CAPÍTULO CUARTO

Munich

En la primavera de 1912 me trasladé definitivamente a Munich.

¡Una ciudad alemana! ¡Qué diferencia de Viena! Me descomponía la sola idea de pensar lo que era aquella Babilonia de razas. En Munich el modo de hablar era muy parecido al mío y me recordaba la época de mi juventud, especialmente al conversar con gentes de la Baja Baviera. Había, pues, mil cosas que me eran o que se me hicieron queridas y apreciadas. Pero lo que más me subyugó fue el maravilloso enlace de fuerza nativa con el fino ambiente artístico de la ciudad, es decir, eso que se puede observar en la perspectiva única que se ofrece desde la Hofbräuhaus al Odeón y desde la pradera de la Oktoberfest a la Pinacoteca, etc. Y si hoy tengo predilección por Munich como en ningún otro lugar en el mundo, es sin duda porque esa ciudad está indisolublemente ligada a la evolución de mi propia vida.

Aparte de la práctica de mi trabajo cotidiano, en Munich volvió a interesarme, sobre todo, el estudio de los sucesos políticos de actualidad y, particularmente, aquéllos relacionados con la política externa. Estos últimos considerados a través de la política aliancista alemana con Austria e Italia, que ya desde mi permanencia en Viena era conceptuada por mi como un total error.

En Austria, los únicos partidarios de la idea de la alianza eran los Habsburgo y los austro-alemanes. Los Habsburgo, por frío cálculo y necesidad, y los alemanes de allá por buena fe y por ingenuidad política; por buena fe, porque creían que con la Triple Alianza se le prestaría al Reich Alemán en sí un gran servicio, contribuyendo a garantizar su seguridad y su potencia; por ingenuidad política, porque no solamente su esperanza era irrealizable, sino porque, por el contrario, cooperaba más bien con ello a encadenar al Reich a un Estado ya cadavérico, que más tarde debía arrastrar al abismo a ambos países. Y era ingenuidad, ante todo, porque los austro-alemanes, en virtud de aquella alianza, fueron cayendo cada vez más en el proceso de la desgermanización.

Si en Alemania se hubiese estudiado con mayor claridad la historia y la psicología de los pueblos, seguramente nunca se hubiera podido creer que un día llegasen a formar un frente común el Quirinal y la Corte de los Habsburgo. Italia se hubiese convertido en un volcán antes que un gobierno suyo se atreviera a movilizar –salvo que fuese como adversario- ni un solo italiano a favor del tan fanáticamente odiado Estado de los Habsburgo. Más de una vez fui en Viena mismo testigo del apasionado desprecio y del odio profundo con que el italiano se hallaba "ligado" al Estado Austríaco. Demasiado grande para olvidarlo –aunque se hubiese querido- era el pecado que la casa de los Habsburgo cometió en el curso de los siglos, atentando contra la libertad y la independencia italianas. La voluntad de olvidar aquello no existía ni en el ánimo del pueblo ni en el del Gobierno. Por eso para Italia existían sólo dos posibilidades de convivencia con Austria; o la alianza o la guerra. Eligiendo lo primero, podía Italia prepararse tranquilamente para lo segundo.

La política aliancista de Alemania resaltó como absurda y peligrosa sobre todo desde el momento en que las relaciones entre Rusia y Austria se aproximaban más y más a la posibilidad de un conflicto bélico.

¿Cuál fue por último la razón para concertar una alianza con Austria? Ciertamente no fue otra que la de velar por el futuro del Imperio alemán en condiciones distintas a lo que habría sido estando éste solo. Mas, ese futuro del Reich no podría ser otro que el mantenimiento de la posibilidad de subsistencia del pueblo alemán.

El problema, por lo tanto, se reducía a lo siguiente: ¿Cómo acondicionar la vida de la nación alemana hacia un futuro factible y cómo darle a ese proceso los fundamentos indispensables y la necesaria seguridad dentro del marco de las relaciones generales del poderío europeo?

Analizadas con claridad las condiciones inherentes a la actividad de la política externa alemana, se debía llegar a esta conclusión: Alemania cuanta anualmente con un aumento de población que asciende, más o menos, a 900.000 almas, de manera que la dificultad de abastecer la subsistencia de este ejército de nuevos súbditos tiene que ser año tras año mayor, para acabar un día catastróficamente si es que no se sabe encontrar los medios de prevenir a tiempo el peligro del hambre.

