El hermano José María Escribá de la Ventilla me recibe en una salita contigua a su despacho. Una vez allí, se acomoda en su sillón favorito. Vestido con colores sobrios, hace gala de sus modales frugales al encender un cigarro tras otro. No lo hace de manera compulsiva, sino que los va sacando de la cajetilla de rato en rato. Tampoco se los termina: siempre deja un trozo antes de llegar al filtro. Casi parece que lo hace más por entretener las manos que por el placer de fumar

Motivaciones
Bueno, Ud. es hermano jesuita, ¿no es cierto? ¿Cuál es la diferencia entre ser hermano y ser sacerdote o ser cura?
Esa pregunta me la han hecho muchas veces. El asunto es que es una congregación religiosa, que se llama jesuitas, Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio. Y hay una vocación o carisma para el sacerdocio y también para lo que llamamos hermanos, que no son sacerdotes, que tienen vocación para servir a la Iglesia y a los demás. Entonces yo sentí esa vocación, y existen varios en la Compañía que tienen esta manera de ser religiosos. No, no hay un campo... ¿cómo te diría yo? Solamente que no nos ordenamos de sacerdotes, ¿no? Pero tenemos las mismas obligaciones y somos tan religiosos como los demás. Es todo un cuerpo, la Compañía de Jesús.
¿Qué fue lo que lo motivo a ingresar a la Compañía de Jesús?
Sí, buena pregunta. Yo voy a cumplir 53 años de jesuita. Yo nací en Madrid, mi parroquia la llevaban jesuitas y yo acudía desde niño a la parroquia, ¿no? Inclusive fui al colegio parroquial también de niño. Conocí allí a los jesuitas. Concretamente conocí a un hermano que se llamaba Lorenzo de apellido. Entonces yo me fijaba en su vida, lo vi, me interesó, me impactó, me llamó la atención. Y un día le dije: hno. Lorenzo, yo quiero ser como Ud. La respuesta fue una carcajada. Y yo creo que muy oportuna porque era muy joven. Yo tendría unos 16 años, si mi memoria no falla. Bueno, el caso es que me hice amigo de los jesuitas.
Los preceptos de la orden indican llevar la palabra de Dios y prestar ayuda donde haya más pobreza, donde haya más necesidad. Ahora que han pasado varios años desde que pasó a formar parte de las filas de los jesuitas, ¿podría decir que era conciente del sacrificio que ello implicaba cuando tomó la decisión?
Claro, eso se percibe por poca experiencia que tenga uno, pues en la vida, lo que vale cuesta. Si no hay algo que cuesta, yo creo que no tiene valor. Pero la satisfacción de haberlo cumplido es más gratificante que todo el sacrificio que eso supone.
En los últimos años hay cada vez menos interés por la religión en muchas partes del mundo. ¿Cómo ve la vocación religiosa y/o sacerdotal en este contexto?
Una pregunta muy actual. Es el tema de conversación de muchos especialistas. Yo creo que estamos en una época en que el joven tiene otro concepto del compromiso. Va más a la inmediatez, al momento, de tal suerte que eso que para toda la vida, eso ya le cuesta más entender. Pero tampoco se debe medir una cosa por la cantidad, lo importante es la calidad. A san Ignacio no le preocupaba mucho el número, le preocupaba la calidad. El joven hoy día no es mejor ni peor. Es diferente.

