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Valle de la Cabra, 20 de noviembre de 2005
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Maga:
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Sabiendo que sientes el agudísimo dolor que producen los cuernos en tu propia frente, considero este momento el más propicio para escribir esta carta sobre la “ética de la infidelidad”. Suena paradójico, ¿no? pero, aunque absurdo y contradictorio, creo que esa ética es posible y que, a la postre, es lo único que garantiza la posibilidad de vivir en sociedad. “Absurdo”, “contradictorio” y “paradójico” son simples maniobras del lenguaje que no necesariamente corresponden a la realidad.
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En primer lugar, aclaremos los términos. Veamos lo que quiero decir con el vocablo “ética”. Nuestra idea más tradicional es la que la considera sinónimo de “costumbre”. Si las costumbres de nuestra sociedad estuvieran marcadas por la fidelidad entre los miembros de cada pareja, con gusto aceptaría que lo ético es la fidelidad; pero, ¿no te parece que lo que ocurre es precisamente lo contrario? ¿no es, acaso, la infidelidad conyugal nuestro pan de cada día? “costumbre” es el significado más superficial y más ingenuo que puede atribuírsele al vocablo “ética”. Ensayemos, pues, otro significado.
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En nuestro lenguaje de todos los días solemos confundir “ética” con “moral”, que, por referirse a nuestro ámbito personal, es el término que deberíamos utilizar. Pero si nos metemos en las profundidades de este vocablo, ingresamos en lo que la gente entiende por religión, pecado, santidad, en fin, por ciertos atributos de la sicología humana que más tienen que ver con un universo de ángeles que con el mundo de frustración, amargura y dolor en el que tenemos que convivir. Digamos pues que aunque, para las academias, el vocablo “ética” se refiere al estudio filosófico del comportamiento de las sociedades, con el fin hacer la diferencia con lo que se entiende por “moral” utilizaré la el término “ética” para referirme al comportamiento personal y cotidiano de los individuos.
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Pero también tenemos que definir el término “fidelidad”. Según los diccionarios, su significado tiene que ver con veracidad, confiabilidad y honestidad. Es en este sentido que suena contradictorio cuando digo que voy a escribir sobre la ética de la infidelidad: no creo que sea posible la existencia de una sociedad, por pequeña que sea (y las más pequeñas son de dos personas), que se pueda poner de acuerdo en promesas basadas en el engaño; pero, otra vez, la contradicción es sólo lógica, semántica, no real.
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El concepto de “fidelidad” que conocemos está relacionado con la costumbre que tienen las parejas de jurarse amor eterno. Y por ignorar que sólo podemos responder por lo que juramos en el plano ético, ese juramento particular arrastra a lo axiológico aspectos del mundo físico que no están bajo el control de la voluntad. Para nadie es un misterio el desgaste que implica el esfuerzo por controlar, desde la voluntad, una tormenta de hormonas. Llamemos a las cosas por su nombre: cuando hacemos ese esfuerzo, terminamos masturbándonos. Y si, pensando en otra persona, optamos por desahogar nuestros impulsos sexuales con nuestra pareja de siempre, terminamos ejerciendo la infidelidad mental, de por sí más censurable: recientemente has vivido la amargura de saber que el que besa tu piel tiene el pensamiento en otra cama.
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Lo biológico forma parte del mundo de la materia, que es el reino del azar. Aunque en el plano astronómico se pueda predecir un eclipse y se pueda saber con exactitud cuándo empezará el invierno en los países del sur, en el subatómico todo es incertidumbre; y en el biológico, podríamos decir que el azar ocupa un lugar intermedio entre los dos extremos: aunque la organización genética de cada individuo determina sus características más generales, el ambiente contribuye en la definición de las características particulares; por eso no eres igual (¡huy!) a tu hermanita.
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Cuando, al jurar amor eterno, pretendes esa fidelidad de tu pareja, te comprometes a ser sexualmente exclusiva y cierras, automáticamente, toda posibilidad de que la vida te traiga otras posibilidades de sexualidad feliz. Eso es innegable. En otras palabras, para ser dueña de la sexualidad del otro aceptas perder tu libertad y te comprometes, tácita o explícitamente, a no ejercer la sexualidad con otra persona que no sea la de siempre. Entonces empiezan a proliferar en tu cabecita las semillas del estímulo biológico que abundan en el mundo, y tus ardores encienden en tu cerebro un deseo que solo se calma con la infidelidad o con la masturbación.
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Así como sólo lo moral está al alcance de nuestros juramentos, sólo en el presente podemos garantizar, hasta cierto punto no más, que podemos cumplirlos. El futuro no nos pertenece, y un amor para toda la vida significa amor para el futuro. Y si aceptas que el futuro está marcado por la incertidumbre, verás con facilidad lo que realmente ocurre: cuando juras amor eterno aceptas limitar el devenir de tu existencia con el objeto de poseer la incertidumbre (que no es otra cosa que la libertad) del otro. Ahí está el engaño: juramos sobre lo que no nos pertenece ¡nunca he podido imaginar un acto de egoísmo más miserable!
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Siendo fieles a nuestros juramentos, garantizamos nuestro comportamiento futuro. Nuestros juramentos nos limitan. Por eso es que sólo debemos jurar cuando lo que está en juego realmente nos pertenece; y eso que nos pertenece, repito, sólo está en el plano de lo ético. Si ese plano es el único que le pertenece a cada uno como individuo, no podemos pretender que un juramento tenga gran influencia en lo biológico. Así como no te puedo jurar que en el 2006 no habrá un terremoto en algún lugar del planeta, tampoco te puedo prometer que ese terremoto no me dará miedo; ni que cuando el ambiente ponga ante mis ojos el cuerpo de una mujer que desencadene en el mío una tormenta de hormonas no he de responder como las bestias.
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En el plano moral, lo único que puedo prometer es mi solidaridad, mi consideración y mi decisión de hacer lo que esté en mis manos por sacar adelante nuestros proyectos comunes. Lo demás, es pretensión soberbia de dominar lo que en mí hay de más parecido al demonio. Por eso es que la ética de la infidelidad es posible: está en la tolerancia y en la aceptación de que tu pareja, por estar en este mundo, tiene el mismo conflicto ético que, en algún momento de nuestra vida, tenemos que enfrentar todos. Tal vez la existencia fuera más amable si, en vez de exigirnos amor eterno, nos otorgáramos el derecho a tener nuestro “amorcito”.
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Con todo mi amor,
El Brujo
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