|
fasenlinea com |
|
ANÁLISIS COMENTARIO Y DEMÁS |
|
|
Y DEMÁS/Música
Dixie Chicks: Thanks, Mr. President La Gra(mmy)n decadencia La politiquería así como la cuestionable calidad de muchos ganadores han confirmado que los Grammys se parecen cada vez más a los Premios Frambuesa de Hollywood. Pero los nominados aún no se dan cuenta FEBRERO, 2007. Los premios Grammys cumplirán medio siglo de existencia el próximo año. Es verdad que se trata de unos jovencitos comparados con los Óscares (1928), los Tonys (para el teatro; 1943), aunque tienen casi la misma edad que los Emmys (TV; 1961) o sus rivales más cercanos, los American Music Awards, otorgados por primera vez en 1972. Pero pese a su relativa juventud, los Grammys han envejecido pasmosamente y ya sufren achaques, lo cual quizá sea una venganza indirecta por parte de Mick Jagger, cantante cuyo grupo jamás ha recibido un gramófono y quien nació 15 años que se efectuara la primera ceremonia. La reciente ceremonia de los Grammys confirma su lamentable decadencia. Se han convertido en la versión musical de los Premios Frambuesa, esos que se otorgan a las peores actuaciones en Hollywood, sólo que aquí sí asisten los homenajeados. Nadie dentro de la industria quiere aceptarlo, pero los Grammys se han transformado en un chiste, como esos billetes del Banco de la Amistad del Turista Birján. Basta repasar la lista de ganadores de la pasada entrega. Aún existe la justicia, como pudo verse con el merecido Grammy que recibieron Bruce Springsteen y Bob Dylan, ambos veteranos que, como van las cosas, quizá haya sido por última vez. Y es aquí donde se abre el primer tema de este artículo: Salvo la reunión de The Police, la transmisión televisiva que vio el mundo se centró en las figuras de moda y prescindió de otras premiaciones, como de la Dylan, algo impensable, casi como dejar fuera el momento en que Spielberg o Hanks anunciaran un Óscar o fueran a recibirlo. En cambio la ceremonia se enfocó en la presentación de Shakira y la de Ludacris porque, como nuestros inteligentes lectores supondrán, los señores que otorgan los Grammys quieren atraerse público televidente más joven y más cool, lo cual no lograron, por cierto: la empresa Nielsen, que mide los niveles de sintonización en Estados Unidos, reportó que los Grammys del pasado domingo 11 de febrero tuvieron el índice más bajo desde 1991; fueron el lado inverso del Super Tazón de ocho días antes. Y para peor sarcasmo --con lo cual nos imaginamos al señor Grammy con un señor calvo, maduro y de vientre grueso que se cree el veinteañero a la conquista de jóvenes adolescentes que se carcajean a sus espaldas-- tal segmento fue el que menos sintonizó los Grammys, ceremonia que también languidece ante la indiferencia de la prensa, misma que hasta hace un par de décadas mencionaba a los ganadores en primera plana al día siguiente. El otro aspecto que ha arruinado a los Grammys es su politización, ahora sí que progresivamente descarada. En otros tiempos hubo grupos cuyas letras eran muy críticas de la guerra de Vietnam, como Creedence Clearwater Revival, que jamás obtuvieron la presea. Hoy las cosas son distintas, pues sólo basta que un artista le eche pus a George W. Bush para que asegure una futura nominación, pasando por alto sus méritos musicales. El mensaje es claro: ¿quiere que los señores del Grammy le hagan caso? No baje de estúpido al actual residente de la Casa Blanca. Desde hace la tendencia se ha agudizado. Inmediatamente después que el veterano compositor Burt Bacharach expresara adjetivos no muy amables contra el presidente Bush, súbitamente el mundo se enteró que había grabado un disco con Elvis Costello el cual, obviamente, terminó nominado pese a que sus ventas habían sido ínfimas. Otro ejemplo: El rappero Kayne West lanzó una fuerte arenga hacia ¿quién más? a los pocos días que el huracán Karina azotara a Nueva Orleans. ¿Resultado? Nominación al Grammy. El caso más escandaloso fue el de las Dixie Chicks, flamantes ganadoras de 5 Grammys. Como se sabe, en el 2003 expresaron "sentirse avergonzadas" de que George W. Bush fuera originario de Texas, como ellas. En respuesta, miles de fans dejaron de comprar sus discos, decenas de estaciones de radio las sacaron de su programación y ellas, en venganza, cambiaron de giro musical a un "country más urbano". El álbum que les hizo ganar esos Grammys ha vendido una quinta parte de sus discos previos a su declaración de te-odio-Bush. Meros detallitos: como si se tratara de un favor atrasado, la Academia de Artes y Música acaba de premiarlas por quintuplicado pese a que los críticos decentes coinciden en que se trata de un material cuyos estándares de calidad son bastante bajos y convencionales. Pero las damas se han convertido en activistas anti-Bush, y eso es lo que cuenta. Sin embargo, ¿qué mejor muestra de la politización tenemos cuando Al Gore, abanderado del calentamiento global, presenta a los nominados a Mejor Álbum de Rock? No deja de ser irónico cómo, hace apenas 20 años, su esposa levantó una especie de cruzada para poner advertencias en los discos con "letras ofensivas", algo que muchos artistas que el domingo aplaudieron al político ecoalarmista en aquel entonces censuraron con furia. Pero aparte de ello cabría preguntarse, dado que Gore nunca ha grabado un disco de música rock ¿por qué entonces no invitar a Pat Boone, quien hace algunos años lanzó un disco con versiones suyas de temas de rock pesado? En tiempos en que el Internet tiene en apuros económicos a las grandes disqueras y ha hecho de las listas de Billboard un instrumento que desde hace rato dejó de reflejar la realidad en los gustos musicales, la corrosión en la calidad de la ceremonia de los Grammys no puede ser más desoladora. "Lo único divertido que los Grammys tienen hoy son sus trivias", dijo un amigo cuando hablábamos del tema. Estoy de acuerdo en un 110 por ciento. |
|
|
¿Desea opinar sobre este texto? |
|