Hablemos de los Celtas
Los celtas eran un pueblo de origen indoeuropeo que antes del siglo V a. C.
comenzó a desplazarse hacia el Este de Europa dominando y ocupando el centro y
norte europeo, desde la cuenca del Danubio, hasta Francia, España, y poco
después Gran Bretaña e Irlanda.
El motivo de ese apabullante dominio se debía a que estos guerreros eran buenos
conocedores del uso de los metales y portaban armas de hierro, desconocido por
ese entonces en el continente europeo, lo que los hacía invencibles en el
combate. Se trataba además de un pueblo de gran fortaleza y valentía, fornidos
y de buena estatura.
Trabajaban también el oro, que
utilizaban tanto como adornos en alhajas, broches y fíbulas, como formando
parte de sus atributos de guerra, cascos y el collar que distinguía al
guerrero.
La mujer celta, a diferencia de sus coetáneas griegas y romanas peleaba en la
batalla a la par del hombre, manejando diestramente la lanza y la espada.
El mundo celta era un mundo mágico. Vivían la magia no como un aspecto
religioso separado de los hechos cotidianos, sino que aún los sucesos diarios
habituales formaban un todo, eran parte de la magia. Todos los elementos del
mundo natural, ríos, arroyos, pájaros y otros animales y muy especialmente los
árboles eran ni más ni menos que espíritus especiales o deidades de diferente
importancia a los que frecuentemente se dedicaban ofrendas votivas.
El templo de los celtas era el
bosque. Un claro suficientemente amplio su lugar de ceremonias.
Los ritos más importantes estaban relacionados con los cambios estacionales,
los solsticios y equinoccios, épocas de cosecha y de siembra y dedicados en
honor de diferentes dioses.
Se oficiaba el culto por la noche, a la luz de la luna.
Los días se contaban a partir de la noche, el año celta dividido en lunaciones
y cada uno de estos meses lunares se dividía en dos períodos, coincidentes con
el crecimiento y decrecimiento de la luna.
Tenían culto enterratorio para sus muertos, los que eran conducidos a su última
morada en carros especiales, acompañados por sus amigos y parientes.
Estos túmulos se encontraban frecuentemente en pequeñas colinas, y se dejaban
allí objetos que habían acompañado en la vida a esa persona: tiaras, aros,
collares, fíbulas, sus armas y escudos en el caso de los guerreros. También
utensillos de la vida cotidiana.
Los celtas suponían que al morir pasaban a otro mundo que era exactamente igual
al que acababan de dejar y en el que iban a seguir usando todas sus
pertenencias.
Hacían ceremonias de despedida
al muerto en las que se bebía de un caldero común. Se piensa que en muchos
casos se adormecía con alguna bebida al moribundo para ayudarlo a transitar al
mundo del Oeste, que era como llamaban a la tierra de los muertos.
Esta muestra de humanidad, parece contraponerse a las referencias que han hecho
sus cronistas y relatores que en la mayoría de los casos eran además sus
enemigos, tal el caso de César en la «Guerra de las Galias», donde hace mención
a ellos como pueblos bárbaros, primitivos, totalmente impíos, por la crueldad
de sus ritos. No eran infrecuentes, de acuerdo a estas referencias los
sacrificios humanos.
Los celtas no han dejado mucho
testimonio escrito de su religión, ya fuera por la pobreza de su escritura como
por la condición absolutamente secreta del culto cuyos pormenores se
trasladaban oralmente.
Tenían jerarquías sociales, reyes, guerreros, poetas y los druidas.
Las mujeres en igualdad con los hombres podían ejercer cualquiera de estas
funciones.
Los druidas, eran sin duda los personajes más fascinantes y tal vez de mayor
peso en esta sociedad. Eran sacerdotes-magos, de una especial investidura e
importancia en el mundo celta. Eran grandes conocedores de conjuros, ritos,
mancias y manejos mágicos, administraban justicia e instruían nuevos
candidatos, que eran seleccionados muy especialmente y eran sometidos a
períodos de instrucción que duraban unos veinte o treinta años. Disfrutaban de
privilegios especiales en función de su investidura. Eran consultados por los
reyes y guerreros y presidían todo tipo de rito y festejo.
El 1º de Mayo, que
correspondía a la festividad sagrada de Beltene se realizaban asambleas anuales,
en lugares de reunión fijos, a los que confluían los clanes más o menos
dispersos. Eran una especie de feria rural, durante cuyo transcurso se juzgaba,
se reformaban las leyes, los reyes reclutaban sus soldados, los comerciantes
acudían a vender sus mercancías, y se realizaban los casamientos, o se anulaban
aquellos que por alguna razón se hubieran deshecho. Se realizaban torneos, se
bebía, se bailaba y las parejas se entregaban a juegos amorosos.
En las vísperas de ese día, se apagaban los fuegos de las casas, los que eran
reencendidos animados por el nuevo fuego druídico.
Esta festividad representaba el regreso de la luz, después de las largas noches
invernales.