|
Agustín |
Año
1969, Villa María, Córdoba. Te escribo, utilizo el recurso
epistolar por considerarlo el más adecuado para la ocasión.
Sólo tres policías permanecen en la puerta del colegio
religioso tratando de disuadir a los manifestantes. En gran cantidad se
han movilizado hasta allí con la pretensión de que las autoridades
del establecimiento dejen salir al alumnado. Uno de los organizadores de
la marcha, militante estudiantil él, discute acaloradamente con
los policías que retroceden ante sus gritos y el tenaz avance
de la multitud. Date cuenta, parecería que la acción se desarrollase
por momentos con llamativa lentitud. Es una película gastada que
se enturbia, llena de claroscuros, hasta que se dispara con violencia y
los tres agentes contra la pared en medio del miedo conforman la masa de
puños y puntapiés que los desborda. Por casualidad uno de
ellos alcanza a desenfundar su arma. Acaso no lo creas pero ahora el frío
hierro arrebatado carece de intencionalidad en el piso, se diluye dentro
del charco púrpura que lo desnaturaliza. Nadie tiene en cuenta la
desventaja, ni el rango, asusta el poder salvaje de la ira. Verás,
pudo haber pasado que quien desenfundó el arma hubiese alcanzado
a disparar sobre la multitud, hiriendo a alguno de los tantos chicos de
entre trece y diecinueve años, ya sé que entonces hubiese
cundido el pánico y el desbande habría sido mayúsculo,
eso lo entiendo. Aunque también podría haber ocurrido que
manifestantes y policías se pusieran de acuerdo y luego de
expresar lo que a la vena le resulta imposible de contener, cada chancho
para su rancho. Otra cosa es que vos gringo no hubieses entrado a la plaza
Vélez Sarfield encabezando la movilización popular y aquello
podría haber sido tal vez un tucumanazo o simplemente no llamarse,
ni ocurrir por no hacer falta. Creo justo confesarte que durante largo
tiempo tuve la fantasía de haber marchado al lado tuyo en aquella
jornada, hasta que un día, casi sin proponérmelo la incorporé
como un hecho real.
Ahora que
te pienso mientras me pienso y aprovecho para escribirte. Se me ocurre
que quizás no hubieses muerto en el setenta y cinco pudiendo la
infección clandestina, en situación normal, haber sido
sanada con buena atención. No cabe duda que los asesinos te persiguieron
hasta el fin. Ya sé, no me lo expliques, uno se debe a la lucha
por las compañeras y compañeros trabajadores. Qué
extraño que te diga estas cosas ahora ¿no?, después
de tantos años, luego de que el silencio nos robara el espejo que
nos devolvía semejantes.
Cuánto
fuego cruzado y jóvenes huyendo por los techos y otros entre oscuras
aguas ahogados y aquellos a los que les cosieron la boca. Pudo haber pasado
que la avaricia no se ensañara con el futuro y los vientres de generosos
frutos se vieran honrados por hombres, verdaderos hombres hechos de grandeza.
Pudo haber sido y no fue. Tenés razón, carece de todo valor
la mentira del olvido. Por eso te escribo hoy pese a la distancia y espero
que sepas disculpar que no lo haya hecho antes, un abrazo y hasta siempre
compañero. Ramos Mejía, 23 de abril del 2001. ?