Las enseñanzas del Desierto

 

            El desierto me enseñó, que uno puede perderse fácilmente por el mar de la vida, pero tarde o temprano vuelve a encontrar el camino.

 

            El desierto me enseñó, que todos los caminos del mundo no llevan a Roma, sino al interior de uno mismo.

 

            El desierto me enseñó, que las aguas más amadas no son las más cristalinas, ni las de sabor más agradables, sino aquellas que al pasar por tu garganta te renuevan de esperanza.

 

            El desierto me enseñó, que las mayores adversidades y las más duras condiciones, hacen florecer lo mejor de cada persona.

 

            El desierto me enseñó, que la gratitud debe estar siempre presente en todo caminante, debido a que todas las experiencias, tanto buenas como menos buenas, contribuyen a mejorar al individua en el arte de caminar.

 

            El desierto me enseñó, que el corazón humano es de la estirpe del Fénix; capaz de resurgir de sus cenizas y amar una y otra vez con mayor intensidad.

 

            El desierto me enseñó, que las dunas son muchas y muy variadas, pero todas están compuestas de arena, siendo el viento el único artista capaz de darles forma.

 

            El desierto me enseñó, que hay muchos pozos de agua escondidos en su seno esperando a ser descubiertos; que sólo hay que tener el valor suficiente para osar cavar en sus entrañas para desvelar el gran tesoro que alberga.

 

           El desierto me enseñó, que es fácil sucumbir ante el sol ardiente si uno se abandona a sí mismo, y abandona la esperanza de vencer, sean cuales sean las circunstancias.

 

            El desierto me enseñó, que la naturaleza se alía con aquellos que fluyen en concordancia con ella, y conspira para que lleguen a su destino.

 

            El desierto me enseñó, que los oasis no son encontrados por los que se mueren de sed, sino que el oasis encuentra a los sedientos de agua.

 

            El desierto me enseñó, que quién recorre el desierto por obligación, sale dividido de él; pero quién lo recorre por placer, sale multiplicado de él.

 

           El desierto me enseñó, que los compañeros de viaje que te van acompañando en tu caminar, no obedecen a el azar, sino que son aquellos que necesitas en cada momento.

 

            El desierto me enseñó, que todos los objetos, al igual que todas las personas, desaparecen en el momento en que ya no pueden darnos nada de sí; en el momento en que ya no pueden enseñarnos nada nuevo.

           El desierto me enseñó, que la tristeza y la melancolía no son buenas compañeras para las caminatas, pues a cada paso que das, te van consumiendo poco a poco.

 

            El desierto me enseñó, que tras la capa de hielo que cubre a todas las personas, hay un corazón cálido que está deseando ser descubierto y considerado.

 

            El desierto me enseñó, que no somos más crueles con aquellos que odiamos, sino con aquellos que no nos importan en absoluto.

 

            El desierto me enseñó, que la felicidad se halla en las cosas sencillas de la vida, y no el la aparente superficialidad de los castillos de arena.

 

            El desierto me enseñó, que la salud del hombre es un reflejo de la salud de la tierra; y que la única medicina verdadera es aquella que sana a esta última.

 

            El desierto me enseñó, que por el día es difícil de saber donde está el norte; por las noches sin embargo, resulta más fácil debido a las luminarias que nos indican el camino. Cierra los ojos pues, cuando te sientas perdido.

 

            El desierto me enseñó, que unas lágrimas no derramadas pueden ser el más amargo veneno que un hombre puede conservar en su interior.

 

            El desierto me enseñó, que los prejuicios hechos a la ligera, nos llevan siempre a tomar decisiones equivocadas, desviándonos de nuestro rumbo.

 

            El desierto me enseñó, que algunas veces es más provechoso cruzar una gran duna, que rodearla. Aborda pues los problemas, en lugar de rodearlos.

 

            El desierto me enseñó, que el explorador más fuerte no es aquél que más millas recorre en un día, sino aquél que más y mejor sabe esperar a dar el paso adecuado.

 

           El desierto me enseñó, que las virtudes que más ayudan al caminante son la paciencia, la perseverancia, la constancia, y el valor.

 

            El desierto me enseñó, que él es monótono y austero con el único fin de no distraer a el viajero en detalles banales, y lanzarlo de la forma más directa a su meta última.

 

            El desierto me enseñó, que los mayores maestros son aquellos que más han padecido en sus ardientes arenas y no han sucumbido a sus severas exigencias.

 

           Te doy las gracias querido Desierto, divino Maestro, por haberme dado el privilegió de tostarme en tus arenas, pues gracias a ello, un día seré un aspirante  a la Sabiduría.

 

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