LA BURACO Cuentos

Ir a Indice de LA BURACO de Mayo-Junio 2001
Ir a Indice de Cuentos de Mayo - Junio
Ir a  Siguiente Cuento de Mayo - Junio
Ir a Cuento Previo de Mayo - Junio
 
 
Querido Rodo: 
               de
 Cecilia Sluga

 
 

Sacudiéndose la modorra, ultrajando cualquier vestigio de somnolencia, se recortó de madrugada la valijita a medio llenar con un poco de todo y Mencho, que no podía faltar. Se iba con los ojitos hinchados y la ropa de ayer. Había querido emplear el tan conocido método del palo de escoba con la sábana anudada en la punta pero desistió, muy incómodo, y un despropósito hubiera sido arruinar el escobillón de mamá para irse de casa. Dormíamos en la misma habitación y lo veía agarrando una a una todas sus cosas, agarrándolas con una determinación que jamás volví a verle a nadie. Seguiría ahí viendo sin querer hacerlo, intentando decidir entre despertar a todos y que lo paren o levantarme y caminar en silencio detrás de él. Me hacía la dormida y seguía espiándolo a trasluz mientras escribía una carta sobre el escritorio, cosa que con el tiempo resultó de lo más absurda, porque esa carta era para mí y yo, por ese entonces, todavía no sabía leer. Fingiendo una pesadilla desperté a toda la familia, el miedo a perderlo me hizo serle refractaria. Papá no tardó en llegar y encontrarlo en plenas vísperas de su huida. La golpiza que le dio nunca la pude olvidar. Lo que pasa es que a mí me dolía más que a él ver como lo fajaban a puño cerrado. No se le perdió una sola lagrimita mientras yo, por no ver, me escondía en la culpa o en mi almohada, ya no recuerdo eso muy bien.
- No pasó nada chiquita, no fue nada -me dijo cuando papá se cansó de golpearlo. Lo dejó en un rincón, los había dejado ahí a él y a su miradita mocosa desafiante.
- Volvé a dormir que el monstruo ya se fue -me decía con todos sus lagrimones en los bolsillos y yo quería decirle que había gritado a propósito pero nunca pude. Lo abracé fuerte como pidiéndole perdón en secreto, como queriendo ir a su encuentro dolorido y él me tenía rozándole el cuello o me pedía que le acariciara el lomo latigueado si quería, que si yo quería él se quedaba a dormir en mi cama para que el monstruo no vuelva y no me asuste.
Al otro día sólo lo vi un rato cuando volví de la escuela y me ayudó con los deberes, pero después se fue a jugar a la pelota en el potrerito de enfrente y volvió recién para la hora de la cena. Tenía su barra de compinches y se pasaba toda la tarde con ellos, a mí a veces me llevaba y me dejaba quietita en algún rincón mientras ellos jugaban al fútbol o hacían fogatas y todas esas cosas de robinsones cosmopolitas. Mi hermano se había hecho muy amigo del hijo del paraguayo que vivía a la vuelta de casa, tenía una hermanita de mi edad pero mi papá no me dejaba juntarme con ellos. Mi hermano nunca le hizo demasiado caso a mi papá e igual me llevaba a jugar a las escondidas atrás de la fábrica con Lucía y Celso. Me acuerdo un día que era el cumpleaños del gordo Ramírez y Rodo no quiso ir porque no lo invitaron al Celso. Mi mamá lo obligó a ir igual y también lo obligó a comprarle un regalo y mi hermano fue y le llevó nomás el regalo al gordito. El regalo lo habían armado entre Rodo y Celso, habían juntado la bosta de las bocacalles de la cuadra y la envolvieron en el papel que mamá había traído especialmente de la capital. Cuando Ramírez vio el paquetito, me contó Rodo, no podía dejar de saltar de la alegría y no paraba de agradecerle hasta que Rodo le dijo que Celso había contribuido enérgicamente en el presente. Pobre Gordo Ramírez, cuando abrió el paquete se encontró con los bollos de bosta bien fresquita. Todo eso fue gran escándalo en el barrio, pero cuando llegó a oídos de mi papá fue una verdadera tragedia. Lo sacudió y no paró hasta que él mismo se había lastimado todas las manos de tanto golpearlo. Estaban los dos en el jardín, y yo todavía me acuerdo de eso porque el limonero del fondo seguía estando, y también porque Rodo quiso saltar la pared para escaparse y ahí fue cuando mi papá lo agarró de las pestañas y lo levantó en el aire de un solo empujón. Cada vez que a mi hermano le esperaba una paliza, automáticamente me sentía culpable, quizás porque fue culpa mía la primera, y cómo no pensar que por mi culpa eran y serían todas las siguientes. Cuando llegué ese día del colegio ya le estaba pegando, con saña, ensimismado, como si pegarle hubiese sido todo lo que tenía para hacer en el día.
