| Querido Rodo:
de Cecilia Sluga |
Sacudiéndose
la modorra, ultrajando cualquier vestigio de somnolencia, se recortó
de madrugada la valijita a medio llenar con un poco de todo y Mencho, que
no podía faltar. Se iba con los ojitos hinchados y la ropa de ayer.
Había querido emplear el tan conocido método del palo de
escoba con la sábana anudada en la punta pero desistió, muy
incómodo, y un despropósito hubiera sido arruinar el escobillón
de mamá para irse de casa. Dormíamos en la misma habitación
y lo veía agarrando una a una todas sus cosas, agarrándolas
con una determinación que jamás volví a verle a nadie.
Seguiría ahí viendo sin querer hacerlo, intentando decidir
entre despertar a todos y que lo paren o levantarme y caminar en silencio
detrás de él. Me hacía la dormida y seguía
espiándolo a trasluz mientras escribía una carta sobre el
escritorio, cosa que con el tiempo resultó de lo más absurda,
porque esa carta era para mí y yo, por ese entonces, todavía
no sabía leer. Fingiendo una pesadilla desperté a toda la
familia, el miedo a perderlo me hizo serle refractaria. Papá no
tardó en llegar y encontrarlo en plenas vísperas de su huida.
La golpiza que le dio nunca la pude olvidar. Lo que pasa es que a mí
me dolía más que a él ver como lo fajaban a puño
cerrado. No se le perdió una sola lagrimita mientras yo, por no
ver, me escondía en la culpa o en mi almohada, ya no recuerdo eso
muy bien.
- No pasó
nada chiquita, no fue nada -me dijo cuando papá se cansó
de golpearlo. Lo dejó en un rincón, los había dejado
ahí a él y a su miradita mocosa desafiante.
- Volvé
a dormir que el monstruo ya se fue -me decía con todos sus lagrimones
en los bolsillos y yo quería decirle que había gritado a
propósito pero nunca pude. Lo abracé fuerte como pidiéndole
perdón en secreto, como queriendo ir a su encuentro dolorido y él
me tenía rozándole el cuello o me pedía que le acariciara
el lomo latigueado si quería, que si yo quería él
se quedaba a dormir en mi cama para que el monstruo no vuelva y no me asuste.
Al otro día
sólo lo vi un rato cuando volví de la escuela y me ayudó
con los deberes, pero después se fue a jugar a la pelota en el potrerito
de enfrente y volvió recién para la hora de la cena. Tenía
su barra de compinches y se pasaba toda la tarde con ellos, a mí
a veces me llevaba y me dejaba quietita en algún rincón mientras
ellos jugaban al fútbol o hacían fogatas y todas esas cosas
de robinsones cosmopolitas. Mi hermano se había hecho muy amigo
del hijo del paraguayo que vivía a la vuelta de casa, tenía
una hermanita de mi edad pero mi papá no me dejaba juntarme con
ellos. Mi hermano nunca le hizo demasiado caso a mi papá e igual
me llevaba a jugar a las escondidas atrás de la fábrica con
Lucía y Celso. Me acuerdo un día que era el cumpleaños
del gordo Ramírez y Rodo no quiso ir porque no lo invitaron al Celso.
Mi mamá lo obligó a ir igual y también lo obligó
a comprarle un regalo y mi hermano fue y le llevó nomás el
regalo al gordito. El regalo lo habían armado entre Rodo y Celso,
habían juntado la bosta de las bocacalles de la cuadra y la envolvieron
en el papel que mamá había traído especialmente de
la capital. Cuando Ramírez vio el paquetito, me contó Rodo,
no podía dejar de saltar de la alegría y no paraba de agradecerle
hasta que Rodo le dijo que Celso había contribuido enérgicamente
en el presente. Pobre Gordo Ramírez, cuando abrió el paquete
se encontró con los bollos de bosta bien fresquita. Todo eso fue
gran escándalo en el barrio, pero cuando llegó a oídos
de mi papá fue una verdadera tragedia. Lo sacudió y no paró
hasta que él mismo se había lastimado todas las manos de
tanto golpearlo. Estaban los dos en el jardín, y yo todavía
me acuerdo de eso porque el limonero del fondo seguía estando, y
también porque Rodo quiso saltar la pared para escaparse y ahí
fue cuando mi papá lo agarró de las pestañas y lo
levantó en el aire de un solo empujón. Cada vez que a mi
hermano le esperaba una paliza, automáticamente me sentía
culpable, quizás porque fue culpa mía la primera, y cómo
no pensar que por mi culpa eran y serían todas las siguientes. Cuando
llegué ese día del colegio ya le estaba pegando, con saña,
ensimismado, como si pegarle hubiese sido todo lo que tenía para
hacer en el día.
