CAPÍTULO DECIMO

Las causas del desastre

La fundación del Reich [1] pareció aureolada por la grandiosidad de un acontecimiento que exaltó a la nación entera. Después de una seria incomparable de victorias y como premio al heroísmo inmortal surgió al fin –para los hijos y los nietos- la realidad de un Reich.

¡Que apogeo comenzó entonces!

La independencia exterior aseguraba el pan cotidiano en el interior. La nación había alcanzado ingentes bienes materiales y la dignidad del Estado y con él, la del pueblo todo, se hallaba resguardada y garantizada por un ejército.

Tan profunda es ahora la caída que afecta al Reich y al pueblo alemán [2], que todo el mundo –como dominado por el vértigo, da en el primer momento la impresión de haber perdido los sentidos y el entendimiento. Apenas si es posible rememorar lo que fue el alto nivel de antes, tan brumosos de ensueño y casi irreales parecen ahora la grandeza y el esplendor de aquellos tiempos, comparados con la miseria de hoy.

Sólo así se explica también que, cegados por lo que fue aquel apogeo, se hubiesen olvidado de buscar los síntomas del formidable desastre que ya antes debieron haber existido latentes en alguna forma.

Es indudable que esos síntomas existieron realmente. Sin embargo, muy pocos trataron de deducir una cierta enseñanza de ese estado de cosas.

Por cierto que suele verse y descubrirse más fácilmente el síntoma externo de una enfermedad que la causa interna de la misma. De ahí que aún hoy la mayoría de nosotros vea principalmente la causa del desastre alemán en la crisis económica general y sus consecuencias que afectan personalmente a casi todos; razón ésta de peso para que cada uno se haga idea de la magnitud de la catástrofe. La gran masa sabe aquilatar todavía mucho menos la trascendencia político-cultural y moral del desastre. Y aquí es donde para muchos se anulan por completo la sensibilidad y la razón.

Que esto ocurra en la gran masa es al fin comprensible, pero que también los círculos intelectuales consideren el desastre alemán primordialmente como una "catástrofe económica" y que, en consecuencia, esperen de la economía el saneamiento nacional, es una de las causas que ha impedido hasta el presente la realidad de un resurgimiento. Sólo cuando se llegue a comprender que, también en este caso, a la economía le corresponde únicamente un papel secundario, en tanto que factores políticos y de orden moral y racial tienen que considerarse como primordiales, podrá penetrarse el origen de la calamidad actual y con ello encontrar los medios y la orientación conducentes al saneamiento de la nación.

La explicación más sencilla y por lo mismo la mayormente difundida consiste en afirmar que la guerra perdida constituye la razón de toda la desgracia reinante.

Frente a esta aseveración se debe establecer lo siguiente:

Si bien es cierto que el haber perdido la guerra fue de terrible trascendencia para el futuro de nuestra patria, ese hecho por sí solo no es una causa, sin a su vez la consecuencia de una serie de causas.

Que el desgraciado fin de esa lucha sangrienta debió conducir a resultados desastrosos, era cosa perfectamente clara para todo espíritu perspicaz y exento de malevolencia. Lamentablemente hubieron hombres a quienes pareció faltarles esa perspicacia en el momento dado y otros que, contrariando su propia convicción, pusieron esta verdad en duda y la negaron. Estos últimos fueron en su mayoría aquellos que al ver cumplido su secreto anhelo debieron darse cuenta bruscamente de que ellos mismos habían contribuido a aquello que en aquel momento era la catástrofe. Ellos pues y no la perdida guerra son los culpables del desastre. En efecto, el haber perdido la guerra no fue más que el resultado de los manejos de aquellas gentes y no, como quieren afirmar ahora, la consecuencia de un comando "deficiente". Tampoco el ejército enemigo estaba compuesto de cobardes; el adversario sabía también morir heroicamente. En número, fue superior al ejército alemán desde el primer día de la guerra y para su pertrechamiento técnico, tenía a su disposición los arsenales del orbe entero. Por consiguiente, es innegable el hecho de que las victorias alemanas obtenidas en el curso de cuatro años de lucha contra todo un mundo, se debieron, aparte del espíritu heroico y de la portentosa organización del ejército alemán, exclusivamente a la probada capacidad de los jefes directores. Lo formidable de la organización y del comando del ejército alemán no tiene precedentes en la Historia.

El que este ejército sufriera un desastre no fue la causa de nuestra actual desgracia.

¿O es que las guerras perdidas deben ocasionar fatalmente la ruina de los pueblos que las pierden?

Brevemente se podría responder que esto es posible siempre que la derrota militar testifique la corrupción moral de un pueblo, su cobardía, su falta de carácter, en fin, su condición de indignidad. No siendo así, la derrota militar impulsará más bien a un futuro de mayor resurgimiento, en lugar de ser la lápida de la existencia nacional.

Numerosos son los ejemplos que la Historia ofrece confirmando la verdad de este aserto.

La derrota militar del pueblo alemán no fue sensiblemente una catástrofe inmerecida, sino la realidad de un castigo justificado por la ley de la eterna compensación. ¿Acaso no se hicieron en muchos círculos, en forma desvergonzada, manifestaciones de regocijo por la desgracia de la patria? ¿Y no es cierto también que hubo gente que hasta se preció de haber logrado que el ejército combatiente se doblegase? Para colmo de todo, hubo quien llegó a atribuirse a sí mismo la culpabilidad de la guerra, contrariando su propia convicción y su mejor conocimiento de causa.

