El Alquimista

                                                                             
PAULO COELHO


    En el desierto, en cambio, reinaba el viento eterno, el silencio y el casco de los animales. Hasta los guías conversaban poco entre sí.

    - He cruzado muchas veces estas arenas - dijo un camellero cierta noche -. Pero el desierto es tan grande y los horizontes tan lejanos que hacen que uno se sienta pequeño y permanezca en silencio.

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    A veces las caravanas se encontraban durante la noche. Siempre una de ellas tenía lo que la otra necesitaba, como si realmente todo estuviera escrito por una sola Mano. Los camelleros intercambiaban informaciones sobre las tempestades de viento y se reunían en torno a las hogueras para contar historias del desierto.

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    El muchacho se quedó callado unos instantes, mirando la luna y la arena blanca.

    - He visto la caravana caminando a través del desierto - dijo por fin -. Ella y el desierto hablan la misma lengua y por eso él permite que ella lo atraviese. Probará cada paso suyo, para ver si está en perfecta sintonía con él; y si lo está, ella llegará al oasis.

    >>Si uno de nosotros llegase aquí con mucho valor, pero sin entender este lenguaje, moriría el primer día.
    Continuaron mirando la luna juntos.

    - Ésta es la magia de las señales - continúo el muchacho -. He visto cómo los guías leen las señales del desierto y cómo el alma de la caravana conversa con el alma del desierto.

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    El muchacho abrió los ojos cuando el sol comenzaba a nacer. Frente a él, donde las pequeñas estrellas habían estado durante la noche, se extendía una fila interminable de palmeras que cubría todo el horizonte.

    - ¡Lo conseguimos! - dijo el Inglés, que también acababa de levantarse.

    El muchacho, sin embargo, permaneció callado. Había aprendido el silencio del desierto y se contentaba con mirar las palmeras que tenía delante de él. Aun debía caminar mucho para llegar a las Pirámides, y algún día aquella mañana no sería más que un recuerdo. Pero ahora era el momento presente, la fiesta que había descrito el camellero, y él estaba procurando vivirlo con las lecciones de su pasado y los sueños de su futuro. Un día, aquella visión de millares de palmeras sería sólo un recuerdo. Pero para él, en este momento, significaba sombra, agua y refugio para la guerra. De la misma manera que un relincho de camello podía transformarse en peligro, una hilera de palmeras podía significar un milagro.

    <<El mundo habla muchos lenguajes>>, pensó el muchacho. 

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    Él se aproximó a la joven. Ella volvió a sonreír. El sonrío también.

    - ¿Cómo te llamas? - preguntó.
    - Me llamo Fátima -dijo la joven mirando al suelo.
    - En la tierra de donde yo vengo algunas mujeres se llaman así.
    - Es el nombre de la hija del Profeta - explicó Fátima -. Los guerreros lo llevaron allí.

    La delicada moza hablaba de los guerreros con orgullo. Como a su lado el Inglés insistía, el muchacho le preguntó por el hombre que curaba todas las enfermedades.

    - Es un hombre que conoce los secretos del mundo. Conversa con los djins del desierto - dijo ella.
    Los djins eran los demonios. La moza señaló hacia el sur, hacia el lugar donde habitaba aquel extraño hombre.

    Después llenó su cántaro y se fue. El Inglés se fue también en busca del Alquimista. Y el muchacho se quedó mucho tiempo sentado al lado del pozo, entendiendo que algún día el Levante había dejado en su rostro el perfume de aquella mujer, y que ya la amaba incluso antes de saber que existía, y que su amor por ella haría que encontrase todos los tesoros del mundo.


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