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La Fuerza
                      de
 Javier Saggese

LA NOTA

Colorado se había empeñado en que el documento llegue al mismo tiempo al correo electrónico del departamento central de policía, de la municipalidad y de tres diarios capitalinos. Sabía que los intentos de localizar el origen de este mensaje serían decepcionantes ya que los había enviado desde una de esas direcciones de e-mail gratuitas de un servidor búlgaro dado de baja inmediatamente. El, que supo ser un hacker en su adolescencia, para su equipo de trabajo actual sólo era el especialista en comunicaciones. "El secreto es" decía Colorado "...usar trucos simples, para los asuntos complejos y soluciones complejas para los problemas simples... ¡Nunca falla!".
La nota tenía una cuidada composición, con una introducción acerca del ordenamiento del tránsito en las grandes metrópolis, citando una nutrida bibliografía. A continuación describía las faltas cometidas más asiduamente, según las propias estadísticas policiales y municipales, que evidenciaban un crecimiento alarmante. También había sido misión del hacker el facilitar el acceso a las fuentes gubernamentales de documentos y cifras oficiales y "extraoficiales reales". El informe, puntillosamente redactado por Negro, comentaba las soluciones utilizadas en otras capitales del mundo. Se había esmerado en plantear algunas de notable color local, incluyendo las modificaciones requeridas en la legislación y legisladores. Graficó cada punto con ejemplos, evitando el dejar espacio para las malas interpretaciones. Puso énfasis en reseñar las consecuencias de los desórdenes del tránsito en la salud mental, las actividades sociales y laborales, adjuntando un cálculo de sus costos económicos.
Antes de enviarlo, el equipo había revisado el manuscrito y al llegar a este punto se les ocurrió imaginarse qué pensarían del escrito sus destinatarios. "Seguro que van a creer que se trata del trabajo monógráfico de un obsesivo con los deberes cívicos exaltados" arriesgó Celeste. "No, no... se parece más al prospecto de discurso de un candidato de la oposición", aseguró Alba, y rió porque siempre la tildaban de oficialista. Cobalto dijo en tono jocoso: "Tiene toda la pinta de de un proyecto de ley de una comisión de diputados".
Por eso Blanco, jefe del equipo, quiso darle al mensaje un final filoso, con tono amenazante.
No escondía cierta razón de alarma, ya que daba un plan de plazos para que se comenzaran a vivenciar y se consolidaran defininitivamente las reformas y medidas solicitadas. A manera de postdata, agregó "si no se evidenciara intención de cumplimiento en los términos previstos, comenzará el accionar de Fuerza Urbana".
 

LA ACTITUD

La seriedad del ánalisis y las conclusiones a las que se llegaron fueron distintas en cada uno de los destinos de la misiva. La preocupación de la esfera gubernamental se centró en la inseguridad de las comunicaciones, ya que no sólo les había sido imposible detectar su origen, sino que reconocieron que ciertos datos manifestados, eran confidenciales y parte de informes que sólo eran accesibles en un circuito de alta protección informática.
En el ámbito policial, el prurito lo ocasionaba el tono sedicioso con que finalizaba la comunicación, por lo que dispusieron reforzar, inmediatamente y por el plazo de diez días corridos, la vigilancia en las áreas consideradas como críticas, sin tener en cuenta que la fecha prevista para la supuesta reacción era recién en dos semanas.
Por su parte los respectivos comités editoriales de los diarios decidieron la no transcripción de la misiva, ante el riesgo de ser embanderados en la causa de esta entidad desconocida, ya que los comentarios que se originaron en la redacción estaban a favor de Fuerza Urbana y, ante la eventual aparición de violencia, correrían el riesgo de ser acusados luego de hacer apología del delito.
Sólo una periodista en uno de los diarios quedó oficialmente encargado de seguir las pistas de F.U. e investigar de qué, quién o quiénes se trataba.
 

