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A veces la vida nos junta en condición de
amantes. Por amor comprendemos el miedo que al otro le produce lo
desconocido y la culpa que siente frente a nuestros hijos, frente a
nuestro cónyuge y frente a sí mismo. Pero amante es la persona a quien se
ama, independientemente de la condición civil. Cuando me casé con la que
hoy es mi esposa lo hice pensando en tener y criar hijos con alguien capaz
de asumir las responsabilidades y aceptar los muchos sacrificios que la
paternidad acarrea; en ese entonces no sabía que existiera tanta
diferencia entre amar y ser esposo. El matrimonio es una barca que nos
lleva a la deriva de puerto en puerto, de experiencia en experiencia. El
amor es otra cosa: es un par de alas que nos permiten elevarnos por encima
de lo cotidiano y beber el elixir de los dioses.
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Es tan grande la experiencia de los amantes, que
la gente común no es capaz de soportar la envidia que despierta en ellos
el amor que sienten los que se aman. En todas las épocas la humanidad ha
tenido que cubrir la luminosidad del amor con las amarguras del tedio
conyugal; y como ese velo no es suficiente para ocultar los destellos de
esa luz, la sociedad se inventó el pecado para que el sentimiento de culpa
sirviera de castigo compensador de esa envidia. Es como si no mereciéramos
la felicidad.
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Por eso los amantes tienen que vivir su amor
detrás del velo que pone la sociedad. Sólo ellos son capaces de soportar
tanta luz. Su relación es clandestina, no porque su amor sea vergonzoso
sino porque los ojos de la humanidad no están preparados para la
luminosidad de esa experiencia.
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