

La primera fase del desarrollo del Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista
Si al finalizar la primera parte de este libro describo la fase inicial del desarrollo de nuestro movimiento y menciono brevemente una serie de cuestiones relacionadas con esa primera etapa, no o hago animado del propósito de realizar una disertación sobre sus fines ideológicos; pues, ellos son tan magnos que sólo pueden ser tratados en un volumen especial. Por eso en la segunda parte, habré de ocuparme a fondo de sus fundamentos programáticos, procurando delinear un cuadro de eso que nosotros entendemos bajo el concepto "Estado". Con el término "nosotros", me refiero a los centenares de miles de hombres que, en el fondo, ansían lo mismo, pero sin poder precisar con palabras aquello que hondamente preocupa a su imaginación. En efecto, lo remarcable en todas las grandes reformas consiste siempre en que el campeón de la idea es uno solo, en tanto que son millones los sostenedores de la misma. Su aspiración es a menudo, ya desde siglos atrás, un ferviente deseo de cientos de miles, hasta que llega el día en que aparece el hombre que proclama ese querer colectivo y que, encarnando una nueva vida, conduce a la victoria al viejo anhelo.
El hecho de que en la actualidad millones de hombres sientan íntimamente el deseo de un cambio radical de las condiciones existentes, prueba la profunda decepción que domina en ellos. Testigos de ese hondo descontento son sin duda los indiferentes en los torneos electorales y también los muchos que se inclinan a militar en las fanáticas filas de la extrema izquierda. Y es precisamente a éstos a quienes tiene, sobre todo, que dirigirse nuestro joven movimiento.
El problema de la reconstitución del poderío político de Alemania es, desde luego, una cuestión primordial que afecta al saneamiento de nuestro instinto de conservación nacional y esto porque la experiencia demuestra que toda política exterior de acción preparatoria, así como la valorización de un Estado, dependen en menor escala de los elementos bélicos disponibles que de la capacidad de resistencia moral, ya evidenciada o simplemente supuesta, de una nación. La importancia que adquiere un país como aliado se valora por la notoria presencia de un vibrante espíritu de conservación nacional y de un heroísmo hasta el sacrificio, y no por la simple posesión material de elementos bélicos inanimados, pues, una alianza no se pacta con armas, sino con hombres. Por eso el pueblo inglés será siempre considerado en el mundo como el más valioso aliado, mientras de su gobierno y de la voluntad de acción de sus masas se pueda esperar el concurso de aquella energía y de aquella tenacidad capaces de llevar la lucha iniciada a término victorioso, valiéndose de todos los medios y sin límites de tiempo ni de sacrificios. En este caso es indiferente el potencial de guerra del momento en relación con el de otros Estados.
Un joven movimiento que se impone como finalidad la reconstrucción del Estado alemán con soberanía propia, debe por entero concentrar su actividad en la tarea de ganar la adhesión de las masas. Desde el punto de vista netamente militar, será de fácil comprensión, ante todo para un Oficial, el hecho de que una guerra exterior no puede ser factible con batallones de estudiantes, sino que además de los cerebros de un pueblo, es menester también de sus puños. Tampoco se debe perder de vista que una defensa nacional apoyada exclusivamente en los círculos llamados pensantes, conduciría a despojar a la nación de un bien irreemplazable. La joven generación intelectual alemana que en otoño de 1914 cayera en las llanuras de Flandes debió después hacer enorme falta. Había sido pues la elite de la nación y su pérdida no fue posible compensarla en el curso de toda la guerra. No solamente la lucha es irrealizable cuando los batallones que se lanzan al ataque no cuentan en sus filas con la masa obrera, sino que resulta también utópica la preparación de carácter técnico sin la espontánea cohesión interior del organismo nacional.
Fue por eso por lo que ya en el año 1919 nos hallábamos
persuadidos de que el nuevo movimiento debía lograr
previamente como objetivo capital, la nacionalización de
las masas. De ahí resultaron, desde el punto de vista
táctico, una serie de postulados:
1º Ningún sacrificio social resultará demasiado grande, cuando se trate de ganar a las masas para la obra del resurgimiento nacional. Quiere esto decir que un movimiento que aspira a reincorporar al obrero de Alemania al seno del pueblo alemán, tampoco debe detenerse ante sacrificios económicos, mientras éstos no impliquen una amenazar para la autonomía y la conservación de la economía nacional.
2º La educación nacional de la gran masa puede llevarse a cabo únicamente en forma indirecta, mediante un mejoramiento social, ya que sólo gracias a éste, son susceptibles de crearse aquellas condiciones económicas que permitan al individuo participar del acervo cultural de la nación.