El ANALISIS

La extensa nota firmada con el seudónimo de Fuerza Urbana, contenía indicios para pensar que no se trataba del ideario de un individuo, sino que impresionaba ser el accionar de una organización o un movimiento de ideología militarista.
No parecía una improvisación ni un desafío con la única intención de amedrentar. En el texto subyacía vocación docente, con una tendencia a incentivar la conciencia ciudadana.
Martina Ares fue la encargada de la investigación, pero antes de comenzar las averiguaciones prefirió analizar el petitorio, desmenuzando su contenido en la búsqueda de datos que la guiaran hacia algún norte.
Prácticamente era un tratado de seguridad vial, ¡aburrido...!, que promovía una humanización de los conductores particulares y peatones, pero que descargaba su fusta sobre el transporte urbano de pasajeros, las camionetas y los camiones de reparto o flete.
La razón de este ensañamiento se basaba en la idea de que, al tratarse de profesionales en su actividad -manejar-, debían ser el ejemplo en el tránsito. Variar la legislación, era un peldaño esencial para que se pudieran cumplir algunas de estas ¨sugerencias¨.
Proponía entre otros ejemplos, que el utilizar métodos manuales o luminosos para la señalización de ciertas maniobras como doblar, estacionar o detenerse, deberían considerarse obligatorias y punibles su incumplimiento.
La tan común detención en doble fila, con el agravante del abandono transitorio del vehículo, sería pasible de sanciones, tanto más graves cuanto mayor la obstrucción al tránsito: camiones en carga o descarga a deshora, que no sólo obstaculizan con su portentosa silueta, sino con los cajones apilados; maniobras de entrar el acoplado al galpón o volquetes a la vera de obras en construcción .
La sucesión de explicaciones, solicitudes y ejemplos, hablaban a las claras de un profundo conocimiento de la problemática de la conducción vial, que cualquiera con algunos días paseando por la ciudad podría constatar.
La casi obsesiva referencia de exigir controles vehiculares y de los conductores del transporte público, con el requerimiento de exámenes psico-físicos semestrales, en serio, fueron una de las razones que motivaron a la periodista a iniciar su búsqueda de pistas en la Sociedad de Taxis y Remises de la Gran Urbe, esperando que hubieran recibido mensajes amenazantes anónimos o con seudónimo.
 

EL ENTE

La organización de esta fuerza comunitaria, había comenzado más de un año antes, después de una serie de accidentes sufridos por peatones, que había movilizado a la prensa y a parte de la sociedad.
Se fueron juntando algunos grupos de profesionales que tenían poco en común salvo la preocupación por disminuir el caos urbano.
Habían logrado, sin levantar mucha polvareda, llegar a colegios, universidades y clubes, instruyendo acerca de seguridad vial y protección ciudadana, haciendo crecer el círculo de interesados y dispuestos a colaborar en un plan más contundente en pro de la salud del tránsito metropolitano.
Se organizaron en distintos agrupamientos tácticos: el primogénito era el educacional, siendo también el más importante para seguir creciendo en adeptos y colaboradores. El siguiente grupo en comenzar su actividad fue el de investigaciones, volcado a adquirir la información local y mundial acerca de las posibilidades de corregir errores, erradicar algunos delitos y promover la seguridad; contaban con apoyo informático y personal capaz de conseguir datos e información oficial y extraoficial.
Un bando con contactos políticos y económico supo iniciar la recaudación de fondos para permitir cierta libertad de movimiento y la creación del próximo agrupamiento: el técnico, encargado de la elaboración de recursos para favorecer el control y equipamiento de Fuerza Urbana.
Para esta altura de los acontecimientos, esta asociación ya ostentaba su nombre, tenía un jefe que era elegido de entre los líderes de los distintos grupos. No había un número fijo de cabecillas en cada agrupamiento, y era renovable periódicamente, según la actividad y condiciones de cada uno, y hasta el momento no habían surgido problemas acerca de las decisiones de los caudillos.
Pero también existían dos corrientes de pensamiento contrapuesto: los que proponían ser una fuerza autónoma, con actividad paralela a la oficial, con la confesa intención de desplazar a la policía de su accionar en el tránsito y los que tendían a engarzar los recursos propios con los de la municipalidad y de la policia.
Esta ya notable divergencia estaba retrasando la formación de un nuevo grupo, que los más subversivos denominaban de ataque, los moderados llamaban comando y los oficialistas consideraban no debería tener nombre... ni existencia.
Se planteó entonces efectuar un acercamiento subliminal con las autoridades, que resultó frustante por las trabas e incompatibilidades políticas para hacer reformas. Esto decidió a favor del accionar independiente, pero con la clara conciencia de que la esencia de la agrupación era la seguridad de los ciudadanos, de a pie o conductores, por lo que todas las conductas debían propender a proteger a la sociedad por sobre el individuo, pero sin riesgo físico de nadie.
Se hicieron los cálculos y se trazó un plan de acción, que tenía su día D en la jornada que se envió el mensaje.
 

