaganda enemiga obtuvo éxitos manifiestos; asimismo las cartas quejumbrosas que venían desde los hogares, hacía tiempo que surtían su efecto.

Sugestivas revelaciones hiciéronse notorias desde aquel año. Los combatientes protestaban y "refunfuñaban", mostraban su descontento sobre muchos aspectos y hasta se exacerbaban con razón. Mientras ellos en el frente sufrían hambre y privaciones y los suyos en el hogar soportaban todo género de miserias, en otras partes reinaba la abundancia y la disipación. Evidentemente que incluso en el mismo teatro de operaciones no todo andaba en orden. Pero con todo, estas cosas no dejaban de ser cuestiones de orden "interno". El mismo soldado que minutos antes vituperaba y gruñía, cumplía luego silenciosamente su deber, y la misma compañía que había mostrado su descontento, aferrábase después a la trinchera que tenía que defender, como si el futuro de Alemania hubiese dependido de aquellos cien metros de barrosas zanjas. ¡Ese era todavía el frente del viejo y glorioso ejército de héroes!

Los últimos días de septiembre de 1916 mi división entró a actuar en la batalla del Somme. Para nosotros fue esta la primera de las monstruosas batallas de material que debieron seguir y cuya impresión muy difícilmente se puede describir – aquello era más infierno que guerra.

El 7 de octubre caí herido.

Habían transcurrido dos años desde la última vez que estuve en la patria, un lapso infinitamente largo bajo los rigores de la guerra. A medida que nuestro tren se aproximaba a la frontera cada uno de nosotros sentía una profunda inquietud interior.

Fui enviado al hospital militar de Beelitz, cerca de Berlín, ¡Qué cambio! Del barro de la batalla del Somme a las blancas camas de aquel maravilloso edificio.

Desgraciadamente este ambiente debió serme también nuevo en otro sentido. El espíritu inquebrantable del ejército en el frente parecía no tener ya cabida allí. En este lugar oí por primera vez algo que se desconocía en el frente: la ponderación de la propia cobardía.

Restablecido, en cuanto pude caminar, se me dio permiso para trasladarme a Berlín. Pobreza amarga se revelaba en todas partes. La ciudad de los millones padecía hambre. Dominaba el descontento. En los sitios frecuentados por soldados el estado de ánimo era parecido al que reinaba en el hospital. Se recibía la impresión de que aquellos elementos buscaban deliberadamente esos lugares para propagar su pesimismo.

Aún mucho más decepcionantes eran las circunstancias de Munich. Creí no volver a reconocer aquella ciudad cuando después de abandonar el hospital de Beelitz, fui allí destinado a un batallón de reserva. Por doquier: malhumor, decaimiento, vituperios. Hasta en el mismo batallón se notaba una depresión profunda. Contribuía a ello el trato demasiado torpe que se daba a los evacuados por parte de viejos oficiales instructores, que jamás habían estado en el frente y que por lo mismo sólo muy relativamente eran capaces de armonizar con los combatientes veteranos, que poseían ciertas particularidades adquiridas durante su permanencia en el teatro de la guerra, que resultaban incompresibles para los jefes de la tropa de reserva. Contrariamente, era natural que el oficial venido del frente mereciese por parte de esa tropa mayor respeto que un comandante de etapas. Pero aún prescindiendo de todo esto, el estado general de ánimo era miserable: el emboscarse se consideraba casi como una prueba de inteligencia superior, en cambio, la firme lealtad como una característica de debilidad moral o de estupidez. Las oficinas estaban ocupadas por elementos judíos; casi todo amanuense era un judío y todo judío un amanuense. Me asombraba ver aquí tantos "combatientes" del pueblo elegido y no podía menos que comparar su número con los escasos representantes que de ellos había en el frente.

En el aspecto económico, la situación era todavía peor, pues ahí es donde el elemento judío había llegado a hacerse realmente "indispensable".

Mientras el judío esquilmaba a toda la nación y la sojuzgaba, agitábase al pueblo bávaro contra los "prusianos". Yo veía en esa agitación la más genial artimaña del judío para desviar la atención general concentrada sobre su persona.

