Sube El Sol    
   
  Tras una vida de fiesta y alegría, Francisco recibe la presencia de Dios como un relámpago. El rico joven comienza a necesitar de la soledad, y encuentra en los pobres una forma de manifestar su amor adiós.

Es el principio de una vida de santidad...

   
   
  _____________________________________________________________________  
 
  Necesidad de Soledad

Durante tres años, Francisco fue llenándose inexplicablemente de una profunda paz. Le nació una ternura para con todo lo que fuera insignificante o pequeñito. Ya no era capaz de matar a una mosca, ni de pisar una piedra, ni enjaular un pájaro. Le nació to un río de compasión para con los pordioseros y leprosos. Y una serenidad típica de las montañas eternas, fue velando progresivamente su pequeño rostro.

Francisco ya no se sentía bien en medio de aquellas fiestas y decidió acabar con todo. Le aparece una impetuosa inclinación que le acompañaría hasta su muerte: la sed de soledad.

Las visitaciones extraordinarias que había recibido despertaron en Francisco un ardiente deseo de estar a solas con el Señor. También era una sed de Dios.

El futuro santo comenzó a frecuentar diariamente las soledades que rodean a Así para orar. De tanto vagar por los bosques del Subasio, acabó por encontrar un lugar ideal para sus retiros cotidianos. Era una gruta. Todos los días, ingresaba a las entrañas de la cueva y allá derramaba su alma: expresaba fuertes gemidos, suspiros y lágrimas. Después de largas horas, Francisco salía de la gruta y retornaba a sus labores diarias en la tienda de su padre.

Tras unas semanas, era tanta su alegría, que todos notaron el cambio. Comenzaba a operarse una transfiguración. El joven aparecía vestido de sererinad y de una extraña alegría.

Francisco se hace amigo de mendigos y leprosos

A los pocos meses de trato asiduo y personal, el Señor sacó a Francisco de sí mismo y lo lanzó hasta el fin de sus días al mundo de los olvidados. Primero fueron los prodioseros, luego los leprosos.

Francisco llegó a Dios mediante los pobres. Una sensibilidad extaordinaria hacia los más olvidados provina a aríz del cultivo del trato personal con el Señor.

Aunque ya de tiempo atrás era dadivoso con los pobres, se propuso nunca negar limosna a ningún mendigo. Si no llevaba dinero consigo, llegaba al extremo de quitarse la ropa para entregarla a algún pordiosero. Frecuentemente llegaba semidesnudo a casa, y Madonna Pica solamente sonreía discreta, pues sabía bien lo que hacía su hijo.

Francisco no solamente daba limosnas. Se aproximaba a cada mendigo y le preguntaba su nombre, le pedía que le contara algo de su vida, le preguntaba por sus esperanzas, se interesaba por su salud.

Y mientras tanto, seguía pasando largas horas en la caverna, iluminada por el resplandor de su fuego interior. Hablaba con Dios como un amigo habla con otro amígo. Salía encendido como un tizón, radiante de alegría y emprendía el regreso a casa.

Comienzan a aparecer en el espíritu de Francisco dos ramifiaciones: una para el Crucificado, y otra para el Gran Señor Dios.

La Prueba de Fuego

A pesar de la nueva profunda vida interior, Francisco sentía una repugnancia indescriptible hacia los leprosos. Estos enfermos le producían un asco insportable. Los leprosos eran en esos tiempos, fuente de horror, pero al mismo tiempo en cada ciudad había una leprosería donde cuidarles.

Una mañana, se topó súbitamente a pocos metros ocn la sombra de un leproso que le extendía su cuerpo carcomido. La sangre se le encrespó a Francisco en un instante. Todos sus institnos de repulsa se levantaron. El primer impulso fue huir de ahí. Pero un día, en la gruta, el Señor le había dicho:

"Querido Francisco: Si quieres descubrir mi voluntad, has de despreciar todo lo que has amado hasta ahora y amar lo que has despreciado. Y en cuanto hayas comenzado a hacerlo, verás cómo las cosas amargs se tornan dulces como la miel, y las que te agradaban hasta hoy te parecerán insípidas y desagradables."