EL PLAZO

El período de quince días dado como plazo iba ser un tiempo de calma chicha para Fuerza Urbana, ya que no quedaba nada por preparar. Ya estaba todo ensayado, las posiciones tomadas, la convicción y la infraestructura en condiciones ideales.
Sabían que no se corregiría ni una palabra de una sola ordenanza municipal o de un código policial, no se movería un papel ni parpadearía a distinto ritmo algún semáforo, pero a pesar de ello habían dejado abierto un canal de comunicación a través de una página internacional de la Web, donde podrían proponer alternativas oficiales a los puntos propuestos por Fuerza Urbana.
Al quinto día de haber enviado la nota apareció una respuesta de parte de la municipalidad agradeciendo el interés e informando que el gobierno de la ciudad tenía su propia planificación que ya estaba en marcha; la policía no se dió por enterada.
La única persona que se mantuvo en actividad en relación con el tema de Fuerza Urbana fue Martina, que siguió investigando el contacto de una asociación anónima, que había invitado a todos los choferes de taxis y remises a unas jornadas de capacitación a realizarse en un club, pero que previamente debían confirmar el número de interesados para la determinar la fecha y horario. En el club le informaron que la reunión no se había llevado a cabo, ya que nadie había llamado para interesarse del tema. El alquiler del lugar había sido contratado a través de una cooperadora de un colegio, que a la vez había sido sede de cursos para niños y adolescentes. Estos también habían sido organizados por un grupo anónimo, que tuvo mucho éxito y los recordaban muy afectuosamente, porque además de instrucción vial habían provisto a la escuela de pasamanos y una bajada para discapacitados. Todo había sido pagado en efectivo una vez realizadas las obras, sin rastros de cheques ni facturas. Pero a través de la empresa fabricante de los pasamanos, supo que colocaron protecciones o pasamanos en por lo menos diez escuelas, usando el mismo estilo de pago y por intermedio de la cooperadora de la escuela.
Los contactos eran fantasmas, sin nombre, sin domicilio, amigos de conocidos de algún miembro de la cooperadora, de un maestro...
A Martina no le cabían dudas de que esta actividad docente, condecía perfectamente con el tenor de la nota de F.U., pero debía encontrar algo más antes del término planteado en el documento.
El siguiente paso fue contactarse con algunos de los que habían asistido a las charlas para determinar si dejaban alguna dirección o teléfono para consultas, y recién en la tercera entrevista obtuvo el botín: un número de fax. Escribió un mensaje que creyó ni muy serio ni informal, "Estamos interesados en recibir clases. Somos un emprendimiento barrial con un auditorio predominantemente juvenil. Contactarse con Martina Ares de lunes a viernes de 19 a 22 hs. al 4983-4726. Desde ya, muchas gracias".
La respuesta fue casi inmediata: le llegó un fax esa misma tarde a la redacción, desde donde había enviado el suyo, y decía: "Estimada Martina: Tu periódico no es de carácter barrial y en su staff hay varios integrantes que no se ablandan al primer herbor. De cualquier manera te cuento que toda la información que se vuelca en los cursos está en el contenido de la nota enviada a esa redacción. Asimismo te comento que las clases están suspendidas hasta el día 15 del mes, después de lo cual te haremos llegar las novedades". Rubricaba el fax un logotipo de Fuerza Urbana. La pista desapareció por completo al constatar que el número de fax pertenecía a un locutorio público, que enviaba los mensajes a un teléfono cifrado en clave.
 