Cuatro era los caminos a elegir para contrarrestar un desarrollo de tan funestas consecuencias:

1º Siguiendo el ejemplo de Francia, se podía restringir artificialmente la natalidad y de este modo evitar una superpoblación.

La naturaleza misma suele también oponerse al aumento de población en determinados países o en ciertas razas, y esto en épocas de hambre o por condiciones climáticas desfavorables, así como tratándose de la escasa fertilidad del suelo. Por cierto que la naturaleza obra sabiamente y sin contemplaciones; no anula propiamente la capacidad de procreación, pero sí se opone a la conservación de la prole al someter a ésta a rigurosas pruebas y privaciones tan arduas, que todo el que no es fuerte y sano, vuelve al seno de lo desconocido. El que sobrevive a pesar de los rigores de la lucha por la existencia, es entonces mil veces experimentado, fuerte y apto para seguir generando, de tal suerte que el proceso de la selección puede empezar de nuevo. La disminución del número implica así la vigorización del individuo y con ello, finalmente, la consolidación de la raza.

Otra cosa es que el hombre por sí mismo se empeñe en restringir su descendencia y haga que, en lugar de la lucha por la vida –que solo deja en pie al más fuerte y al más sano- surja, en lógica consecuencia, el prurito de "salvar" a todo trance también al débil y hasta el enfermo, cimentando el germen de una progenie que irá degenerando progresivamente, mientras persista ese escarnio de la naturaleza y sus leyes.

Eso quiere decir que quien cree asegurar la existencia al pueblo alemán, por medio de una limitación voluntaria de la natalidad, le roba a éste automáticamente el porvenir.

2º Un segundo camino era aquél que aún hoy oímos proponer y ensalzar con demasiada frecuencia: la colonización interior. Se trata aquí de una idea bien intencionada de muchos, pero al propio tiempo mal interpretada por los más y capaz de ocasionar el mayor de los daños imaginables.

Indudablemente, la productividad de un determinado suelo es susceptible de ser acrecentada hasta un cierto límite, pero no más que hasta un cierto límite y de ningún modo indefinidamente. Resultaría entonces, que durante un tiempo más o menos largo se podría compensar el aumento de la población alemana mediante una intensificación del cultivo agrícola y de la consiguiente mejora del rendimiento de nuestro suelo; mas, frente a esa posibilidad está el hecho de que generalmente las necesidades de la vida aumentan con más celeridad que la población misma. Las exigencia del hombre en lo que respecta a alimentación e indumentaria son mayores de año en año y no es posible establecer ya un paralelo con lo que fueron, por ejemplo, las necesidades de nuestros antepasados hace cien años. Es, pues, erróneo considerar que todo aumento de la producción supone un crecimiento de población.

La naturaleza no conoce fronteras políticas, sitúa nuevos seres sobre el globo terrestre y contempla el libre juego de las fuerzas que obran sobre ellos. Al que entonces se sobrepone por su empuje y carácter, le concede el supremo derecho a la existencia.

Un pueblo que se reduce al plan de colonización "interior", mientras otras razas abarcan extensiones territoriales cada vez más dilatadas sobre el globo, veráse obligado a recurrir a la voluntaria restricción de su natalidad, precisamente en una época en que los demás pueblos sigan multiplicándose permanentemente. Como sensiblemente por lo general, las naciones más capacitadas o mejor dicho las únicas que representan razas de valía cultural y que son conductoras de todo el progreso humano, renuncian, en su alucinación pacifista, a la adquisición de nuevos territorios, bastándoles con su "colonización interna", en tanto que otras naciones de nivel inferior saben asegurarse potestad sobre enormes dominios coloniales, tendría que llegarse a la lógica conclusión de que el mundo será un día dominado por aquella parte de la humanidad culturalmente rezagada, pero que es capaz de una mayor fuerza de acción.

Jamás podrá insistirse lo bastante en aquello de que toda colonización interna alemana está en primer término destinada sólo a corregir anomalías sociales y a evitar que el suelo sea objeto de la especulación general.

Con lo anteriormente anotado, quedarían todavía por mencionarse dos medios conducentes a garantizar pan y trabajo para la población alemana en continuo aumento.

3º Podrían adquirirse nuevos territorios para ubicar allí anualmente el superávit de millones de habitantes y de este modo mantener la nación sobre la base de la propia subsistencia.