Depositó la limosna en manos del leproso, aproximó sus labios a la mejilla descompuesta del enfermo y lo besó con fuerza una y otra vez. Luego estampó besos en su dos manos. El leproso le vio estupefacto, y en los ojos de Francisco apareció una ternura nunca antes vista.

Restaurador de Muros Arruinados

Un día, Francisco se encontró con una humilde capilla recostada en una loma. La ermita estaba dedicada a San Damián. En sus muros se veían hendiduras que ponían en peligro el lugar. La hiedra trepaba hasta cubrir los muros laterales. En su interior había un sencilloa altar de madera y, a modo de retablo, un crucifijo bizantino.

Francisco se quedó a orar frente al crucifijo, y por tercera ocasión, el contacto divino se hizo presente. Esta vez tenía un nombre concreto: Jesucristo.

La imagen del Crucificado penetró en el alma de Francisco. Con los ojos elevados, Francisco oró así:

-¡Glorioso y gran Dios, mi Señor Jesucristo! Tú eres la luz del mundo, pon claridad, te suplico en los abismos oscuros de mi espíritu. Dame tres regalos: la fe, firme como una epsada; la esperanza, ancha como el mundo; el amor, profundo como el mar. Además, mi querido Señor, te pido un favor má: que todas las mañans al rayar el alba, manezca como un sol ante mi vista tu santísima voluntad para que yo camine siemrpe a su luz. Y ten piedad de mí, Je´sus.

Y de pronto, nadie pdoría decir cómo, se oyó claramente una voz que al parecer procedía del Cristo:

"Francisco, Francisco, tienes que reparar mi Iglesia que está en peligro de desplomarse y caer en tierra2.

"Francisco, ¿No ves que mi casa amenaza ruina? Corre y trata de repararla."

-Con mucho gusto lo haré, mi Señor. -respondió Francisco-

Francisco observó la ermita por fuera, y se dio cuenta del mal estado de la construcción. Se acercó al anciano capellán y entregándole el dinero que tenía le pidió que comprara lámparas de aceite y que las encenderia en su nombre frente al Crucificado.

Salió de ahí corriendo. Tenía una misión, aún sin que él supiera muy bien cuál era.

Regresó a la tienda de su padre ausente, y tomó telas y cabalgadura. Partió a Foligno, cerca de Asis, y ahí con gran habilidad vendió caballo y mercancía. Regresó a pie hasta la ermita, y le explicó al capellán sus grandes proyectos de restauración, y acto seguido quiso entregar el dinero. Sin embargo, éste no lo aceptó. Además de que Francisco no era conocido en Asís por su prudencia, Bernardone era un hombre colérico e impulsivo, y el anciano no quiso enfrentarse a la furia del comerciante al aceptar una suma tan elevada. Solamente le permitió a Francisco que dejara el dinero en una ventana.

Al ver Francisco que el sacerdote rehusaba tan tenazmente la bolsa de dinero, le pidió que al menos, le permitiera morar en su compañía junto a la ermita. El sacerdote accedió. Y por primera vez Francisco no volvió a su casa. Y nunca más volvió a ella.

Estalla la persecución

Después de la larga ausencia, Pietro Bernardone regresó a caso y se encontró con una ingrata novedad: Francisco se había fugado.

Los sirvientes y vecinos le dieron la noticia: se había llevado las mejors telas a Foligno y había vendido también el caballo. Y se decía que dormía en la ermita de San Damián...

Una turbación profunda se apoderó del mercader: furia, frustración, vergüenza. El muchacho debía termianr de una vez aquellos devaríos.

Bernardone se lanzó a la caza de su hijo. Francisco, al escuchar tan estruendosa persecución, se escondió y no lograron encontrarle.

Presa del miedo, Franciso permaneció escondido varios días, hasta que de pronto una gran fuerza y un indescriptible valor se apoderó de él. Era el momento de salir de su escondite.

