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de Carla Carés |
Para ese fin de semana el pronóstico
anunciaba lluvias y tormentas eléctricas. Hacía 45 días
que no llovía y en los últimos 12 la temperatura superaba
los 30 grados.
Después de 5 días de intenso
calor húmedo, asfixiante y pegajoso, todo el mundo rogaba que lloviera.
Por suerte el lunes amaneció nublado
y ráfagas de viento se adelantaban a la bendita lluvia.
La ventana abierta del dormitorio golpeó
varias veces hasta despertarla. Rosa saltó de la cama y se alegró
por el cambio de temperatura.
- Gracias a Dios, vamos a tener agua -le
decía a su hija mientras preparaba los libros que debía llevar
a sus alumnos.
- No recuerdo un verano con tanto calor
-siguió diciendo- ¡Ah, Marisa!,, hoy podés estrenarte
esas botas que tanto te gustan -seguía hablando hasta asegurarse
que estaba despierta.
En la calle un viento huracanado sacudía
las ramas de los árboles y las hojas volaban y desaparecían
rápidamente.
Un nido cayó de lo alto; se desparramó
y los huevecitos, pisoteados por un muchachote que estaba apurado, quedaron
aplastados en el pavimento.
En el este, el cielo estaba casi negro
y gruesas gotas fueron apareciendo hasta convertirse en la lluvia tan esperada.
Los globitos que se formaban en el suelo anunciaban agua para rato.
En el colectivo, los ojos de la joven buscaron
el cuarto asiento. Ahí estaba su compañero de viaje. Se habían
encontrado varias veces y su compañía le resultaba agradable.
Por supuesto, se sentó a su lado.
Afuera el viento y la lluvia aumentaban.
Algunos pasajeros que llegaban a su destinos no se animaban a bajar y se
quedaban cuchicheando cerca de la puerta. Otros, más arriesgados,
arremangándose, desaparecían debajo de un paraguas.
Marisa y Alberto charlaban animadamente
ajenos a lo que pasaba afuera. Se miraban, sonreían y seguían
charlando.
- Bueno, entonces nos encontramos en esta
esquina... -un ruidoso trueno no lo dejó terminar.
- ¿A qué hora? -le preguntó
ella apurada, viendo que ya se levantaba y un beso apurado sellaba el encuentro.
Marisa quedó inmóvil, con
los ojos semicerrados disfrutando del beso fugaz y la promesa del reencuentro.
Se miró las botas nuevas
- Me trajeron suerte -dijo para sí
misma.
Los vidrios de las ventanillas, empañados,
no dejaban ver. Faltaba poco para llegar a la escuela y comenzaba a ponerse
nerviosa. Notó que los cordones de las veredas habían desaparecido
bajo el agua, y seguía lloviendo intensamente.
- ¡Hola, Marta, buen día!
-saludó con voz entrecortada.<
La directora, una mujer bajita de ojos
negros y muchos años de experiencia y estudio se asombró
al verla.
- ¡Profesora! -le dijo- En un día
como éste no tendría que haberse movido de su casa. Claro,
usted es nueva -siguió-. Cuando hay temporal esta zona es intransitable
y se transforma en una laguna. ¿No vio lo que es Cabildo y sus alrededores?
¿Cómo llegó? Ya estaba por cerrar. En estos casos
la escuela da asueto y no se cuentan las faltas -le explicó en la
vereda.
- ¡Ah, bueno señora! -dijo
por toda respuesta- Hasta el jueves.
El panorama era desalentador. A izquierda
y derecha, todo igual: el agua llegaba hasta los umbrales y comenzaba a
entrar a las casas. Y seguía subiendo. Efectivamente, Cabildo era
una laguna.
El tránsito navegaba con lentitud.
Un colectivo que iba para el centro le
sirvió de refugio. Repletos y a paso de hombre invadían las
calles: 5 minutos para avanzar una cuadra, 6 para la siguiente... Y así,
hasta la desesperación.