Mi mamá
estaba preparándome el almuerzo y de refilón miraba de vez
en cuando por la ventana hacia el patio, controlaba que los gritos no llegaran
hasta el almacén y seguía pelando las papas. Y mi hermano
ahí, hecho un nudito en el rincón sin decir ni mú,
con toda su hombría irresponsable y todo su orgullo y la lenta espera
para que el viejo dejara de golpearlo y lo dejara irse al potrerito con
Celso, con Lucía y conmigo. No me acuerdo exactamente cómo
se me ocurrió, pero supongo que debe haber sido, nuevamente, el
miedo a quedarme sin Rodolfo, a que a mi papá se le fuera la mano
o se pasara de la raya con la apaleada y los cinturonazos. De repente,
en medio del griterío de mi viejo y de sus palabrotas, irrepetibles
por cierto, me acordé de Mencho. Seguramente estaría en lo
de Celso, tirado panza arriba a la sombra del gomero, jugando con sus patas
en alto y la lengua de costado, es realmente una lástima que
los perros puedan ver solo en blanco y negro. Me diluí lentamente
por la puerta, sin que mamá me viera ni escuchara el portazo. Lo
agarré al Mencho y me lo traje hasta casa, por favor Mencho, tenés
que hacer algo, cuando entres no ladres, agarralo por sorpresa y no dejes
de morderlo hasta que él no lo suelte a Rodo, te acordás
cuando lo defendiste al Rodo de la bandita de la otra cuadra, bueno, ahora
es lo mismo pero con mi papá.
Así
fue cómo mi viejo perdió el dedo gordo de la mano derecha
y nunca más pudo volver a levantar un alfiler del piso o una de
esas monedas que uno se encuentra en los días de suerte, nunca más
un tenedor, una cuchara, abotonarse el pantalón, atarse los cordones
ni escribir. Decía que prefería ser un inútil el resto
de su vida antes de hacer algo con la izquierda. Eso sí, nunca dejo
de fajarlo a Rodo o de saludarme antes de irse a dormir o de llegar a casa
y frotarme la cabeza y reírse hasta preguntar por el sin vergüenza
de su hijo y que se le espantara cualquier ánimo festivo. Para esas
épocas mi hermano andaba cerca de los dieciséis pero seguía
igual. Se iba a trabajar temprano y después me ayudaba con los deberes
de la escuela o me dejaba algún libro en la mesita de luz. Después
se iba y no volvía hasta tarde o ni siquiera volvía, pero
si venía a dormir era una fiesta porque dormía a una cama
de distancia y le escuchaba su respirar fuerte toda la noche. Además
Rodo hablaba dormido y no decía incoherencias sino más bien
todo lo contrario, cosas bellísimas hablaba Rodo cuando dormía.
Llegaba a trasluz y se me tiraba un rato al costado de la cama y aprovechaba
y me contaba qué había hecho en todo el día sin mí,
ya no como antes, como cuando yo iba detrás de él a todas
partes. Muy pocos capítulos de su vida me perdí, sólo
aquellos de cuando no me podía hacer la dormida y escucharlo porque
me había quedado dormida en serio. Así me enteraba de todo
lo que hacía Rodo, con quiénes andaba, qué hacía,
nombres y apellidos, lugares de siempre, comidas, calles, chicas, “perdón
chiquita por el olor a pucho que traigo encima pero... pucha, estoy fumando
otra vez. Hoy nos reunimos en Avellaneda, tuvimos un lindo viaje hasta
allá pero eso es lo de menos... la cosa está jodida chiquita,
está jodida en serio, de María Marta no sabemos nada y estamos
preocupados, encima yo llamé hoy a la casa y no me quisieron hablar,
María Marta no está María Marta no está, me
repetía la vieja... como si yo no supiera que en serio María
Marta no estaba ahí. Estamos jodidos chiquita, mañana nos
vamos al parque y después a ver algo al cine y a comer pizza como
te gusta a vos y después un helado que nos dure todo el camino de
vuelta a casa... te parece bien? Si, yo sé que te va a gustar”.
