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Lo mismo que muchas culturas, los antiguos
griegos creían que el alma estaba en la sangre. De esa creencia derivan
los famosos y temidos pactos de sangre entre los que por algún motivo se
juraban mutua fidelidad; esos pactos eran comunes entre reyes, entre
guerreros, entre nobles y súbditos y, obviamente, entre los amantes.
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Quienes hemos sido amantes sabemos que el
contacto con la persona amada produce una sensación especial inefable,
indescriptible. Y cuando estamos enamorados, nos esforzamos por que ese
contacto sea íntimo y profundo. Es como si quisiéramos ocupar el espacio
del otro o, según la antigua creencia, como si quisiéramos poner las almas
en contacto.
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Afortunadamente para lograrlo no son necesarios
los pactos de sangre. Las mucosas, delgadas membranas que recubren
nuestras cavidades, ofrecen un acercamiento húmedo mucho más placentero
que el contacto de dos heridas. A ese contacto le llamamos beso, y los que
hemos sentido el beso de una amante sabemos que lo que se produce es una
corriente natural que nada tiene que ver con promesas ni con obligaciones.
El beso de los amantes es una de las experiencias más hermosas que puede
ofrecernos la vida. El beso de los amantes es la autorización para
dedicarnos al amor; es el preámbulo de los ritos de adoración a Venus.
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El beso de los esposos puede ser de amantes. Pero
si no lo es, si se limita a la consideración del compañero usual, si se
despoja de toda pasión, si no produce en nuestras mucosas la sensación
eléctrica que nos genera el contacto con la lengua amante, se convierte en
un beso hipócrita, rastrero, pecaminoso. Un beso de esposos que no tenga
pasión, y el acto sexual entre esposos que no sienten el intercambio de
iones que conduce a la locura erótica, es la más infame profanación de la
diosa; ¡y eso Venus no lo perdonará nunca!.
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