¡No, rotundamente no! La manera cómo el pueblo alemán recibió su derrota, permite juzgar muy claramente que la verdadera causa de nuestro desastre radicaba en otro estado de cosas y no en la pérdida netamente militar de algunas posiciones o el fracaso de una ofensiva; porque si realmente el ejército combatiente hubiese cedido y hubiese ocasionado con esto la desgracia de la patria, el pueblo alemán habría recibido la derrota de modo muy diferente. Entonces el infortunio que vino lo habríamos soportado apretando los dientes, o bien quejándonos dominados por el dolor. El furor y cólera habrían llenado los corazones contra el adversario convertido en vencedor por el azar de la suerte o por la voluntad del Destino. En tales circunstancias no se habría reído ni bailado; nadie se habría atrevido a ponderar la cobardía ni a glorificar la derrota; nadie se habría mofado de las tropas combatientes ni deshonrado sus banderas y cocardas.

El desastre militar no fue en realidad otra cosa que el resultado de una serie de síntomas morbosos que ya en los tiempos de la anteguerra afligieron a la nación alemana. Esta fue la primera consecuencia catastrófica, visible para todos, de un envenenamiento moral y de un menoscabo del instinto de la propia conservación y de las condiciones inherentes a ella. Todo esto había comenzado a minar, ya desde años atrás, los fundamentos de la Nación y del Reich.

Fue necesaria toda la increíble ficción del judaísmo y de su organización de lucha marxista, para tratar de hacer pesar la culpabilidad de la derrota justamente sobre el hombre que con energía y voluntad sobrehumanas se empeñara en contener la catástrofe, que ya él viera venir, a fin de ahorrarle a la Patria horas de humillación y de vergüenza. Al señalar a Ludendorff como responsable de la pérdida de la guerra, se arrebató el arma del derecho moral de manos del único acusador peligroso que hubiera podido erguirse contra los traidores a la patria.

Casi es posible considerar como designio favorable para el pueblo alemán el que la época de su estado patológico latente hubiese sido bruscamente sellada con una tan terrible catástrofe; pues, en el caso contrario, la nación habría sucumbido, sin duda, lenta, pero, por lo mismo, más fatalmente. La dolencia se hubiese hecho crónica, mientras que un estado agudo como se presentó al producirse el desastre, hízose por lo menos claramente visible a los ojos de muchos. No fue por casualidad por lo que el hombre dominó más fácilmente la peste que la tuberculosis. La una viene en olas violentas de muerte, arrasando la humanidad; la otra en cambio se desliza lentamente; una induce al terror, la otra a una creciente indiferencia. Consecuencia lógica fue que el hombre afronte la primera con todo el máximo de sus energías, en tanto que se empeña en combatir la tuberculosis valiéndose solamente de medios débiles. Así el hombre doblegó a la peste, mientras que la tuberculosis lo domina a él. El fenómeno es el mismo al tratarse de enfermedades que afectar al organismo de un pueblo.

Verdad es que en los largos años de paz anteriores a la guerra se revelaron ciertas anomalías. Habían muchos síntomas de decadencia que debieron incitar a serias reflexiones.

A causa del extraordinario crecimiento de la población alemana antes de la guerra, el problema de la subsistencia se hizo cada vez más grave, ocupando el primer plano de toda orientación y de toda actividad política y económica. Desgraciadamente no fue posible decidirse por la única solución eficaz que existía sino que creyóse alcanzar la finalidad anhelada por medios más sencillos. El haber renunciado a la idea de adquirir nuevos territorios y optado por la descabellada idea de conquistar económicamente el mundo, debió conducir, a la postre, a un grado de industrialización desmedido y perjudicial.

La primera consecuencia de significación trascendental provocada por este estado de cosas fue el debilitamiento de la clase agricultora. En la misma proporción que se reducía aquella clase del pueblo, aumentaba la masa del proletariado en las ciudades, hasta quedar roto el equilibrio.

Consiguientemente, púsose también en evidencia el brusco contraste entre el pobre y el rico. La ostentación y la miseria vivían tan cerca una de otra, que las consecuencias fueron y debieron ser lógicamente muy funestas. La pobreza y el paro creciente comenzaron su siniestro juego, sembrando el descontento y la exacerbación entre las gentes. El resultado parecía ser la división política de clases y, pese al apogeo económico, de día en día fue mayor y más profundo el decaimiento moral.

Pero más grave que todo esto eran otros efectos que la preponderancia económica de la nación había traído consigo.

En razón directa al hecho de que la economía había llegado a convertirse en el árbitro del Estado, el factor dinero era el dios a quien todo el mundo tenía que servir doblegándose. Había empezado una terrible desmoralización, terrible porque precisamente se presentó en una época en la cual la nación necesitaba más que nunca de un espíritu heroico para afrontar la hora crítica que parecía avecinarse. Alemania debía estar dispuesta a defender un día con la espada, la tentativa que hacía de asegurar a su pueblo el pan cotidiano por medio de una "pacífica actividad económica".

La hegemonía del dinero estaba sensiblemente sancionada por aquella autoridad que era la más llamada a oponerse a ello: S.M. el Kaiser actuó infortunadamente al inducir en especial a la nobleza a que formase parte del círculo de los nuevos capitalistas. Ciertamente que en disculpa suya debe reconocerse que lamentablemente Bismarck mismo no se percató del peligro que existía en ese sentido. Pero era un hecho que, con esto, el espíritu idealista fue prácticamente supeditado al poder del dinero y era claro también que las cosas una vez así encaminadas deberían en poco tiempo anteponer la nobleza de la finanza a la nobleza de la sangre.

La internacionalización de la economía alemana había sido iniciada ya antes de la guerra mediante el sistema de las sociedades por acciones. Menos mal que una parte de la industria alemana trató a todo trance de librarse de correr igual suerte; pero al fin tuvo que ceder también ante el ataque concentrado del capitalismo avariento que contaba con la ayuda de su más fiel asociado: el movimiento marxista.