La maldita discordia existente entre los Estados federales del Reich se me había hecho insoportable y me sentía dichoso ante la idea de volver al frente de batalla, para lo cual ya al llegar a Munich había presentado mi solicitud.

A principios de marzo de 1917 me encontraba nuevamente en mi regimiento.

La depresión reinante en el ejército parecía haber alcanzado su punto culminante a fines de 1917. Después del desastre ruso, todo el ejército cobró nuevos bríos y nuevas esperanzas; pero ante todo la derrota italiana ocurrida en el otoño de ese año, provocó un maravilloso efecto, pues en esa victoria nuestra, pudo verse una prueba de la posibilidad de romper también la resistencia enemiga no sólo en el frente ruso. Otra vez una fe grandiosa invadió los corazones de millones de hombres y así, llenos de confianza, esperábamos la primavera de 1918.

Pero mientras en el teatro de operaciones se hacían los últimos preparativos para poner término a la eterna lucha; mientras inacabables convoyes, transportando hombres y material bélico, se dirigían hacia el frente occidental y cuando, en fin, las tropas recibían instrucciones para la gran ofensiva, debió producirse en Alemania la mayor de las iniquidades de toda la guerra.

¡Se había organizado la huelga de municiones!

Cierto es que esta huelga no alcanzó el éxito anhelado, al tratarse del encarecimiento de elementos bélicos en el frente, porque estalló prematuramente, de suerte que la falta de municiones no fue tan grande como para poder llevar al ejército a la ruina tal como lo previera el plan de los organizadores. Mucho más desastroso, en cambio, fue el efecto moral que causó.

Había que preguntarse, primero: ¿Por qué el ejército seguía luchando si es que el pueblo mismo no quería la victoria? ¿A qué conducían entonces los enormes sacrificios y las privaciones? El soldado peleaba por la victoria, y el país le oponía la huelga. Y segundo: ¿Cuál fue la impresión producida en el ánimo del enemigo?

En el invierto de 1917-1918 aparecieron por primera vez nubarrones en el firmamento del mundo aliado. El miedo, el horror, se había infiltrado en el ánimo de los combatientes adversarios, fanáticamente convencidos hasta aquel momento. Se temía la primavera venidera. Porque si hasta aquel momento no se había conseguido romper la resistencia alemana concentrada sólo parcialmente en el frente occidental, ¿cómo contar con la victoria ahora que parecía acumularse para la ofensiva en ese frente, toda la energía guerrera de la nación asombrosamente heroica?

En tales circunstancias estalló la guerra en alemanía.

El mundo quedó estupefacto en el primer momento, pero en seguida, como librándose de una pesadilla, la propaganda anti-alemana se lanzó a explotar aquella ventaja en la hora suprema. Súbitamente se había encontrado el recurso capaz de levantar el ánimo deprimido de las tropas aliadas. De nada les servirá a los alemanes –se decía- obtener cuantas victorias quiera, puesto que en su país no habrá de ser el ejército vencedor quien haga su entrada triunfal, sino la revolución

Esta es la creencia que comenzó a inculcar en el alma de sus lectores la prensa inglesa, francesa y americana, mientras la acción de una habilísima propaganda levantaba la moral de las tropas en el frente.

Este fue el resultado de la huelga de municiones que, en los pueblos enemigos, reconfortó la fe en la victoria eliminando a su vez la desesperación enervante que cundía en el frente aliado y haciendo, en consecuencia, que miles de soldados alemanes tuvieran que pagar aquel error del pueblo con el tributo de su sangre. Los promotores de tan infame huelga fueron luego nada menos que los aspirantes a los más altos cargos públicos en la inmediata Alemania de la revolución.

Había tenido la suerte de poder tomar parte en las dos primeras y en la última de las ofensivas del ejército en el frente occidental.

De ellas conservo las más hondas impresiones de mi vida, hondas precisamente porque en 1918 por última vez la lucha perdía su carácter defensivo para trocarse en acción de ataque, como al comienzo de la guerra en 1914.

