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Marzo
                           de
 Silvia Martina

La mañana húmeda de marzo la arrojó al asfalto desde temprano. Caminó por la calle hasta la avenida, cruzó el primer carril y luego saltó el guardarrail apurándose a cruzar el segundo. Ya se veía venir al viejo cascajo del 237. Verde gusano que la devoraba cada día.
Sacó boleto mínimo. El colectivero la miró de reojo y manoteó violentamente la palanca de cambio con su bocha reluciente de acrílico anaranjado. Colgada del pasamanos superior, atrajo algunas miradas al ras de su minifalda. El guardapolvos tableado pronunciaba su cadera. La cara maquillada y una vincha negra que le sujetaba su melena lacia le deban una apariencia de ser algunos años mayor. Mascó un chicle hasta llegar a la escuela. Al atravesar el portón principal lo escupió sobre el césped del cantero derecho.
Sus plataformas de corcho sonaron sobre el mejorado del patio. Buscó a "la Tana" con la mirada. La halló en los barrotes del ventanal del aula de primero. Enroscada y sensual, cual un reptil matutino. Los libros atados con una banda elástica, se sostenían ensartados entre barrote y barrote. A su alrededor revoloteaban los consabidos moscardones, el "Bocón" y Mariano, sucumbiendo a los atributos de sus compañeras, como de costumbre.
Ella también ensartó sus libros y besó a todos en la mejilla. La Tana se descolgó y la enlazó en un abrazo pegajoso, las chicas quedaron enredadas y los muchachos las miraban extasiados sin atreverse a intentar cualquier acercamiento.
El timbre sonó agudo y puntual. Todos se incomodaron.
La formación se alineó rápidamente. La directora pronunció su saludo formal y dio la orden de entrar a las aulas, acatada por las distintas filas que recorrieron su sendero de hormigas.
Ya en el aula Carola tomó asiento. Repasó el horario y separó la carpeta de merceología, guardando el resto bajo la mesa. No obstante la sorprendió un sobre, prolijamente cerrado. Sin remitente, con su nombre escrito en grandes letras de imprenta sobre el frente.
Antes de que pudiera abrirlo, entró la profesora y todos tuvieron que pararse.
- Buenos días alumnos.
- Buenos días profesora.
- Pueden sentarse.
Los golpes de las sillas contra las patas de las mesas sonaron al unísono. Carola sosteniendo por debajo de la tabla el sobre le despegó la solapa. Extrajo una carta blanca y perfumada. Codeando a la Tana le señaló el hallazgo.
- ¿Qué es?
- Una carta, boluda, ¿no ves?
- ¿De quién? Le contestó la otra invadida por una curiosidad incipiente.
- ¡Qué se yo!
De pronto la Sra. Girardi se encontró parada junto al escritorio de Carola.
- Me repite lo que acabo de decir, señorita, por favor.
Carola guardó de sopetón el papel y levantó las dos manos sobre la mesa, carraspeando, la miró a los ojos a su profesora, y le esbozó una sonrisa como toda respuesta.
La mujer, ya vieja, se quedó petrificada en sus ojos almendrados que la llenaban de asombro de tan grandes. En cambio la muchacha se apenaba al mirarla, toda arrugada y medio rostro quemado, sin pestañas ni cejas que enmarquen sus diminutos ojuelos. Y la peluca mal agarrada a su testa calva luego del accidente en la clase de química. Pobre mujer, pensaba Carola, era tan buena.
La profesora de merceología siguió caminando.
- Como no todos me estaban escuchando lo voy a repetir. El procedimiento de aleación de las sustancias químicas que estudiamos la clase pasada, es muy fácil de deducir. Si recuerdan el versito que he inventado ya desde hace muchos años y que le ha dado mucho resultado a mis anteriores alumnos y dice así:
"Oso chiquito"
"Pico de pato"
O sea, si estamos en presencia de un compuesto ferr"oso", luego de la aleación ¿en qué se convierte?, en un Ferr"ito".
Y si en cambio tenemos un ácido sulfúr"ico", en las combinaciones obtendremos un sulf"ato".
Con este versito ya no se pueden equivocar. Entonces repitan conmigo:
"Oso chiquito"
"Pico de pato"
Mientras lo escribía con una amplia letra cursiva en el pizarrón, giraba la cabeza meneándola para que todos lo repitieran una y otra vez.
- Sacá la carta tonta. -le dijo la Tana.
Así impulsada sacó nuevamente el papel y lo leyó.
- ¿Qué dice, qué dice? La Tana le arrancó el papel de las manos, y también lo leyó.
