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| Sube El Sol Parte II |
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| Francisco deja el
mundo, el dinero, a Pietro Bernardone y a su madre, la
amable Madonna Pica. Ahora, se queda solo con su libertad
y un camino nuevo comienza. Son los años más felices de Francisco... |
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| Llega
la Paz y la Alegría Era el hombre más libre del mundo. Ninguna atadura lo vinculaba a nada. Nada podía perder, porque nada tenía. El Pobre de Asís, por no tener nada, ni tenía proyecto o ideas claras sobre el futuro. Ni siquier ideales. Aquí está la grandeza y el drama del profeta: Es un hombre pobre, lanzada por una fuerza superior a un camino que nadie ha recorrido todavía. Era la profunda corriente de la gratuidad. Lo recibe todo, no merece nada. Todo es Gracia: el vestido, la comida, la mirada. El cariño, el consuelo. El que recibe todo, no se siente con derecho a nada. Nada reclama, nada exige, al contrario, todo lo agradece. La gratitud es el primer fruto de la pobreza. El Hermano estaba alegre como nunca, seguía caminando. De pronto, un día, pudo distinguir en el suelo un ciempiés que, atravezaba despacito el sendero. Le nació al instante una profunda y desconocida ternura. Se agachó, puso delicadamente su dedo por donde tenía que pasar el miriápodo. El gusanito escaló lentamente su dedo. Francisco lo miró y admiró largamente, observando con atención sus mecanismos de movimiento. Luego, se aproximó a un arbusto y con suma delicadeza y paciencia depositó al cimpiés en la hoja del arbusto. Por todas partes estaban brotando pequeñas flores amarillas. Tuvo sumo cuidado de no pisar ninguna de ellas a lo largo del día, en el subir y bajar de la montaña. Un día, Francisco caminaba, cuando cayó sobre él una banda de salteadores. -¡Alto! ¡Esto es un asalto! ¡Identifícate! Sin perder la alegría, el Hermano respondió: -Muchachos, soy la trompeta del Emprerador que va anunciando su llegada. Cuando lo vieron estrafalariamente vestido, medio desnudo, sin atemorizarse dijeron "¡Está loco!". Y descargaron su decepción sobre la espalda de Francisco. Le quitaron lo poco que tenía y lo arrojaron a un foso profundo diciéndole "¡Quédate ahi, afónica trompeta imperial!" Después de mucho luchar, pudo salir de allí. El hermano en ningún instante perdió la paz, no resistió, no perdió la sonrisa. El santo pensó: -Esto muchachos asaltan y roban porque les falta pan y cariño. Entre las ollas de la cocina Semidesnudo y con hambre, Francisco estaba feliz por haber sido digno de sufrir por el nombre de Jesús. A cierta distancia había un monsaterio de Benedictinos, se llamaba San Verecondo. Llegó ahí, golpeó la puerta, salió un monje.