En el verano de 1918 notábase una pesada atmósfera en todo el frente. La discordia reinaba en la patria. ¿Y por qué? Múltiples rumores circulaban en los diversos sectores de las tropas del ejército en campaña. Se decía que ya la guerra no tenía más perspectivas y que sólo los locos podían confiar todavía en la victoria; que el pueblo alemán no tenía ya interés en mantener la resistencia y que únicamente los capitalistas y la monarquía estaban interesados en ello. Todo esto venía desde la patria y era comentado en el frente.

Al principio los combatientes reaccionaron aunque débilmente ante aquella propaganda. ¿Qué nos importaba el sufragio universal? ¿Acaso para eso habíamos luchado durante cuatro largos años?.

Los probados elementos del frente de batalla eran muy poco susceptibles de adaptarse a la nueva finalidad de guerra que predicaban los señores Ebert, Scheidemann, Barth, Liebknecht y otros. No podía comprenderse cómo de un momento a otro los emboscados resultaban con derecho a atribuirse, por encima del ejército, la hegemonía del Estado.

Mi punto de vista personal fue firme desde el primer momento; odiaba profundamente a toda esa caterva de miserables y defraudadores políticos partidistas. Hacía mucho tiempo que veía claramente que la obra de esa camada de individuos no buscaba en realidad el bienestar de la nación, sino simplemente el propósito de llenar sus bolsillos vacíos. Y el hecho de que ellos fuesen capaces de sacrificar a todo el pueblo y si era necesario llevar también a Alemania a la ruina, hizo que los considerase ya desde entonces, maduros para la horca. Ceder ante sus deseos implicaba sacrificar los intereses del pueblo trabajador en provecho de un grupo de timadores, y satisfacerlos, sólo era posible al precio de renunciar a Alemania. Así pensaba – como yo- la gran mayoría del ejército en campaña.

En agosto y septiembre aumentaron rápidamente los síntomas de disociación, a pesar de que el efecto de la ofensiva enemiga no podía compararse jamás con el horror de las batallas de nuestra acción defensiva de otros tiempos. Las batallas del Somme y de Flandes han quedado en este orden como algo sin precedentes para la posteridad.

A fines de septiembre, mi división volvió a ocupar por tercera vez las mismas posiciones que otrora asaltáramos con nuestros jóvenes regimientos de voluntarios.

¡Qué de recuerdos!

Ahora, en el otoño de 1918, los hombres habían cambiado: se hacía política entre la tropa. El veneno que venía de la retaguardia, comenzó a hacer también aquí, como en todas partes, su ponzoñoso efecto. Las nuevas reservas fracasaron completamente - ¡venían de la retaguardia!

En la noche del 13 al 14 de octubre los ingleses empezaron a lanzar granadas de gas en el frente sur del sector Ypres. Empleaban el gas "cruz amarilla" cuyos efectos no nos eran todavía conocidos por propia experiencia. Yo debí, pues, aquella noche experimentarlos también. Hacía la media noche ya una parte de nuestra tropa quedó inutilizada y algunos camaradas malogrados para siempre. Al amanecer, también yo fui presa de terribles dolores que de cuarto en cuarto de hora se hacían más intensos. A las 7 de la mañana, tropezando y tambaleándome me dirigía hacia la retaguardia llevando aun mi último parte de guerra del campo de batalla.

Algunas horas más tarde mis ojos estaban convertidos en ascuas y las tinieblas dominaban en torno mío.

En estas condiciones se me trasladó al hospital de Pasewalk, en Pomeramia, donde debía pasar la época de la revolución.

Rumores desfavorables venían a menudo desde los círculos de la marina, donde se decía que fermentaban los ánimos. Pero todo esto me parecía ser más el producto de la fantasía de unos cuantos, que un asunto de trascendencia. Bien es cierto que en el hospital mismo todo el mundo hablaba de una ansiada pronta conclusión de la guerra, pero nadie imaginaba que esa conclusión habría de producirse de improviso. Yo estaba imposibilitado de leer periódicos.

En el mes de noviembre aumentó la efervescencia general.

Y un día la catástrofe irrumpió bruscamente. Los marinos llegaron en camiones, proclamando la revolución. Unos cuantos mozalbetes judíos, eran los cabecillas de esta lucha por la "libertad, la belleza y la dignidad" de la existencia de nuestro pueblo. ¡Ni uno solo de ellos había estado en la línea de fuego!

