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No tuvimos que aprender que en sexualidad todo vale. Desde el despertar de nuestra adolescencia, nuestros dedos, nuestras bocas y nuestras pieles conocían cuáles eran los lugares que debíamos explorar para despertar el amor. Pero, como no lo teníamos del todo claro (nadie nos lo enseñó), por la mezcla de placer y pecado hubo momentos de confusión. Con el tiempo fuimos aprendiendo que, a pesar del demonio, sin esa sensación pecaminosa el amor es insípido.
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Y eso pasó con nuestros primeros besos y nuestras primeras caricias. Después de mucho haberla besado, cuando no quedaba ningún rincón de su boca por explorar, creí que no tenía derecho a reclamar su fragilidad más allá de lo que ya ella me había permitido. Fue la Maga misma quien, en una noche adolescente de besos y caricias en la espalda y el abdomen (sitios neutros que, aunque producen placer, no despiertan la sensación de pecado), puso en mi mano su pecho firme, todavía pequeño. Días después se lo chupaba y, del alma, le sacaba gemidos de placer que creía imposibles.
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Pasadas algunas semanas me atreví, ya por mis medios, a explorar su pubis. Sus gemidos, ya más reales, explotaron en mi oído. Y el olor de mi mano después de su placer generó en mí la obsesión por tocar directamente con la boca la fuente de almíbar. No tuvo que pasar mucho tiempo para que se diera la oportunidad. El uniforme de colegiala, aunque no el más erótico, pues las franciscanas se cuidaron bien de hacerlo parecido a un hábito, ponía al alcance de mi boca la tibieza de su intimidad. Sólo fue preciso esperar un descuido de su hermanita para levantar el paño, bajar los calzoncitos hasta sus rodillas y poner mis labios directamente sobre el coño.
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Como en esa edad, por estar ocupados en morder, no hablábamos de nuestra sexualidad, no pude saber a ciencia cierta qué sentimiento produjo en ella ese contacto. Siempre pensé que en su expresión hubo algo de temor (y era de esperarse, pues desde niños nos enseñaron que en el amor la razón tenía que estar por encima de la pasión. De no ser así, no sería amor sino un acto lujurioso). Pero cuando lo repetimos, treinta años después de nuestra adolescencia, de su garganta salió ese sonido onomatopéyico que nunca antes, por la presencia cercana de su hermanita, pude reconocer en la Maga: el quejido de la hembra satisfecha que deja que su razón desaparezca arrastrada por el suelo en beneficio de la lujuria.
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