EL ATAQUE

El día previo al plazo previsto, Martina recibió en su contestador telefónico un escueto mensaje que mencionaba dos horarios y dos direcciones, adviertiéndole que debía concurrir sola o con un fotógrafo, pero no informar a nadie más.
El día 15 comenzó a las tres de la tarde para F.U. su accionar. Se desarrollaba contemporáneamente en tres puntos diferentes de la ciudad, cambiando de lugar cada quince minutos. En realidad entraba en escena un nuevo comando en ese lapso, y el relevado descansaba una hora para luego tener una nueva actuación en otro sitio.
Era quince el número de componentes de cada grupo comando, rotando su accionar en vigilancia, castigo y documentación. Tres del total de quince comandos, guiaban grúa y camioneta; seis tenían motocicletas y los otros seis trabajaban de a pie o en bicicleta. Todos estaban uniformados con ropa de jogging color gris topo, zapatillas para correr, mochila, riñonera y lentes espejados sin patillas sino con un elástico para evitar que se cayeran durante el operativo.
Todos estaban munidos de pintura en aerosol, pequeñas ampolletas con estracto de olor extremadamente desagradable, spray lacrimógeno, panfletos informativos, una videograbadora y una mezcla de engrampadora y etiquetadora con la que dejaban la marca de F.U.
El grupo no motorizado se encargaba de recordar a los dueños de coches detenidos frente a garages, rampas para discapacitados, en doble fila o con otra infracción que incomodara a los transeúntes, que estaban cometiendo un delito, pintando la luneta delantera de manera tal que impidiera la visión y por ende la conducción o instilado la sustancia odorífera en el tapizado del vehículo, firmando todas sus obras con una chapa con las siglas F.U.
Los motociclistas eran los encargados de seguir a los que ignoraban a los semáforos con luz roja, esperaban que se detuvieran y aplicaban el mismo tratamiento, pero con pintura roja.
Las grúas trabajaban con los autos que a simple vista no estaban en condiciones de transitar: sin luces de giro o de freno, con neumáticos lisos o sin la patente reglamentaria. Los llevaban a una playa de estacionamiento vacía, donde con herramientas que tenían dentro de la camioneta, desarmaban los coches, imposibilitando su vuelta a la circulación sin arreglarlos antes.
Cada comando sólo obró en tres oportunidades, llegando a las siete y media de la tarde al lugar de reunión previamente definido. Ninguno había tenido ninguna dificultad en cumplir su misión, ni había habido violencia incontrolable en los enfrentamientos con los dueños de los vehículos. La sorpresa, rapidez y número fueron elementos disuasivos y en una sola oportunidad utilizaron el gas lacrimógeno con un chofer de taxi, policía retirado, que intentó sacar su arma.
Después de ver algunas de las filmaciones que documentaron su accionar, completaron el plan del día, enviando mensajes a los mismos destinos que en la primera oportunidad.
A las ocho y media discutieron los detalles de la actuación de la siguiente jornada, mucho más peligrosa que esta, ya que obviamente los esperaría una reacción.
Ensayaron los cambios de uniforme, las entradas y salidas de la acción, chequearon el equipo y se fueron a descansar.
 

LA REACCION

Eran las nueve de la noche del dia D cuando Martina Ares elaboraba su artículo a partir de lo visto durante el día y con algunos datos que dejó F.U. en su contestador, recibiendo un rato después fotografías recién reveladas.
El escrito de Martina ponía en antecedentes a la población acerca de esta fuerza cívica que estaba actuando en defensa de la seguridad urbana, que tenía un número considerable de adeptos pero que no fue escuchada en su primer aviso a la comunidad, porque los que recibieron su mensaje decidieron no comunicarlo. Detallaba el accionar calculado y medido para llamar la atención y aunque era una forma de ponerse en contra a un porcentaje de la población, de alguna manera había que empezar a ordenar el cada vez más caótico tránsito. Eligió para graficar un auto cruzando con luz roja y después con el vidrio pintado y etiquetado por Fuerza Urbana; para terminar puso la dirección donde podían encontrar los vehículos secuestrados.
Fue el único artículo periodístico con tono evidentemente favorable que apareció en la prensa local, ya que en los demás primaban las quejas de los damnificados y la calificación de hecho vandálico. Se contraponía a la de merecido punitorio, término utilizado por Martina en su comentario.
El director editorial de su diario reprendió severamente a la periodista por la irresponsabilidad de haber enviado a publicar un artículo tan polémico sin siquiera comentarlo con alguien de mayor experiencia. Por un momento Martina pensó que este tipo de actitud le podía costar el trabajo y por seguro un cierre de puertas generalizado a la hora de buscar otro empleo.
Se disculpó como pudo, pero el director estaba más interesado en saber como había conseguido la información del lugar donde estaban los vehículos que en la excusa.
Cuando le explicó, la reprimenda inicial trocó en una sarta de halagos y le exigió que consiguiera una entrevista con algún miembro de F. U., advirtiéndole que le mostrara el texto antes de publicarlo.
La televisión mostró los videos filmados por F.U. que fueron enviados anónimamente, pero sus comentarios no fueron favorables para ¨ese ejército de incivilizados¨.
La respuesta oficial fue reforzar la vigilancia en todos los sectores atacados por los extremistas, con órdenes de reprimir ante una mínima actitud de violencia.
Pero la opinión pública estaba dividida en aquellos que consideraban el hecho como detestable, los que los apoyaban incondicionalmente y los que no le daban importancia, pensando que se trataba de una especie de travesura juvenil.
Los líderes de la F.U. habían esperado una reacción algo más a su favor, por lo menos el primer día, ya que posiblemente los días subsiguientes surgirían hechos de violencia, generados por la represión.
Recibieron un fax de Martina que solicitaba una entrevista con alguno de los caudillos del grupo para aclarar algunas de las razones que motivaron su actuación.
Discutieron si esto sería una decisión conveniente y concluyeron que informar a la población siempre favorecería su posición, eligiendo a Lacre como el interlocutor de la periodista. Se citaron en un café ese mismo día (16) a las 15 hs., dos horas antes de la puesta en marcha de la segunda embestida de sus fuerzas. Aquí pactaron el anonimato de los miembros de la fuerza a cambio de facilitarle a Martina todo el material y prácticamente la exclusiva cobertura de sus actividades, siempre y cuando respetara los tiempos de la organización.
 