Mi salud había experimentado mejoría en la última temporada. El dolor punzante en las cavidades de los ojos fue desapareciendo y poco a poco puede volver a distinguir vagamente los contornos de los objetos. Me alentaba la confianza de recobrar la vista, pensando que por lo menos quedaría habilitado para ejercer alguna profesión. Naturalmente había perdido la esperanza de poder algún día volver a dibujar como en los años de mi juventud. Estaba, pues, en vías de restablecimiento cuando ocurrió aquello tan horrible.

El 10 de noviembre vino el Pastor del Hospital para dirigirnos algunas palabras; fue entonces cuando lo supimos todo. El venerable anciano parecía temblar intensamente al comunicarnos que la Casa de los Hohenzollern había dejado de llevar la corona imperial alemana y que el Reich se había erigido en "república". Pero cuando él siguió informándonos que nos habíamos visto obligados a dar término a la larga contienda, que nuestra patria, por haber perdido la guerra y estar ahora a la merced del vencedor, quedaba expuesta en el futuro a graves humillaciones; que el armisticio debía ser aceptado confiando en la generosidad de nuestros enemigos de antes, entonces no pude más. Mis ojos se nublaron y a tientas regresé a la sala de enfermos, donde me dejé caer sobre mi lecho, ocultando mi confundida cabeza entre las almohadas.

Desde el día en que me vi ante la tumba de mi madre, no había llorado jamás. Cuando en mi juventud el destino me golpeaba despiadadamente, mi espíritu se reconfortaba; cuando en los largos años de la guerra, la muerte arrebataba de mi lado a compañeros y camaradas queridos, habría parecido casi un pecado el sollozar ¡morían por Alemanía! Y cuando finalmente, en los últimos días de la terrible contienda, el gas deslizándose imperceptiblemente, comenzara a corroer mis ojos y yo, ante la horrible idea de perder para siempre la vista, estuviera a punto de desesperar –la voz de la conciencia clamó en mí: ¡Infeliz! ¿llorar mientras miles de camaradas sufren cien veces más que tú? Y mudo soporté mi destino. Pero ahora era diferente, porque ¡todo sufrimiento material desaparecía ante la desgracia de la patria!

Todo había sido, pues, inútil; en vano todos los sacrificios y todas las privaciones; inútiles los tormentos del hambre y de la sed, durante meses interminables; inútiles también todas aquellas horas en que, entre las garras de la muerte, cumplíamos, a pesar de todo, nuestro deber; infructuoso, en fin, el sacrificio de dos millones de vidas. ¿Acaso habían muerto para eso los soldados de agosto y septiembre de 1914 y luego seguido su ejemplo, en aquel mismo otoño, los bravos regimientos de jóvenes voluntarios? ¿Acaso para eso cayeron en la tierra de Flandes aquellos muchachos de 17 años? ¿Pudo haber sido la razón de ser del sacrificio ofrendado a la patria por las madres alemanas, cuando con el corazón sangrante despedían a sus más queridos hijos, para jamás volverlos a ver? ¿Debió suceder todo esto para que ahora un montón de miserables se apoderase de la patria?

Cuanto más me empeñaba, en aquella hora, por encontrar una explicación para el fenómeno operado, tanto más me ruborizaban la vergüenza y la indignación. ¿Qué significaba para mí todo el tormento físico en comparación de la tragedia nacional?

Los que siguieron fueron días de horrible incertidumbre y noches peores todavía –sabía que todo estaba perdido. Confiar en la generosidad del enemigo podía ser solamente cosa de locos o bien de embusteros o criminales. Durante aquellas vigilias germinó en mí el odio contra los promotores del desastre.

Guillermo II había sido el primero que, como emperador alemán, tendiera la mano conciliadora a los dirigentes del marxismo, sin darse cuenta de que los villanos no saben del honor. Mientras en su diestra tenían la mano del Emperador con la izquierda buscaban el puñal.

Con los judíos no caben compromisos; para tratar con ellos no hay sino un "sí" o un "no" rotundos.

¡Había decidido dedicarme a la política!

 

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