Los monjes lo recibieron de limosna y lo pusieron a trabajar de cocinero y de barrendero. Y así estuvo por varios días. No le dieron mas que una manta muy delgada y muy vieja. Francisco tiritaba de frío. Le daban poca comida y corría peligro de desmayarse por el hambre. No le dieron una túnica para reponer la que le habían robado. No movido por el disgusto, sino por la necesidad, Francisco se arrodilló frente al superior del convento y le dio gracias por las atenciones y le pidió permiso para marcharse. Más tarde, cuando Francisco era ya un hombre famoso, el Superior del convento lo buscaría y le pediría perdón por haberlo tratado tan duramente como a un mendigo indeseable. Ante la excusa, san Francisco, respondió "Pocas veces en mi vida, he tenido días tan felices como aquellos que pasé en San Verecondo." Continua la reconstrucción de San Damián Regresó a Así y visitó el Hospital de los Leprosos, y a cada uno lo saludó con cariño. Pasó varios días entre ellos. No habrá en el mundo madre que haya tratado a su pequeño enfermo con tanta delicadeza. El cariño le brotaba como rocío de las manos. Les lavaba los pies, les vendaba las heridas, les extraía las escamas. Les tocaba las heridas, y al lavarlas, lo hacía con l máxima cautela para evitar el dolor. Sabía los gustos de cada cual en cuanto a las comidas. A la hora de lavarles los pies, sabía a quien le gustaba agua más tibia o más caliente. Había aprendido la historia personal de cada enferemo. Francisco tenía la vivísima impresión de estar tocando a Jesús mismo, de estar aliviando sus penas o sanando sus ideas. Pero el Señor mismo le había ordenado reconstruir la Ermita. Así es que se despidió de los leprosos y regresó a San Damián. Encontró de nuevo al capellán, se arrodilló y le pidió la bendición. Le explicó cómo el señor le había ordenado reconstruir la Ermita. Francisco regresó a Asís, vestido al estilo de los ermitaños, lleno de alegría su corazón, regresó a su ciudad. Con expresión de paz y serenidad en el rostro, recorría las plazas y los atrios de la iglesia. Para muchos, la mayoría, era indiscutiblemente el nuevo profeta de Dios. Otros dudaban de su rectitud, y unos pocos pensaban que estaba loco. Frente a la risa burlona de estos últimos, el hermano pensaba "Es normal que no crean en mí." Antes, mantenía el aceite de la lámpara del crucifijo con su dinero. Ahora tenía que mendigar aceite. Entró al lugar del propietario de grandes olivares donde se elaboraba aceite. Al aproximarse vio en el vestíbulo a sus antiguos amigos. En un instante, se levantaron los restos de su vanidad paralizándole las piernas. Al punto retrocedió y se fue por otra calle. -¡Responde hijo de Bernardone! -se dijo a sí mismo- ¿Cómo se le llama a un caballero que reniega de su Señor? Y diciendo esto dio vuelta en redondo y entró a la tienda. Saludó a sus amigos con naturalidad y dijo: -Amigos, la mayoría de la gente piensa que soy un santo. Os contaré lo que acaba de suceder: hace unos minutos venía yo derecho a esta casa para pedir aceite, cuando os ví. Me dió tanta vergüenza que, como un cobarde desertor me escabullí, y si no fuera por la infinita piedad de Dios, sería capaz de peores alevosías. Sus amigos quedaron atónitos. Por amor del Señor pidió un poco de aceite y le dieron varios litros. Con esta preciosa carga descendió a la ermita. Estaba alegre, no por el aceite, sino por el triunfo sobre sí mismo. Francisco también obtenía materiales de construcción: madera, piedras, todo lo que necesitaba para su ermita. Los campesinos que trabajaban en los viñedos le ofrecieron varias horas de trabajo. Todos estaban contagiados por la alegría de Francisco. La restauración avanzó rápidamente. El capellán era terriblemente desconfiado. Aún en aquellos momentos a veces dudaba. Sin embargo, un día llamó a Francisco y le dijo: -Hijo mío, tus manos no están hechas para manejar argamasa y cantos rodados. El oficio de albañil es muy pesado. Te veo feliz pero extenuado. No eres de roble. Temo que te domine la debilidad. Déjate querer hijo mío y permíteme que te cuide. Desde ese día el anciano le preparaba los mejores guisos. Lo quiso más que a un hijo. Al anochecer, Francisco se retiraba largas horas derramando su alma frente al crucifijo, iluminado por su lámpara