La persistente guerra que se hacía a la industria siderúrgica de Alemania marcó el comienzo real de la internacionalización de la economía alemana tan anhelada por el marxismo que pudo colmarse con el triunfo marxista en la revolución de noviembre de 1918. Justamente ahora que escribo estas páginas, es también cosa lograda el ataque general dirigido contra la empresa de los Ferrocarriles del Reich que pasa a manos de la finanza internacional. Con esto ha alcanzado la socialdemocracia "internacional" otro de sus importantes objetivos.

El extremo a que había llegado esa "economización" de la nación alemana, lo evidencia a todas luces el hecho de que pasada la guerra, uno de los dirigentes más caracterizados de la industria y del comercio alemanes declaró que únicamente la economía como tal, sería capaz de restablecer la posición de Alemania. Esta opinión emitida ante todo el mundo por un Stinnes ocasionó la más increíble confusión, porque con asombrosa rapidez fue tomada como lema por todos los improvisados y charlatanes "hombres de Estado" que el destino había lanzado sobre Alemania desde el estallido de la revolución.

La educación alemana de la ante-guerra adolecía de muchos defectos. Tenía una orientación particularista concretada al aprendizaje puramente "teórico", dándole una importancia menor a la "práctica". Aún menos valor se le adjudicaba a la formación del carácter del individuo y mucho menos todavía a la tarea de fomentar el sentimiento de la satisfacción en la responsabilidad; finalmente, era nula la importancia dada a la educación de la voluntad y del espíritu de decisión. Los frutos de este sistema educacional no representaban realmente mentalidades fuertes, sino más bien dóciles "eruditos", como por lo general se nos consideraba a los alemanes antes de la guerra juzgándosenos según ese criterio. Al alemán se le quería porque era elemento utilizable, en cambio se le respetaba poco, debido justamente a que no poseía la suficiente entereza de carácter. No sin razón perdió, pues, el alemán, más fácilmente que cualquier súbdito de otros pueblos su nacionalidad y su patria. ¿No lo dice todo el gracioso proverbio alemán "En la mano el sombrero, se pasa por el mundo entero"?

Precisamente nefasta resultó esa docilidad al determinar también la forma única bajo la cual podía uno presentarse ante el monarca. Esa forma exigía: no contradecir jamás, sino convenir con todo lo que S.M. se dignase manifestar. Aquí es donde justamente debía revelarse la dignidad del hombre libre, pues de lo contrario la institución monárquica encontraría un día su tumba en ese servilismo. Todos los hombres rectos –y estos son sin duda los más valiosos del Estado- debieron sentir repulsión frente a un criterio tan absurdo. Porque para ellos la Historia es la historia y la Verdad es la verdad, aunque se trate de monarcas.

Es tan rara para los pueblos la suerte de reunir en una misma persona a un gran monarca y a un gran hombre, que deben darse por satisfechos cuando el destino inexorable les evita por lo menos lo peor. De esto se infiere que el valor y la significación de la idea monárquica no radican en la persona del monarca mismo, salvo en el caso de que la Providencia quiera coronar a un héroe genial como Federico el Grande o a un espíritu sabio como Guillermo I. Esto sucede una vez cada siglo y escasamente con mayor frecuencia. Por lo demás, la idea respalda a la persona, haciendo descansar la razón de ser de esa forma de gobierno en la institución misma. Pero con ello, el propio monarca queda incluido en el círculo de los servidores del Estado y no es más que una rueda en ese mecanismo al que también él está subordinado.

Otra de las consecuencias de nuestra errada educación de la anteguerra fue el temor a la responsabilidad y la consiguiente falta de entereza para abordar problemas vitales. Bien es verdad que el punto de partida de este defecto radica entre nosotros, en gran parte, en la institución parlamentaria.

En los círculos periodísticos se suele llamar a la Prensa el "gran poder" en el Estado. Evidentemente su significación es extraordinaria y jamás podrá ser bastante apreciada. Es, pues, la prensa, el factor que continúa obrando en el proceso educativo del adulto. En términos generales, tres son los grupos en que se podría dividir el público lector de periódicos.

1º Los crédulos que admiten todo lo que leen.

2º Aquéllos que ya no creen en nada.

3º Los espíritus críticos, que analizan lo leído y saben juzgar.

Numéricamente, el primer grupo es el más considerable; abarca la gran masa del pueblo y representa, por lo tanto, la clase menos intelectual de la nación. Pertenecen también a este grupo esa especie de haraganes que serían capaces de pensar pero que por pura negligencia aceptan todo lo que ya han elaborado los demás.

El segundo es numéricamente mucho más pequeño que el anterior; está compuesto en parte de elementos que, en un principio, participaban del primer grupo y que después de funestas y amargas decepciones, optaron por cambiar diametralmente de criterio, acabando por no creer en nada de lo que leyesen. Estas gentes son muy difíciles de tratar, porque hasta frente a la verdad misma, se mostrarán siempre escépticas, resultando así elementos anulados para todo trabajo positivo.

El tercer grupo, finalmente, es el más pequeño de todos y está constituido por lectores verdaderamente inteligentes, acostumbrados a pensar con independencia por naturaleza y educación. Leen la prensa trabajando constantemente con la imaginación y animados de espíritu crítico con respecto al autor. Estos lectores gozan del aprecio de los periodistas, bien es cierto, con explicable reserva.

Naturalmente que para los componentes de este último grupo no entraña peligro alguno ni tienen trascendencia los absurdos que pueden consignarse en las columnas de un periódico. Hoy, que la cédula electoral de la masa decide situaciones, el centro de gravedad descansa precisamente en el grupo más numeroso, y éste es el primero: un hato de ingenuos y de crédulos.