Lucía
y Celso se habían vuelto ya a Paraguay con su mamá y nos
habían dejado a Mencho, que de noche tenía que dormir afuera
porque mi papá no lo podía ni ver al perro. Cuando volvimos
del cine nos estaba esperando en la puerta de casa meta agitar la cola
de un lado al otro, latigazos al aire o un adiós a lo perro. Rodo
me acostó como mamá le había dicho, que primero haga
pis y que no se olvide de lavarse los dientes, no vaya a ser cosa que le
salgan caries. Y así lo hicimos y me dormí porque estaba
agotada, me había reído mucho y me dolía la panza,
además había comido muchos caramelos y todos me los había
comprado Rodo en la película. La tarde siguiente hice los deberes
sola y así todas las demás tardes hasta que no solo terminé
la escuela primaria sino también la secundaria. A veces sacaba cuentas
sin sentido y decía que si yo tenía ahora diecinueve para
veinte el debería tener entonces treinta recién cumplidos
y estaría ya un poco viejo o no viejo sino que no tan joven como
yo lo recordaba. Para sus cumpleaños me iba al cine y prendía
un fósforo en un alfajor y que Rodo vuelva, que Rodo vuelva, que
Rodo vuelva. A veces creía verlo, como a todos les pasa cuando extrañan
a alguien, en todas partes... y yo misma lo he dicho: como a todos les
pasa... lo que pasa es que a todos a los que les pasa quieren a más
de una persona seguramente, en cambio yo, nada más lo tenía
a Rodo y él un día se fue a hacer su vida y yo no me pude
ir con él y también se lo llevó al Mencho, y yo, sola.
Entonces mi mamá, siempre tan oportuna, se le ocurrió que
lo que yo necesitaba era un diario íntimo y corrió a la capital
a comprar uno lindo lindo lindo. Al principio no le llevé mucho
el apunte al cuaderno floreado, lo miraba con recelo cada vez que abría
el cajón hasta que me copié de Rodo que me contaba todas
sus cosas a mí sin saber que yo lo estaba escuchando y empecé
a escribirlo, a escribirle a Rodo. Sí, en vez de Querido Diario,
yo era Querido Rodo y le hablaba por páginas enteras sin cansarme
ni aflojar siquiera en la prolijidad ni en nada.
Querido Rodo:
¿Estás en algún lado? Sí, seguro que sí.
Te cuento que al final lo vamos a hacer y me decidí porque sé
que vos hubieras hecho lo mismo que yo. Seré breve porque hay mucho
para hacer mañana y tengo que acostarme temprano. ¡Ah! Y con
respecto a lo que no pude contarte el otro día, te digo que también
me decidí con eso... ¿Te acordás la tarde esa que
con Lucía estábamos jugando al carnaval y vos y Celso tuvieron
que salir a buscarnos porque de tanto correr escapando del agua nos perdimos?
Bueno, cuando yo te pregunté cómo habían hecho para
encontrarnos, ¿Vos que me contestaste? Me dijiste que habían
pensado en los lugares que conocíamos y nos gustaban, las canillas
donde podríamos haber cargado agua en los tachitos, los pliegues
frescos de la ciudad abatida. Resultó, sin embargo, que nosotras
estábamos ahí, frente a sus narices y pasaron una y mil veces
delante sin poder vernos. Estábamos en el potrerito jugando a que
éramos ustedes dos, no jugábamos al carnaval... dijimos eso
porque nos dio vergüenza, porque en realidad habíamos querido
prender fuego y casi nos quemamos vivas. Bueno, algo parecido quiero hacer
ahora... no voy a salir a buscarte sino que me voy a encontrarte sin estrategia
preestablecida.
