Infidelidades de la Maga y el Brujo

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Vino la Maga y, como siempre, me ratificó algo nuevo sobre el amor. Su sonrisa de mujer madura y joven, su cuerpo firme y ágil a pesar del tiempo y su cerebro abierto a lo nuevo fueron la música de fondo de una experiencia de amor que pocos hombres cuentan.



Las mujeres jóvenes se quejan de que los hombres sólo buscamos el orgasmo y que, una vez obtenido, nos quedamos echados, como focas, incapaces de cualquier movimiento que complete en ellas el placer. Ese puede ser, sí, un problema de la fisiología masculina; pero ya he tenido la oprtunidad de demostrar lo contrario en otras ocasiones en que la experiencia sexual se convirtió en experiencia de comunicación profunda entre dos personas.



El viernes anterior, por teléfono, la Maga me dijo que vendría a la "Aldea Encaramada", ciudad en que vivo. Como no es usual que mujeres como ella se acerquen a este villorrio, empecé a hacer preparativos. Pensé en el mejor motel, en una suite con Jacuzzi, buen vino y, para el final, por lo menos tres horas de lujuria. Pero las circunstancias cambiaron mis planes: el miércoles La Maga llegó con el tiempo tan limitado que sólo podíamos contar, el jueves, con cuarenta y cinco minutos de desnudez.



Cuarenta y cinco minutos para besarla, tocarla, relajarla y convencerla de que lo que se iba a hacer era un ejercicio mágico son, para cualquiera, un plazo evidentemente escaso. Angustiante, diría yo. ¿Cómo lograr en tan corto plazo todas esas reacciones en un cerebro tan sensible como el de la Maga, sin dejar en ambos el sabor de frustración que acompaña a una eyaculación precoz? Debo confesar que, durante las horas previas a nuesto encuentro, la angustia no me permitió preparar mi cuerpo para la excitación.



Por fin, apareció a las dos de la tarde. Rápidamente bajamos al motel más lujoso de la ciudad (no es lo último, pero a un pueblo pequeño no se le puede exigir el lujo que quisieran los petroleros árabes) y solicitamos lo mejor que había. Ya en la suite, la besé y la invité a la cama. Sin darnos cuenta, a los cinco minutos estábamos desnudos, retozando. A pesar de la premura, no sentíamos afán; empezamos a recordar nuestras incipientes experiencias de adolescencia, y el ahogo sexual se fue convirtiendo en sentimiento de unidad. Ya no era yo el hombre que en pocos minutos iba a tener un orgasmo dentro de la maga; me había convertido en el amante adolescente que treinta años atrás había soñado con el derecho a desnudarla en su edad madura; para mí, no había pasado el tiempo; volví a estar en mis diecinueve mientras mi piel aceptaba su ternura en un acto de amor sin interés, y sentí la lujuria en el corazón, en el cerebro y, si existen, en órganos sutiles que la fisiología está aún por descubrir.



Fue el amor de esa tarde el amor que nunca sentí en mi matrimonio. Fué un amor sereno, simple, místico. Fue la experiencia de la vida sin necesidad de ser dueño. No estaba yo, y no estaba la Maga. Estaba solamente el "nosotros" de hace treinta años que, como el arco iris, esperaba el ángulo perfecto para volver a manifestarse en todo su esplendor. Entonces comprendimos que no es necesario jurar amor eterno porque, simplemente, el amor habita en la eternidad.





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