CAPÍTULO QUINTO

La guerra mundial

Nada me había contristado tanto en los agitados años de mi juventud como la idea de haber nacido en una época que parecía erigir sus templos de gloria exclusivamente para comerciantes y funcionarios. Las fluctuaciones de la historia universal daban la impresión de haber llegado a un grado tal de aplacamiento, que bien podía creerse que el futuro pertenecía realmente sólo a la "competencia pacífica de los pueblos" o lo que es lo mismo, a una tranquila y mutua ratería con exclusión métodos violentos de defensa. Los diferentes Estados iban asumiendo cada vez más el papel de empresas que se socavaban recíprocamente y que también recíprocamente se arrebataban clientes y pedidos, tratando de aventajarse los unos a los otros por todos los medios posibles, y todo esto en medio de grandes e inofensivos aspavientos. Semejante evolución no solamente parecía persistir, sino que por recomendación universal debía también en el futuro transformar el mundo en un único gigantesco bazar en cuyos halls se colocarían, como signos de la inmortalidad, las efigies de los especuladores más refinados y de los funcionarios de administración más desidiosos. De vendedores podían hacer los ingleses, de administradores los alemanes, y de propietarios no otros, por cierto, que los judíos.

¿Por qué no nací unos cien años antes, V. Gr. En la época de las guerras libertarias, en que el hombre valía realmente algo, aún sin tener un "negocio"?

Cuando en Munich se difundió la noticia del asesinato del Archiduque Francisco Fernando (estaba en casa y oí sólo vagamente lo ocurrido) me invadió en el primer momento el temor de que tal vez el plomo homicida procediese de la pistola de algún estudiante alemán que, irritado por la constante labor de eslavización que fomentaba el heredero del trono austríaco, hubiese intentado salvar al pueblo alemán de aquel enemigo interior. No era difícil imaginarse cual hubiera podido ser la consecuencia de esto: una nueva era de persecuciones que para el mundo entero hubieran sido "justificadas" y de "fundado motivo". Pero cuando poco después me enteré del nombre de los supuestos autores del atentado y supe, además, que se trataba de elementos servios, me sentí sobrecogido de horror ante la realidad de esa venganza del destino insondable.

El amigo más grande de los eslavos cayó bajo el plomo de un fanático eslavo.

El que en los años anteriores al atentado hubiese tenido ocasión de estudiar detenidamente el estado de las relaciones entre Austria y Serbia, no podía dudar ni un instante de que la piedra había empezado a rodar y que ya era imposible detenerla.

Es injusto hacer pesar hoy críticas sobre el gobierno vienés de entonces acerca de la forma y del contenido de su ultimátum a Serbia. Ningún poder en el mundo hubiese podido obrar de otro modo, en igualdad de circunstancias y condiciones. Austria tenía en su frontera Sudeste un irreconciliable enemigo que provocaba sistemáticamente a la monarquía de los Habsburgo y que no habría cejado jamás hasta encontrar el momento preciso para la ansiada destrucción del imperio austro-hungaro. Había sobrada razón para suponer que el caso se produciría a más tardar con la muerte del viejo emperador Francisco José.

Evidentemente es injusto atribuirles a los círculos oficiales de Viena el haber instado a la guerra, pensando que quizá se hubiera podido evitar todavía. Esto ya no era posible; cuando más se habría podido aplazar por uno o dos años. Pero en esto residía precisamente la maldición que pesaba sobre la diplomacia alemana y también sobre la austríaca, que siempre tendía a dilatar las soluciones inevitables para luego verse obligadas a actitudes decisivas en el momento menos oportuno. Puédese estar seguro de que una nueva tentativa para salvar la paz habría conducido tan sólo a precipitar la guerra seguramente en una época todavía más desfavorable.