Francisco enfrenta a Bernardone

Exhausto, cansado por el ayuno y ojeroso, el cuerpo de Francisco se había debilitado. Pero su espíritu estaba más fuerte que nunca. Regresó a Asís, y la gente no le reconoció y por donde pasaba comenzaban a gritar "¡Un loco! ¡Un loco!" Se burlaron de él, le tiraron basura en la cara, pero Francisco permanecía imperturbable. Pronto llegaron hasta oídos de Bernardone los gritos y el escándalo. Cuando vio que el sujeto de las burlas de todo el pueblo era su propio hijo, se quedó paralizado sin saber si maldecir, blasfemar o llorar. Pero tan protno se repuso, se abrió paso entre la turba sádica y se precipitó sobre el hijo.

Lo arrastró hasta su casa, y le encerró hasta que "entrara en razón."

No permaneció mucho tiempo en el encierro. Bernardone tuvo que salir en un viaje de negocios de nuevo, y Madonna Pica puso en libertad a su hijo.

Francisco regresó a la Ermita donde permaneció hasta que su padre regresó y fue por él ante la noticia de que la madre había liberado al hijo.

Esta vez Francisco no se escondió. Cuando llegó Bernardone con vecinos y autoridad civil, salió pacíficamente el pobrecibo de Asís al encuentro.

Cuando Bernardone comenzó a gritar y amenazar, Francisco lleno de tranquilidad le contestó:

-Messer Pietro Bernardone: no hay para mí otro señor sobre los horizontes del mundo, sino mi Señor Jesucristo. Sólo de El recibo órdenes. Ni el emperador, niel Podestá, ni Pietro Bernardone, ni las fuerzas de represión, ni los ejércitos de conquista,ni las energías aéres que militan a las órdenes de la muerte, de la enferemdad o del infierno serán capaces de arrancarme de los brazos de mi Señor Jesucristo. Lo siento señor, ahora pertenezco a las filas de Cristo y de la Iglesia.

Bernardone encolerizado y sin saber qué otra cosa hacer, le exigió el dinero de las telas. Francisco le señaló la ventana y Pietro tomó el dinero estupefacto.

Ante la impotencia, el comerciante decidió acudir al Ayuntamiento de Asis para demandar judicialmente al hijo, pues nadie podía hacerle eso a él, y solo Dios sabía cuántos más bienes había dilapidado el muchacho.

Tras la denuncia, la guardia fue por Francisco, pero este les dijo "Los cónsules ya no tiene jurisdicción sobre mí; soy siervo del Altísimo Señor Jesucristo y de la Santa Madre Iglesia."

Enterado Bernardone de esto, acudió al Obispado y depositó en manos del señor Guido la querella contra su hijo. El mercader quería que se desconociera a aquel hijo ingrato.

Francisco fue notificado. Debía comparecer ante la autoridad Eclesial.

Francisco se encuentra con su Padre

Monseñor Guido le pidió dulcemente al joven que devolviera a su padre todo lo que era de él. Ante el asombro de todo el puedo, Francisco le entregó las pocas moneds y llevaba, y entrando a una habitación cercana se quitó el vestido y doblándolo se lo entregó quedando prácticamente desnudo. Mientrs entregaba el vestido exclamó ante la muchedumbre:

-"Hasta hoy llamaba padre a Pietro Bernardone. De hoy en adelante llamaré así solamente al Padre nuestro que está en el cielo."

El Señor Obispo mandó que le consiguieran algún vestido. Enseguida le llevaron la humilde vestimenta de trabajo propia de un campesino. Francisco pidió greda y trazó en su nuevo vestido una gran cruz.

Se había divorciado en ese momento Francisco del mundo y del dinero. Ahora, solo le quedaba el tesoro más grande: La libertad.

Continuar con el siguiente capítulo: Sube el sol, Parte II

TEMAS RELACIONADOS:

Cronograma aSan Francisco y su Tiempo aEl legado Histórico aAsís: Tour Virtual

TEMA SINTETIZADO de Ignacio Larrañaga, El Hermano de Asis y de Eliécer Sálesman,San Francisco de Asís Nueva Biografía por Oscar Colorado

 
 
  _____________________________________________________________________  
 
  Pagina Principal  
    Copyright 2000 by Oscar Colorado
Hosted by
Geocities
 
   
      E-MAIL     INFO  
   
 

Hosted by www.Geocities.ws

1