Una de las tareas primordiales del Estado y de la nación es evitar que este sector del pueblo caiga bajo la influencia de pésimos educadores, ignorantes o incluso mal intencionados. El Estado tiene por lo tanto la obligación de controlar su educación y oponerse al abuso. La prensa, ante todo, debe ser objeto de una estricta vigilancia, porque la influencia que ejerce sobre esas gentes es la más eficaz y penetrante de todas, ya que no obra transitoriamente, sino en forma permanente. En lo sistemático y en la eterna repetición de su prédica estriba el secreto de la enorme importancia que tiene. Jamás debe el Estado dejarse sugestionar por la cháchara de la llamada "libertad de prensa". Rigurosamente y sin contemplaciones el Estado tiene que asegurarse de este poderoso medio de la educación popular y ponerlo al servicio de la nación.

¿Y cuáles eran las primicias que ofrecía a sus lectores la prensa alemana de la anteguerra? ¿No era aquel acaso el peor veneno que uno pueda imaginarse?¿Se recuerda aún, cuan exagerado fue el pacifismo que se inyectó en el corazón de nuestro pueblo, precisamente en una época en que el resto del mundo se preparaba ya lenta, pero decididamente a estrangular a Alemania?¿No se ridiculizaba la moral y las costumbres, tachándolas de anticuadas, hasta lograr que nuestro pueblo se "modernizara" también?¿No fue la prensa la que en constante agresión, minaba los fundamentos de la autoridad estatal hasta el punto de que bastó un simple golpe para derrumbarlo todo? Finalmente, ¿no fue esa misma prensa la que desacreditó al ejército mediante una crítica sistemática, saboteando el servicio militar obligatorio e instigando a negar créditos para el ramo de guerra, etc?

La labor de la llamada prensa liberal fue obra de los sepultureros de la nación alemana y del Reich. Nada diremos de las gacetas marxistas consagradas a la mentira; para ellas la falsedad es una necesidad vital, como para el gato los ratones. Su misión se concreta a dislocar el poder racial y nacional del pueblo, para prepararlo a llevar el yugo de la esclavitud del capitalismo internacional y de sus gerentes, los judíos.

Pero, ¿qué hizo el Estado ante semejante envenenamiento colectivo de la nación? Nada, absolutamente nada. Unos ridículos decretos y algunas penas impuestas por infamias en extremo violentas. ¡He ahí todo!

La lucha de represión de los gobiernos alemanes de entonces contra aquella prensa –en su mayor parte de origen judío- que corrompía paulatinamente al pueblo, no respondía a una línea recta de conducta ni estaba respaldada por la entereza necesaria, aparte de que, sobre todo, carecía de una finalidad precisa. Se obraba sin plan ninguno, apresando a veces, durante semanas e incluso meses tan sólo alguna "víbora" periodística que había mordido ya demasiado; pero el nido mismo de los reptiles permanecía intacto.

El judío era sin embargo demasiado perspicaz para permitir que toda su prensa agrediese simultáneamente. Una parte de ella debía respaldar a la otra. En efecto, mientras los periódicos judío-marxistas se lanzaban groseramente contra todo lo que podía ser sagrado para el hombre y combatían del modo más infame al Estado y al Gobierno, instigando, en los grandes sectores del pueblo, a unos contra otros, las gacetas judías burgo-demócratas sabían cubrir la apariencia de una famosa objetividad. Esa prensa cuidaba de no emplear expresiones crudas o frases destempladas; rechazaba toda acción de violencia, apelando siempre a la lucha con armas "espirituales", una lucha que, por sarcasmo, eran justamente los menos "espirituales" los que la proclamaban.

Pero, precisamente para nuestra medianía intelectual escribe el judío su llamada "prensa de la inteligencia". Periódicos como la "Frankfurter Zeitung" y el "Berliner Tageblatt" están destinados a ese público lector; su tono se halla convenientemente regulado para ese público y sobre él ejercen su influencia. Con frases sonoras y giros pomposos saben adormecer a sus lectores ie imbuirles la creencia de que su labor de prensa es realmente de índole científica o hasta si se quiere en servicio de la moral. De este modo pudo el veneno infiltrarse insensiblemente en la sangre de nuestro pueblo y obrar sin que el Estado hubiese sido capaz de dominar el mal. Las irrisorias medidas de represión adoptadas, no hicieron otra cosa que dejar traslucir la inminente decadencia del Imperio. No hay que olvidar que una institución que ya no tiene la decisión firme de defender por todos los medios su estabilidad, ha claudicado prácticamente.

Un ejemplo más, que pone de relieve la insuficiencia y la debilidad que caracterizaron el Gobierno alemán de la anteguerra, al tratarse de problemas vitales de la nación, es que paralelamente a la infección que sufría el pueblo, en un sentido político y moral, lo minaba desde años atrás una no menos siniestra corriente de envenenamiento orgánico.

La sífilis comenzó a propagarse en gran escala, especialmente en las ciudades populosas, mientras que la tuberculosis, por su parte, hacia su cosecha mortal en todo el país. A pesar de que en ambos casos las consecuencias eran graves para la nación, no se adoptaron medidas radicales. En particular, frente al peligro de la sífilis, la actitud del gobierno y del parlamento no puede calificarse sino como una completa capitulación. También en este caso sólo podía ser eficaz la lucha contra las causas generadoras de la enfermedad y la simple acción contra sus manifestaciones.

