Tras una larga espera el colectivo llegó y dejó subir a los impacientes pasajeros. Una vez que él subió, empezó a ver la gente a su alrededor. Una gorda sentada en uno de los asientos dobles se agarraba de la manija del asiento de adelante como si estuviese montada en un carrito de montaña rusa. Tenía toda la pinta de ser una mandona insoportable. Un viejo viajaba sentado en los primeros asientos con semblante amigable. En un asiento individual había un joven que viajaba mirando hacia afuera por la ventanilla. En su rostro se dibujaban y desdibujaban a cada rato los indudables rasgos del temor y la desesperanza. Una joven muchacha viajaba prestando atención a su celular. Otro joven escuchaba atentamente música por sus auriculares, mientras que otro leía un libro.

Al bajarse del colectivo supuso que jamás volvería a ver a toda esa gente junta nuevamente en un lugar. La instantaneidad del azar había hecho coincidir sus caminos al menos por un momento. Ignorantes de los otros, cada uno se paseaba con sus felicidades, sus esperas o tristezas, expectantes de un futuro que insoslayablemente los separaría o volvería a juntar según una fórmula que siempre permanecerá en el misterio.

Algo lo hizo volver a la realidad y olvidó sus reflexiones para concentrarse en llegar pronto al destino que irremediablemente lo esperaba, como a todos, en alguna parte.

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