Cuando Rodo
no volvió a volver y los días se hicieron años empecé
a escribir todas sus historias. Querido Rodo: y le contaba de su propia
vida, le conté lo de Ezeiza y la pobre viejita tucumana que había
viajado doce días para la gran ceremonia y casi casi la matan a
tiros o algo así. Otra vez le conté de María Marta
y sus tetas proletarias o de la máquina de escribir que nunca andaba.
A veces mamá me mandaba a comprar algo a la capital y yo, mientras,
aprovechaba y me iba a todos los lugares que Rodo solía ir.
A veces resultaban cafés, esquinas, cines, calles sin fenómenos
particulares. En fin, recuerdos. Querido Rodo: Volvieron Celso y Lucía,
están viviendo en la casa de la enredadera. Todavía no saben
cuándo se vuelven pero Celso me prometió ayudar para encontrarte.
En Paraguay les fue bien, pero su mamá se volvió a casar
y no tenía lugar suficiente en la casa para que ellos se queden.
Perdón que no te dé muchos detalles, pero hay algo
mucho más urgente. Celso me besó o, mejor dicho, yo lo besé
a él. Habíamos ido a buscarte y yo me desanimé mucho
porque ni siquiera una pestaña tuya encontramos en las bocacalles.
Caminábamos cerca de una esquina y yo me largué a llorar
y Celso me abrazó fuerte, todo encorvado porque está altísimo
y me rozaba el cuello con su naricita redonda. Me abrazaba fuerte y me
acariciaba la cabeza, pero no como papá, de otra forma, algo tonta
y dulce o triste, no sé muy bien. La cuestión es que él
tenía la boca muy cerca y me estiré un poquito hacia delante
y cuando ya estaba por llegar se corrió, pero después no
sé qué hizo y cuando me acordé ya hacía largo
tiempo que me había besado...y lo seguimos haciendo todos los días
hasta que tuvo que volverse. Me trae hoy el romanticismo Rodo, y no puedo
evitar acordarme de María Marta y vos o de vos y María Marta
si es que así lo preferís. Te acordás todavía
de aquel día que la llamaste y no te pudo atender... yo sé
que te dolió no volver a verla a ella ni a su pulóver verde
ni a las botas de cuero negro. Esa noche me habías traído
un libro nuevo...mirá lo que te traje, mirá lo que me regaló
Horacio, este libro ya no se consigue por ningún lado. Se ve que
me tardé mucho en ir porque no sabés cómo me abrazó...
¿Sabés qué me hizo? Cada vez que estaba a punto de
irme me preguntaba algo para retenerme, para que me quede un ratito más
y lo miré como diciéndole que ya me había dado cuenta
de lo que estaba haciendo y con todo desparpajo me contestó:
- Qué
se le va a hacer piba, viste cómo somos los viejos con nuestros
amigos... no queremos que se vayan antes de que los echemos.
Querido Rodo:
Y María Marta enseguida se daba cuenta de cómo estabas. Si
estabas ligero o triste. Si los ojitos estaban brillando por llanto o sonrisa.
Eso decías, y ese día te le fuiste cabizbajo, mirando y callando
las baldosas, seguramente sin decirle ni mú, como cuando papá
te golpeaba y vos ni siquiera lo mirabas, como si no te importara que te
apaleara a cada rato. Vos siempre me contabas que te ibas hasta María
Marta y te le quedabas mudo en su propia cara, y que ella se callaba también
no porque quisiera sino porque no le quedaba otra y los dos hacían
como que estaban concentrados en el papelerío y ese desorden importaba
poco y nada porque sabían lo que se estaban causando. María
Marta, seguramente, se mordía las ganas de preguntarte porque sabía
que era inútil, que vos eras así y me juego la cabeza a que
también era mentira eso de que ella no quería saber nada
hasta que vos no pudieras decirle... pobre María Marta, yo la entiendo,
yo sé lo que es quererte, Rodo, eso yo lo sé. La muy desgraciada
no debía querer presionarte mucho de miedo a que te le escaparas
en un suspiro denso. No se debe haber ido enojada porque vos no llegaste
a tiempo esa noche, ahora no está enojada seguramente, debe estar
sufriendo tus mudeces o tus apagones verbales. Sé que te sacaron
a María Marta, y a mí me dolió, sí, pero más
me dolió por ella porque yo sé, Rodo, yo sé lo que
es, digo que sé lo que es quererte y que un día. ?