La causa principal de la propagación de la sífilis hay que buscarla en la prostitución del amor, cuyos resultados, aunque no condujesen a ese terrible flagelo, entrañarán siempre un grave peligro para la nación, puesto que bastan sus estragos morales para encauzar paulatina, pero irremediablemente a un pueblo hacia la ruina. Es innegable el hecho de que la población de nuestras grandes ciudades está prostituyendo más y más su vida sexual y entregándose así a la sífilis en proporción cada vez mayor. Los resultados más claramente notorios de esta infección colectiva, pueden encontrarse, por un lado, en los manicomios y por el otro, desgraciadamente –en la infancia.La disculpa, de que tampoco otros países se hallen en mejores condiciones, mal podía modificar el hecho de la propia decadencia. Y en este caso precisamente es donde cabe preguntar: ¿Qué país será el primero, y tal vez el único, que llegue a dominar el peligro, y qué naciones en cambio serán sus victimas fatales? Tampoco este problema significa otra cosa que la piedra de toque del valor de la raza, y como el problema atañe en primer término a la descendencia, está incluido entre aquellas verdades según las cuales se dice con terrible razón que los pecados de los padres se vengan hasta la décima generación. Una verdad que se refiere exclusivamente a los crímenes contra la sangre y contra la raza.Los pecados contra la sangre y la raza constituyen el pecado original de este mundo y el ocaso de una humanidad vencida.Deplorable en extremo era la situación de la Alemania de la anteguerra frente a la gravedad de este problema. ¿Qué se hizo para contener la infección de nuestra juventud en las grandes ciudades? ¿Qué se hizo para contrarrestar eficazmente la prostitución y la corrupción de la vida sexual? ¿ Y qué se hizo, en fin, ante la creciente propagación sifilítica en el pueblo, resultante de ese estado de cosas?La respuesta fluye fácil con sólo puntualizar lo que debió haberse hecho.En todos los casos, donde se trata de llenar necesidades o cometidos aparentemente imposibles, se impone concentrar la atención completa de un pueblo hacia el problema en cuestión, presentándolo tal como si de su solución dependiese el ser o el no ser. Sólo así podrá un pueblo hacerse capaz y apto para la realización de esfuerzos y de hechos verdaderamente eminentes. Este principio tiene también su validez para el individuo en particular, siempre que aspire a grandes cometidos.La prostitución es un oprobio para la humanidad y no se la puede destruir mediante prédicas morales o por la sola virtud de sentimientos piadosos. Su limitación y finalmente su desaparición suponen, como cuestión previa, descartar una serie de condiciones preliminares, siendo la primera de todas la de facilitar la posibilidad del matrimonio, de acuerdo con la naturaleza humana, a una edad menos tardía que en la actualidad. El grado a que ha llegado el desvarío y la incomprensión en muchas gentes de nuestros tiempos, nos prueba el hecho, no raro, de madres de la "buena sociedad" que, según dicen, sentiríanse satisfechas si sus hijas tuviesen por esposos a hombres que ya se "rompieron los cuernos", etc. La descendencia será entonces el resultado palpable de esas "racionales" uniones conyugales. Si aún se tiene en cuenta que además la natalidad queda restringida a un mínimun coartando el fenómeno de la selección natural y, como por otra parte, debe cuidarse la vida incluso del más miserable ser humano, sólo queda por interrogar, ¿para qué subsiste la institución del matrimonio y con qué finalidad?Así degeneran los pueblos civilizados precipitándose poco a poco en la ruina.Tampoco el matrimonio puede ser considerado como un fin en sí mismo, sino que debe servir a un objetivo más elevado, cual es la multiplicación y la conservación de la especie y de la raza. Esta es su razón de ser y su misión primordial.La importancia enorme que entraña esta cuestión debería comprenderse sobre todo en una época en que la llamada república "socialista", por su incapacidad para solucionar el problema de la vivienda, impide sencillamente la realización de infinidad de matrimonios y da con ello pábulo a la prostitución. Otra de las causas que obstaculiza el matrimonio en edad oportuna, radica en nuestro absurdo sistema de la distribución de sueldos, sin considerar el factor familia y la subsistencia de ésta.Quiere esto decir, resumiendo lo anterior, que sólo será posible abordar con verdadera eficacia la lucha contra la prostitución, el día en que, mediante una fundamental reforma de las condiciones sociales, se haga factible el matrimonio a una edad menor de lo que en la actualidad ocurre. En esto consiste lo esencial de la solución del problema.En segundo término incumbe a la educación y a la enseñanza la tarea de desarraigar una serie de defectos que hoy casi no se toman en cuenta.La educación, por ejemplo, debe tender a que el tiempo libre de que dispone el educando sea empleado en un provechoso entrenamiento físico. A esa edad no tiene él derecho alguno a barloventear por calles ni cinemas, sino que debe dedicarse, aparte de sus cotidianas labores, a fortalecer su joven organismo para que, cuando un día ingrese en la lucha por la existencia, la realidad de la vida no lo encuentre desprevenido. Encaminar y realizar, orientar y dirigir: esa es la tarea de la educación para la juventud y su rol no consiste exclusivamente en insuflar sabiduría. Es también su cometido anular la concepción errónea de que el ejercicio físico es cuestión personal de cada uno. No existe la libertad de pecar a costa de la progenie y con ello, de la raza.Paralelamente al proceso de la educación del cuerpo, debe iniciarse la lucha contra el emponzoñamiento del alma. El conjunto de nuestra vida de relación semeja en la actualidad un vivero de ideas y de estimulantes sexuales. Basta analizar el contenido de los programas de nuestros cinemas, varietés y teatros para llegar a la irrefutable conclusión de que todo esto no es precisamente el alimento espiritual que conviene a la juventud. Nuestra vida de relación tienen que ser liberada del perfume estupefaciente, así como del pudor fingido, indigno del hombre.Solo después de la ejecución de estas medidas, puede contarse con la posibilidad de una acción médico-profiláctica de resultado eficaz. Pero tampoco aquí puede tratarse de procedimientos a medias, sino de las más radicales decisiones. Es un contrasentido el dar a enfermos incurables la posibilidad constante, por decirlo así, de contagiar a los sanos. ¿Qué sentimiento de humanidad es ese según el cual por no hacer daño a uno solo se deja que otros cien sucumban...? El imperativo de hacer imposible a los seres defectuosos la procreación de una descendencia también defectuosa, es un imperativo de la más clara razón y significa, en su aplicación sistemática, la más humana acción de la humanidad. Ahorrará sufrimientos a millones de seres inocentes y determinará finalmente para el porvenir un mejoramiento progresivo. Se deberá proceder sin piedad, si el caso lo requiere, al aislamiento de enfermos incurables, bárbara medida para el infeliz afectado, pero una bendición para sus contemporáneos y para la posteridad.*