La socialdemocracia se había empeñado desde decenios atrás en realizar la más infame agitación belicosa contra Rusia y el partido católico, había hecho del Estado austríaco, por razones de índole religiosa, el punto de referencia capital de la política alemana. Por fín había llegado el momento de soportar las consecuencias de tan absurda orientación. Lo que vino, debió venir fatalmente. El error del gobierno alemán, deseando mantener la paz a toda costa, fue el de haber dejado pasar siempre el momento propicio para tomar la iniciativa, aferrado como estaba a su política aliancista con la que creía servir a la paz universal y que a la postre, la condujo únicamente a ser la víctima de una coalición mundial que, a su ansia de conservar la paz, opuso una inquebrantable decisión de ir a la guerra.

Estalló una gigantesca lucha libertaria, gigantesca como ninguna otra en la Historia. Apenas hubo comenzado la fatalidad, cundió en la gran masa del pueblo la persuasión de que esta vez no iba a tratarse de la suerte aislada de Serbia o de Austria, sino de la existencia de la nación alemana.

Dos ideas pasaron por mi mente cuando la noticia del atentado de Sarajevo se había difundido en Munich; primero, que la guerra sería al fin inevitable y segundo, que al Estado de los Habsburgo no le quedaba otro recurso que mantener en pie el pacto de alianza con Alemania, pues, lo que siempre yo más había temido era la posibilidad de que un día la misma Alemania resultase envuelta en un conflicto, quizá justamente debido a ese pacto, pero sin que Austria fuese la causante directa, de modo que el Estado austríaco, por razones de política interna, hubiese carecido de la energía suficiente para adoptar la decisión de respaldar a su aliado. La mayoría eslava del Imperio austro-hungaro hubiera comenzado inmediatamente a sabotear un propósito tal y hubiese preferido en todo caso precipitar la ruina del Estado antes que prestarle a su aliado el concurso a que se hallaba obligado. En aquella desgraciada ocasión tal peligro estaba eliminado. La vieja austria debía entrar en acción queriendo o sin quererlo.

Mi criterio personal en cuanto al conflicto era claro y sencillo: Para mí Austria no se empeñaba por obtener una satisfacción por parte de Servia, sino que al arrastrar consigo a la nación alemana la obligaba a luchar por su existencia, por su autonomía y por su porvenir. La obra de Bismarck debía ponerse a prueba: aquello que nuestros abuelos había alcanzado en las batallas de Weissenburgo, Sedán, y París a costa del heroico sacrificio de su sangre, tenía que lograrlo ahora de nuevo el joven Reich alemán. Coronada victoriosamente la lucha, nuestra nación habría vuelto a colocarse por virtud de su pujanza exterior en el círculo de las grandes potencias. Sólo entonces podría Alemania constituirse en un poderoso baluarte de la paz, sin tener que restringir a sus hijos el pan cotidiano por amor a la paz universal.

El 3 de agosto de 1914 presenté una solicitud directa ante S.M. el Rey Luis III de Baviera, pidiéndole la gracia de ser incorporado a un regimiento bávaro. Seguramente la Cancillería del Gabinete tenía mucho que hacer en aquellos días, por eso fue mayor aun mi alegría cuando a la mañana siguiente me era dado recibir la noticia de mi admisión.

Debía, pues, comenzar para mí, como por cierto para todo alemán, la época más sublime e inolvidable de mi vida. Ahora, ante los sucesos de la gigantesca lucha, todo lo pasado debía hundirse en el seno de la nada.

Y llegó el día en que partimos de Munich rumbo al frente para cumplir con nuestro deber. Así vi por primera vez el Rhin, cuando a lo largo de su apacible corriente nos dirigíamos al Oeste a defender de la ambición del enemigo secular el río de los ríos alemanes.

Después en Flandes, marchando silenciosamente a través de una noche fría y húmeda y cuando empezaba a disiparse las primeras brumas de la mañana, recibimos de súbito el bautismo de fuego; los proyectiles – que silbaban sobre nuestras cabezas- caían en medio de nuestras filas azotando el mojado suelo. Pero antes de que la ráfaga mortífera hubiera pasado, un hurra de doscientas gargantas salió al encuentro de esos primeros mensajeros de la muerte.

Es muy posible que los voluntarios del Regimiento List aún no hubiesen aprendido a combatir, pero a morir si habían aprendido y morían como viejos soldados.

