Infidelidades de la Maga y el Brujo

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FETICHISMO EN EL EJE CAFETERO



El Rosario es una de las regiones más bellas (y ricas) del Departamento de Caldas. Allí las mañanas huelen a tierra húmeda, y las tardes rojas tienen el hedor del café en la despulpadora. En esos parajes aprendí que el amor no es sólo ternura; y, también, que los órganos genitales son sólo uno entre los muchos senderos que pueden conducirnos a las delicias de Venus.



Por las mañanas, toches y azulejos alegraban la hora en que las primas de diferentes ciudades ( Medellín, Bogotá, Pereira y Manizales ) empezaban a aparecer en el salón principal de la finca. Despeinadas y con las marcas de la almohada todavía en los cachetes, parecían niñas prepúberes a la hora del recreo; pero como sus cuerpos ya habían empezado a responder a los ritmos de la natrualeza, los pezones y los muslos no cabían en sus pijamas y las convertían en una mezcla de inocencia y seducción que mantenía la sexualidad de los primos a "media caña".



A esa hora, en un ritual que se repetía todas las mañanas, aprendí a reconocer los calzones de Clara, Patricia, Juanita, Carmenza y Claudia; y, en varios años, los de Vicky, la otra Patty, Adriana, Gloria, Beatriz y tantas otras que, invitadas por mis primas, llegaban a la finca a pasar parte de sus vacaciones con mi familia.



Pasada la hora del desayuno, y antes de ir a la piscina, las niñas desfilaban con recato hacia el lavadero. De allí salían con más recato aún, y pasaban a las cuerdas de secar la ropa; empezaban con los bluyines, las blusas u otras prendas, y para lo último, cuando se cercioraban de que nadie las estaba espiando, dejaban la ropa interior (como si el anonimato de la cuerda pudiera proteger el secreto de su intimidad ligada a esos pedacitos de tela).



Cuando todos estaban en la piscina, el lugar más codiciado de la finca era la cuerda de secar la ropa. De rato en rato cualquiera de los primos se perdía durante algunos minutos, y volvía con la cara roja y la pantaloneta abultada. Sólo yo permanecía vigilante desde el balcón, haciendo mi estadística de robos de calzones; y, claro, también yo pertenecía al grupo de los ladorones.



Lo que nunca me he podido explicar es por qué, con tal frecuencia de desaparición de prendas íntimas (yo sabía exactamente cuántas, y quienes habían sido los responsables), nunca nadie se preguntó qué pasaba. Es como si los adultos hubieran sido cómplices. O quizás las niñas mismas; seguramente por las tardes, cuando el rojo sol sacaba del cafetal las densas nubes de mosquitos y mientras los primos nos reuníamos a mostrar nuestros trofeos, ellas se encerraban a comentar con orgullo que sus calzones no estaban en la cuerda; y tal vez siempre guardaron el secreto por temor a que, de contárselo a los mayores, desapareciera todo el encanto de las vacaciones en la finca. Bello síntoma del despertar de la sexualidad femenina.



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