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Valle de la Cabra, 25 de junio de 2005
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Maga:
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En momentos de soledad me hieren más los recuerdos. Y mientras más amarga es la ausencia del amor, más lejos se remonta la memoria. Mi cerebro no quiere aceptar imágenes de mis primeros años de matrimonio; cargados de maternidad, esos años están exentos de lujuria. De mis neuronas brotan como hiedra recuerdos de piel fresca, olor indescriptible y gemidos de placer que cantan con el timbre inconfundible de tu voz.
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Aunque preñados de tu intimidad adolescente, mis recuerdos no pueden evitar la imagen desnuda, ya madura, de tu cuerpo aferrado al mío en nuestros últimos encuentros: después de treinta años, tu pecho sigue firme y tu rosa conserva el mismo aroma. Tu cuerpo es un prodigio de la naturaleza que hace hervir mis recuerdos en una confusión de adolescencia y madurez que hace más dura la ausencia.
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Ayer puede comprender el secreto que quisieran conocer tantas mujeres de nuestra generación (y de otras más recientes). Mientras tu cuerpo y tu pensamiento sienten que tu ya prolongada juventud todavía merece el placer de un amante, los cuerpos y las mentes de las demás se dejan arrastrar hacia el envejecimiento paralizadas por el tedio y la falta de imaginación.
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Sí. Ayer, tal vez sin quererlo, me diste a conocer tu secreto. Espero que no te moleste si lo divulgo aquí, en el Valle de la Cabra, para que aquellas que lo comprendan puedan recuperar su perdida juventud; pasarás a la historia como la anónima redentora de las discípulas de Afrodita.
Ayer te pregunté qué es lo que una mujer siente cuando compra ropa íntima. Como todas las veces, tu respuesta fue inteligente y, a la vez, intuitiva y racional; en últimas, me dio motivos para escribir esta carta.
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Me contaste que habías comprado unos calzoncitos diminutos, casi transparentes, adornados con mariposas que tienen una alita rosada y la otra fucsia; al imaginarlos sentí un delicioso cosquilleo entre los testículos y el centro del periné, y mis cuerpos cavernosos se llenaron de presión. Unos calzoncitos como esos simbolizan intimidad, y tu intimidad siempre me ha transportado a los límites del paroxismo.
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Y también me dijiste que cuando compras ropa íntima lo haces más pensando en tí misma que en seducir a un hombre en particular. Sabio proceder el tuyo (y el de todas las que lo hacen por sentirse bellas, por reforzar la autoestima y por resaltar su propia intimidad). De esa actitud parte la coquetería, y no es necesario que un hombre vea los calzones de una hembra para saber al instante que su coñito siempre está limpio, bello y perfumado.
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Tal vez es de esa actitud de respeto a tí misma y a tu propia intimidad de donde surge la mirada discreta y al mismo tiempo insinuante que hace honor al sobrenombre de "la Maga"; seguramente esos calzoncitos, cuidadosamente escogidos, son los que le dan frescura y claridad al tono de tu voz; en esos pedacitos de tela, comprados con profundo amor por tu cuerpo y por tí misma, puede residir la fuente de juventud que no te abandona.
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Por abandonar esa actitud hacia su cuerpo es que las mujeres, al pasar de los 45, pierden la magia de ser hembras. Tú eres la demostración palpable (¡y yo he tenido el privilegio de palparte!) de que no es la edad la que envejece a las mujeres: ¡el envejecimiento femenino empieza cuando se abandona el arte de comprar calzones!
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Con todo mi fetichismo,
El Brujo
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