4º O bien decidirse a hacer que nuestra industria y nuestro comercio produzcan para el consumo extranjero, dando la posibilidad de vivir a costa de los beneficios resultantes.

No quedaba, pues, por elegir más que entre la política territorial o la colonial y comercial.

Estas dos posibilidades fueron consideradas, estudiadas, preconizadas y también combatidas desde muy diversos puntos de vista hasta que finalmente se optó por la última de ellas.

Ciertamente que la más conveniente de ambas hubiera sido la primera.

La adquisición de nuevos territorios colonizables, para el excedente de nuestra población, ofrece infinidad de ventajas, ante todo sí se tiene en cuenta el porvenir y no el presente.

Indudablemente una tal política territorial por parte de Alemania no puede llenar su cometido, en el Camerún, por ejemplo, pero si es posible, y hoy día casi exclusivamente, en Europa.

Muchos Estados europeos semejan en la actualidad una pirámide invertida. Su superficie territorial en Europa es de proporciones sencillamente ridículas en relación a sus dominios coloniales, su comercio exterior, etc. Bien se puede decir: el vértice en Europa y la base en el mundo entero, contrariamente a lo que ocurre con los Estados Unidos de Norte América, cuya base radica en su propio continente no tocando el resto del mundo, sino por su vértice. De allí emana la enorme potencialidad de esta nación y, tratándose de Europa, la escasa vitalidad de muchos países europeos con inmensos dominios coloniales.

El caso de Inglaterra mismo no prueba lo contrario, pues al considerar el Imperio Británico, se suele muy fácilmente dejar de asociar la existencia del mundo anglosajón. Desde luego, la situación de Inglaterra, por el solo hecho de su comunidad de cultura y lengua con los Estados Unidos de Norte América, no es susceptible de compararse con la de ningún otro país europeo.

En consecuencia, al única posibilidad hacia la realización de una sana política territorial reside para Alemania en la adquisición de nuevas tierras en el continente mismo. Las colonias no responden a ese propósito si es que no se prestan para ser pobladas en gran escala por elementos europeos. En el siglo XIX ya no era posible adquirir por medios pacíficos zonas apropiadas a la colonización. Una política colonial semejante habría sido, pues, sólo factible si se empeñaba una tenaz lucha, que en realidad habría resultado más provechosa aplicada a adquirir territorios en el propio continente y no en los países de ultramar.

Y si esa adquisición quería hacerse en Europa, no podía ser en resumen sinó a costa de Rusia.

Por cierto que para una política de esa tendencia, había en Europa un solo aliado posible: Inglaterra.

Únicamente contando con el apoyo de este país, hubiese podido darse comienzo a la nueva cruzada del germanismo. El derecho, a invocarse en este caso, no habría sido menos justificado que el de nuestros antepasados.

Para ganar la aquiescencia inglesa ningún sacrificio pudo haber sido demasiado grande. La cuestión hubiera sido renunciar a posesiones coloniales y a la aspiración del poderío marítimo, ahorrándole así la lucha de competencia a la industria británica.

Solamente una orientación fija y clara era capaz de conducir a ese resultado. Renunciar al comercio mundial y a las colonias; renunciar a mantener una marina alemana de guerra y concentrar en cambio toda la potencialidad militar del Estado en el ejército. Naturalmente que la consecuencia inmediata podría haber sido una momentánea limitación, pero se hubiera tenido la garantía de un porvenir grande y poderoso.

Hubo un momento en que Inglaterra habría estado dispuesta a tratar la cuestión, puesto que comprendía perfectamente que Alemania, en vista del creciente aumento de su población, se vería obligada a buscar una solución para su problema y encontrarla, ya sea con Inglaterra en Europa o sin Inglaterra en el mundo.

Fue seguramente bajo esta impresión que a fines del siglo pasado se intentó desde Londres un acercamiento hacia Alemania. Por primera vez púsose entonces de manifiesto eso que en los últimos años hemos podido observar en Alemania en forma realmente alarmante: Se sentía desagrado a la sola idea de que tendrían que sacar para Inglaterra las "castañas del fuego", como si alguna vez se hubiese dado el caso de una alianza sobre una base que no fuese la de la recíproca conveniencia. Y con Inglaterra no era difícil llegar a una negociación semejante. La diplomacia inglesa fue siempre lo suficientemente inteligente para no ignorar que toda concesión supone reciprocidad.

