|
Dolores
|
- ¡Cómo
me duelen las rodillas! -le dice a su mamá mientras se las masajea-.
Tantos días de lluvia y la humedad me matan. Es la falta de
ejercicio, antes con la danza, practicaba a diario.
- Bien podrías
retomar aunque más no fuese por tus huesos. Ellos te lo agradecerían.
- Tenés
razón, me vendría muy bien. Voy a averiguar acá a
dos cuadras en el gimnasio nuevo. ¿Sabés qué?
Recordé la capa roja que me habías regalado.
- ¿Cuál?
- Aquella
con cuello blanco, para la lluvia, ¡me gustaba tanto!, parecía
algo elegante, algo que sólo se ve en las revistas de moda, acá
todavía no se usaban.
-¡Ah!
Ya sé cual decís, la que te traje de Los Angeles cuando fui
a conocer a mis tíos. Si, era linda, la compré en esas ventas
que hacen en los garajes de las casas, ahí podés encontrar
de todo y barato. Sobre todo, eso, barato. ¿Y qué hiciste
con ella?
- ¿No
te conté nunca? Sonríe al recordar las imágenes.
- No, no me
dijiste nada. Yo preparo el mate y vos hablá, que te escucho.
- Mejor, vos
prepará unas tortas fritas que no sé hacerlas y dejame a
mí el mate.
- ¡Alicia!,
no me digas que no sabés eso, es una pavada, mirá: mezclás
harina y agua, sal y aceite, amasás, pinchás y freís;
nada más fácil.
- Dale mami,
vos hacé eso fácil y mientras te cuento de aquel día
de lluvia.
- Soy toda
oídos.
- ¿Te
acordás cuando vinimos a vivir al barrio, había algunas calles
de tierra y los chicos eran chicos?
- Sí,
me acuerdo.
- Además
yo compraba en las fábricas, para poder ahorrar.
- Sí,
antes había fábricas, yo también iba.
- Por ejemplo
de Danubio traía las sábanas, de Bossi las toallas, los buzos
de los chicos eran de San Marcos, los géneros de Textil Oeste; ahora
hay un gran super ahí con playa de estacionamiento gigante,
lo que antes era césped hoy es cemento.
- El mismo
destino tuvo la Grafa, que estaba allá en mi barrio -interrumpe
la madre.
- La Danubio
se loteó y están haciendo tres dúplex por lote. Como
dice mi amiga, los dormitorios parecen cajas de zapatos de tan chiquitos
que son -Alicia gesticula y muestra con las manos los espacios, los tamaños,
señala en cada dirección tal o cual lugar, sube el tono de
voz-. En Skippy compraba las zapatillas y ahí en la liquidación
conseguí las botas altas azules con taco blanco; estaba cansada
de las negras, cortitas y pesadas. Esas fueron a parar a la canasta de
la iglesia. Las nuevas las usé muchos años, hasta que asfaltaron,
después se pusieron de moda las zapatillas, entonces quedaron en
el fondo del placard hasta que empezó a inundarse la avenida.
- ¿Y
lo de la capa? -le recuerda la mamá.
- También,
la usé mucho, cuando llevaba los chicos al cole, era comodísima
y muy abrigada. Precisamente unos días de lluvia sin parar como
ahora, me la puse junto con las botas, porque no sabía si estaba
inundado y tenía que comprar algo para la cena. Todavía tengo
las escenas nítidas, la tarde fría y gris, el viento formando
remolinos con el agua, el paraguas que lo llevaba hacia delante como una
lanza, en la otra mano la bolsa con las compras, el auto acercándose
por atrás y aminorando la velocidad hasta quedar a la par -se ríe-.
Por un momento creí que era para preguntar por alguna calle, así
que yo también paré y, mientras veía como bajaba la
ventanilla, me predispuse a colaborar.
Alicia se va riendo cada vez más, su relato se entrecorta, la madre con el mate en la mano, no se pierde gesto ni palabra y, contagiada, ríe también.
- En el auto venían cuatro o cinco chicos -sigue contando-, uno del asiento de atrás se acercó a la ventanilla y me gritó: “Chau Superman”.
Mientras se
secan las lágrimas de tanto reír, y con las manos en el estómago
Alicia dice: - Ahora ya sabés lo que pasó con la capa, fue
a parar a la canasta el domingo siguiente. La verdad creí que te
lo había contado. ¡Los pibes son geniales! -agarrando una
torta frita, la levanta y dice: - te salieron ricas, como siempre. ¿Te
sirvo otro mate? ?