Del mismo modo que hace sesenta años habría sido inconcebible un descalabro político de la magnitud del actual, no menos inconcebible hubiera sido el derrumbamiento cultural que empezó a revelarse a partir de 1900 en concepciones futuristas y cubistas. Sesenta años atrás hubiese resultado sencillamente imposible una exposición de las llamadas "expresiones dadaístas" y sus organizadores habrían ido a parar a una casa de orates, en tanto que hoy, llegan incluso a presidir instituciones artísticas.

Anomalías semejantes llegaron a observarse en Alemania casi en todos los dominios del arte y de la cultura. Daba la triste medida de nuestra decadencia interna el hecho de que no era posible permitir que la juventud visitase la mayoría de estos pseudo-centros artísticos, lo cual quedaba pública y descaradamente establecido al utilizarse la conocida placa de prevención: "Entrada prohibida para menores".

Considérese que se tienen que observar medidas de precaución precisamente en aquellos lugares que debían estar destinados sobre todo a la ilustración y educación de la juventud y no a la diversión de círculos viejos y pervertidos. ¿Qué hubiera exclamado Schiller ante tal estado de cosas y con qué indignación hubiese Goethe vuelto las espaldas?

¿Pero qué son Schiller, Goethe, o Shakespeare en comparación con esos nuevos "genios" del arte alemán actual? Figuras anticuadas y en desuso, figuras superadas, en suma. La característica de esta época, es pues, la siguiente: no se conforma con traer impurezas, sino que por añadidura vilipendia también todo lo realmente grande del pasado. Ya al terminar el siglo XIX, casi en todos los dominios del Arte, principalmente en los ramos del teatro y de la literatura, se produjeron ya muy pocas obras de importancia y se solía más bien degradar lo bueno de tiempos pasados, presentándolo como mediocre y superado.

Aún debe mencionarse otro aspecto crítico: A fines del siglo pasado nuestras ciudades fueron perdiendo cada vez más el carácter de emporios de cultura para descender a la categoría de simples conglomerados humanos. La escasa conexión existente entre el proletariado actual de nuestras grandes urbes y el lugar mismo donde éste vive, evidencia que en tal caso no se trata efectivamente más que de un punto ocasional de residencia del individuo. Proviene esto del frecuente cambio de lugar debido a las condiciones sociales, cambio que no le da al obrero el tiempo necesario para crear una relación más estrecha con el medio donde habita; por otro lado, sin embargo hay que buscar también la razón de ese estado de cosas en el hecho de que las ciudades actuales son insignificantes y pobres en todo lo que a la cultura general se refiere. Esas ciudades no son otra cosa que un hacinamiento de enormes bloques de viviendas de alquiler, y nadie podrá sentir cariño por una ciudad que no ofrece un mayor atractivo que otra similar, carente de toda nota propia y en la cual se prescindió de todo cuanto representa arte.

El análisis de la vida religiosa en Alemania antes de la guerra, da la medida del disgregamiento general que reinaba. Hacía tiempo que también en este aspecto grandes sectores de la opinión nacional carecían de una convicción unitaria e ideológicamente eficiente. No juega un rol tan negativo el que se desliga oficialmente de su religión, como aquel otro que es totalmente indiferente. Mientras nuestras dos confesiones cristianas (la católica y la evangélica) mantienen misiones en Asia y Africa, con el objeto de ganar nuevos prosélitos, esto es, empeñados en una actividad de modestos resultados frente a los progresos que realiza allá el mahometismo, pierden en Europa mismo millones y millones de adeptos convencidos, los cuales se hacen en absoluto indiferentes a la vida religiosa, o van por su propio camino. Sobre todo desde el punto de vista moral, son muy poco favorables las consecuencias.

Merece remarcarse también la lucha cada vez más violenta contra los fundamentos dogmáticos de las respectivas confesiones, fundamentos sin los cuales sería inconcebible la conservación práctica de una fe religiosa en este mundo humano. La gran masa de un pueblo no se compone de filósofos y es principalmente para las masas para quienes la fe constituye la única base de una ideología moral. Los diversos sustitutos no han probado su eficiencia ni su conveniencia, para que se hubiera podido ver en ellos una provechosa compensación de las creencias religiosas existentes. Para que la doctrina religiosa y la fe puedan realmente abarcar las grandes capas sociales, es necesario que la autoridad absoluta que fluye del fondo de esa fe, sea el fundamento de su eficiencia. Lo que para la vida general significan las costumbres, sin las cuales sólo cientos de miles de hombres de nivel intelectual superior vivirían racionalmente, mientras otros millones no - lo representan les leyes para el Estado y los dogmas para las religiones.

Sólo mediante los dogmas, la concepción puramente espiritual, vacilante y de interpretación infinitamente variable, llega a precisarse y adquirir una forma concreta, sin la cual jamás podría convertirse en fe. Lo contrario significaría que la idea no es susceptible de ser jamás exaltada por encima de una concepción metafísica, o mejor, por encima de una opinión filosófica. Por eso la acometida dirigida contra los dogmas se asemeja mucho a la lucha contra los fundamentos legales del Estado; y del mismo modo que esta lucha acabaría en una anarquía estatal completa, la acción antidogmática tendría por resultado un nihilismo religioso, carente de todo valor.