Imagínese por un momento la enorme trascendencia que para Alemania habría tenido el que una hábil política exterior alemana hubiese adoptado el "rol" que el Japón se adjudicó en 1904.

Jamás se hubiera producido una "conflagración mundial".

Pero sensiblemente no se optó por seguir ese camino.

En pie quedaba ya únicamente la cuarta posibilidad enunciada: industria y comercio mundial – poderío marítimo y dominio colonial.

Si una política territorial europea era sólo factible contra Rusia, teniendo a Inglaterra como aliada, inversamente, una política colonial de expansión y de comercio mundial, era únicamente concebible en contra de Inglaterra, con el apoyo de Rusia. Mas, en tal caso debíanse asumir las consecuencias sin contemplación alguna y, ante todo, desentenderse cuanto antes de Austria.

Considerada desde todo punto de vista, fue para Alemania, ya a fines del siglo pasado, una incalificable locura la alianza con Austria.

Pero no se había pensado en ningún momento aliarse con Rusia en contra de Inglaterra, ni mucho menos con Inglaterra en contra de Rusia, pues, ambos casos hubieran significado a la postre, la guerra. Y precisamente para evitarla, se resolvió optar por la política del comercio y de la industria. En el propósito de la "conquista pacífico-económica" del mundo, se creyó tener la receta para acabar de una vez para siempre con la política de violencia empleada hasta entonces. Es probable que algunas veces no se estuviera tan seguro del camino elegido, especialmente cuando de tiempo en tiempo llegaban desde Inglaterra amenazas inexplicables. A esto se debió que Alemania se decidiera a construir una flota de guerra, no destinada a agredir ni destruir el poderío británico, sino simplemente a "defender" la mencionada "paz universal" y la conquista "pacífica" del mundo. De ahí que esa flota fuese creada bajo una escala en todo sentido más modesta que la de Inglaterra, no sólo en el número de unidades, sino también en lo concerniente al desplazamiento de éstas y su armamento, dejando entrever también aquí la intención realmente "pacífica" que se abrigaba.

El tema de la "conquista pacífico-económica" del mundo fue indudablemente el mayor de los absurdos entronizados como principio directriz de la política del Estado. Semejante contrasentido se hizo aún más notable por la circunstancia de no haberse vacilado en tomar a Inglaterra como referencia para la posibilidad de llevar a cabo una tal conquista. El daño con que, por su parte, contribuyeron a ocasionarnos nuestra concepción tan académica de la Historia y la rutinaria enseñanza de la misma, jamás podrá ser reparado y constituye la prueba incontestable, de que infinidad de gentes "aprenden" historia sin entenderla ni mucho menos poderla interpretar. Debió verse en la política de Inglaterra la refutación evidente de aquella teoría; pues ningún otro país supo preparar mejor ni más brutalmente que Inglaterra sus conquistas económicas valiéndose de la espada, para después defenderlas resueltamente. ¿No es acaso típica característica del arte de gobierno británico sacar de su poder político beneficios económicos y viceversa: transformar sin demora toda nueva conquista económica en poderío político? Y qué error es el suponer que Inglaterra misma fuese quizá demasiado cobarde para arriesgar la propia sangre a favor de su política económica. El que la nación inglesa careciese de un ejército constituido por el pueblo, no probó en modo alguno lo contrario; porque en esto no depende la situación de la forma que tenga la institución armada en sí, sino más bien ante todo, de la decisión y voluntad con que es puesta en acción en el momento dado. Inglaterra contó en todo tiempo con el abastecimiento bélico indispensable a sus necesidades y luchó siempre con aquellas armas que el éxito exigía. Se sirvió de mercenarios, mientras los mercenarios bastaron y apeló también resueltamente al concurso de la sangre de los mejores elementos de la nación cuando ya no quedaba otro medio que ese sacrificio para asegurar la victoria. Pero siempre quedó invariable su decisión para la lucha, junto a la tenacidad y la inflexible conducción de la misma.

Recuerdo claramente el gran asombro que se reflejó en las fisonomías de mis camaradas, cuando en Flandes nos vimos por primera vez, cara a cara, con los "tommíes". Después de los primeros combates cada uno de nosotros pudo convencerse de que aquellos escoceses nada tenían de común con aquellos otros que se tenía a bien caracterizar en nuestras hojas humorísticas y en las informaciones de prensa.

