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Marzo |
La mañana húmeda de
marzo la arrojó al asfalto desde temprano. Caminó por la
calle hasta la avenida, cruzó el primer carril y luego saltó
el guardarrail apurándose a cruzar el segundo. Ya se veía
venir al viejo cascajo del 237. Verde gusano que la devoraba cada día.
Sacó boleto mínimo.
El colectivero la miró de reojo y manoteó violentamente la
palanca de cambio con su bocha reluciente de acrílico anaranjado.
Colgada del pasamanos superior, atrajo algunas miradas al ras de su minifalda.
El guardapolvos tableado pronunciaba su cadera. La cara maquillada y una
vincha negra que le sujetaba su melena lacia le deban una apariencia de
ser algunos años mayor. Mascó un chicle hasta llegar a la
escuela. Al atravesar el portón principal lo escupió sobre
el césped del cantero derecho.
Sus plataformas de corcho sonaron
sobre el mejorado del patio. Buscó a "la Tana" con la mirada. La
halló en los barrotes del ventanal del aula de primero. Enroscada
y sensual, cual un reptil matutino. Los libros atados con una banda elástica,
se sostenían ensartados entre barrote y barrote. A su alrededor
revoloteaban los consabidos moscardones, el "Bocón" y Mariano, sucumbiendo
a los atributos de sus compañeras, como de costumbre.
Ella también ensartó
sus libros y besó a todos en la mejilla. La Tana se descolgó
y la enlazó en un abrazo pegajoso, las chicas quedaron enredadas
y los muchachos las miraban extasiados sin atreverse a intentar cualquier
acercamiento.
El timbre sonó agudo y puntual.
Todos se incomodaron.
La formación se alineó
rápidamente. La directora pronunció su saludo formal y dio
la orden de entrar a las aulas, acatada por las distintas filas que recorrieron
su sendero de hormigas.
Ya en el aula Carola tomó
asiento. Repasó el horario y separó la carpeta de merceología,
guardando el resto bajo la mesa. No obstante la sorprendió un sobre,
prolijamente cerrado. Sin remitente, con su nombre escrito en grandes letras
de imprenta sobre el frente.
Antes de que pudiera abrirlo, entró
la profesora y todos tuvieron que pararse.
- Buenos días alumnos.
- Buenos días profesora.
- Pueden sentarse.
Los golpes de las sillas contra
las patas de las mesas sonaron al unísono. Carola sosteniendo por
debajo de la tabla el sobre le despegó la solapa. Extrajo una carta
blanca y perfumada. Codeando a la Tana le señaló el hallazgo.
- ¿Qué es?
- Una carta, boluda, ¿no
ves?
- ¿De quién? Le contestó
la otra invadida por una curiosidad incipiente.
- ¡Qué se yo!
De pronto la Sra. Girardi se encontró
parada junto al escritorio de Carola.
- Me repite lo que acabo de decir,
señorita, por favor.
Carola guardó de sopetón
el papel y levantó las dos manos sobre la mesa, carraspeando, la
miró a los ojos a su profesora, y le esbozó una sonrisa como
toda respuesta.
La mujer, ya vieja, se quedó
petrificada en sus ojos almendrados que la llenaban de asombro de tan grandes.
En cambio la muchacha se apenaba al mirarla, toda arrugada y medio rostro
quemado, sin pestañas ni cejas que enmarquen sus diminutos ojuelos.
Y la peluca mal agarrada a su testa calva luego del accidente en la clase
de química. Pobre mujer, pensaba Carola, era tan buena.
La profesora de merceología
siguió caminando.
- Como no todos me estaban escuchando
lo voy a repetir. El procedimiento de aleación de las sustancias
químicas que estudiamos la clase pasada, es muy fácil de
deducir. Si recuerdan el versito que he inventado ya desde hace muchos
años y que le ha dado mucho resultado a mis anteriores alumnos y
dice así:
"Oso chiquito"
"Pico de pato"
O sea, si estamos en presencia
de un compuesto ferr"oso", luego de la aleación ¿en qué
se convierte?, en un Ferr"ito".
Y si en cambio tenemos un ácido
sulfúr"ico", en las combinaciones obtendremos un sulf"ato".
Con este versito ya no se pueden
equivocar. Entonces repitan conmigo:
"Oso chiquito"
"Pico de pato"
Mientras lo escribía con
una amplia letra cursiva en el pizarrón, giraba la cabeza meneándola
para que todos lo repitieran una y otra vez.
- Sacá la carta tonta. -le
dijo la Tana.
Así impulsada sacó
nuevamente el papel y lo leyó.
- ¿Qué dice, qué
dice? La Tana le arrancó el papel de las manos, y también
lo leyó.