3º Jamás puede lograrse la nacionalización de las masas por la acción de procedimientos a medias o por la simple observancia de un llamado punto de vista objetivo; esa nacionalización sólo es posible por obra de un criterio intolerante y fanáticamente parcial en cuanto a la finalidad perseguida. La gran masa de un pueblo no está constituida por profesores ni diplomáticos. Quién se proponga ganar a las masas, debe conocer la llave que le abra la puerta de su corazón. Esa llave no se llama objetividad, esto es, debilidad, sino voluntad y fuerza.
4º El éxito en la labor de ganar el alma popular depende de que simultáneamente con la acción de la lucha positiva por los propios ideales, se logre anular a los enemigos de estos ideales. En todos los tiempos el pueblo considera la acción resuelta contra un adversario político como una prueba de su propio derecho, y contrariamente, ve en la abstención de aniquilar al enemigo un signo de inseguridad de ese derecho y hasta la ausencia del mismo.
La gran masa no es más que una parte de la Naturaleza y no cabe en su mentalidad comprender el mutuo apretón de manos entre hombres que afirman perseguir objetivos contrapuestos. Lo que la masa quiere es el triunfo del más fuerte y la destrucción del débil o su incondicional sometimiento.
5º La incorporación en la comunidad nacional, o simplemente en el Estado, de un grupo convertido en clase social, no se produce por el descenso de nivel de las clases superiores existentes, sino por la exaltación de las esferas inferiores. Tampoco pueden ser gestoras de este proceso las clases superiores; eso está reservado sólo a las clases inferiores que luchan por su derecho de igualdad. La burguesía actual no llegó a engranarse en el Estado por obra de la nobleza, sino gracias a su propio esfuerzo y a su propia directiva.
El mayor de los obstáculos que se opone al acercamiento del obrero de nuestros días a la comunidad nacional, no radica en la representación de sus intereses corporativos, sino en la actitud hostil, a la nación y a la patria que asumen sus dirigentes internacionales. Guiadas bajo una orientación fanáticamente nacional en cuestiones políticas y en aquéllas que afectan a los intereses del pueblo, las mismas asociaciones sindicalistas podrían -prescindiendo de las controversias locales de índole netamente económica- convertir a millones de obreros en valiosísimos elementos de la nacionalidad.
Un movimiento de opinión que aspira honradamente a reincorporar al obrero alemán al seno de su pueblo, arrancándolo de la utopía del internacionalismo, tienen antes que rebelarse vigorosamente contra el criterio que domina particularmente en las esferas de los patronos industriales y que consiste en comprender bajo el concepto de "comunidad nacional" un incondicional sometimiento, desde el punto de vista económico del obrero al patrón, aparte de que creen ver una agresión contra la comunidad en toda reclamación por justificada que sea, que el obrero haga, velando por sus vitales intereses económicos.
Indudablemente el obrero atenta contra el espíritu de una verdadera comunidad nacional en el momento en que, apoyado en su poder, plantea exigencias perturbadoras, contrarias al bien público y a la estabilidad de la economía nacional; del mismo modo, no atenta menos contra esa comunidad el patrón que por medios inhumanos y de explotación egoísta, abusa de las fuerzas nacionales de trabajo, llenándose de millones a costa del sudor del obrero.
La fuente en la cual nuestro naciente movimiento deberá reclutar a sus adeptos será, pues, en primer término, la masa obrera. La misión de nuestro movimiento en este orden consistirá en arrancar al obrero alemán de la utopía del internacionalismo, libertarle de su miseria social y redimirle del triste medio cultural en que vive, para convertirle en un valioso factor de unidad, animado de sentimientos nacionales y de una voluntad igualmente nacional en el conjunto de nuestro pueblo.
Además, el objetivo que perseguimos no es invertir la estructura del campo de opinión, en sí nacional, sino ganar el campo antinacional. Tal punto de vista es fundamentalmente esencial para la acción táctica de todo nuestro movimiento.
6º Este criterio nuestro unilateral, pero justamente por eso, claramente definido, tienen que revelarse también en la propaganda del movimiento, aparte de que es indispensable por razones de la propaganda misma.
La propaganda tienen que responder en
su forma y en su fondo al nivel cultural de la masa, y
la eficacia de sus métodos deberá apreciarse
exclusivamente por el éxito obtenido. En una asamblea
popular no es el mejor aquel orador que espiritualmente
se acerca más a los auditores de la clase pensante, sino
aquél que sabe conquistar el alma de la muchedumbre.