EL DIA DESPUES

Que todo el mundo los esperara en las calles, hizo más fácil el segundo día de actividades.
Entraba en acción el equipo técnico encargado de modificar el plan de semáforos de la hora de regreso de los millares de coches desde el centro a los barrios periféricos y al conurbano. Ese caos que a diario enloquecía a conductores y conducidos antes de su regreso al hogar. Alargar algunos segundos la luz verde en determinadas avenidas y variar el ritmo de luces según el control de una cámara colocado estratégicamente en cruces muy transitados permitiría una mayor fluidez del tránsito. El control de los semáforos se efectúa mediante computadoras conectadas en red, por lo que fue necesario apoderarse de un equipo, desactivar el resto de la red a través de un virus que por dos horas repetiría en pantalla una secuencia del día anterior a la misma hora, mientras que desde la central copada, se ponía en marcha la planificación de las luces según el criterio de los ingenieros de F.U.
Entretanto otro grupo se encargaba de la base de datos del tribunal de faltas, detectando a los reincidentes que a pesar de tener faltas graves, habían sido sobreseídos por los jueces, elaborando una lista con todos los datos de los conductores, vehículos y miembros de la justicia, que habría de ser un delicioso banquete para la voraz Martina.
Un tercer grupo sí estaba en la calle con uniformes semejantes a los de prefectura, con camiones originales de las fuerzas armadas comprados en un remate y reciclados, en la vecindad del puerto controlando la emisión de gases a los vehículos detenidos por el semáforo, colocándole en la luneta trasera donde en letras decía vehículo controlado, pero con un código de barras controlable con un lector laser distinguían a aquellos con niveles elevados de tóxicos. La estadística de este control fue enviada inmediatamente al centro de comando para que pudiera ser publicada en algún matutino el día siguiente.
Al final del día no hubieron quejas por parte de los conductores ni de los transeúntes, pero después del noticiero de las 22 hs. donde pasaron los videos de la actuación de los tres equipos, los entes oficiales elevaron sus protestas en tono mucho más ofensiva que los de la jornada anterior.
Martina para ese entonces había transformado el centro de la F.U. en una sucursal de la editorial enviando por e-mail su artículo al diario, con todos los datos rescatados por los equipos ¨subversivos¨.
Enviaron un petitorio, por tercera vez al gobierno de la ciudad y a la policía, pero esta vez ofreciendo la posibilidad de una interacción cooperativa, reservándose los controles vehicular para el equipo técnico de F.U.
Sorprendentemente después de la salida del periódico donde Martina publicó los resultados de los operativos, destacando la corrupción del sistema, recibieron una respuesta negociadora por parte del sector oficial.
Como resultado de esa reunión multifacética, se inició la reforma del control y legislación del tránsito vehicular, según los lineamientos de Fuerza Urbana.
 

EPILOGO

Como resultado de los controles efectuados en un estudiado organigrama desarrollado en el transcurso de tres meses, con un bajo costo para los contribuyentes, que se recuperaría luego en el ahorro de gastos de seguros, de costos sanitarios etc., se dió de baja a un tercio del parque automotor, la mayor parte en forma definitiva. Se detectaron alteraciones psicofísicas que imposibilitaban ejercer la función de chofer profesional en un treinta por ciento de los taxistas, un cuarenta y ocho por ciento de los camioneros y fleteros y un cincuenta y dos por ciento de los conductores de colectivos de corta, mediana y larga distancia. De los habilitados por el examen de salud, cerca del veinte por ciento no aprobaron el examen teórico de la actualización de la legislación vial.
En menos de cien dias el transporte público de pasajeros se había purgado de tal manera que era imposible trasladarse sin un vehículo particular. Los piquetes de los inhabilitados, detenían el tránsito de una manera tan metódica y organizada como había actuado Fuerza Urbana.
La contratación de urgencia de extranjeros desocupados que cumplían con las condiciones de salud y capacitación, determinaron la aparición de núcleos sediciosos xenofóbicos que atacaban a pedradas a los vehículos conducidos por inmigrantes, hiriendo a pasajeros y peatones.
Las enormes dificultades para trasladarse, motivaron una deserción laboral llamativa con una baja importante en el comercio, turismo e industria.
El centésimo día luego de la puesta en marcha del proyecto de seguridad vial, se decretó, por razones de necesidad y urgencia, volver al régimen anterior.




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