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Ayer, cuando estaba en el banco, vi a una cuarentona bastante aceptable. Su pecho y su cola conservaban la forma de años pretéritos y, para resaltarlos, se había metido en unos bluyines y una blusa que le quedaban bastante bien. Se notaba que no se trataba del tipo de mujer que se va con uno a la cama después del primer coqueteo. Pero, siendo mujer, podía darme un poco de diversión mientras hacíamos la fila. Es más: estaba seguro de que ella también se divertiría. | ||||||||||
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Desde el principio empecé a mirarla por detrás. Primero, a la cabeza (es la mejor estrategia para hacerse notar). No había pasado un minuto cuando empezó a acariciarse el pelo. Yo ya estaba seguro de que, antes de que pasara el segundo minuto, miraría a su alrededor, con disimulo, como queriendo ver quién era el que la acariciaba con los ojos. Y, efectivamente, en menos de un minuto sus ojos se encontraron con los míos. Tímida como parecía, no me saludó (después de todo, una señora decente no tiene por qué estar saludando a desconocidos que le miran la cola en la fila de un banco). Pero cuando se dio cuenta de que, efectivamente, había un hombre codiciándola, desvió la mirada y estiró su cuerpo como una yegua en celo que se voltea y le muestra las caderas al semental. Ese juego sutil es la única infidelidad que se permiten las señoras decentes de Manizales. | ||||||||||
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Seguí con mi juego. Para no alarmarla, evité todo contacto visual con sus ojos. Mi intención en ese momento no era hacer que me saludara, sino que sintiera mi presencia estrujándola y deseándola. Poco a poco, mientras conversaba con su vecina de la fila, se fue abriendo hasta que quedamos frente a frente. Conversaba con su vecina, sí, pero estaba pendiente de todo lo que yo hiciera. Y se daba cuenta de que yo pasaba mis ojos desde su pecho hasta su púbis, y de que, cuando miraba sus caderas, con la lengua me humedecía los labios. | ||||||||||
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En ese juego estuvimos hasta que cada uno llegó a la caja respectiva. Los trámites del banco enfriaron la situación creada por mí con el único objeto de divertrime un poco. Pero en ella quedó el sabor agridulce de la aventura. Al salir del edificio, después de hacer, cada uno por su cuenta, algunas diligencias en el centro comercial, volvimos a encontrarnos y, como quien no quiere la cosa, esta vez sí me saludó, con una sonrisa de cordial indiferencia. ¡Como si yo no supiera lo que estaba pasando por su cabeza! | ||||||||||
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