7º Jamás se alcanzará el objetivo de un movimiento
político de reforma por medio de una labor de difusión
meramente informativa o llegando a influenciar a los
poderes dominantes, sino únicamente mediante la posesión
del mando político. Pero un golpe de Estado no puede
considerarse triunfante por el solo hecho de que los
revolucionarios se apoderen del gobierno, sino sólo
cuando de la realización de los propósitos y objetivos,
que encarna una tal acción revolucionaria, surge para la
nación un bienestar mayor que en el régimen anterior;
cosa que por supuesto no se puede afirmar de la
"revolución alemana", como se vino a llamar el golpe de
bandolerismo efectuado en el otoño de 1918.
Mas, si la conquista del poder político es condición previa para llevar a la práctica propósitos de reforma, lógico es que un movimiento animado de tales propósitos se considere, desde el primer momento de su existencia, como una corriente de la masa y no como un club de "tés literarios" o como un círculo provinciano de palique político.
8º El nuevo movimiento es antiparlamentario por su carácter y por la índole de su organización; es decir que en general, así como dentro de su propia estructura, rechaza el principio de decisión por mayoría, principio que degrada al Führer a la condición de simple ejecutor de la voluntad y de la opinión de los demás. En pequeño y en grande, encarna nuestro movimiento el principio de la autoridad absoluta del Führer que, a su vez, supone una máxima noción de responsabilidad.
Constituye una de las más elevadas tareas del movimiento, hacer de este principio la norma determinante, no sólo dentro de sus propias filas, sino también en el mecanismo de todo el Estado. Quien sea Führer, tendrá que llevar junto a su ilimitada autoridad suprema, la carga de la mayor y de la más pesada de las responsabilidades.
9º Nuestro movimiento no ve su cometido en la restauración de una forma determinada de gobierno en oposición a alguna otra. Sino en el establecimiento de aquellos principios fundamentales, sin los cuales, ni monarquía ni república pueden contar con una existencia garantizada. No es su intención fundar una monarquía o consolidar una república, sino crear un Estado germánico.
10º La cuestión de la organización interna del movimiento es cuestión convencional y no de principio. No es la mejor aquella organización que interpone entre la jefatura del movimiento y sus prosélitos un aparatoso sistema intermediario, sino la que se sirve del menos complicado mecanismo; pues no debe olvidarse que la tarea de organización consiste en transmitir a un cúmulo de hombres una determinada idea -que primero surgió en la mente de uno solo- y velar a su vez por la aplicación práctica de la misma.
Para la organización interna del movimiento privaron las siguientes directivas:
a) Concentración de toda la labor primeramente en un solo punto: Munich. Formación de una comunidad de adeptos leales a toda prueba y luego, perfeccionamiento de la escuela de los futuros propagadores de la idea. Adquisición de la autoridad necesaria por medio de éxitos políticos, grandes y notables, en la sede central.
b) Formación de grupos locales en otras ciudades, inmediatamente después de haber quedado consagrada la autoridad de la jefatura centran en Munich.
c) Así como un ejército sin jefes, sea cual fuese su sistema, carece de eficacia, así también es inútil una organización política no dotada de su respectivo Führer.
Para ser el Führer se requiere capacidad, no únicamente entereza, sin olvidar no obstante que debe darse mayor importancia a la fuerza de voluntad y de acción que a la genialidad en sí. Lo ideal pues será la conjunción de las condiciones de capacidad, decisión y perseverancia.
11º El futuro de un movimiento depende del fanatismo, si se quiere, de la intolerancia con que sus adeptos sostengan su causa como la única justa y la impongan frente a otros movimientos de índole semejante.
Es un gran error creer que la potencialidad de un movimiento se acreciente por efecto de la fusión con otro movimiento análogo. Ciertamente toda expansión en este orden significa numéricamente un aumento, dando al observador superficial la impresión de haberse vigorizado también el poder del movimiento mismo; pero la verdad, es que éste se adjudica los gérmenes de un debilitamiento que no tardará en hacerse manifiesto.
La magnitud de toda organización poderosa que encarna una idea, estriba en el religioso fanatismo y en la intolerancia con que esa organización, convencida íntimamente de la justicia de su causa, se impone sobre otras corrientes de opinión. Si una idea es justa en el fondo y así armada inicia su lucha, será invencible en el mundo: toda persecución no conducirá sino a aumentar su fuerza interior.
