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Mi primera amante clandestina fue mi secretaria.
Quince años menor que yo, me enseñó que cuando una mujer del estrato tres
se entrega no hay límites para el placer. No tuve que pedirle que se
prestara a mis fantasías; a pesar de ser manizaleña, su marido le había
enseñado, y ella había aprendido a la perfección, todas las maniobras del
amor necesarias para su simpleza. Ni por su madre, ni por su abuela ni por
su marido fue educada para conservar patrimonio ni para ser la reina de la
casa. La única educación que recibió estaba orientada al arte de conservar
el varón, y ese arte es atributo exclusivo del cuerpo.
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Nuestro primer beso fue natural, biológico,
espontáneo. Yo quería dárselo, y ella lo esperaba; y cuando se presentó la
ocasión, simplemente ocurrió. En su simpleza, pensó que lo que había hecho
era malo. En cambio yo entendí que sus puertas ya estaban abiertas y que
sólo era cuestión de tiempo el que me permitiera disfrutar de concavidades
más codiciadas.
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Los días que siguieron a ese beso, para ella
fueron de vergüenza y conflicto interior. Debo confesar que disfruté de su
confusión, y que sabía que el control de la situación estaba en mis manos.
Una semana más tarde, una rosa en su escritorio fue la invitación a
quedarse en la oficina después de que todos hubieran salido. Ya solos,
simplemente nos besamos, se desabrochó el primer botón y abrió su
intimidad.
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Los besos que siguieron, para mí estuvieron
acompañados de mil sensaciones nuevas. Esa experiencia me enseñó por qué
el estrato tres no se preocupa por los bancos, el patrimonio o las tasas
de interés. Para esa cultura deliciosa, fanática del Once Caldas, la
cerveza en botella, las canciones de Pimpinela y las telenovelas
mexicanas, no hay camino a la felicidad tan directo como el coño.
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