Para el político, la apreciación del valor de una religión debe regirse menos por las deficiencias quizá innatas en ella, que por la bondad cualitativa de un substituto doctrinal visiblemente mejor. Pero mientras no se haya encontrado un tal substituto, sólo los locos y los criminales podrían atreverse a demoler lo existente.

Las peores anomalías, sin embargo, provienen del abuso de la convicción religiosa con fines políticos. Si la vida religiosa en Alemania antes de la guerra, había adquirido para muchos un sabor desagradable, no se debía esto a otra cosa más que al abuso cometido con el cristianismo por un partido político llamado "cristiano" y por el descaro con que se trató de identificar la religión católica con un partido también político.

Esta funesta suplantación procuró mandatos parlamentarios a una serie de inútiles, en tanto que a la Iglesia no le trajo consigo sino daños.

El resultado de semejantes anomalías tenía que soportarlo la nación entera, pues, las consecuencias emergentes del debilitamiento de la vida religiosa vinieron a producirse precisamente en una época en que ya todo había empezado a ceder y vacilar, amenazando con el derrumbamiento de los tradicionales fundamentos de la moral y de las buenas costumbres.

También en el campo de la actividad política veía el espíritu observador anomalías que, si no eran eliminadas o corregidas a tiempo, podían y debían considerarse fatalmente como signos de una inminente decadencia del Imperio. La falta de orientación de la política alemana tanto interna como externa, no escapaba a la penetración de nadie que deliberadamente hubiese querido darse cuenta de la situación. En los círculos oficiales de gobierno se notaba frente a las revelaciones de un Houston Steward Chamberlain la misma indiferencia que hoy se observa.

Ya en tiempos anteriores a la guerra muchos se habían dado cuenta de que justamente aquella institución que debía encarnar la vitalidad del Reich – el Parlamento, el Reichstag- era la más vulnerable de todas.

Una de las muchas afirmaciones faltas de reflexión que hoy se suelen oír con frecuencia, es aquella de que el parlamentarismo en Alemania había fracasado " a partir de la revolución de 1918". Muy fácilmente se despierta así la impresión de que antes de esa época era otro el rol del parlamento.

Siempre fue mediocre todo lo subordinado a la influencia del parlamento de entonces, sea cual fuese el aspecto que se considere. Mediocre y deficiente era la política aliancista del Reich. Y mediocre también la política que se hacia frente a Polonia; optóse por las provocaciones, sin abordar jamás en serio el problema mismo. El resultado no fue ni favorable al germanismo ni conciliatorio con Polonia, pero sí significó la enemistad con Rusia. Mediocre fue igualmente la solución que se dio a la cuestión de Alsacia y Lorena. En lugar de triturar de una vez para todas la cabeza de la hidra francesa y de conceder, por otra parte, igualdad de derechos a los alsacianos, no se hizo ni lo uno ni lo otro. Aunque tampoco hubiera sido posible lograr nada, puesto que en las filas de los grandes partidos militaban también los mayores traidores de la patria; Watterlé, por ejemplo, en el partido del Centro.

Todo esto había sido todavía soportable si semejante estado de mediocridad general no hubiese acabado también por hacer víctima suya a aquella entidad de la cual dependía en último término la existencia del Reich: el ejército.

El crimen que con esto cometió el llamado "parlamento alemán" basta y sobra para hacer pesar para siempre sobre él la maldición del pueblo Alemán.

Mientras el judaísmo, mediante su prensa marxista y demócrata, difundía por el mundo la mentira del "militarismo alemán", tratando de culpar a Alemania por todos los medios, los partidos marxistas y demócratas por su parte se oponían sistemáticamente al plan de una amplia instrucción militar del pueblo alemán. El monstruoso crimen que con ello se cometió, saltaba a primera vista para todo aquél que sólo hubiese pensado que en el caso de una guerra, la nación entera debía ponerse bajo las armas y que por la misma causa –la infamia de esos ilustres personajes de la llamada "representación nacional"- millones de alemanes serían lanzados contra el enemigo en condiciones de insuficiente e incluso mala preparación militar.

Si tratándose de las fuerzas de tierra se instruía un número de reclutas demasiado reducido, igual deficiencia se notaba con respecto de las fuerzas navales, haciendo poco menos que nula la institución destinada a la defensa nacional. Ya en la orientación adoptada para el programa de organización naval, el Almirantazgo renunció a la posibilidad de la acción ofensiva, colocándose así desde un principio en el plano de la defensiva. Quería decir, pues, que con esto se renunciaba automáticamente a la posibilidad del éxito definitivo que radica y que radicará siempre en la acción ofensiva.

Si en la batalla de Skagerrak las unidades alemanas hubiesen tenido el mismo desplazamiento, igual cantidad de artillería y la misma velocidad que las naves inglesas, la flota británica habría hallado su tumba bajo el huracán de las granadas alemanas de calibre 38 que eran de mayor precisión y eficacia que las del adversario. Y lo que, pese a estas deficiencias, alcanzó sin embargo como gloria inmarcesible la armada alemana, no hay que atribuirlo sino a la buena calidad del marino alemán y también a la capacidad y al incomparable heroísmo de los oficiales y de sus subordinados.

Quién medite sobre todo el sacrificio que significó para la nación el punible descuido de gentes totalmente faltas de responsabilidad; quién reflexione sobre las vidas inmoladas en vano y la suerte de los mutilados, así como también en la vergüenza única y la infinita miseria de que ahora somos víctimas; quién sepa, en fin, que todo eso vino sólo para abrir el camino hacia las carteras ministeriales a unos ambiciosos sin escrúpulos, cazadores de puestos públicos; quién recapacite sobre todo esto comprenderá que a tales seres humanos no se les puede dar ciertamente otro calificativo que el de canallas y criminales.