Mi mamá estaba preparándome el almuerzo y de refilón miraba de vez en cuando por la ventana hacia el patio, controlaba que los gritos no llegaran hasta el almacén y seguía pelando las papas. Y mi hermano ahí, hecho un nudito en el rincón sin decir ni mú, con toda su hombría irresponsable y todo su orgullo y la lenta espera para que el viejo dejara de golpearlo y lo dejara irse al potrerito con Celso, con Lucía y conmigo. No me acuerdo exactamente cómo se me ocurrió, pero supongo que debe haber sido, nuevamente, el miedo a quedarme sin Rodolfo, a que a mi papá se le fuera la mano o se pasara de la raya con la apaleada y los cinturonazos. De repente, en medio del griterío de mi viejo y de sus palabrotas, irrepetibles por cierto, me acordé de Mencho. Seguramente estaría en lo de Celso, tirado panza arriba a la sombra del gomero, jugando con sus patas en alto y  la lengua de costado, es realmente una lástima que los perros puedan ver solo en blanco y negro. Me diluí lentamente por la puerta, sin que mamá me viera ni escuchara el portazo. Lo agarré al Mencho y me lo traje hasta casa, por favor Mencho, tenés que hacer algo, cuando entres no ladres, agarralo por sorpresa y no dejes de morderlo hasta que él no lo suelte a Rodo, te acordás cuando lo defendiste al Rodo de la bandita de la otra cuadra, bueno, ahora es lo mismo pero con mi papá.
Así fue cómo mi viejo perdió el dedo gordo de la mano derecha y nunca más pudo volver a levantar un alfiler del piso o una de esas monedas que uno se encuentra en los días de suerte, nunca más un tenedor, una cuchara, abotonarse el pantalón, atarse los cordones ni escribir. Decía que prefería ser un inútil el resto de su vida antes de hacer algo con la izquierda. Eso sí, nunca dejo de fajarlo a Rodo o de saludarme antes de irse a dormir o de llegar a casa y frotarme la cabeza y reírse hasta preguntar por el sin vergüenza de su hijo y que se le espantara cualquier ánimo festivo. Para esas épocas mi hermano andaba cerca de los dieciséis pero seguía igual. Se iba a trabajar temprano y después me ayudaba con los deberes de la escuela o me dejaba algún libro en la mesita de luz. Después se iba y no volvía hasta tarde o ni siquiera volvía, pero si venía a dormir era una fiesta porque dormía a una cama de distancia y le escuchaba su respirar fuerte toda la noche. Además Rodo hablaba dormido y no decía incoherencias sino más bien todo lo contrario, cosas bellísimas hablaba Rodo cuando dormía. Llegaba a trasluz y se me tiraba un rato al costado de la cama y aprovechaba  y me contaba qué había hecho en todo el día sin mí, ya no como antes, como cuando yo iba detrás de él a todas partes. Muy pocos capítulos de su vida me perdí, sólo aquellos de cuando no me podía hacer la dormida y escucharlo porque me había quedado dormida en serio. Así me enteraba de todo lo que hacía Rodo, con quiénes andaba, qué hacía, nombres y apellidos, lugares de siempre, comidas, calles, chicas, “perdón chiquita por el olor a pucho que traigo encima pero... pucha, estoy fumando otra vez. Hoy nos reunimos en Avellaneda, tuvimos un lindo viaje hasta allá pero eso es lo de menos... la cosa está jodida chiquita, está jodida en serio, de María Marta no sabemos nada y estamos preocupados, encima yo llamé hoy a la casa y no me quisieron hablar, María Marta no está María Marta no está, me repetía la vieja... como si yo no supiera que en serio María Marta no estaba ahí. Estamos jodidos chiquita, mañana nos vamos al parque y después a ver algo al cine y a comer pizza como te gusta a vos y después un helado que nos dure todo el camino de vuelta a casa... te parece bien? Si, yo sé que te va a gustar”.
