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Agosto, 9:24 am, Microcentro
La imagen estática
de una ciudad vista en perspectiva a la mañana. Un punto oscuro
y pequeño aumenta su tamaño milimétricamente. Los
segundos transcurren con su usual calma, y el punto se agranda, se alarga,
va adquiriendo forma. Al principio de hormiga, luego de duende. Finalmente,
tras una considerable sucesión de segundos, el punto adopta una
inconfundible forma humana. Es la forma de un hombre que corre desesperado.
La forma se
agranda de tal manera, que su sobretodo gris cubre la totalidad de la imagen,
que desaparece en esa oscuridad momentánea. Entonces la perspectiva
de la ciudad cambia, gira ciento ochenta grados, la imagen vuelve a aparecer.
Ahora se ve a un hombre de espaldas alejándose, adquiriendo lentamente
la forma de un punto.
Pero esta vez la imagen deja su reposo y sigue al hombre.
De alguna forma que la lógica no aclara, se da a conocer que ese hombre se llama Ismael, que tiene veintiséis años, que tiene pasión por la lectura, que padece asma y que, además, huye aterrado. La proximidad, tal vez la continuidad, den a conocer algunos otros detalles.
El sobretodo
gris movilizado por una forma humana recorre las calles con una prisa que
no corresponde más que en su interior. Cruza corriendo, sin mirar
hacia los costados. Un ente ajeno a la imagen móvil lo persigue.
El cerebro
de Ismael se mueve con mayor velocidad que su cuerpo, se agita, se sobresalta
con los recuerdos que le arrancan más la voluntad que el pánico.
Y estos recuerdos, embriones de pensamientos, conclusiones e ideas, se
le escapan de la boca, va tosiéndolos entre ese aire frío
que entra y sale. Ese aire que inhalan y exhalan sus pulmones. Murmura
entre dientes, y vuelve de tanto en tanto su cabeza hacia atrás,
y en esa breve búsqueda, más allá del resultado, halla
su mejor opción. Correr. (Correr para estar seguro de haber escapado,
o correr para escapar).
Metro a metro,
el contenido de su mente se vuelca en el aire en forma de tos o de susurro.
Paso a paso, Ismael se deshace de sus ideas. Teme que lo capturen con ellas.
Piensa en
el número de cuadras que lleva corriendo, en el cansancio que ya
está comenzando a sentir, y que crece con rapidez. Le lloran los
ojos, tal vez por la angustia, tal vez por el viento.
Corre algunas
cuadras más, evadiendo peatones y vehículos. El asma le aprieta
el pecho, aminora un poco su marcha. “Sólo unas cuadras más”,
piensa. Y sin dejar de correr rompe en llanto. Mira nuevamente hacia atrás,
pero ya no tiene fuerzas (o ganas) para seguir. Ismael tiene miedo. Apoya
su mano derecha sobre su pecho y comienza a trotar, luego a caminar. No
quiere voltearse. “Casi”, se dice a sí mismo, e interrumpiéndolo,
una puntada fría se clava por su espalda en medio de su columna
vertebral. Ismael se detiene por completo. El frío lo envuelve,
el pecho parece a punto de estallar. Las personas lo esquivan, algunos
lo insultan en voz baja o lo empujan. Comprende que ha llegado su hora,
pero un último pensamiento lo salva de la desesperación.
Vio a las ideas, pensamientos y recuerdos como anginas, resfríos
y gripes. Cierra los ojos. Antes de desplomarse sonríe y ya cayendo
completa su idea para sí: “...y yo he estado tosiéndolos
por ahí, desparramándolos en medio de toda esta gente”. ?