Bastaba considerar la insensatez de esta política de conquista "pacífico-económica" del mundo para percatarse, igualmente a todas luces, del absurdo que entrañaba la Triple Alianza.

El valor de la Triple Alianza era ya psicológicamente insignificante, porque la consistencia de una alianza tiende a disminuir en la misma proporción en que ella se concreta al sólo mantenimiento de un estado de cosas existente; mientras que en el caso inverso, una alianza será tanto más fuerte cuanto mayor sea la expectativa de las partes contrayentes por lograr finalidades tangibles y de carácter expansivo, gracias a esa alianza. Aquí, como en todo, la pujanza no radica en la acción defensiva sino en el ataque.

Para Alemania fue una suerte que la guerra de 1914 viniera indirectamente por el lado de Austria, de manera que los Habsburgo se vieron así compelidos a tomar parte en ella; si hubiese ocurrido lo contrario, Alemania se habría quedado sola.

Muy pocos en aquella época pudieron darse cuenta de la magnitud de los peligros y las dificultades que trajo consigo la alianza con la monarquía del Danubio.

En primer término, Austria tenía demasiados enemigos, ansiosos de heredar los despojos de aquel decrépito Estado y no era de extrañar que en el transcurso del tiempo hubiera nacido un cierto odio contra Alemania, considerando a ésta como el obstáculo para la tan esperada y anhelada ruina de la monarquía austríaca. Se había llegado a la conclusión de que sólo se podía llegar a Viena pasando por Berlín.

En segundo término, Alemania perdió, gracias a esta política suya, las mejores y más auspiciosas posibilidades de pactar otras alianzas. En efecto, en lugar de éstas, se produjo una situación de creciente tensión con Rusia y hasta con Italia misma; sin embargo, en Roma la opinión general se mostraba favorable a Alemania, en tanto que en el corazón del último italiano fermentaba – y muchas veces llegaba a desbordarse – un sentimiento hostil hacia Austria.

Por último, en tercer lugar, esta alianza debía entrañar en el fondo un grave peligro para Alemania, si se tiene en cuenta la circunstancia de que cualquier potencia europea realmente adversa al Reich de Bismark, podía en todo tiempo lograr con facilidad la movilización de una serie de Estados contra Alemania, ofreciéndoles a éstos ventajas materiales a costa de los aliados de Austria. Contra la monarquía del Danubio estaban predispuestos todos los países de la Europa Oriental, pero Italia y Rusia en grado superlativo.

Ya en los contados pequeños círculos que frecuentaba yo en Munich, no oculté jamás mi convicción de que esa infeliz alianza con un Estado destinado fatalmente a la ruina, iba a conducir también al desastre catastrófico de Alemania, si es que ésta no sabía desligarse a tiempo de aquélla. Tampoco dudé ni un momento de aquella mi firme persuasión cuando el estallido de la guerra mundial pareció haber anulado toda reflexión y cuando el delirio del entusiasmo cívico absorbía hasta a aquellos estratos oficiales para los cuales no debió existir otra cosa que un frío cálculo de la realidad. Aún hallándome en la línea de fuego, sostuve siempre mi opinión, siempre que se trataba del problema, de que la alianza austro-alemana debía ser disuelta (y cuanto antes lo fuera, tanto mejor para Alemania) y también que como tributo a ello, la monarquía de los Habsburgo no significaría ningún sacrificio comparado con la posibilidad de obtener de ese modo una disminución en el número de los adversarios de la nación alemana; pues no había sido para defender una dinastía corrupta, sino para salvar a la nación alemana, para lo que millones de hombres llevaban el casco de acero.

En varias ocasiones, antes de la guerra, se tuvo la impresión de que, por lo menos en uno de los sectores políticos de Alemania, cundía cierta duda sobre la conveniencia de la política aliancista seguida por el Gobierno. De cuando en cuando los círculos conservadores alemanes dejaban oír su voz de prevención contra el exceso de confianza existente, pero esto, como todo lo razonable, debió caer en el vacío.

Con la marcha triunfal de la técnica y de la industria alemanas y por otra parte con el creciente desarrollo del comercio, fue desapareciendo cada vez más la noción de que todo esto sólo era posible bajo la égida de un Estado poderoso. Por el contrario, hasta se había llegado en muchos círculos a sostener la convicción de que el Estado mismo debía su existencia a esas manifestaciones y que representaba, en primer término una institución económica regida de acuerdo a principios económicos y, por lo tanto, dependiente también en su conjunto de la economía; en total, un estado de cosas que se ponderaba como el mejor y el más natural del mundo.