Carola se había quedado seria. Miró por la ventana y vio la mañana gris. Algunas nubes lejanas se venían acercando arrastradas por una brisa tenaz muy usual de los otoños.
Se miraron cómplices.
Sin que la compañera llegara a decirle nada, Carola le respondió a su pregunta implícita.
- No se quién es.
Era una declaración de amor. Fue guardada en su sobre correctamente y éste fue a dar dentro de la cartuchera. La clase continuaba, sin que Carola y la Tana estuvieran atentas. Sólo sus cuerpos figuraban, sus mentes las transportaban a anteriores situaciones, las llevaban de visita hacia distintas personas que las circundaban. ¿Quién era el chico que se había enamorado de Carola? ¿Quién era el encubridor de tanta timidez?
De pronto Carola percibió un movimiento extraño en el patio de la escuela. Vio subirse a la medianera que lindaba con la comisaría, a tres soldados con el arma reglamentaria cruzada en bandolera sobre el pecho. Dos tomaron las esquinas. El del medio caminaba por la angosta pared, de un lado para el otro, como haciendo guardia. Las manchas verdes la distrajeron de su incógnita.
- Mirá Tana, pusieron guardia.
- ¿Y esto?
- ¿Se habrá fugado algún preso?
La señora Girardi se había ubicado en el escritorio. Las piernas cruzadas se veían por debajo de la madera maciza.
- ¿A ver señorita si me cuenta que es lo que la tiene tan distraída hoy? -le dijo a la vez que la señalaba con un puntero que se resistía al paso del tiempo.
El Bocón se puso pálido y comenzó a transpirar. Con un movimiento lento se aflojó el nudo de la corbata. Carraspeó.
Carola lo escuchó y volteó para mirarlo, tratando de evadir la respuesta, al descubrirlo nervioso su mente se iluminó y de inmediato lo relacionó con la carta.
- A Ud. Le pregunto. -nsistió la profesora.
Carola tocándose el pecho con la mano: - ¿A mí?
- Si a Ud., desde que llegué la veo mirar por la ventana, ¿qué le pasa?
- Disculpe señora, lo que pasa es que se subieron soldados a la medianera.
Girardi se puso de pie para ver y el resto del alumnado hizo lo propio. De pronto la clase se transformó en un descontrol.
El timbre sonó nuevamente. La Sra. Girardi anunció a los gritos que estudiaran para el próximo jueves.
Algunos alumnos salieron al pasillo para preguntar a los preceptores si sabían algo. Ellos los tranquilizaban y enviaban de vuelta a sus lugares.
El Bocón había retornado a la calma. Carola se dio vuelta bruscamente y lo encaró.
- Fuiste vos.
Mariano, sentado a su lado, se reía histéricamente y lo miraba.
- Yo qué, no, yo no hice nada.
- Si fuiste vos, decime la verdad.
- No sé de que hablás.
- Vos escribiste la carta.
Antes de la respuesta entró el profesor de Derecho. Gordo y maricón. Pero culto y respetable.
- Buenos días alumnos. Pronunció en su tono amanerado.
Los varones, lo avasallaron con preguntas para que no comenzara la clase.
Siempre lo sobornaban dándole conversación, así se salvaban de estudiar y rendir exámenes. Algunos se levantaron y lo rodearon en el escritorio.
- Bueno, bueno, todos a sus lugares que tengo que comunicarles una noticia importante, -y luego de una pausa, continuó- acaban de emitir un comunicado por la radio. El cuerpo de profesores lo escuchó en preceptoría, se produjo un golpe de estado, las Fuerzas Armadas derrocaron al Gobierno de Isabel de Perón.
La clase estalló en un alarido eufórico. Todos vivaban a los militares, quizás, cansados de escuchar las quejas de sus padres.
Ninguno comprendía la gravedad de los hechos, a pesar de que el profesor se esmeraba en dar un sermón de reflexión. Las chicas le tiraban besos a los jóvenes soldados que patrullaban y ellos les correspondían con una sonrisa escondida.
Era inútil continuar con la materia. El aula de cuarto año, del comercial estatal, estaba de festejo. Con sus dieciséis años, no podían imaginar el alcance de los acontecimientos que estarían por producirse en los años venideros.
Carola guardaba orgullosa su carta.
La Tana la envidiaba.
El Bocón tenía miedo. Ese miedo de ser descubierto por primera vez enamorado.
Y Mariano, solamente se reía de todo, porque a él, aún no le había pasado nada de eso. ?
 
 

 




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