Infidelidades de la Maga y el Brujo

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Poco a poco el amor va cambiando de objeto. Los cincuentones de nuestro tiempo, más abundantes que los que existieron en cualquier momento de la historia, sabemos que con los años la atracción que ejercía sobre nosotros la compañera de siempre se va convirtiendo en solidaridad, respeto y consideración. Pero eso no quiere decir que desaparezca en cada uno el impulso primario que nos obliga a ensayar lo desconocido.



Los más jóvenes tienen una imagen errónea de nuestra generación. Acostumbrada a la idea de abuelos asexuados, la cultura occidental no concibe la posibilidad de que tengamos los “impulsos vergonzosos” de la sexualidad. Cuando aceptamos esa idea vamos dejando que nos salga barriga, se nos caen los dientes (y otros apéndices), y las nuevas generaciones nos jubilan y nos desechan. De nosotros sólo se espera que salgamos a pasear alrededor del parque, después de la Santa Misa, cogidos de la mano de la anciana que nos ha acompañado durante los últimos veinte, treinta o más años.



Seguramente en la cabeza de todos, como en la mía, taladra la idea de rechazar ese futuro atávico. Seguramente en el subconsciente de los cincuentones que se consideran libres existe un terror oculto a verse confinados a un rincón. Y como el inicio de nuestra energía vital está en la sexualidad, es lo sexual la válvula de escape de nuestras frustraciones.



Podemos ser nosotros, los cincuentones de ahora, la primera generación que se oponga a ese patrón cultural. Hombres y mujeres tenemos derecho a soñar y a buscar la felicidad; libres de las obligaciones del hogar, somos los llamados a impulsar en nuestra sociedad infeliz y temerosa la posibilidad de hacer de los cuernos una fuente aceptable de alegrías; sólo es necesario renunciar a nuestros temores infundados; sólo es necesario aceptar con generosidad que nuestra pareja de siempre, esa que nos acostumbró a su intimidad, goce de su expresión animal, fuente eterna de alegría y vitalidad. Aceptemos que nunca, a pesar de nuestros juramentos, podremos llenar completamente las necesidades del otro; y permitamos con generosidad que también nuestra pareja se beba el universo aunque no podamos participar de la totalidad de sus sensaciones.

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