Este fue el comienzo. Y así continuó año tras año; más lo romántico de la guerra fue reemplazado por el horror de las batallas. Poco a poco decayó el entusiasmo y el terror a la muerte ahogó el júbilo exaltado de los primeros tiempos. Había llegado la época en que cada uno se debatía entre el instinto de la propia conservación y el imperativo del deber. Tampoco yo debí quedar exento de esa lucha interior. Siempre que la muerte acosaba, un algo indefinible pugnaba por rebelarse en el individuo, presentándose ante la debilidad humana como la voz de la razón y no siendo en verdad más que la tentación de la cobardía que, disfrazada así, intentaba doblegar al hombre. Pero cuanto más se empeñaba ese impulso, aconsejando rehuir el peligro y cuanto más insistentemente trataba de seducir, tanto más vigorosa era la reacción del individuo, en el que, después de larga pugna interior acababa por imponerse la conciencia del deber. Ya en el invierno 1915 – 1916 había yo definido íntimamente el problema: La entereza lo había dominado todo y así como en los primeros tiempos fui capaz de lanzarme jubiloso y riendo al asalto, ahora mi estado de ánimo era sereno y resuelto. Lo perdurable era precisamente esto. El destino podía, pues, ahora someternos a las más severas pruebas sin que nos fallasen los nervios ni perdiéramos la razón. ¡El joven voluntario se transformó en veterano!

La misma evolución se había operado en todo el ejército alemán, experimentado y recio por virtud del eterno batallar. Ahora, después de dos y tres años de lucha constante, saliendo de una batalla para entrar en otra, siempre combatiendo contra un adversario superior en número y armamentos, sufriendo hambre y soportando privaciones de todo género, había llegado la hora de probar la eficacia de aquel ejército único.

Transcurrirán milenios y jamás se podrá cantar el heroísmo sin dejar de rememorar el ejército alemán de la gran guerra. Descorriendo el velo del pasado, emergerá siempre la visión del frente férreo de los grises cascos de acero – frente inquebrantable, firme – monumento de inmortalidad. Y mientras haya alemanes, nunca olvidarán que aquellos héroes fueron hijos de la patria alemana.

Entonces era yo soldado y no quise hacer política, pues tampoco el momento era realmente apropósito para ello. Sin embargo, no pude menos que formar criterio con respecto de ciertos hechos que afectaban a toda la nación y que particularmente debían interesarnos a nosotros los soldados.

Fue un error incalificable en los primeros días de agosto de 1914 el haber tratado de identificar al obrero alemán con el marxismo. En aquel momento el obrero alemán estaba ya desligado de las garras de esa ponzoña. Se tuvo, sin embargo, la candidez de afirmar que el marxismo se había hecho "nacional". El marxismo, cuyo supremo objetivo es y será siempre la destrucción de todo Estado nacional no judío, debió ver con horror que el mes de julio de aquel año el proletariado alemán al cual tenía cogido en su red, despertó para ponerse hora por hora, con creciente celeridad, al servicio de la patria. En pocos días quedó desvanecida toda la apariencia de ese infame engaño al pueblo y de un momento a otro la banda de dirigentes judíos vióse sola y abandonada, como si no existiera huella del absurdo y del desvarío que infiltraron en la psicología de las masas durante 60 años. Fue un instante sombrío para los defraudadores de la clase obrera del pueblo alemán; pero tan pronto como esos dirigentes se percataron del peligro que corrían, cubriéronse hasta las narices con el manto de la mentira y fingieron participar de la exaltación cívica nacional.

Había llegado el momento de arremeter contra toda la fraudulenta comunidad de estos judíos envenenadores del pueblo. El deber de un gobierno celoso de su misión, hubiera sido – al ver que el obrero alemán se sentía reincorporado a la nacionalidad – acabar despiadadamente con los agitadores que minaban la estabilidad de la nación.

Ya que en el frente de batalla rendían el tributo de su vida los mejores elementos de la patria, lo menos que en retaguardia se debía hacer era exterminar a las sabandijas venenosas.