Había también muchos aspectos ventajosos frente a las deficiencias mencionadas y frente a otras más de la vida alemana de la época anterior a la guerra. Analizando imparcialmente las circunstancias, se debe llegar a la conclusión de que la mayoría de nuestros defectos eran también en gran parte propios de otros países y pueblos, los cuales con frecuencia nos superaban enormemente en este respecto, pero sin poseer nuestras cualidades realmente buenas.

Entre las fuentes incontaminadas de la nación debemos puntualizar tres instituciones que eran ejemplares y hasta se pueden decir únicas en su género.

En primer término, la constitución misma del Estado y la caracterización que ella había alcanzado en la Alemania contemporánea. Por cierto que en esto debe prescindirse de la personalidad de algunos monarcas, afectados de todas las debilidades humanas. Varios de esos monarcas preferían rodearse de aduladores más que de espíritus rectos y se dejaban aconsejar por aquellos.

De valor indiscutible era sin duda la estabilidad del Estado en su conjunto, bajo la forma monárquica de gobierno, así como el hecho de que hasta los últimos cargos públicos quedaban a cubierto de la especulación de políticos ambiciosos. Luego la dignidad de la institución estatal en sí y la autoridad resultante de ella aparte de la relevante posición del cuerpo administrativo del Reich y ante todo la del ejército por estar sobre el plano de los compromisos políticos de partido. A esto se añadía aún la ventaja de que el poder del Estado estaba encarnado en la persona del monarca, constituyendo así el símbolo de una responsabilidad que éste asumía en escala superior a la del conglomerado casual de una mayoría parlamentaria. Sobre todo debióse a esto la idoneidad proverbial de la administración pública alemana. Por último, lo que en materia de arte y de ciencia fomentaron los monarcas alemanes, en particular durante el siglo XIX, ha quedado como digno de ejemplo y la época actual no puede en ningún caso ser comparada con la de entonces en ese orden.

Sin embargo es al ejército a quien corresponde el rol de factor cualitativo por excelencia en la época en que la desmoralización se iniciaba y comenzaba a cundir en el organismo nacional. Lo que el pueblo alemán le debe al ejército se resume en una sola palabra: todo.

El ejército inculcó el sentimiento de la responsabilidad absoluta y fomentó también el espíritu de decisión.

Contrariamente a lo que ocurría en la vida corriente, saturada de codicia y de materialismo, el ejército educó al pueblo hacia el ideal y hacia la devoción por la patria y por su grandeza. El ejército fue una escuela de educación del pueblo, unido frente a la división de clases y quizá su único defecto fue el de haber instituido el sistema del servicio voluntario de un año; defecto decimos, porque debido a ese sistema se dañaba el principio de la igualdad absoluta, colocando al individuo de mayor preparación intelectual fuera del marco común, lo contrario de lo cual es lo que precisamente habría sido lo provechoso. Ante la carencia del sentido real de la vida que dominaba en nuestras clases elevadas y su alejamiento de su mismo pueblo, habría sido el ejército precisamente el único capaz de influir benéficamente, evitando, por lo menos dentro de sus filas, todo aislamiento de la clase llamada intelectual.

Al ejército del antiguo Imperio hay que reconocerle como su más alto mérito el que en una época en que predominaba el criterio de la "mayoría general de cabezas", supo imponer cabezas sobre la mayoría. Frente al principio judío-demócrata de la ciega idolatría por el número, el ejército matuvo inconmovible el principio de la fe en la personalidad. De este modo formó eso que tanta falta hace en los tiempos actuales: hombres. Al fango de un apoltronamiento y afeminamiento generales regresaban anualmente de las filas del ejército 350.000 jóvenes pletóricos de energías, que en un período de instrucción militar de dos años habían adquirido una acerada constitución física. El joven que durante ese tiempo había practicado la obediencia podía entonces aprender a mandar. Ya en el ademán se reconocía al hombre que había sido soldado.

Esa fue la alta escuela de la nación alemana y no en vano se concentraba sobre ella el odio mortal de aquellos que, por envidia y ambición, anhelaban y necesitaban para sus fines, la impotencia del Reich y la ausencia de la capacidad defensiva de sus ciudadanos.

Junto a la forma constitutiva del Estado y a la ponderada calidad del ejército, la incomparable organización administrativa del antiguo Reich integraba el conjunto de las tres instituciones ejemplares del Imperio.

Alemania era el país mejor organizado y mejor administrado del mundo. Al funcionario alemán podía tachársele fácilmente de rutinarismo burocrático, más, no por eso en los demás países las circunstancias eran diferentes; por el contrario, eran quizá peores. Lo que esos Estados no poseían era la admirable estabilidad del mecanismo administrativo y la incorruptible honradez y lealtad de los funcionarios con que contaba el Reich.

Sobre su constitución estatal, su ejército y su organización administrativa descansaba la fuerza y el poderío admirables del antiguo Imperio.

Si se considera que frente a las deficiencias que existieron en Alemania antes de la guerra, habían también poderosos aspectos favorables, llegaremos a la conclusión de que la causa inicial del desastre de 1918 debe buscarse en otro terreno diferente, y en efecto este es el caso.

La última y la más profunda razón que determinó la ruina del Imperio, residía en el hecho de no haber reconocido oportunamente la trascendencia que tiene el problema racial en el porvenir de los pueblos.

[1] Por Bismark el 30 de enero de 1871.

[2] La época que siguió a la revolución marxista en 1918.

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