Lucía y Celso se habían vuelto ya a Paraguay con su mamá y nos habían dejado a Mencho, que de noche tenía que dormir afuera porque mi papá no lo podía ni ver al perro. Cuando volvimos del cine nos estaba esperando en la puerta de casa meta agitar la cola de un lado al otro, latigazos al aire o un adiós a lo perro. Rodo me acostó como mamá le había dicho, que primero haga pis y que no se olvide de lavarse los dientes, no vaya a ser cosa que le salgan caries. Y así lo hicimos y me dormí porque estaba agotada, me había reído mucho y me dolía la panza, además había comido muchos caramelos y todos me los había comprado Rodo en la película. La tarde siguiente hice los deberes sola y así todas las demás tardes hasta que no solo terminé la escuela primaria sino también la secundaria. A veces sacaba cuentas sin sentido y decía que si yo tenía ahora diecinueve para veinte el debería tener entonces treinta recién cumplidos y estaría ya un poco viejo o no viejo sino que no tan joven como yo lo recordaba. Para sus cumpleaños me iba al cine y prendía un fósforo en un alfajor y que Rodo vuelva, que Rodo vuelva, que Rodo vuelva. A veces creía verlo, como a todos les pasa cuando extrañan a alguien, en todas partes... y yo misma lo he dicho: como a todos les pasa... lo que pasa es que a todos a los que les pasa quieren a más de una persona seguramente, en cambio yo, nada más lo tenía a Rodo y él un día se fue a hacer su vida y yo no me pude ir con él y también se lo llevó al Mencho, y yo, sola. Entonces mi mamá, siempre tan oportuna, se le ocurrió que lo que yo necesitaba era un diario íntimo y corrió a la capital a comprar uno lindo lindo lindo. Al principio no le llevé mucho el apunte al cuaderno floreado, lo miraba con recelo cada vez que abría el cajón hasta que me copié de Rodo que me contaba todas sus cosas a mí sin saber que yo lo estaba escuchando y empecé a escribirlo, a escribirle a Rodo. Sí, en vez  de Querido Diario, yo era Querido Rodo y le hablaba por páginas enteras sin cansarme ni aflojar siquiera en la prolijidad ni en nada.
Querido Rodo: ¿Estás en algún lado? Sí, seguro que sí. Te cuento que al final lo vamos a hacer y me decidí porque sé que vos hubieras hecho lo mismo que yo. Seré breve porque hay mucho para hacer mañana y tengo que acostarme temprano. ¡Ah! Y con respecto a lo que no pude contarte el otro día, te digo que también me decidí con eso... ¿Te acordás la tarde esa que con Lucía estábamos jugando al carnaval y vos y Celso tuvieron que salir a buscarnos porque de tanto correr escapando del agua nos perdimos? Bueno, cuando yo te pregunté cómo habían hecho para encontrarnos, ¿Vos que me contestaste? Me dijiste que habían pensado en los lugares que conocíamos y nos gustaban, las canillas donde podríamos haber cargado agua en los tachitos, los pliegues frescos de la ciudad abatida. Resultó, sin embargo, que nosotras estábamos ahí, frente a sus narices y pasaron una y mil veces delante sin poder vernos. Estábamos en el potrerito jugando a que éramos ustedes dos, no jugábamos al carnaval... dijimos eso porque nos dio vergüenza, porque en realidad habíamos querido prender fuego y casi nos quemamos vivas. Bueno, algo parecido quiero hacer ahora... no voy a salir a buscarte sino que me voy a encontrarte sin estrategia preestablecida.