Pero en lugar de eso fue el mismo Emperador Guillermo II quien tendió la mano a los criminales de siempre e hizo que esos pérfidos de la nación tuviesen la oportunidad de recapacitar y de cohesionarse.

Toda concepción ideológica, sea de índole religiosa o política – es difícil a veces establecer límites en esto – lucha menos en sentido negativo por la destrucción del mundo de ideas del adversario, que en sentido positivo para imponer el suyo propio. Su lucha en estas condiciones es más un ataque que una defensa. Desde luego, lleva ya ventaja por el simple hecho de precisar su objetivo que representa el triunfo de la propia idea, en tanto que en el caso contrario, sólo muy difícilmente puede determinarse a punto fijo cuando es dado considerar como cosa hecha y segura la finalidad negativa de destruir una doctrina opuesta.

Todo intento de combatir una tendencia ideológica por medio de la violencia está predestinado al fracaso, a menos que la lucha no haya asumido el carácter de agresión en pro de una nueva concepción espiritual. Sólo cuando están en abierta lucha dos ideologías, puede el recurso de la fuerza bruta, empleada con persistencia y sin contemporización alguna, lograr la decisión a favor de la parte a la cual sirve.

He aquí por qué fracasó siempre la lucha contra el marxismo. Esa fue también la razón por la que falló y debió fallar a la postre la legislación anti-socialista de Bismarck. Se carecía de la plataforma de una nueva concepción ideológica por cuyo éxito se habría podido empeñar la lucha. Pues, aquello de que la farsa de una llamada "autoridad del Estado" o el lema "tranquilidad y orden", constituían la base apropiada para impulsar ideológicamente una lucha de vida o muerte, no podía caber en la proverbial "sabiduría" de los altos funcionarios ministeriales.

En 1914 hubiera sido realmente factible una acción eficaz contra la socialdemocracia, pero la falta absoluta de un substituto práctico, hacía dudar sobre el tiempo que habría podido mantenerse la lucha.

En este orden era enorme el vacío existente.

Mucho antes de la guerra tenía yo esta opinión y por eso no pude decidirme a enrolarme en ninguno de los partidos políticos militantes. En el curso de los sucesos de la guerra se consolidó mi criterio gracias a la probada imposibilidad de empeñar resueltamente la lucha contra la socialdemocracia, lucha para la cual hubiera sido menester un movimiento de opinión que fuese algo más que un simple partido "parlamentario".

Ante mis camaradas íntimos expuse claramente mi modo de pensar sobre esta cuestión. Por primera vez surgió entonces en mi mente la idea de que un día me ocuparía tal vez de política. Y este fue justamente el motivo por el cual yo reiteraba en el pequeño círculo de mis amigos el propósito de que, pasada la guerra, actuaría como orador político, sin perjuicio de atender a mi trabajo profesional.

+ +...::: Lady Crow :::...+ +
..::Administración::..
..::Anarquía::..
..::AnkH::..
..::Anne Rice::..
..::Amor Y Odio::..
..::Arthur Rimbaud::..
..::Apocalipsis::..
..::Bandas::..
..::Biblia Satánica::..
..::Blasfemia::..
..::Charles Baudelaire::..
..::Conde De Lautréamont::..
..::Cultura Dark::..
..::Cultura Gótica::..
..::Elizabeth Bathory::..
..::Fashion Goth::..
..::Hitler::..
..::La Brujería::..
..::La Ouija::..
..::Los Estamentos::..
..::Leopold Von Sancher-Masoch::..
..::Lilith::..
..::Lujuria::..
..::Necromancia::..
..::Necrofilia::..
..::Marques De Sade::..
..::Masoquismo::..
..::Parafilias::..
..::Parafilias Más Comunes::..
..::Poetas Malditos::..
..::Reglas Satanicas::..
..::Sadomasoquismo:..
..::Satanismo::..
..::Simbolos::..
..::Jean Paul Sartre::..
..::Vampiristas::..
+...::: CrowLanD :::...+

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1