La gente subía por adelante y también
por la puerta de atrás.
Ninguno sacaba boleto. El chofer tampoco
reclamaba hacerlo.
Al rato cerró las puertas y pronto
faltó aire. Enseguida comenzaron los apretujones y las palabrotas.
Marisa se sintió asfixiada, decidió
bajarse para llegar a casa de su tía Eugenia, ahí nomás,
en Paraguay y Uriarte.
El agua seguía subiendo, y la tormenta
cada vez más fuerte.
Mojada hasta las rodillas intentó
avanzar. Tambaleaba. Llegó a la primera esquina y dobló,
la fuerza del agua y el viento la llevaron al medio de la calle.
- ¡No se quede ahí! -le gritó
alguien- Acérquese a la pared y trate de sostenerse.
- ¡Cuidado que hay cables sueltos!
-le decían desde otro lado. Vaya desppacio.
“Nunca tuve tanto miedo -pensó mirando
hacia delante-. Uy, se acerca un auto, más allá viene otro...
¡Dios mío, ayúdame!” –imploró.
El oleaje casi la tapa.
Resbaló.
Las fuerzas empezaban a faltarle y no lograba
avanzar.
Y Dios la escuchó. Unas manos salvadoras
la sostuvieron y entre dos la dejaron en la puerta de un edificio cercano.
- Venga al corredor -la llamaba un señor
desde adentro, tomándola de la mano para ayudarla a pasar la planchuela
metálica de la entrada.
- Gracias -le dijo- casi me lleva la corriente.
Apoyada en la pared, estuvo varios segundos
sin decir nada, las piernas le temblaban y empezó a tiritar.
- ¡Qué día! -comentó
el señor del edificio-. Quédese tranquila, enseguida vuelvo
¿sabe?
“Si pudiera avisar a mi mamá, seguro
que alguien me viene a buscar”. En eso estaba pensando cuando unos gritos
se oyeron desde el fondo: - ¡Socorro!... ¡Socorro! Se me está
inundando el departamento.
Casi al mismo tiempo gritaban desde el
frente: - ¡Don Ramón, venga, venga! hay agua por todos lados.
Enseguida llegó al corredor.
Los vecinos acudieron inmediatamente. Como
si hubieran estado de acuerdo empezaron a ayudar. Unos fueron al departamento
del frente, otros se encaminaron al del fondo.
- Voy a cortar la luz -anticipó
el encargado-. Juana, traé el farol y conseguí unas velas
-le ordenó a su mujer.>
Colchones, sillas, ropas, enseres, todo
se llevaba al primer y segundo piso.
En el ir y venir de muebles y utensilios
una señora se acerca a Marisa con varias porciones de pizza y la
convidó.
- Coma señorita, coma algo. Pobrecita,
está empapada -le decía, mirando como el agua le chorreaba.
- Muchas gracias. No pude llegar de vuelta
a mi casa -le empezaba a contar dejando unos almohadones en el piso y sentándose
a comer.
Tenía los pies acalambrados y se
sentía desfallecer. La imagen de Alberto se le apareció de
golpe. “¿Dónde estaría?”, se preguntaba.
El tiempo pasaba. Pasaron las 3. Llegaron
las 4 y también las 5. La situación ahí dentro seguía
siendo patética. En la penumbra se podían adivinar los rostros
de desesperación de aquellos que perdían casi todo.
En el vaivén estaban los que ayudaban,
los que miraban, y ella.
¿Qué hacía allí,
con todos esos desconocidos de desgracia?
- Me voy -le dijo a Don Ramón, que
justo pasaba llevando un cochecito de bebé.
- Todavía no se vaya, señorita.
Espere un poco más. Afuera sigue inundado. El agua tarda mucho en
bajar.
El lunes siguiente la despertaron a la
misma hora. El calor era sofocante desde temprano.
Hacía 6 días que no llovía
y las temperaturas superaban los 35 grados.
Ese día viajó sola y todo
el mundo pedía que lloviese. ?