Cuando Rodo no volvió a volver y los días se hicieron años empecé a escribir todas sus historias. Querido Rodo: y le contaba de su propia vida, le conté lo de Ezeiza y la pobre viejita tucumana que había viajado doce días para la gran ceremonia y casi casi la matan a tiros o algo así. Otra vez le conté de María Marta y sus tetas proletarias o de la máquina de escribir que nunca andaba. A veces mamá me mandaba a comprar algo a la capital y yo, mientras, aprovechaba y me iba  a todos los lugares que Rodo solía ir. A veces resultaban cafés, esquinas, cines, calles sin fenómenos particulares. En fin, recuerdos. Querido Rodo: Volvieron Celso y Lucía, están viviendo en la casa de la enredadera. Todavía no saben cuándo se vuelven pero Celso me prometió ayudar para encontrarte. En Paraguay les fue bien, pero su mamá se volvió a casar y no tenía lugar suficiente en la casa para que ellos se queden. Perdón que no te dé  muchos detalles, pero hay algo mucho más urgente. Celso me besó o, mejor dicho, yo lo besé a él. Habíamos ido a buscarte y yo me desanimé mucho porque ni siquiera una pestaña tuya encontramos en las bocacalles. Caminábamos cerca de una esquina y yo me largué a llorar  y Celso me abrazó fuerte, todo encorvado porque está altísimo y me rozaba el cuello con su naricita redonda. Me abrazaba fuerte y me acariciaba la cabeza, pero no como papá, de otra forma, algo tonta y dulce o triste, no sé muy bien. La cuestión es que él tenía la boca muy cerca y me estiré un poquito hacia delante y cuando ya estaba por llegar se corrió, pero después no sé qué hizo y cuando me acordé ya hacía largo tiempo que me había besado...y lo seguimos haciendo todos los días hasta que tuvo que volverse. Me trae hoy el romanticismo Rodo, y no puedo evitar acordarme de María Marta y vos o de vos y María Marta si es que así lo preferís. Te acordás todavía de aquel día que la llamaste y no te pudo atender... yo sé que te dolió no volver a verla a ella ni a su pulóver verde ni a las botas de cuero negro. Esa noche me habías traído un libro nuevo...mirá lo que te traje, mirá lo que me regaló Horacio, este libro ya no se consigue por ningún lado. Se ve que me tardé mucho en ir porque no sabés cómo me abrazó... ¿Sabés qué me hizo? Cada vez que estaba a punto de irme me preguntaba algo para retenerme, para que me quede un ratito más y lo miré como diciéndole que ya me había dado cuenta de lo que estaba haciendo y con todo desparpajo me contestó:
- Qué se le va a hacer piba, viste cómo somos los viejos con nuestros amigos... no queremos que se vayan antes de que los echemos.
Querido Rodo: Y María Marta enseguida se daba cuenta de cómo estabas. Si estabas ligero o triste. Si los ojitos estaban brillando por llanto o sonrisa. Eso decías, y ese día te le fuiste cabizbajo, mirando y callando las baldosas, seguramente sin decirle ni mú, como cuando papá te golpeaba y vos ni siquiera lo mirabas, como si no te importara que te apaleara a cada rato. Vos siempre me contabas que te ibas hasta María Marta y te le quedabas mudo en su propia cara, y que ella se callaba también no porque quisiera sino porque no le quedaba otra y los dos hacían como que estaban concentrados en el papelerío y ese desorden importaba poco y nada porque sabían lo que se estaban causando. María Marta, seguramente, se mordía las ganas de preguntarte porque sabía que era inútil, que vos eras así y me juego la cabeza a que también era mentira eso de que ella no quería saber nada hasta que vos no pudieras decirle... pobre María Marta, yo la entiendo, yo sé lo que es quererte, Rodo, eso yo lo sé. La muy desgraciada no debía querer presionarte mucho de miedo a que te le escaparas en un suspiro denso. No se debe haber ido enojada porque vos no llegaste a tiempo esa noche, ahora no está enojada seguramente, debe estar sufriendo tus mudeces o tus apagones verbales. Sé que te sacaron  a María Marta, y a mí me dolió, sí, pero más me dolió por ella porque yo sé, Rodo, yo sé lo que es, digo que sé lo que es quererte y que un día. ?
 
 
 
 




This page hosted by GeoCitiesGet your own Free Home Page
 
 
Hosted by www.Geocities.ws

1