Carola se había quedado
seria. Miró por la ventana y vio la mañana gris. Algunas
nubes lejanas se venían acercando arrastradas por una brisa tenaz
muy usual de los otoños.
Se miraron cómplices.
Sin que la compañera llegara
a decirle nada, Carola le respondió a su pregunta implícita.
- No se quién es.
Era una declaración de amor.
Fue guardada en su sobre correctamente y éste fue a dar dentro de
la cartuchera. La clase continuaba, sin que Carola y la Tana estuvieran
atentas. Sólo sus cuerpos figuraban, sus mentes las transportaban
a anteriores situaciones, las llevaban de visita hacia distintas personas
que las circundaban. ¿Quién era el chico que se había
enamorado de Carola? ¿Quién era el encubridor de tanta timidez?
De pronto Carola percibió
un movimiento extraño en el patio de la escuela. Vio subirse a la
medianera que lindaba con la comisaría, a tres soldados con el arma
reglamentaria cruzada en bandolera sobre el pecho. Dos tomaron las esquinas.
El del medio caminaba por la angosta pared, de un lado para el otro, como
haciendo guardia. Las manchas verdes la distrajeron de su incógnita.
- Mirá Tana, pusieron guardia.
- ¿Y esto?
- ¿Se habrá fugado
algún preso?
La señora Girardi se había
ubicado en el escritorio. Las piernas cruzadas se veían por debajo
de la madera maciza.
- ¿A ver señorita
si me cuenta que es lo que la tiene tan distraída hoy? -le dijo
a la vez que la señalaba con un puntero que se resistía al
paso del tiempo.
El Bocón se puso pálido
y comenzó a transpirar. Con un movimiento lento se aflojó
el nudo de la corbata. Carraspeó.
Carola lo escuchó y volteó
para mirarlo, tratando de evadir la respuesta, al descubrirlo nervioso
su mente se iluminó y de inmediato lo relacionó con la carta.
- A Ud. Le pregunto. -nsistió
la profesora.
Carola tocándose el pecho
con la mano: - ¿A mí?
- Si a Ud., desde que llegué
la veo mirar por la ventana, ¿qué le pasa?
- Disculpe señora, lo que
pasa es que se subieron soldados a la medianera.
Girardi se puso de pie para ver
y el resto del alumnado hizo lo propio. De pronto la clase se transformó
en un descontrol.
El timbre sonó nuevamente.
La Sra. Girardi anunció a los gritos que estudiaran para el próximo
jueves.
Algunos alumnos salieron al pasillo
para preguntar a los preceptores si sabían algo. Ellos los tranquilizaban
y enviaban de vuelta a sus lugares.
El Bocón había retornado
a la calma. Carola se dio vuelta bruscamente y lo encaró.
- Fuiste vos.
Mariano, sentado a su lado, se
reía histéricamente y lo miraba.
- Yo qué, no, yo no hice
nada.
- Si fuiste vos, decime la verdad.
- No sé de que hablás.
- Vos escribiste la carta.
Antes de la respuesta entró
el profesor de Derecho. Gordo y maricón. Pero culto y respetable.
- Buenos días alumnos. Pronunció
en su tono amanerado.
Los varones, lo avasallaron con
preguntas para que no comenzara la clase.
Siempre lo sobornaban dándole
conversación, así se salvaban de estudiar y rendir exámenes.
Algunos se levantaron y lo rodearon en el escritorio.
- Bueno, bueno, todos a sus lugares
que tengo que comunicarles una noticia importante, -y luego de una pausa,
continuó- acaban de emitir un comunicado por la radio. El cuerpo
de profesores lo escuchó en preceptoría, se produjo un golpe
de estado, las Fuerzas Armadas derrocaron al Gobierno de Isabel de Perón.
La clase estalló en un alarido
eufórico. Todos vivaban a los militares, quizás, cansados
de escuchar las quejas de sus padres.
Ninguno comprendía la gravedad
de los hechos, a pesar de que el profesor se esmeraba en dar un sermón
de reflexión. Las chicas le tiraban besos a los jóvenes soldados
que patrullaban y ellos les correspondían con una sonrisa escondida.
Era inútil continuar con
la materia. El aula de cuarto año, del comercial estatal, estaba
de festejo. Con sus dieciséis años, no podían imaginar
el alcance de los acontecimientos que estarían por producirse en
los años venideros.
Carola guardaba orgullosa su carta.
La Tana la envidiaba.
El Bocón tenía miedo.
Ese miedo de ser descubierto por primera vez enamorado.
Y Mariano, solamente se reía
de todo, porque a él, aún no le había pasado nada
de eso. ?