El Estado nada tiene que ver con un criterio económico determinado o con un proceso de desarrollo económico. Tampoco constituye una reunión de gestores financieros económicos en un campo de actividad con límites definidos que tiende a la realización de cometidos económicos, sino que es la organización de una comunidad de seres moral y físicamente homogéneos, con el objeto de mejorar las condiciones de conservación de su raza y así cumplir la misión que a esta le tiene señalada la Providencia. Esto y no otra cosa significan la finalidad y la razón de ser de un Estado.

El Estado judío no estuvo jamás circunscrito a fronteras materiales; sus límites abarcan el universo, pero conciernen a una sola raza. Por eso el pueblo judío formó siempre un Estado dentro de otro Estado. Constituye uno de los artificios más ingeniosos de cuantos se han urdido, hacer aparecer a ese Estado como una "religión" y asegurarle de este modo la tolerancia que el elemento ario está en todo momento dispuesto a conceder a un dogma religioso. En realidad la religión de Moisés no es más que una doctrina de la conservación de la raza judía. De haí que ella englobe casi todas las ramas del saber humano convenientes a su objetivo, sean éstas de orden sociológico, político o económico.

Toda vez que el poder político de Alemania experimentaba un cambio ascendente, la situación económica mejoraba también; pero cuando la actividad económica se convertía en el objetivo exclusivo de la vida nacional, ahogando virtudes idealistas, el Estado sufría un derrumbamiento, para arrastrar luego consigo a la economía.

Si uno se preguntase, cuáles son en realidad las fuerzas que crean o que, por lo menos, sostienen un Estado, podríase, resumiendo, formular el siguiente concepto: Espíritu y voluntad de sacrificio del individuo en pro de la colectividad. Que estas virtudes nada tienen de común con la economía, fluye de la sencilla consideración de que el hombre jamás va hasta el sacrificio por esta última, es decir, que no se muere por negocios, pero sí por ideales.

La persuasión dominante en la época de la anteguerra, de que al pueblo alemán podía serle factible acaparar el mercado mundial o llegar hasta conquistar el mundo, por medios pacíficos, fue un signo clásico de haber desaparecido las virtudes realmente conformadoras y sostenedoras del Estado, así como también los resultantes de esas virtudes: discernimiento, fuerza de voluntad y espíritu de acción. El corolario de tal estado de cosas debió ser la guerra mundial y sus consecuencias.

Meditando infinidad de veces sobre todos estos problemas que se me revelaron a través de mi modo de pensar con respecto a la política aliancista alemana y a la política económica del Reich en los años de 1912 a 1914, puede darme cuenta cada vez más claramente de que la clave de todo estaba en aquel poder que, ya antes, conociera en Viena, pero desde puntos de partida muy diferentes al actual: la doctrina y la ideología marxistas, así como la influencia de su acción organizada.

Por segunda vez en mi vida debí engolfarme en el estudio de esta doctrina demoledora pero con la circunstancia de que esta vez dediqué mi atención al propósito de dominar ese flagelo mundial. Estudié el sentido, la acción y el éxito de las leyes de emergencia de Bismarck, del mismo modo que sometí de nuevo a un riguroso examen la relación existente entre el marxismo y el judaísmo.

En diversos círculos, que en parte sostienen hoy lealmente la causa nacionalsocialista, empecé, en los años de 1913 y 1914, a poner de manifiesto la convicción que me animaba de que el problema capital para el porvenir de Alemania, residía en la destrucción del marxismo-

La desgraciada política alemana de alianzas se me reveló como una de las muchas consecuencias derivadas de la obra disociadora de esta doctrina. Lo espeluznante era precisamente el hecho de que el veneno marxista estaba minando casi insensiblemente la totalidad de los principios básicos propios de una sana concepción del Estado y de la economía nacional, sin que los afectados mismos se percatasen en lo más mínimo del grado extremo en que su proceder era ya un reflejo de esa ideología que solía impugnarse enérgicamente. También algunas veces se ensayó un tratamiento contra la endemia reinante, pero casi siempre confundiendo los síntomas con la causa misma, y como esta última no se conocía o no se quería conocer, la lucha contra el marxismo obraba cual la terapéutica en un charlatan.

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