de aceite. Todos los días encontraba tiempo para los leprosos. Trataba de igual a igual con los mendigos y trabó amistad con ellos. Se sentaba y departían amigablemente. Los muros de la ermita pronto quedaron restaurados. Tras algún tiempo, Francisco le dijo al capellán: -Te ruego, padre mío, que me disculpes por la decisión que he tomado esta noche. Quiero expermientar viva y directametne el cariño del Padre. El mismo me alimentará personalmente todos los días. Yo mendigaré de puerta en puerta como un hijo de Dios, sin salir nunca de las graciosas manos de la gratuidad. Señor, excúsame por no poder asistir en adelante a tu mesa. Y así, Francisco al filo del medio día recorría calles y con ojos llenos de serenidad pedía limosna. Con una escudilla en la mano, golpeaba las puertas diciendo: -Por amor del Amor, denme algo de comer. En pocos minutos aquella escudilla rebozaba de residuos de comida. Con la escudilla, transpuso las murallas y se sentó. En cuanto agitó un poco aquella mezcla con la intención de comerla, se le revolvió el estómago y sintió ganas de vomitar. -¡Otra vez el burgués! -dijo en voz alta- Se levantó para reponerse y superar aquella emergencia. -Siempre sucede lo mismo -reflexionó- cuando no pienso en Jesús y me descuido, surge el hombre viejo con sus instintos e impulsos y soy capaz de cometer felonías y hasta de escupir a los pobres. El hombre es arcilla pura, pero no hay que asustarse por eso. Nueva Ermita Terminó la restauración de San Damián, y hacía tiempo que quería restaurar una capillita benedictina del monte Subasio. En la ermita, se decía en Asís, que en vísperas de ciertas solemnidades descendían de noche coros de ángeles. Por esto le de denominó Emirta de Santa María de los Angeles. Se llamaba también porciuncula que quiere decir "pequeña porción de tierra." Francisco obtuvo el permiso y comenzó la reconstrucción según el método de San Damián. Era un lugar tan bello que Francisco decía "No me extraña que los ángeles celebren sus fiestas en este paraíso." El hermano pasó más tiempo restaurando esta ermita. No tenía prisa. Se sentía completamente feliz. Tras largas jornadas de trabajo, Francisco se disponía a su encuentro nocturno con el señor. Muchas veces, contemplaba las estrellas y decía -"Los que viven en las habitaciones confortables, no pueden entender el lenguaje de las estrellas y el éxtasis del asombro. Solo los pobres son capaces de descubrir las riquezas de la creación. ¡Loado seas mi Señor por la libertadora y Santa Señora Pobreza! Llegó el punto en el que no necesitaba marchar a la ciudad para mendigar el alimento. El Señor mismo le preparaba la comida en el bosque. Según las estaciones se alimentaba de fresas silvestres, moras de zarzales, raíces de algunas plantas. A cada cosa que comía decía en voz alta "Gracias mi Señor." Satisfecho, volvía a la Ermita. Cada salida al bosque, sobre todo en los días de sol era una asombrada explosión. Descubría mil mundos. Le parecía que el hombre no era el rey de la creación sin el hermano más pequeñito, porque era el único que podía admirar, y al admirar, el hombre se torna más hermano, más humano. Pensaba "También esto es adorar." Un día frente a un hormiguero se arrodilló frente a un hormiguero y estudió muy de cerca aquella maravilla. Quedó asombrado de tanta actividad y de que las hormigas cargaran cinco o seis veces su peso de manera tan ordenada. Lleno de admiración exclamaba suavemente "¡Señor, Señor!" Conocía y distinguía por su nombre y perfume y sus características a todas las plantas, árboles y arbustos. Ante cualquier de ellos se detenía admirado, se inclinaba y le olía, y por cada uno daba gracias al Señor "Es que ellos no saben hablar" pensaba. Eran estos los años más felices de Francisco, donde no había preocupación, y de haber sido por él ahí se habría quedado por el resto de sus días. Pero era claro que los planes de Dios eran otros... Continuar con el siguiente capítulo: El Señor me dio hermanos TEMAS RELACIONADOS: Cronograma aSan Francisco y su Tiempo aEl legado Ecologista aAsís: Tour Virtual TEMA SINTETIZADO de Ignacio Larrañaga, El Hermano de Asis y de Eliécer Sálesman,San Francisco de Asís Nueva Biografía por Oscar Colorado |
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