La grandeza del Cristianismo no se debió a componendas con corrientes filosóficas más o menos semejantes de la antigüedad, sino al inquebrantable fanatismo con que proclamó y sostuvo su propia doctrina.
12º Los secuaces de nuestro movimiento no deben temer el odio ni las vociferaciones de los enemigos de nuestra nacionalidad y de nuestra ideología; por el contrario, deberán más bien ansiarlas. La mentira y la calumnia son manifestaciones propias de ese odio. Aquél que no es calumniado y denigrado por la prensa judía no es alemán de verdad, ni es verdadero nacionalsocialista.
La mejor medida para aquilatar el valor de su criterio, la sinceridad de su convicción y la entereza de su carácter, es el grado de aversión con que es combatido por el enemigo mortal de nuestro pueblo.
13º Nuestro movimiento está obligado a fomentar por todos los medios el respeto a la personalidad. No debe olvidarse que el valor de todo lo humano radica en el valor de la personalidad; que toda idea y que toda acción son el fruto de la capacidad creadora de un hombre y que, finalmente, la admiración por la grandeza de la personalidad, representa no sólo un tributo de reconocimiento para ésta, sino también un vínculo que une a los que sienten gratitud hacia ella.
La personalidad es irreemplazable.
Nada nos había hecho sufrir más, en la primera época de la formación de nuestro movimiento, que el que nuestros nombres fuesen desconocidos y sin importancia para la opinión pública, hecho que desde luego ponía en duda la posibilidad de nuestro éxito. En efecto, la opinión pública nada sabía de nosotros, ni nadie en Munich, con excepción de nuestros pocos adeptos y los amigos de éstos, sabía de la existencia de nuestro partido ni siquiera su nombre.
Se imponía, pues, salir al fin del círculo estrecho y ganar nuevos prosélitos, procurando a todo trance la difusión del nombre de nuestro movimiento.
Una vez al mes y posteriormente cada quince días, organizábamos "asambleas". Las invitaciones se escribían a máquina y en parte también a mano. Recuerdo todavía cómo yo mismo en aquel primer tiempo, distribuí un día personalmente en las respectivas casas, ochenta de estas invitaciones, y recuerdo también cómo esperamos aquella noche la presencia de las "masas populares" que debían venir.... Con una hora de retraso, el "presidente" se decidió al fin a inaugurar la "asamblea". Otra vez, no éramos más que siete, los siete de siempre.
Gracias a pequeñas colectas de dinero en nuestro círculo de pobres diablos, logramos reunir los medios necesarios para poder anunciar una asamblea mediante un aviso del diario independiente de entonces "Münchener Beobachter". La asamblea debía realizarse en el "Hofbräuhaus Kéller" de Munich. A las 7 de la noche, se hallaban presentes 111 personas.
La asamblea quedó abierta. Un profesor de Munich pronunció el primer discurso, luego debía yo tomar la palabra por primera vez en público. Hablé durante treinta minutos y aquellos que antes había sentido instintivamente, quedó comprobado por la realidad; tenía condiciones para hablar.
Al finalizar mi discurso, el público en el estrecho recinto, estaba como electrizado y el entusiasmo tuvo su primera manifestación en el hecho de que mi llamada a la generosidad de los presentes dio por resultado una colecta de 300 marcos.
El presidente del partido de entonces, señor Harrer, era periodista de profesión y como tal, indudablemente, un hombre de amplia ilustración. Pero, en su calidad de jefe de partido, pesaba sobre él el gravísimo defecto de no saber hablar para las masas. Minucioso y exacto, como en su trabajo profesional, carecía sin embargo del vuelo espiritual necesario, quizás precisamente debido a esa falta de talento oratorio. El señor Drexler, presidente del grupo regional de Munich en aquel tiempo, era un simple obrero, asimismo incapacitado para la oratoria y que tampoco tenía nada de soldado.
No había servido en el ejército, ni durante la guerra fue combatiente, de modo que a él, débil e indeciso por naturaleza, le faltaba la única escuela capaz de forjar, de caracteres pusilánimes espíritus varoniles. Ambos no eran hombres de la talla de los que llevan en el corazón, no sólo la fe fanática en el triunfo de una causa, sino que, animados de inquebrantable energía y hasta de brutal inexorabilidad, si ello es necesario, son capaces de vencer los obstáculos que pueden embarazar el triunfo de la nueva idea. A este fin podían sólo prestarse hombres que, mental y físicamente, hubiesen adquirido aquellas virtudes militares que quizás podríamos condensar en estos términos: la agilidad del galgo, la resistencia del cuero y la dureza del acero de Krupp. Entonces era yo todavía soldado activo con casi seis años de servicio, de manera que aquel círculo debió considerarme al principio como algo entraño en su seno. En mi vocabulario no regían las palabras: "no es posible" o "será imposible", "no debe aventurarse", "es todavía muy peligroso", etc.
