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Desde mi niñez he oído hablar del viejo verde. Es un personaje parecico al "coco", al diablo o al "mohán". "Huele a hueso y, cuando ve una niña bonita, se le salen las babas y se le brotan los ojos como a sapo en tomatera" decía mi abuela cuando lo mencionaba. A los hombres maduros que disfrutan de ver las colas de las niñas (y de las no tan niñas) metidas en esos jeans que dejan ver la mitad de las nalgas les dicen "viejos verdes". Y los hombres nos hemos creído el cuento. A veces hasta hemos sentido verguenza de comportarnos como "viejos verdes".
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Estoy seguro de que el símbolo del viejo verde se lo inventaron las señoras de Manizales. Temerosas de que sus maridos se inclinaran por los cuernos, se imaginaron ese personaje lascivo equivalente a los faunos con cuernos, genitales descomunales, piernas excesivamente velludas y pezuñas de chivo que aparecen en las pinturas renacentistas. Los varones, más ocupados en nuestro interés por conquistar ninfas, no solemos preocuparnos por que nuestras esposas puedan optar por los cuernos. Pero ellas, más discretas, siempre nos los han puesto bajo la máscara de su devoción, ayer, por las obras pías y, hoy, por los estudios de postgrado.
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La finalidad de ese símbolo es ridiculizar al hombre mayor que no se averguenza de sus impulsos vitales. Definitivamente, las mujeres manizaleñas siguen siendo fieles a los principios de la primera mitad del siglo pasado. De haber sido necesario, se hubieran vuelto a inventar el demonio con el único objeto de mantener a los maridos al margen de la infidelidad. Pero no fue necesario. El viejo verde fue suficiente para convencer a la mayoría de que los cuerpos de las jóvenes son patrimonio de la nueva generación.
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Pero, a pesar del símbolo del viejo baboso, la naturaleza es pródiga y ha sido generosa. Así como se dio el lujo de producir beatas que amargaran con falsa moralidad erotofóbica nuestros mejores años, ha sabido producir, en los últimos años, mujeres jóvenes libres, bellas, sanas e inteligentes que son capaces de reconocer en el viejo los atributos del antuguo jefe de la manada. ¡Qué dulce es la expresión de una hembra de 23 años que se siente devorada por un viejo de 55! ¡Y, lástima, las mujeres de nuesta generación no se dan cuenta de que, con un poco de cuidado en su aspecto, pueden dejar de considerarse viejas y entrar en el juego de la felicidad sexual!
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El símbolo que se inventaron nuestras abuelas muestra al hombre mayor como desprovisto de todo atractivo personal. Pero, aunque muchos hombres mayores de 45 se dejaron arrastrar por la tentación de permanecer echados como focas viendo televisión, hubo algunos de la misma generación que optaron por la infidelidad. Con un poco de gimnasio y algo de juicio en la dieta, han podido entrar a competir con los más jóvenes en el delicioso arte de conquistar a las mujeres. Hoy, "los viejos verdes" no tienen barriga, no huelen a hueso y conocen los gustos eróticos de las hembras de todas las generaciones. Si encuentras uno, no lo desperecies. ¡Puede ser un alto iniciado en las artes del amor!
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Las mujeres que le temen al "viejo verde" son las mismas que, todavía, creen en el diablo. Son las mismas que no han podido trascender la idea de que el sexo se acaba en la maternidad. Esas viejas no se han dado cuenta de que la belleza del "viejo verde" (a diferencia de la de los jóvenes, que es es inmerecida, un regalo de la naturaleza), ha sido construída minuto a minuto, gota a gota, fibra a fibra por una fuerza de voluntad capaz de doblegar a los demás hombres, a las beatas, a las casadas y a las quinceañeras. Por eso es que son tan peligrosos.
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