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Su relación con el Perú

¿Cómo fue que llegó al Perú?
El hermano Lorenzo me contaba que tenía un hermano en el Perú, y a veces me leía sus cartas. Andando el tiempo, me recomendaron que formara parte de un grupo de jóvenes de acción católica. Y el año 1951 me fui al noviciado, que está en Aranjuez. Allá hice los dos años de noviciado e hice los votos en 1953. Después del noviciado, un día me propusieron:
-¿Qué te parece si te vas al Perú?
-Pues me parece muy bien, me voy ahora mismo.
-No, no, no, tranquilo, piénsalo aunque sea 24 horas y después me das la respuesta.
Al día siguiente le confirmé mi decisión al superior. Y aquí me tienes.
¿Cuáles son las necesidades más urgentes que tiene Villa San Luis en este momento?
Bueno, mira. Villa San Luis no es una isla. Como tú sabes bien, Villa San Luis está en Pamplona Alta, San Juan de Miraflores. Y adolece, pues, de todo lo que vemos, a nivel nacional y mundial. Lo que más me impresiona a mí es la falta de trabajo y ver tanto joven con ganas de trabajar sin oportunidades. Eso me impacta. Porque no es que no quieran trabajar, sino que se les cierran las puertas. Y eso es frustrante.
¿Qué problemas atraviesa el PEBAL? ¿Cómo ha evolucionado en los últimos años?
El PEBAL ha ido creciendo en servicios. Claro que hasta para servir a Dios se necesita del dinero. Porque te llegan las facturas de los talleres que ves, pues hay máquinas, y esas máquinas consumen energía eléctrica, y esa energía eléctrica hay que pagarla. Y el teléfono, y el agua... La mayor gloria de Dios es que el hombre viva, y vemos qué mal vive.
¿Qué tan importante es la capacitación laboral en el programa del PEBAL?
Todo va a lo mismo, mi querido amigo: todo va a lo de servir a esta sociedad, que la Iglesia ponga su hombro en el desarrollo integral de la persona. Porque saber para servir mejor, ésa es la cosa. Y nos preocupa a los jesuitas la calidad. O sea, es nuestro objetivo. Si hay una universidad Ruiz de Montoya, tiene que ser una buena universidad. Y si hay un colegio de La Inmaculada, o San José en Arequipa, tienen que ser buenos colegios, donde se dé calidad.
¿Cómo considera el programa el hecho que no sólo hace falta capacitación sino también oportunidades de trabajo?
Se les da la oportunidad de aprender un oficio para que puedan desenvolverse en la vida. Yo veo que aquí por ejemplo aprenden cosmetología. Y después van y en sus casas ponen un servicio de peluquería y se ganan alguito, para ganarse la vida de una manera honrada. Lo mismo pasa con electricidad, electrónica, y así sucesivamente en todos los campos.
Es decir que la propuesta del PEBAL no es capacitarlos para que toquen las puertas de una empresa grande, sino incentivarlos para que ellos mismos pongan su propia empresa, una micro-empresa...
Sí. Básicamente, ése es nuestro sueño. Alguna vez he escuchado por ahí, así, de una manera informal, "hoy día, como no crees tu propio trabajo, no esperes que otro te dé".
Volviendo un poco a los preceptos jesuitas, éstos consideran fundamental la lucha contra la pobreza.
En ese sentido el PEBAL desempeña una importante labor al ayudar a mejorar las condiciones de vida de un cuarto de millón de personas. Sin embargo, habiendo tanta pobreza y miseria en el Perú y América Latina, no siente a veces que es un poco como remar contracorriente?
Quiero colaborar con Dios en la creación, de manera que haciendo lo que puedo, el resto, se lo dejo a la Providencia. Quisiera haber cumplido con mi conciencia, y con eso me basta. No somos la divina pomada. Yo estoy acá y el primer evangelizado soy yo, que veo el pobre a mi lado y todavía tiene la sonrisa en el rostro. Yo a lo mejor soy un burgués que se queja porque un día encuentra la sopa fría. Y el pobre, que no tiene dónde caerse muerto, y todavía tiene ganas de un chiste... Bueno, entonces el escándalo y el pecado social que vemos de la mala repartición de las riquezas, a un cristiano eso no lo puede dejar tranquilo. Eso no es de Dios.

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Qué se siente ser un homónimo
Bueno, una pregunta que quizás salga un poco de contexto es que, en tanto miembro de la comunidad jesuita, ¿qué opinión tiene de la obra del Opus Dei?
En la Iglesia, como ves, y en la misma sociedad, pues hay diversas maneras de trabajar. Está la empresa constructora, tienen sus formas de trabajar. En el mismo fútbol, uno es del Alianza, otro es de la U, otro es de Cienciano, pero todos van a lo mismo, a meter goles, ¿no? Pues algo parecido pasa con la Iglesia. Han hecho demasiado ruido con esto de que si el Opus, que los jesuitas, que... No es correcto eso. No es correcto dividir.
Bueno, para terminar con la entrevista, una pregunta que quizás le resulte un poco incómoda, pero que prácticamente es casi obligada: ¿cómo se siente el hecho de ser homónimo del fundador del Opus Dei?
Bueno, a veces lo tomo a chiste. Yo a veces peco de burlón. Y no me quiero burlar ni mucho menos, sino como he tenido tantas anécdotas, pues claro, me río. Me acuerdo una vez que estando en España llamé por teléfono a un señor amigo mío y el que cogió el teléfono fue su hijo. Digo:
-¿Está tu papá?
-¿De parte de quién?
-Dile que le ha llamado José María Escribá- y me contesta:
-Ya. Y yo soy san Ignacio de Loyola.
Se lo tomó a chiste, pues. ¿Qué quieres que haga? ¿Que llore? Pues me río. Es una casualidad que me causa risa y me divierto

. Otras veces vino algún alumno y me dijo:
-Hermano, he leído su libro, que se llama "Camino".
Y como tantas veces me lo decían y tenía que explicar que no era yo el que había escrito ese libro, que ya tomé por no explicarlo y digo:
-Sí, me parece muy bien que lo hayas leído, ahora estoy escribiendo otro que se va llamar "El Zanjón".
Ja, ja.

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Keny Romero Mesa / Periodismo Digital PUCP 2004-II
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