El caso era naturalmente peligroso. Por cierto que los defraudadores marxistas del pueblo, debieron odiar en grado superlativo un movimiento cuya definida finalidad era ganar aquel sector social que hasta aquel momento se hallaba al exclusivo servicio de los partidos internacionales de judíos marxistas y traficantes de la Bolsa. Desde luego, el solo nombre "Partido Obrero Alemán", constituía una provocación.
Durante todo el invierto de 1919-1920 fue para mí una lucha continua el empeño de consolidar la confianza en la voluntad de vencer que debía animar al joven movimiento y acrecentarlo hasta aquel fanatismo que, convertido en fe, sería después capaz de trasladar montañas.
Entre tanto, el número de los que frecuentaban nuestras asambleas había ascendido a más de 200 y el éxito fue brillante lo mismo en el aspecto exterior, que en el orden económico. Quince días más tarde, la cifra había subido a más de 400.
Jamás podré prevenir suficientemente a nuestro joven movimiento sobre el peligro de caer en la red de los llamados "trabajadores silenciosos". Estos no sólo son cobardes, sino también incapaces y haraganes. Todo hombre que está enterado de una cosa, que se da cuenta de un peligro latente, y que ve la posibilidad de remediarlo, tiene necesariamente la obligación de asumir en público una actitud franca en contra del mal, buscando su curación, en lugar de concretarse a obrar "silenciosamente".
La mayoría de los "trabajadores silenciosos" se dan ínfulas de saber, ¡Dios sabe qué! Ninguno de ellos sabe nada, pero tratan de sofisticar al mundo entero con sus artificios; son perezosos, pero despiertan por medio de su decantado trabajo "silencioso" la impresión de que tienen una actividad enorme y diligente. En una palabra, son embusteros y traficantes políticos, que detestan el trabajo honrado de los otros.
Incluso el más simple agitador que tiene el coraje de defender su causa abierta y varonilmente ante los adversarios en la taberna, labora más que mil de esos hipócritas, mentirosos y pérfidos.
A principios del año 1920 induje a organizar el primer mitin. El presidente del partido, señor Harrer, creía no poder apoyar mi iniciativa en cuanto al momento elegido y se decidió en consecuencia, como hombre correcto y honrado, a dejar la presidencia. Antón Drexler fue el sucesor; yo personalmente me había reservado la organización de la propaganda, poniéndome resueltamente a la obra.
Para el 4 de febrero de aquel año quedó fijada la fecha de realización de la primera gran asamblea popular de nuestro movimiento, todavía casi desconocido hasta entonces. Los preparativos los dirigí yo mismo.
El rojo fue el color elegido; era el más provocador y el que naturalmente más debía indignar e irritar a nuestros detractores, haciéndonos ante ellos inconfundibles por otra razón.
A las 07:30 de la noche debía inaugurarse la asamblea. Quince minutos antes ingresé en la sala de la "Hofbräuhaus", situada en la Plaza de Munich. Mi corazón saltaba de alegría, pues el enorme local se hallaba materialmente repleto de gente en un número mayor a 2.000 personas. Más de la mitad de la sala parecía hallarse ocupada por comunistas y elementos independientes.
Tomé la palabra a continuación del primer orador. Pocos minutos más tarde menudeaban las interrupciones; en el fondo de la sala se producían escenas violentas. Un grupo de mis fieles camaradas de la guerra y otros pocos adeptos más, se enfrentaron con los perturbadores y sólo paulatinamente pudo restablecerse el orden. Seguí hablando. Media hora después, los aplausos comenzaron a imponerse a los gritos y exclamaciones airadas, y, finalmente, cuando exponía los 25 puntos de nuestro programa, me hallaba frente a una sala atestada de individuos unidos por una nueva convicción, por una nueva fe y por una nueva voluntad. Quedó encendido el fuego cuyas llamas forjarán un día la espada que le devuelva la libertad al Sigfrido germánico y restaure la vida de la nación alemana.
Y junto al resurgimiento que veía venir, se levantaba inexorable, contra el perjurio del 9 de noviembre de 1918, la diosa de la venganza.
Lentamente fue vaciándose la sala.
El movimiento tomaba su curso.